
Últimamente en la conversación pública se habla del Apocalipsis, de que nos toca vivir y actuar en los tiempos relatados por profetas, santos y videntes. Sabemos que San Juan lo vio en Patmos: siete sellos, siete trompetas, siete copas derramándose sobre un mundo que no quería despertar. Los astrólogos hablan del final de la Era de Piscis y el amanecer de Acuario. Los hindúes creen que estamos surfeando el último coletazo del Kali Yuga, la edad oscura donde la verdad se arrastra y la mentira gobierna. Klaus Schwab y su organización de tentáculos discretos anuncia el fin de la tercera revolución industrial y el parto de la cuarta. Los geopolíticos, como Aleksandr Duguin, señalan el ocaso del tridente anglosajón —Estados Unidos, Inglaterra, Israel— y la emergencia de un mundo multipolar. Estamos viviendo en tiempo real la pesadilla de Maslatón el fin de la era "barrani", de la economía en papel moneda sin respaldo, y el inicio de la digitalización total, del ojo que todo lo ve en nuestras billeteras y transacciones cotidianas. Hasta a los gamers los están privando de tener sus juegos físicos y teniendo que adaptarse a ser un consumidor cautivo a la digitalidad de las plataformas..
Cada una de estas perspectivas, desde la visión mística más elevada hasta el análisis más terreno, converge en un punto: estamos en el inicio del parto. Y como en todo parto, hay dolor, hay sangre; y hay una resistencia feroz por no soltar el vientre. El Eclesiastés 3:1-9 lo sentencia: "Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora: tiempo de nacer y tiempo de morir" . Lo que no nos asegura el texto sagrado es si nuestra generación será parte del alumbramiento o meros espectadores de la agonía.
Si de verdad estamos en el Apocalipsis, tenemos que empezar a entenderlo de forma fiel, y no caer en la interpretación y relato de algunas corrientes malintencionadas, no es el fin de la humanidad, no es el fin de la tierra ni de los tiempos. Si lo entendemos desde su raíz más pura —el griego apokálypsis— la palabra habita como un gesto sagrado: el acto de retirar el velo. Su esencia jamás estuvo ligada a la ruina, sino a la claridad deslumbrante de la verdad desnuda, a ese instante supremo donde lo oculto se muestra al fin y el destino de la historia se despliega ante la mirada humana. Y es innegable que se están cayendo los velos, las construcciones narrativas que sostienen la hegemonía del poder, no solo en nuestro país, sino en el mundo, como si una misma corriente subterránea recorriera todos los continentes al mismo tiempo.
La tecnología y la pluralidad de voces que intervienen en la conversación pública hizo que no haya un único relator de la historia presente, y ese divino caos que se genera con la injerencia de múltiples voces hace que a muchas cosas que parecían sagradas, inalcanzables, o majestuosas cuando se relataban desde la tele, se les ahogue todo el brillo y magnificencia que los medios tradicionales le otorgaban. Las mentiras empiezan a tener patas cortas porque todos estamos fiscalizando los acontecimientos en tiempo real, evidenciando desde genocidios, hasta las mentiras más triviales y burdas de las figuras globales de la política, el arte, el deporte, etc. es como si a la humanidad, por primera vez, se le hubiesen abierto los ojos a la vez.
El ocaso de los falsos profetas
Para los Argentinos, este fenómeno de desenmascaramiento global tiene una expresión local que evidencia el desfasaje y decrepitud de un sistema abusador que le desgarra el alma y el bolsillo a sus ciudadanos. Por el desgaste natural de los últimos malos ciclos de gobierno se acerca la jubilación (en edades prematuras para algunos) de una élite dirigencial que supo ser importante en términos simbólicos y emocionales para parte del pueblo Argentino, pero que viene edificando tragedias desde hace al menos una década. Una elite que dilapida su capital político para negar las discusiones de fondo, que no se anima a crear ni soñar un futuro que nos contenga a todos. Nos obligan a centrarnos en sus disputas mezquinas, en nombres propios, en un reality show de chimentos cuyo único fin es sostener los cotos de caza de la partidocracia demoliberal.
