
Dom Reginaldo Andrietta es hijo de una familia obrera, empezó a trabajar a los siete años, y esa experiencia temprana marcó una vocación sacerdotal que nunca quiso separar de la vida de los trabajadores. Su camino en la Juventud Obrera Católica lo llevó a acompañar al movimiento como asesor nacional en Brasil, continental en las Américas y mundial, con su paso por la Argentina, los Estados Unidos y el continente africano. Desde hace más de una década es obispo de Jales, en el interior paulista, designado por el papa Francisco, y referente de la Pastoral del Trabajo para la Conferencia Episcopal brasileña.
En primer lugar, quisiera preguntarle sobre su trayectoria como referente de la Juventud Obrera Católica, su mirada sobre la Doctrina Social de la Iglesia en América Latina y lo que representa este momento histórico del continente y del mundo desde su perspectiva como pastor.
Yo vengo de una familia obrera. Trabajé desdé los 7 años de edad. Eso fue un valor para mí porque no se trataba de un trabajo explotador, sino que era con mi familia, pero esa experiencia me permitió comprender el sentido de la dignidad del trabajo y, por lo tanto, el valor de la dignidad de los trabajadores y trabajadoras. En mi proceso de formación para el ministerio presbiteral, entendí como un valor fundamental que yo fuera también un trabajador entre los trabajadores, porque así debemos ser también los ministros ordenados: estar al servicio de la gente, pero con la gente y sin distanciarnos. Entonces, me acerqué muchísimo a curas que habían estado comprometidos con la gente pobre y el pueblo trabajador, y aprendí muchísimo de ellos; eso me motivó a continuar en esta perspectiva.
Esta vocación la desarrolló plenamente en la Juventud Obrera Cristiana (JOC). ¿Cómo fue ese recorrido en esa pastoral?
Yo empecé desde muy jóven en mi comunidad local sin saber al comienzo que era una organización internacional. Y eso me llamó muchísimo la atención.
Me interesé, fui acompañando, me fui comprometiendo, y después del proceso militante en la JOC asumí como asesor pastoral de instancias de base y a nivel regional. Luego, la JOC nacional me solicitó como asesor nacional, y así fui nombrado por la Conferencia Episcopal de Brasil para un período de 5 años.
Fue entonces cuando también pude estar en Argentina, ayudando en la reconstrucción de la JOC luego de la dictadura militar. Después estuve a nivel continental para las Américas como asesor continental, trabajando durante 3 años en Estados Unidos, y luego asumí como asesor mundial, acompañando de modo especial al continente africano. Al regresar a Brasil, tras tantos años de compromiso internacional, me radiqué en una parroquia, donde trabajé como director de un centro de capacitación para adolescentes, acompañando a 700 jóvenes en distintos campos de formación profesional.
Fue entonces cuando el Papa Francisco me nombró obispo de Jales, en el interior del estado de São Paulo, donde estoy desde hace 10 años y medio. En este tiempo, la Conferencia Episcopal de Brasil, reconociendo mi experiencia y mis estudios avanzados en la formación de militantes obreros cristianos, me invitó a asumir la responsabilidad de ser referente para la Pastoral del Trabajo en Brasil. Esto significa acompañar a la Pastoral Obrera, a la Juventud Obrera Cristiana y a otras organizaciones del mundo laboral en el contexto de la Iglesia.
Ese trabajo tiene hoy también una dimensión continental. ¿En qué consiste?
A nivel regional, el CELAM reconoció que podía ofrecer una contribución especial y, junto con la Pontificia Comisión para América Latina, me propusieron acompañar la iniciativa de una Red del Trabajo Organizado que congrega a sindicatos de trabajadores, cámaras empresariales, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI). Empezamos a articular ese trabajo en red en el continente y avanzamos en una relación de colaboración de estas iniciativas en Estados Unidos y América del Norte. Ya hicimos varios encuentros, el último fue en septiembre en Roma, culminando en un encuentro con el Papa León.
