
Arzobispado de Mercedes-Luján
Mercedes, 20 de setiembre de 2026
Palabras en la Primera Peregrinación a Luján de Veteranos de Malvinas
Queridos hermanos y hermanas:
Veteranos de Malvinas, familiares, peregrinos que hoy se reúnen en esta casa de la Virgen.
Qué hermoso y qué significativo es encontrarnos acá, en Luján, en la casa de nuestra Madre, en este lugar al que tantas veces venimos para poner delante de Dios aquello que nos alegra y aquello que nos duele, lo que agradecemos y también aquello que todavía no logramos comprender.
Hoy llegan a esta Basílica los veteranos de Malvinas. Llegan caminando, llegan con sus historias, con sus heridas visibles e invisibles, llegan con sus compañeros, con sus familias, con sus silencios y con sus recuerdos. Y esta llegada tiene un sentido muy profundo, porque peregrinar es una acción sencilla, pero al mismo tiempo profundamente religiosa. Uno se pone en camino porque todavía hay algo que busca, algo que necesita agradecer, algo que necesita entregar, algo que necesita poner en las manos de Dios.
Caminar es reconocer que no estamos terminados, que nuestra historia sigue abierta, que seguimos necesitando de Dios y de los demás, que nadie puede vivir solamente de lo que ya vivió, sino que siempre hay un camino por delante.
Y caminar es también una manera de decir que no queremos quedarnos detenidos en el dolor. Queremos que nuestra memoria se transforme en compromiso, que nuestras heridas no sean motivo de odio, sino que puedan convertirse en una fuente de sabiduría, de responsabilidad y de paz. En esta primera peregrinación, ustedes no vienen solamente a recordar una guerra; vienen a poner sus vidas en las manos de la Madre del Señor, que es nuestra Madre. Vienen a agradecer, pero también vienen a decirle a la Virgen, en lo secreto del corazón, que todavía hay cosas que ustedes y todos nosotros necesitamos sanar y transformar.
Queremos recibirlos con respeto, con cariño y con una profunda gratitud. Porque hay momentos en la vida de un pueblo en los que es necesario detenerse, mirar a quienes tenemos a nuestro lado y decirles gracias. Gracias por lo que vivieron, gracias por lo que entregaron, gracias también por seguir caminando y por haber elegido este camino de peregrinación hacia la casa de nuestra Madre.
El Evangelio de Mateo nos presenta hoy la parábola de los trabajadores de la viña. Un dueño sale a distintas horas del día a buscar trabajadores; algunos comienzan temprano y otros son llamados cuando ya queda poco tiempo. Al final, todos reciben el mismo jornal, y aquellos que habían trabajado desde el comienzo protestan porque consideran que no es justo. La respuesta del dueño resulta desconcertante: «¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?».
Jesús nos pone delante una lógica que no siempre coincide con la nuestra, porque nosotros solemos medir la vida desde la lógica del mérito, del reconocimiento y de la comparación. Quién llegó primero, quién hizo más, quién recibió más, quién fue reconocido y quién quedó olvidado. Muchas veces vivimos mirando lo que tiene el otro, lo que recibió el otro, lo que se le reconoció al otro, y terminamos pensando la vida como una competencia permanente en la que para que uno gane necesariamente otro tiene que perder.
Pero el Evangelio nos dice que Dios no se mueve por la lógica de la comparación y de la competencia. Dios no necesita que para que unos sean más, otros sean menos. Su bondad no es una recompensa que se reparte quitándosela a alguien. La misericordia de Dios no es un premio que algunos reciben y otros no. La misericordia de Dios siempre abraza a todos.
Y esto toca profundamente nuestra historia como argentinos.
Malvinas no es solamente un episodio de la historia de nuestra patria. Es también una herida, una interpelación abierta y una responsabilidad colectiva. Hay nombres, hay rostros, hay familias que esperaron, hay hombres que regresaron y tuvieron que aprender a vivir con todo lo vivido.