Es la famosa "castificación" que bien supo poner en palabras el presidente, con la que desnudó a los burócratas del entramado estatal. Donde se nuclea la resistencia del poder decadente. Y como advirtió el poeta Teognis de Megara hace veinticinco siglos: "Jamás ha sido destruido un estado por hombres justos, sino cuando los malvados reivindican la violencia con descaro, corrompen a la multitud y dan la razón a los criminales, pensando en su propio provecho" . ¿Suena a diagnóstico de la Argentina contemporánea?
Esa dirigencia usa su poder para aferrarse con garras y dientes a un territorio donde la desintegración y la putrefacción de la noche son evidentes hasta para el más distraído. Pero he aquí la tragedia: mientras ellos se debaten en su agonía, la sociedad queda atrapada en un espiral descendente, y todavía la luz del día no termina de manifestarse. El pueblo, como escribió Scalabrini Ortiz en sus Bases para la reconstrucción nacional, es ese "hombre subterráneo que presiente la verdad pero no encuentra los canales para expresarla". Ese hombre es el que hoy decide no ir a votar, y si es que vota no lo hace convencido, lo hace con bronca, con ganas de incendio.
El abismo como brújula
El desencanto del electorado con el sistema demoliberal es de magnitudes notables. Venimos de una larga temporada de gobiernos frustrantes y corrosivos, electos por millones que confiaron en promesas que vendían transformación y terminaron en más crisis. Ya sea por incapacidad o por complicidad en un vaciamiento programado, la única narrativa de estos gobiernos fue señalar la "pesada herencia" del otro.
Este mecanismo beneficia la castificación del sistema político, ordenándolo en una cúpula binaria y antagónica que se autovalida por mera oposición. Se dejaron de lado las discusiones programáticas sobre el modelo de país, transformando la política en un show mediático, banal, listo para ser destripado por los chacales de los medios nacionales, esos alfiles del poder concentrado que operan como ordenadores de la discusión pública y sirven como inventores de la narrativa nacional. Hoy las palabras de los candidatos valen menos que el papel en que se imprimen. Y cuando las palabras pierden valor, la violencia simbólica —y a veces real— ocupa su lugar.
La gente se siente acorralada. Las instituciones desconocen y se desentienden de los reclamos del eslabón social más débil y vulnerable. Entorpecen, retardan, y empantanan con burocracia al sector aspiracional productivo, la famosa ‘‘clase media’’ y benefician con políticas concretas al poder económico concentrado, a esa elite antinacional que se autopercibe universalista o global, pero q se autogestiona negocios y privilegios con la de todo el pueblo mediante sus resortes en el estado. Por eso la última elección fue decidida desde el abismo de las emociones agresivas. De ahí la pregnancia de la motosierra, el llanto por la destrucción del Estado, el deseo de sepulcro para toda la dirigencia. El pueblo vio que cada partido sumó su grano de arena para profundizar discusiones sobreideologizadas y superficiales, que alimentaron una grieta quimérica, dejando afuera una sociedad que no se siente representada por esas discusiones, ni por el revanchismo circunstancial de los dirigentes.
Esa sociedad hoy vota con el estómago, pero también con el alma herida.
La juventud: el espejo roto al que le tenemos que volver a hablar
En este sentido, creo que el pueblo está en una etapa de quiebre y reflexión. La enajenación de las emociones oscuras —la bronca, el odio, la repulsión— ya no se proyecta solo al adversario clásico, sino contra toda representación política y el sistema democratico. Esto se ve exacerbado en los jóvenes, que sienten una gran apatía. Crecieron en una Argentina en constante crisis, con políticos que ni siquiera se gastan en representarlos.
Solo trabajan para convencer a los nostálgicos derrotados, que aspiran a volver a un modelo inaplicable. Intentan convocar a los pibes con espejismos ricoteros, camperas Adidas, apropiándose de íconos pop o subiéndose a modas 3 semanas tarde por recomendación de algún asesor toma-mate. Quieren sonar frescos y revolucionarios con banderas guevaristas, viviendo a fines del 2026. Esto no solo es ridículo y demodé; espanta a cualquier pibe que tenga una mínima intención de participar en algo serio. Se ve parecido a la descomposición del radicalismo, que pasó de representar a las bases populares con Yrigoyen y de concebir corrientes como FORJA —con una clara postura en defensa del interés nacional—, a terminar reivindicando al alfonsinismo, pagando el costo de entregar toda convicción con tal de burocratizarse. "Viejos meados" fue una de las categorizaciones con los que el libertarianismo supo denominar a este tipo de payasos que performan los valores democráticos y republicanos pero que su único interés es sostener sus negocios y privilegios.
