Producción

Maquinaria Agrícola: La Industria que une a los Argentinos

Maquinaria Agrícola: La Industria que une a los Argentinos

Una de las tantas fracturas que ha sufrido nuestro país se basa en la aparente dicotomía entre “campo o industria”. Esta fractura, alimentada por izquierda y por derecha con declaraciones que afirman que “la soja es casi un yuyo” o que la industria es “un bebé de 90 años”, esconde una de las realidades más virtuosas y ejemplares de nuestro país. Desarrollo comunitario, tradición familiar, valor agregado, tecnología de punta, exportación y pleno empleo: eso es lo que sintetiza la industria de maquinaria agrícola argentina. 

Los fríos números que se puedan compartir para graficar el sector toman un valor enorme al exhibir las principales características de esta cadena de 1.200 empresas. Por un lado, su naturaleza nacional y familiar (97% de las empresas son de capitales nacionales, y 85% de estas son PyMEs familiares). Por otro lado, su trayectoria, con empresas que superan los 90 años de existencia creciendo junto a su entorno. También, su nivel de internacionalización, con exportaciones a más de 50 países de todo el mundo.1

Dentro de estos números, se pone en valor el rol que la industria de maquinaria agrícola adquiere como sostén del desarrollo federal de nuestra Nación: los 40 mil empleos directos y hasta 100 mil indirectos, distribuidos por el mal llamado “interior del interior”, hacen que localidades de 30 mil, 15 mil o hasta 2 mil habitantes sean protagonistas de un sector que, además de llenarnos de orgullo por su innovación tecnológica y reconocimiento a nivel mundial. Demostrando que la división campo-industria no es más que un planteo funcional a intereses que no son los de la Argentina. 

Justamente, el vínculo entre el productor agropecuario y el industrial metalúrgico en la innovación tecnológica, es lo que hace única a la Argentina en el mundo. A esto se suma el rol clave de las instituciones del conocimiento y de entidades públicas y privadas en el desarrollo y la internacionalización del sector. 

Por supuesto, como en todo sector productivo, se requiere de un contexto adecuado. Hoy en día, destacan ciertas cuestiones que hacen a la competitividad del sector y se encuentran “portones afuera”. Es decir, excede al proceso productivo de las empresas. 

El primero es el impacto de la matriz impositiva. Tomando como ejemplo uno de los productos más representativos de la industria, como lo es una sembradora, se destaca una carga impositiva sobre el precio en puerta de fábrica del 33%, mientras que en Brasil, uno de nuestros principales competidores, es del 15%.2 Esta realidad se extiende a todo el sector, y se explica por la distorsión impositiva en toda la cadena y tanto en el plano nacional como provincial y municipal.  

Al mencionar a Brasil, entra en escena otra cuestión fundamental que dicho país ha resuelto y en la Argentina es aún una cuenta pendiente. Se trata de cómo abordar el financiamiento. Brasil ha definido, a través de la política crediticia de su Banco de Desarrollo (el BNDES) que, para que un producto pueda acceder a los programas de financiamiento para la adquisición de maquinaria agrícola o infraestructura rural, debe superar un porcentaje de integración de componentes y mano de obra local del 50%.3 Dicho en criollo: para vender en Brasil, hay que fabricar en Brasil. Así, direccionó el crédito público al desarrollo nacional resolviendo un factor clave, que es la definición de producto nacional. Lo más llamativo es que, para ello, no precisó ni siquiera de una ley. Simplemente colocó el sistema financiero al servicio del sistema productivo 

Por el contrario, en nuestro país no existe tal identificación, lo que conlleva a que el financiamiento que surge de los fondos públicos se dirija a promover productos cuyo principal valor agregado no se explica por el trabajo argentino. Esta situación se enmarca en el camino que nuestro país transitó desde la promulgación de la Ley N.º 21.526 de Entidades Financieras del año 1977. Con ella, la Argentina puso fin a un ciclo que, incluso con sus fuertes vaivenes políticos y sociales, mantuvo un fomento a la industria nacional que nos llevó, entre otras cosas, a contar con 35 fabricantes nacionales de cosechadoras de grano, de los cuales hoy quedan sólo dos. 

A partir de entonces, al eliminarse la función social y productiva del crédito, la industria argentina comenzó un largo proceso de debacle que continúa hasta nuestros días. 

Por otro lado, la competitividad y el desarrollo del sector se encuentran limitados por cuestiones estructurales de nuestra Nación, como la logística y la energía. Recuperar el entramado ferroviario y garantizar el suministro de energía abundante y barata resulta fundamental por la propia naturaleza fabril y federal de esta industria. 

Esta falta de política industrial, transversal a gobiernos de diversos tintes ideológicos, ha llegado incluso al punto de habilitar el ingreso de maquinaria usada extranjera mediante la publicación del decreto 273/25, que elimina el Certificado de Importación de Bienes Usados (CIBU), que establecía un mecanismo de consulta de fabricación nacional en caso de una solicitud de importación de maquinaria usada. Es decir, se priorizaba la fabricación nacional siempre y cuando cuente con las características y prestaciones requeridas. A partir de su eliminación, la apertura a la importación de bienes de capital usados para a ser irrestricta, significando un riesgo no sólo en términos de distorsión de mercado y competencia desleal, sino incluso en el plano fitosanitario por el ingreso de plagas exógenas que pueden atentar contra la producción agrícola en su conjunto. 

