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Manga, anime y videojuegos (MAV): el último refugio del símbolo

Manga, anime y videojuegos (MAV): el último refugio del símbolo

En el inicio de los tiempos, el arte oficiaba de intermediario con los dioses. La arquitectura, el relato oral, la pintura, la música y la danza culminaban en un mismo centro, bajo la forma del templo y la comunidad que se formaba a su alrededor. Al mismo tiempo, un retrato podía representar un arquetipo de autoridad; una cruz, el ideograma del orden cósmico; una danza, el movimiento de los astros; y un relato oral, la sublimación del combate invisible entre distintas fuerzas espirituales.

Aquella unidad comenzó a fragmentarse hacia el final de la Edad Media. Cuando el foco se desplazó hacia el hombre en sí, el símbolo perdió su lugar central en la vida comunitaria y debió buscar nuevos refugios.

Ángel Faretta resumió este proceso bajo la fórmula de «la cultura tradicional en diáspora desde el otoño de la Edad Media». En Dominio eminente, Faretta estudia la supervivencia de las formas simbólicas y mitopoéticas desplazadas desde el Renacimiento. Los antiguos datos tradicionales abandonaron parcialmente sus instituciones originales y reaparecieron dentro del teatro, la poesía, el melodrama, la literatura fantástica y, finalmente, el cine.

‍Ángel Faretta resumió este proceso bajo la fórmula de «la cultura tradicional en diáspora desde el otoño de la Edad Media». En Dominio eminente, Faretta estudia la supervivencia de las formas simbólicas y mitopoéticas desplazadas desde el Renacimiento. Los antiguos datos tradicionales abandonaron parcialmente sus instituciones originales y reaparecieron dentro del teatro, la poesía, el melodrama, la literatura fantástica y, finalmente, el cine.

Esta diáspora atraviesa el teatro itinerante y criptocatólico de Shakespeare como imagen del mundo. En él, los muertos regresaban para reclamar justicia; el bosque, la tormenta y la noche participaban del destino retratando visualmente la pasión humana. El Barroco se alzó como contrarreforma y recordatorio del negado aspecto trágico de la vida, y el teatro, el melodrama y la ópera continuaron el mismo camino hacia la puesta en escena de la tradición perdida. El Romanticismo recuperó el doble, el autómata, el sueño, la ruina y el bosque nocturno, mientras que en Hoffmann y Poe la antigua corriente sobrevivía bajo el refrescante ropaje del cuento fantástico y policial.

Durante el siglo XX encontró uno de sus máximos refugios en el cine con Griffith colocando la piedra angular. Más tarde, Hitchcock elevaría el trabajo de la mirada a su máxima perfección con Vértigo y, finalmente, El Padrino, El Exorcista y las obras de De Palma, Carpenter, Cameron o Peter Weir conducirían a este lenguaje hacia su etapa de mayor autoconciencia, poniendo todo su potencial al servicio de los fines del espíritu.

A finales del siglo, el sistema comenzó a perder cohesión, dominado por la distracción del remake, el reboot, la franquicia y la pérdida de las grandes productoras. Esa cosa viva llamada tradición debió encontrar un nuevo espacio vital.

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Nace el MAV

Ese territorio de dominio eminente se había formado en Japón bajo el nombre del manga, el anime y el videojuego japonés. A este conjunto lo llamaremos MAV.

El manga moderno encontró una de sus grandes figuras fundacionales en Osamu Tezuka, entre cuyos antepasados maternos se encontraba el samurái y ninja Hattori Hanzō. Su obra consolidó una matriz gráfica cuya mayor fuerza radicaba en llevar al cómic japonés la narrativa, la síntesis y el movimiento del cine, asimilando también recursos de la animación estadounidense. El anime le dará poco tiempo después a ese formato movimiento real, un motor y un ánima en concordancia con su nombre. El videojuego, llegado solo unos años más tarde, hará de esos mundos espacios atravesables y habitables.

El MAV pertenece a una sociedad industrial y tecnológica. Sin embargo, conserva, reconstruye o reactiva funciones que antiguamente correspondieron al arte tradicional. Sus formas pasan de una generación de autores a otra. Persisten el oficio, la disciplina técnica, los códigos compartidos y el aprendizaje mediante imitación y transformación.

En su seno persisten el mito, el arquetipo, el rito y el símbolo casi como lenguaje estable. La interioridad, la relación con el cosmos, la prueba, el sacrificio, la muerte y el misterio reaparecen bajo nuevas máscaras.

La aduana espiritual

El teórico y artista Takashi Murakami observó que, en el incómodo contexto de la posguerra, la verdad sobrevivió viva y resistente en las historias contadas a los niños. Bajo la investidura de la programación infantil, el anime pudo retratar una realidad que no encontraba sitio en el relato oficial. Allí sitúa Murakami el momento en que Japón llegó a comprender la sinceridad de estos creadores.