¿Qué es lo que reúne a sindicatos, empresarios y organismos internacionales en una misma mesa?
La centralidad del trabajo como estructurante de la vida social: la vida de las personas, de las familias y la relación que tiene con la economía, tanto de cada país como a nivel mundial. Esta ha sido una cuestión clave dentro de lo que se conoce como la Doctrina Social de la Iglesia, desde la Rerum Novarum y demás encíclicas.
El trabajo siempre ha permanecido como un punto central. Tanto es así que el Papa San Juan Pablo II, en su encíclica Laborem Exercens planteó que el trabajo es probablemente la clave principal de la cuestión social. Y el Papa Francisco también lo asumió de esa manera. En un encuentro con trabajadores en Génova, en 2017, dirigiéndose a ellos dijo: “El trabajo es una prioridad humana, es una prioridad cristiana y es una prioridad del Papa”. Asimismo, lo manifestó en la encíclica Fratelli Tutti, señalando que la cuestión social depende fundamentalmente del trabajo y afirmando que “la gran cuestión es el trabajo”.
Por lo tanto, se trata de la centralidad del trabajo y su relación con tantas otras dimensiones: la vida familiar, la estabilidad social y la dimensión subjetiva, porque el ser humano se realiza a través de su labor, siempre que sea en condiciones dignas y responda a sus expectativas.
¿Cómo ve en este punto a las nuevas generaciones?
Al abordar esta cuestión con las nuevas generaciones, con adolescentes y jóvenes, cuando uno les pregunta qué les gustaría hacer desde el punto de vista profesional, comienzan a pensar en aquello que los realizaría. Sin embargo, la sociedad se mueve por el mercado y les impone lo que este les ofrece. El gran problema es que las nuevas generaciones, en determinados contextos, ni siquiera tienen la oportunidad de trabajar, y saben que es muy difícil conseguir un empleo, y más difícil aún, un trabajo en condiciones dignas.
Entonces, hay una cuestión muy grave ahí: la sociedad no está pensada, planificada ni orientada hacia la garantía de la universalidad del trabajo para todos los que lo necesitan.
Por lo tanto, la cuestión clave es cómo universalizar la posibilidad de trabajo para todas las personas que lo necesitan, y también cómo universalizar los derechos que históricamente ya fueron conquistados en la sociedad para todos y todas y, finalmente, el derecho a la protección social.
Porque en un momento u otro, puede que alguien no esté empleado en condiciones dignas, pero debe contar con protección social en forma de beneficios, en una sociedad que produce tanto pero no comparte. Entonces tenemos que tener una política para compartir la riqueza que es producida en la sociedad, traducida en servicios para todas las personas.
Hay cuestiones muy profundas que deben ser tratadas sobre el rol del Estado como aquel que equilibra la relación entre capital y trabajo. Por un lado, existe una lógica de acumulación de capital y, por el otro, una lógica de creciente miseria. Entonces, ¿cómo crear equilibrio? Ahí tiene el rol del Estado.
El Estado tiene que ser un Estado en función de las personas, sobre todo las que son más vulnerables y tiene que tener una orientación social. Y no disminuir el Estado, su inversión en educación, salud y asistencias social, sino al contrario, invertir siempre más en ese sentido.
¿Y cuál es, en este escenario, la misión de la Iglesia?
Ahí entra la pastoralidad, con los principios de la doctrina social de la iglesia. Y pastoralidad significa formar conciencia en los mismos trabajadores sobre el valor del trabajo, de comprometerse también a trabajar luchando por trabajo en condiciones dignas.
Entonces, entendiendo que son sujetos de derechos y no objetos de caridad, es una cuestión muy clave, formar conciencia y formar conciencia de solidaridad, de unirse en función de este derecho colectivo. No luchar por sí solamente, sino por todos. Y ahí está el valor del principio cristiano, de la fraternidad, la solidaridad, el bien común. A partir de acciones para mejorar las condiciones de vida, los trabajadores se unen y están viviendo los valores de la comunidad que son valores del reino de Dios.