El fenómeno que subyace a la cuestión de la importación de maquinaria usada tiene incluso una naturaleza geopolítica. El mercado mundial de maquinaria agrícola se encuentra en recesión, con caídas generalizadas alrededor del mundo. Por citar sólo algunos ejemplos, el mercado de maquinaria agrícola de Francia cayó un 14% en el 2024. En Turquía, el año pasado mostró una caída del 20% en el mercado de tractores. En el caso de Reino Unido, fue del 13%. En el mismo período, Italia tuvo una contracción del 12,3% en el mercado de tractores y del 32% en cosechadoras. Estados Unidos, por su parte, atravesó el segundo año consecutivo de caídas mayores al 10% en el mercado de tractores.4 

Este proceso de recesión global genera un sobrestock de producción en los principales países fabricantes de maquinaria agrícola que, en muchos casos, buscan ubicar su excedente alrededor del mundo. Esto se intensifica en países que cuentan con regímenes de fomento a la producción y adquisición de tecnología, como es el caso de Estados Unidos, donde la amortización acelerada (entre otros factores) ha generado que el plazo promedio de renovación de maquinaria por parte de los productores sea de unos cinco años. Precisamente, la maquinaria usada de Estados Unidos cuenta con fuerte presencia en Sudamérica, y particularmente en Uruguay. Por tal motivo, la apertura a la importación irrestricta de maquinaria agrícola posiciona a la Argentina como un eslabón clave para la continuidad de los aparatos productivos extranjeros a la vez que el entramado impositivo y las desviaciones macroeconómicas locales afectan la renovación tecnológica nacional. En otras palabras, corremos el riesgo de convertirnos en el destino del descarte foráneo y ampliar la brecha tecnológica entre nuestro país y Estados Unidos. 

Por supuesto, al abordar la geopolítica desde la óptica industrial y comercial, no puede obviarse a la principal amenaza a los entramados productivos de los países de Latinoamérica: China. Cuando se habla de excedente de producción y necesidad de colocación de sobrestock, el gigante asiático toma el centro de la escena, con sus prácticas de subsidio a la exportación y dumping.  

En el caso de la industria de maquinaria agrícola argentina, la amenaza China ataca principalmente al interior de la cadena de valor. Para graficar la situación actual, en el primer semestre de este año, la producción de maquinaria agrícola en Argentina creció un 15%, luego de un 2024 de muy leve recuperación tras un 2023 de fuerte caída. Sin embargo, en estos mismos seis meses del 2025, la fabricación de componentes (o agropartes) cayó un 2,3%, arrastrando la fuerte tendencia negativa desde 2023. La explicación a esta disparidad se explica básicamente por el reemplazo de proveedores nacionales por extranjeros, donde China juega un rol protagónico.  

Cabe destacar que la industria de agropartes y componentes es fundamental para el entramado social y federal del país, ya que se compone de PyMEs y pequeños talleres ampliamente distribuidos en localidades donde incluso no existen fabricantes terminales de maquinaria agrícola. Por eso, la expansión China representa, en este sentido, la principal amenaza al desarrollo federal del sector. 

A pesar de las amenazas y la situación descripta, es justamente la virtuosa interacción entre el campo y la industria la clave por la cual el sector de la maquinaria agrícola se mantiene tan dinámico. Incluso, esta sinergia permitió que, en un contexto de fuerte desindustrialización como lo fue la década del 90’, haya tenido un crecimiento exponencial por el desarrollo de los sistemas de siembra directa y silobolsa. 

La industria de maquinaria agrícola no sólo juega un rol clave en la unión campoindustria, sino incluso en la integridad territorial de la Argentina más allá de la zona núcleo. Ejemplo puntual de ello es la fabricación de las bolsas plásticas especialmente diseñadas para el almacenamiento de granos en el sistema silobolsa. Hoy en día, la principal planta fabril de este implemento se ubica en Río Grande, en la provincia de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur. Desde allí, incluso, se exporta a más de 30 países, a los cuales también llega la maquinaria nacional que se produce a más de 2 mil kilómetros de distancia de esa localidad. 

Este aporte a la integración territorial se suma a un caso puntual, aislado, pero de enorme valor simbólico cuando se trata de geopolítica en el Atlántico Sur: desde el año 2006, una sembradora argentina abre surcos en el suelo de nuestras Islas Malvinas. Una máquina fabricada íntegramente en nuestro país lleva el trabajo nacional a nuestra tierra usurpada, plantando la semilla de la recuperación. 

Definir el criterio de producto nacional para volcar el financiamiento al valor agregado argentino, priorizar la cadena local y dotarla de mayor competitividad a través de un entramado impositivo razonable, eficiencia logística y energética, son algunas de las claves para impulsar esta industria. 

Por su valor agregado y nivel de internacionalización; por la generación de empleo genuino y calificado; por su importancia en el desarrollo social y comunitario; por su entramado federal; por su aporte a la integración territorial; por la virtuosidad de su dinámica público-privada; por la fortaleza del vínculo entre el productor agropecuario y el industrial metalúrgico. Por todo esto, la maquinaria agrícola es un sector estratégico para nuestro país, pero lo es más aún por el aporte más valioso que puede dar: la unión de los Argentinos. 

1 Cámara Argentina Fabricantes de Maquinaria Agrícola (CAFMA). 2025. 
2 “Una agenda común para crear más inversión y empleo en Argentina: Eliminar impuestos distorsivos para competir en una cancha nivelada”. Propymes, ADIMRA y CAFMA. 2025. 
3 “Políticas de incentivo a la Industria de Maquinaria Agrícola en Brasil”. CAFMA e IDEAR Economía. 2025. 
4 AGRIEVOLUTION Country Reports. 2025. v Fuente. Asociación de Fabricantes de Maquinaria Agrícola y Agro Componentes de Córdoba (AFAMAC). 2025.