Pero esta expresión sincera de la verdad tuvo un precio. Al cruzar hacia Occidente, muchas obras debieron atravesar una verdadera aduana espiritual. En The Legend of Zelda, una Biblia fue convertida en un Libro de Magia. En Final Fantasy, una iglesia pasó a ser una clínica y el sacerdote fue reemplazado por un médico. En ActRaiser, se reemplazó a Dios por el Maestro y a Satán por un tal Tanzra, mientras que la cruz y el agua bendita fueron llamadas en el primer Castlevania bumerán y bomba de fuego, respectivamente. Con el manga y el anime, la lista se hace aún más interminable e insólita.

La censura occidental de sus propios símbolos terminó dejando una prueba involuntaria.

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Aquellos signos todavía conservaban una fuerza difícil de administrar, que requería cierto tipo de domesticación laica.

El fenómeno excede las localizaciones de los años ochenta y noventa. Las obras del MAV han recibido objeciones del puritanismo evangélico, de una relatoría especial de la ONU, de gobiernos, plataformas y corporaciones, aunque cada sector invoque razones diferentes. Poderes enfrentados entre sí que terminan dando el mismo resultado: reducir el símbolo a elemento decorativo folklórico, someterlo a una lectura moral inmediata o, directamente, retirarlo de circulación.

Curiosamente, el manga, el anime y el videojuego japonés tienen los mismos enemigos que tuvo siempre la tradición.

Metafísica y apertura simbólica

La distinción de René Guénon entre religión y metafísica ofrece una clave más para entender la apertura de recursos del MAV. Para Guénon, la religión reúne doctrina, moral y culto. La metafísica se dirige hacia principios universales, anteriores a las formas particulares y superiores a cualquier dominio de la moral sentimental, la cual no deja de cambiar de una época a otra.

Desde esa perspectiva, Oriente conservó una aptitud metafísica que el Occidente moderno fue perdiendo bajo las influencias del ocultismo decimonónico, la New Age, el psicologismo, el positivismo, entre otros. El MAV puede acercarse a símbolos cristianos, judíos, budistas, hindúes o sintoístas sin exigirles más que su realidad directa.

Una cruz puede convivir con un kami. Un ángel, con la rueda de las reencarnaciones. La Cábala, con la máxima tecnología, y el libro de Ezequiel, con el Naraka budista.

Sus autores emplean estos materiales con rigor, intuición, juego o fascinación por su profunda belleza y significado. Aun así, el símbolo abre sentidos que desbordan la intención individual. Ver Evangelion o Saint Seiya en la niñez o en la adolescencia puede constituir, para muchos espectadores, una experiencia de intensidad espiritual o religiosa al ponerlos frente a estos símbolos por primera vez.

Esta apertura también permite al MAV internarse en regiones supramorales incomprendidas por Occidente. Sus mundos pueden contemplar la destrucción, el deseo, la pureza, el sacrificio o la divinidad antes de reducirlos a una consigna discursiva. Las acusaciones de inmoralidad e incluso de satanismo que recibe el medio expresan, muchas veces, el lente con el que se lo contempla.

El Shinservice

Dentro de este sistema aparece una operación que proponemos llamar Shinservice: un fanservice simbólico que va dirigido a despertar lo trascendente en el espectador.

El Shinservice vive en la música que eleva una transformación; en el juramento que vuelve sagrado un combate; en la lluvia sobre una tumba; en el templo abandonado; en el héroe que entrega su vida; en la doncella pura y luminosa; en el mundo herido que espera su restauración. Elementos aparentemente accesorios despiertan el sentido de lo numinoso y lo mistérico, el deseo de elevación y la melancolía de una perfección habitante de los tiempos remotos. Esto se cristaliza en cómo muchas de estas obras nos llevan a llorar, temblar, sentir escalofríos, euforia, ira, poder. Fenómenos del cuerpo cuyos mecanismos la ciencia puede describir, aunque esa descripción no agota ni un poco el sentido de la experiencia, la cual cruza directamente a las orillas de lo trascendente, se tenga conciencia de ello o no. Parafraseando a Guénon, los efectos son símbolos de sus causas.

En el MAV, muchos héroes masculinos encarnan valor, disciplina, lealtad y sacrificio, ecos transformados de la idea tardía del bushidō, el honor del samurái, que invitan a encarnar esa potencia: una fuerza que convive con la delicadeza, la juventud y la capacidad de sufrir por otros. Muchas figuras femeninas reúnen gracia, pureza, firmeza y resistencia interior: cualidades relacionadas con el ideal de la Yamato Nadeshiko, la mujer ideal japonesa. En otro registro cultural, esa figura puede compararse con la dama que eleva al caballero. Su belleza educa la imaginación mediante una imagen de aquello que el ser humano puede llegar a ser.

La acusación contemporánea de sexualización del medio suele generar más confusión al aplicar una misma lectura a registros muy diferentes, acentuando las diferencias entre Oriente y Occidente. El erotismo inocente y torpe de una parte del anime comparte poco con la mirada pornográfica occidental. Buena parte de ese erotismo pertenece al humor, el pudor y el descubrimiento juvenil del cuerpo, que es al mismo tiempo parte de los ritos de paso propios de todo personaje encarnado en la adolescencia.