Pero atención, es fácil estar enojado y despotricar en una situación de crisis como la que estamos viviendo, pero la bronca sin objetivos es un huracán. Y el huracán, cuando pasa, solo deja desierto.
Mateo 10:34
Acá es donde la reflexión debe volverse acción. Porque si algo nos enseñan todos estos finales de era, es que los cambios no ocurren por ósmosis: ocurren porque hay sujetos dispuestos a empujarlos. Y en esa tensión, la vieja dirigencia apuesta a que nos quedemos paralizados, discutiendo sus peleas menores, mirando su reality show mientras ellos negocian en las sombras cómo seguir comandando cuando las luces se apaguen.
La casta no va a irse por su cuenta. La partidocracia no se va a resolver por justicia divina. La oscuridad no se transforma en luz por sí sola. Alguien tiene que prender el fuego.
Y acá quiero traer a Leopoldo Lugones, ese gran incómodo de nuestra historia, que nos advertía: "La patria no se improvisa; se forja en el yunque del sacrificio y se templa en la sangre de los que la sueñan". No se trata de inmolación, sino de temple. De decisión. De estar dispuestos a bancar lo que viene con dignidad y con coraje.
También traigo a Arturo Jauretche, ese maestro del pensamiento nacional, cuando decía: "Los argentinos no tenemos memoria, tenemos resentimiento; y el resentimiento no construye, solo destruye". Y hoy, en este vértigo de cambio, estamos obligados a superar el resentimiento para convertir la bronca en potencia creadora. Porque si no, la motosierra se va a comer hasta los cimientos y después no va a quedar ni sombra donde cobijarnos.
Nuestro llamado es a ser fogoneros del día que viene
Estamos en el umbral, y el umbral no es lugar para esperar: es lugar para decidir.
El Apocalipsis no es un final: es el juicio de la luz sobre la sombra. No es el Dios que castiga, sino el que revela, porque solo lo verdadero se sostiene cuando se retira el velo. Hay una ley que los hombres no escribieron y por eso no pueden derogar: todo lo que se edifica sobre la mentira lleva en sus cimientos la fecha de su caída. Ningún poder negocia con el tiempo. El tiempo no negocia: cumple.
Lo que hoy tiembla en la Argentina tiembla porque participa, aunque no lo sepa, de ese orden mayor donde toda máscara cae. Y lo que empieza a asomar nos atraviesa, nos elige y nos pide estar a la altura de lo que ya se puso en marcha.
Este cambio de era no nos va a encontrar dormidos. La noche está pariendo, y aunque el parto duela, aunque los de siempre nos repitan que no hay alternativa, nosotros sabemos que la alternativa se construye todos los días, con los pies en el barro y la mirada en el horizonte.
El pueblo votó con bronca, votó la motosierra. Pero la destrucción no es un programa: es el prólogo. La motosierra no levanta una escuela, no cura en un hospital, no le da de comer al prójimo. La bronca puede ser el combustible, pero no puede ser el destino.
Por eso necesitamos dirigentes sin miedo y ciudadanos que no deleguen. La democracia no es un contrato de alquiler donde uno paga y otro decide: es un pacto sagrado que se alimenta cada día con participación y compromiso. O construimos con los que aún creen que otra cosa es posible, o la oscuridad que la casta alimenta nos devora a todos.
El final de la noche se acerca. Y la pregunta que nos quema la garganta es esta: ¿vamos a esperar a que alguien prenda la luz por nosotros, o vamos a ser los fogoneros del día que viene?
Esto no es para espectadores. Es para los que están dispuestos a ensuciarse las manos, a romper el molde, a bancarse la intemperie. La patria no se hace sola: se hace con coraje, con ideas y con el corazón desbocado.
El día está llegando, y cuando llegue no será prestado. Lo vamos a construir entre todos, con el sudor de los que laburan, la sabiduría de los que piensan y la entrega de los que aman y sueñan.
Si vemos que el tiempo del silencio y la espera para los militantes se agota. Significa, compañeros, que el tiempo de hablar y actuar ya nos está golpeando la puerta.
¿La vamos a abrir?