Malvinas son 649 hermanos nuestros que no volvieron y muchísimos que murieron después y por causa de esa guerra.
Por eso hay una deuda que no se resuelve únicamente con actos, discursos o reconocimientos ocasionales. Una nación se muestra verdaderamente agradecida cuando cuida a quienes entregaron una parte de su vida por ella, cuando escucha sus historias y no los abandona a la soledad, cuando se compromete con la salud integral, con la dignidad y con el futuro de sus veteranos, y cuando se interesa por sus familias. Porque detrás de cada veterano hay una historia que continúa y una familia que ha recorrido un camino de dolor, de espera y de esperanza.
No se trata de convertir el dolor en una bandera de enfrentamiento. Se trata de asumir nuestra historia con verdad, sin negar el sufrimiento y sin permitir que el olvido vuelva a herir. Porque un pueblo que olvida a sus veteranos se olvida de una parte de sí mismo. Y, por el contrario, un pueblo que los reconoce, que los escucha y que los acompaña puede comenzar a sanar algo de toda su propia historia, no solamente de una parte, lo repito, desde ese dolor concretísimo, puede sanar toda su historia.
Jesús pronuncia una frase que ha quedado grabada en la cultura de la humanidad: «Los últimos serán primeros, y los primeros, últimos». Es una invitación a mirar la vida desde el corazón de Dios y a preguntarnos quiénes son aquellos que muchas veces quedan en los últimos lugares, aquellos que no cuentan, los que quedan al margen, los que no tienen voz, los que fueron olvidados, los que llevan una herida que los demás no ven.
Y acá podemos preguntarnos, como Iglesia y como sociedad argentina: ¿hemos sabido poner en el centro a nuestros veteranos?, ¿hemos sabido escuchar lo que vivieron?, ¿hemos sabido acompañar sus dolores, sus búsquedas y sus necesidades?, ¿hemos sabido reconocer que detrás de cada veterano hay una persona, una familia, una historia, una vida que merece ser cuidada?
La primera peregrinación de los veteranos de Malvinas a Luján tiene algo de profético, porque caminar hacia la Virgen es también decirle a nuestra sociedad que nadie debe quedar al margen del camino y del destino común, que nadie debe ser descartado y que ninguna vida puede ser reducida a una estadística o a un recuerdo de una fecha patria.
Y esto nos toca profundamente como argentinos.
Vivimos tiempos en los que muchas veces nos cuesta reconocernos como pueblo; nos cuesta escucharnos, trabajar juntos y sostener la esperanza. Hay cansancio, hay pobreza, hay desigualdades, hay violencia, hay corrupción y hay tantas personas que sienten que no son tenidas en cuenta, hoy muy especialmente nuestros ancianos jubilados y los que sufren alguna discapacidad. Nuestra sociedad está atravesada de muchos tipos de enfermedades, no sólo físicas, también morales y espirituales y que, si no somos capaces de mirarlas y de asumirlas, podemos terminar acostumbrándonos a vivir unos al lado de otros sin sentirnos verdaderamente responsables de lo que le pasa al otro.
En medio de todo esto necesitamos recuperar algo fundamental, la capacidad de reconocernos hermanos y de hacernos cargo unos de otros. No podemos construir una Argentina donde cada uno luche solamente por su propio lugar, donde la vida se convierta en una permanente competencia por llegar primero, por tener más o por ser reconocido y para lograrlo, no tener ningún reparo de pisar cabezas. No podemos acostumbrarnos a que algunos queden siempre afuera, ni resignarnos a que el dolor de los demás nos resulte indiferente.
El Evangelio de hoy nos recuerda que la vida no se construye compitiendo con los otros, sino desde la bondad, la justicia y la fraternidad. Y nuestros veteranos pueden ayudarnos a recuperar una pregunta esencial, una pregunta que quizás necesitamos hacernos muchas veces como sociedad: ¿qué clase de pueblo queremos ser?