Esa es una fe traducida en amor. Una persona es de Dios cuando ama, un grupo humano es de Dios cuando existe amor solidaridad, lucha en conjunto por la justicia y no es solamente una cuestión de prácticas religiosas, sino de la práctica de la comunidad, la solidaridad y el compromiso en función de la justicia social, el bien común y el cuidado de la casa común, como nosotros llamamos este nuestro hábitat que es el planeta Tierra.
Todo esto toma un peso especial en la coyuntura política y social actual de Brasil. En este contexto, la discusión en torno a lo religioso, el cristianismo y el catolicismo, cumple un rol fundamental.
De cara al proceso electoral y con la responsabilidad que implica su misión como pastor de todos, pero habiendo recordado los valores de la Doctrina Social de la Iglesia y el peligro que representa el fanatismo religioso cuando se cruza con la política: ¿cómo vive usted este momento tan particular de Brasil?
Más allá de la coyuntura puntual, ¿cuál es su mirada sobre este fenómeno de fondo que referentes como Emilce Cuda definen como una política o un mundo “postsecular”? Y finalmente, ¿cuál debe ser el rol y el modo en que los católicos intervengamos responsablemente en el escenario público?
Históricamente, América Latina y particularmente Brasil han estado marcados por una cultura católica fundamentalmente devocional y centrada en la moral, con una comprensión más difusa del rol que los católicos estamos llamados a tener en la construcción de una sociedad justa.
Hay quienes trabajan con este criterio y tienen una formación y una conciencia cristiana profunda en ese sentido. Pero una gran parte de las personas se guía únicamente por principios religiosos y morales, sin comprender del todo que el cristianismo implica construir un proyecto de sociedad que responda a esos mismos principios propuestos por la Iglesia.
Así es como se mantienen prácticas religiosas sin una traducción de esa fe en un proyecto de sociedad. Aunque las comunidades poseen una gran fuerza en sus relaciones humanas y de fraternidad, muchas veces no desarrollan un análisis de lo que implica la vida social. Por lo tanto, carecen de propuestas propias para la vida en comunidad, tanto a nivel local como, sobre todo, a un nivel nacional más amplio.
Es una Iglesia que de algún modo dejó un vacío, relegando las prácticas que corresponden justamente a lo que plantea la Doctrina Social de la Iglesia, contrayendo entonces la incidencia en la vida económica y política.
Entonces, cuando llega el momento de participar en las elecciones, se entra en el juego del debate político pero en función de valores y referencias morales más que sociales. Es así como, en lugar de defender los principios propios a partir de las prácticas comunitarias, se pasa a discutir los principios y prácticas individuales y meramente de moral.
¿Qué es lo que está en juego, a su entender, en cada elección?
Básicamente, en todo tipo de sociedad existen dos corrientes: una orientada hacia lo social, que promueve la redistribución de los recursos, la solidaridad y las políticas públicas para atender las necesidades de la gente; y otra centrada en el desarrollo del capital para unos pocos, bajo una lógica de explotación económica y dominación. Y lo que siempre está en juego en las elecciones es esa dualidad; por eso el desafío de la gente radica en saber interpretarla. No se trata solamente de mirar si un candidato es perfecto moralmente o no, lo cual tiene su valor, sino de ver si ese candidato se mueve dentro de una lógica que corresponda verdaderamente a los valores del Evangelio. Por eso, la gente tiene que saber interpretar esa diferencia, sin dejar de evaluar el valor de la idoneidad personal y si las personas actúan con recta intención.
Ocurre también que, justamente, quienes están del lado de la dominación suelen ser más oportunistas, pues buscan defender sus intereses particulares o los de pequeños grupos con sus propias agendas.
¿Cómo llegó Brasil a la grieta que vive hoy?