El MAV también conoce el lado trágico de esto, expresado junto a una estilización de la violencia física y sexual, que puede caer por momentos en el fetichismo y la perversión. Pero cuando toda belleza corporal, idealización y manifestación del eros reciben idéntica condena, la mirada del censor termina revelando, como dijimos antes, sus propias obsesiones.

El Shinservice reúne de este modo belleza, misterio, eros, heroísmo, potencia y sacrificio. Actualiza cuestiones espirituales dentro de una cultura popular sin convertirlas en un sermón moral. Ofrece al espectador imágenes capaces de ordenar el deseo y recordar una dimensión más alta de la vida.

La tradición viva en las obras

Como continuación de la diáspora tradicional, el manga, el anime y el videojuego japonés preservan una relación viva con la tradición simbólica. En un contexto donde casi todas las artes contemporáneas han debilitado su vínculo con el mito, el rito y el arquetipo, el MAV los incorpora con naturalidad a su lenguaje narrativo y visual.

Sus historias movilizan valores universales y trascendentes que, según la disposición del espectador, pueden ser reconocidos, experimentados y, sobre todo, vivificados. Al entregarse a sus arquetipos e ideogramas, el espectador participa de una experiencia que puede adquirir una dimensión pararritual o iniciática.

Esta corriente sigue viva y puede rastrearse a través de todo el MAV. Tetsuwan Atom abrió la pregunta por el alma y la polaridad del símbolo, mostrando que la energía nuclear puede usarse tanto para el mal como para el bien; Ghost in the Shell, Serial Experiments Lain y NieR: Automata la llevaron hacia el cuerpo artificial y la pregunta sintoísta por el alma de las cosas.

Phoenix expresó la rueda del samsara a través de muertes y renacimientos; Chrono Trigger nos permitió atravesar el tiempo y el espacio para impedir la consumación de un trágico eterno retorno; Frieren hizo del viaje posterior a la victoria una peregrinación hacia la tierra donde reposan las almas, obligando a una inmortal a medir el tiempo por aquellos a quienes sobrevivió, mientras Hōseki no Kuni muestra otro tipo de peregrinación en busca del sentido mismo ante la pérdida progresiva del Yo.

Nausicaä, Mononoke Hime y The Legend of Zelda confiaron en el héroe como mediador en la restauración de un mundo que debe ser reformado. Berserk, Vagabond y Dark Souls devolvieron al combate su carácter de vía ascética. Mobile Suit Gundam vistió al guerrero con una armadura tecnológica que no le restaba valor al espíritu; Saint Seiya y Sailor Moon inscribieron el cuerpo humano dentro del orden superior del cosmos, actualizando la cosmología misma. Dragon Ball, Dragon Quest y Final Fantasy hicieron de la aventura un camino iniciático atravesado por la muerte, la transformación y el renacimiento de los mundos.

En Fullmetal Alchemist y Witch Hat Atelier, el conocimiento volvió a exigir una disciplina activa, una responsabilidad y una tradición; Shin Megami Tensei, Persona y Metaphor poblaron el interior humano en una lucha épica de dioses, demonios y arquetipos que reclaman una elección desde el Sí mismo.

Monster, Perfect Blue y Revolutionary Girl Utena recorrieron el mitologema del doble, la máscara y las identidades que el otro construye para nosotros. Evangelion, Akira y Shingeki no Kyojin mostraron que el apocalipsis comienza en la pequeña guerra santa interior, mientras Jujutsu Kaisen convirtió esa misma lucha contra los demonios en síntesis y técnica ritual, disciplinando la energía negativa mediante votos, sellos y expansiones de dominio.

Cowboy Bebop y Metal Gear Solid recibieron la posta heredada del western, el cine negro, el melodrama y el espionaje; Resident Evil y Silent Hill hicieron del descenso a los infiernos un territorio que el espectador debía atravesar por sí mismo. Incluso Super Mario conserva, bajo su aparente sencillez, la gramática elemental del mito: cruzar el umbral, descender al mundo subterráneo, morir, regresar y restaurar el reino luego de rescatar al ánima, encarnada en la princesa Peach.

Separadas por décadas, géneros e industrias, todas estas obras vuelven sobre las mismas formas elementales: el reino perdido, la prueba iniciática, el sacrificio, la memoria ancestral, el alma y el cuerpo en simétrica potencia y un mundo herido que todavía espera su restauración.

Japón tampoco recibió pasivamente una herencia occidental. El MAV nació del encuentro entre dos corrientes: el arca simbólica de Occidente y una memoria mítica japonesa atravesada por el sintoísmo, el budismo, las estaciones, el teatro Noh, el grabado, la modernización y la fractura de la posguerra.

Dentro de una cultura tecnológica y aparentemente secular, el símbolo encontró su nuevo cuerpo, hasta que el espíritu vuelva a abrir sus alas y lo lleve a nuevas regiones. Mientras tanto, una página, una pantalla, una consola…

El MAV es el último lugar donde el mito, el rito, el arquetipo y el misterio todavía forman parte de un lenguaje vivo.

La tradición también sabe vivir en el exilio. Y todo exilio conserva, en secreto, la posibilidad del regreso.

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