¿Queremos ser un pueblo que recuerda solamente cuando le conviene, o un pueblo que sabe agradecer y acompañar todos los días? ¿Queremos ser un pueblo que se divide permanentemente, o un pueblo capaz de encontrar caminos de encuentro? ¿Queremos ser un pueblo que se acostumbra al dolor ajeno, o un pueblo que vuelve a tener sensibilidad, coraje y solidaridad?
Estamos hoy todos juntos en la casa de nuestra Madre de Luján, y María no es para nosotros una figura lejana. Es la Madre que permanece, la Madre que acompaña, la Madre que sabe de caminos largos, de incertidumbres, de dolores y de esperanzas. María estuvo junto a la cruz; no huyó del sufrimiento de su Hijo, sino que permaneció.
Por eso hoy queremos poner en sus manos de Madre a nuestros veteranos. A los que están acá y a los que no pudieron venir, a los que viven con alegría y a los que todavía llevan heridas profundas, a los que tienen una familia que los sostiene y a los que se sienten solos. Queremos poner en sus manos a nuestros caídos, a sus familias y a toda la historia de Malvinas.
Y queremos pedirle que nos enseñe a ser un pueblo que no abandona, un pueblo que sabe mirar a los ojos, que sabe agradecer, que sabe cuidar, que sabe levantarse cuando las circunstancias son difíciles y que sabe seguir caminando aun cuando el camino se hace largo y pesado.
Y esto lo deseamos vivir así, porque la Virgen de Luján no nos reúne para que nos quedemos encerrados en el pasado. Nos reúne para que, mirando nuestra historia con verdad, podamos construir un futuro más humano y más fraterno. La memoria no puede ser solamente mirar hacia atrás; la memoria también tiene que ayudarnos a decidir qué queremos hacer con lo que hemos vivido y qué pueblo queremos construir hacia adelante.
Por eso estamos hoy acá. Para agradecer, para recordar, para acompañar y también para pedir.
Le pedimos a Dios y a la Virgen que, por caminos de paz, las Malvinas sean reconocidas por el concierto de las naciones como lo que son: argentinas. Lo pedimos desde nuestra identidad, desde nuestra memoria y desde el profundo vínculo que nos une a ellas. Pero lo pedimos también desde la paz y para la paz. No queremos que ninguna generación de argentinos vuelva a conocer el dolor de la muerte, las heridas y las ausencias que deja una guerra.
Querida Virgen de Luján.
Hoy te confiamos a nuestros veteranos de Malvinas.
Recibilos con tu ternura de Madre y acompañá sus vidas, sus familias y sus historias. Saná las heridas que todavía duelen, consolá a quienes llevan ausencias, fortalecé a quienes atraviesan dificultades y ayudanos a ser una sociedad que sabe cuidar y agradecer.
Te confiamos también a toda nuestra Argentina, una Argentina que necesita recuperar la confianza, la solidaridad, la verdad y la esperanza; una Argentina que necesita aprender a mirarse como pueblo y no solamente como un conjunto de intereses enfrentados; una Argentina que necesita hombres y mujeres con coraje para construir el bien común y para no resignarse frente a todo aquello que nos divide, nos empobrece y nos hace perder la esperanza.
Virgen de Luján, Madre de todos los argentinos, ayúdanos a no olvidar, a no abandonar, a no resignarnos y a seguir caminando juntos.
Y que esta primera peregrinación de los veteranos de Malvinas sea una semilla de encuentro, de memoria agradecida y de fraternidad para toda nuestra Patria; que esta peregrinación nos ayude a recordar que un pueblo no se construye olvidando sus heridas, sino asumiéndolas con verdad, cuidando a quienes las llevan y transformando esa memoria en un compromiso renovado con la vida, con la paz y con el futuro.
Que María de Luján, nuestra Madre, nos enseñe a caminar como pueblo y a cuidar unos de otros, para que nunca más nadie tenga que sentirse solo en el camino.
Amén.
Jorge Eduardo Scheinig
Arzobispo Metropolitano de Mercedes-Luján