El catolicismo brasileño fue perdiendo fuerza en su capacidad de dar un aporte desde sus propias prácticas. Ante el vacío que se fue creando, avanzó un modo de religiosidad que fue desmontando aquello que se había construido en términos de una Iglesia popular con conciencia y responsabilidad social.
En paralelo a esta confrontación, hubo un avance planificado del evangelismo fundamentalista. Existieron proyectos impulsados por quienes detentan el capital, sobre todo desde América del Norte, para ocupar espacios con un tipo de cristianismo alineado a sus intereses de dominación. Por eso existe hoy un choque, una confrontación muy fuerte entre proyectos de vida en sociedad.
Yo diría que, desde el punto de vista teológico, un proyecto corresponde más al Dios verdadero y el otro corresponde al ídolo. Hay orientaciones que son idolátricas, meramente materialistas e individualistas, y que favorecen más al dominante que a lo que entendemos como el valor de la comunidad, de la sociabilidad, de la universalidad de derechos y de la equidad social.
Esta cuestión está presente en la sociedad brasileña como lo está en tantas otras, y por eso se trata de hacer siempre un discernimiento: ¿de qué lado estamos? La Iglesia, por medio de su Doctrina Social, está del lado de la justicia social; está del lado de un Dios que es el Dios del compartir y de la solidaridad, y no del lado de quienes ejercen la dominación.
Para terminar, una última pregunta. Recién, en la presentación de este espacio de formación sindical a nivel latinoamericano, usted habló de la necesidad de un “nuevo sujeto histórico solidario”, señalando que de alguna forma no alcanza solo con pensar en el sindicato tradicional o en la clase obrera en sentido clásico.
Con una mirada más profética y desde la imaginación política: ¿cómo se imagina a ese sujeto solidario, al menos desde la realidad de América Latina? ¿Cómo lo podemos pensar hoy?
En primer lugar, debemos entender que hay que ser solidarios a través del trabajo, porque la preocupación principal es que el trabajo sea un estructurante de nuestra vida social.
Por lo tanto, si uno tiene un empleo, debe pensar que quien no lo tiene está pasando por necesidades; hay que ser sensibles a esa realidad. Y no se trata solo de una solidaridad personal o interpersonal, sino de que los grupos, comunidades e instituciones piensen en qué podemos hacer por aquellos que están excluidos del mundo del trabajo.
¿Qué formas concretas puede tomar esa solidaridad?
Y ahí debemos buscar maneras de desarrollar el trabajo a través de una economía solidaria. Si no hay trabajo, tenemos que crearlo; ese es un principio fundamental. En algún momento, alguien crea trabajo mediante su emprendimiento, pero lo que no se puede hacer es buscar soluciones puramente individuales. Si alguien tiene facilidad para desarrollar una actividad económica o un emprendimiento, debe buscar involucrar a otros, haciéndolo de manera cooperativa y diversificada, para ir avanzando hacia la comprensión de que también debemos tener una economía planificada, donde distintas actividades se vayan completando y complementando entre sí. Ese es el principio de una economía más orientada a lo social.
Mientras el capitalismo excluye a muchos, los excluidos deben encontrar formas de construir una economía alternativa. Al mismo tiempo, dado que existe una concentración de recursos en manos de emprendedores que obtienen grandes ganancias, es necesario repartir. De ahí surge la lucha de quienes están en el trabajo formal por mejorar sus ingresos y ejercer el derecho a participar de las ganancias de las empresas, algo que ya ocurre en algunos países y en el propio Brasil. Estas conquistas dependen en gran medida de la organización sindical: si los trabajadores son fuertes sindicalmente, pueden avanzar en esa línea.
Hasta que un día podamos llegar progresivamente al punto en que todos seamos trabajadores: algunos con funciones distintas, unos administrando y otros ejecutando el trabajo, pero sin que nadie tenga privilegios sobre el otro. Ese es el ser solidario que nace de la conciencia de que esa es, justamente, la vocación fundamental del ser humano: ser solidario.
Y eso significa vivir según la fe cristiana.











