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Una biografía arquitectónica de la Ántartida: entrevista a Violeta & Victoria Nuviala

Una biografía arquitectónica de la Ántartida: entrevista a Violeta & Victoria Nuviala
Violeta Nuviala es arquitecta y especialista en historia de la arquitectura; Victoria Nuviala es arqueóloga y hace dos décadas realiza campañas científicas en la Antártida. En 2008, advirtieron que el continente blanco no figuraba en los libros de arquitectura. De ahí nació “6044 SUR”, un colectivo radicado en el CEIHVAL, que pertenece al Instituto Hábitat-UBA. Archivo SUR, su proyecto insignia, es la primera plataforma del mundo dedicada a documentar la arquitectura antártica. Hoy ese trabajo se exhibe en el Museo Nacional de Bellas Artes:“Habitar lo extremo. Una biografía arquitectónica de la Antártida” es una muestra que reúne 150 obras de 25 países en el marco de la Bienal de Arquitectura de Buenos Aires. Mi conversación con las hermanas sucede por videollamada. Del otro lado de la pantalla, se ve el taller donde ensayaron con los materiales de vinilo y textiles para el montaje de la muestra. Su rutina durante los días de exposición es frenética. Las respuestas que me van dando se suceden a dos voces: una empieza la frase y la otra la termina. Hablamos de un tema que en lo personal me convoca por la historia de mi padre. Pero sobretodo, por lo innovador de cómo están pensando los territorios del futuro. Además de leer esta nota, recomiendo no perderse la muestra.  

¿Cómo empieza 6044 SUR?

Yo trabajo en la Antártida desde 2007, 2008, con temas de arqueología. Diez años después, empezamos a hablar con Viole sobre ausencias que notábamos. Ella venía de su tesis sobre la modernidad y decía: "¿Cómo puede ser que los libros de historia de la arquitectura no contemplen un continente entero?". Sabemos que Europa está sobrerrepresentada y que Sudamérica, África y Asia están subrepresentadas. Pero hay un continente que directamente no aparece.

Si uno lee las narrativas antárticas, los textos, los papers, casi no aparece la arquitectura. Es un fondo inerte, un paisaje vacío. Nadie la piensa como algo que modela nuestra vida en la Antártida todos los días.

Empezamos a escribir un proyecto y surgió la idea de construir una historia de la arquitectura que incluyera a la Antártida. Somos un equipo pequeño que viene de disciplinas diferentes y cada una está en etapas formativas distintas: maestría, doctorado, estudios de grado.

¿En qué momento esa ausencia se vuelve archivo?

Lo primero fue relevar qué arquitecturas existen. Ahí nos dimos cuenta de que la información no estaba centralizada y de que en muchos casos ni siquiera existía. Hay países que casi no tienen registro de las bases que tuvieron y que hoy están abandonadas. Donde había documentación, la centralizamos. Donde no, se dibujaba: la implantación, el entorno, los materiales.

En un momento estábamos juntando un caudal de información que era una locura. Surgió la idea de un archivo digital, abierto a la colaboración, con ese espíritu antártico del que todos participamos.

La Antártida como zona de paz y encuentro de las naciones…

Exactamente. Empezamos a presentar la información en el SCAR [Comité Científico de Investigación Antártica] y a invitar a otros países. Nosotras tenemos los medios para documentar las bases de toda la Antártida y nos pusimos a disposición.

Esa documentación fue cambiando. Arrancó muy académica, porque venimos de ese mundo. Después nos dimos cuenta de que la Antártida está en pleno proceso de modernización de su paisaje arquitectónico, y que eso puede suponer el retiro de muchas bases obsoletas o sin uso. Nos íbamos a quedar sin ese patrimonio. Surgió un deseo de rescate. Y al final entendimos que el relevamiento sirve para el futuro: para seguir proyectando, hay que tener en claro qué es lo que ya hay.

¿Qué documenta exactamente el archivo?

Son más de doscientos años de actividad humana interviniendo el continente a través de la arquitectura. La idea fue documentar a todos los países con presencia antártica en esos doscientos años. Sean bases, refugios o campamentos, existan o ya no. Como Vicki viene de la línea del patrimonio, el planteo era ese: está muy bien que algo se retire cuando deja de ser útil y que no genere impacto, pero tenemos que registrar toda esa vida que sucedió, esa forma de habitar.

Ahí la idea de una historia fue mutando y se transformó en una biografía. Fue un cambio teórico, de enfoque. Pensar la Antártida en períodos estancos, no nos ayudaba a contar lo que queríamos. La biografía supone una superposición de capas.

¿Cuáles son las capas tectónicas de la biografía de la Antártida?

Armamos tres grandes momentos, que parten del libro que estamos escribiendo y guían la muestra en el Bellas Artes.

La primera es la de la exploración, que parte de la idea de refugio: cabañas y carpas de los pioneros que llegan al continente en el siglo XIX y principios del XX, que tienen que resguardarse de alguna manera. Contamos esas arquitecturas, pero también la práctica del habitar. Cómo era convivir un año, aislados del mundo, cinco personas en un espacio de tres metros por cinco.

La segunda es la permanencia y está ligada a la firma del Tratado Antártico. A mediados de siglo, un montón de países ya no quieren solo explorar: quieren permanecer. La arquitectura se vuelve un dispositivo para hacer presencia. Tengo una base, estoy presente. En términos espaciales las bases dejan de ser un punto, sino que se expanden, se quieren agarrar al territorio. Algunas ensayan una especie de mini-ciudades, de proto-ciudades.

El tercero lo empezamos a ver hacia 1980/90 y lo llamamos el laboratorio arquitectónico. Ya no son sólo las naciones: los arquitectos y los estudios también posan el ojo, y construir una base en la Antártida pasa a ser algo relevante internacionalmente. Aparecen los concursos de arquitectura, que en el resto del mundo existen desde la Grecia Antigua y al continente blanco llegan recién en los 2000. Algo extraordinario. Y con el Protocolo de Madrid, la idea es impactar lo menos posible. La arquitectura deja de expandirse y pasa a ser objetual, elevada, en búsqueda de mayor sostenibilidad.

Hangar Base Marambio siendo ensamblado en El Palomar. Estudio: CEPAD.

Ustedes insisten en que esa arquitectura no corre por fuera de la historia de la arquitectura global.

Más allá de la complejidad de un territorio internacional, donde cada país lleva sus técnicas y sus prácticas habitacionales, la arquitectura antártica no deja de estar dentro de la historia universal de la arquitectura. Armamos fotomontajes entre obras del Movimiento Moderno y bases antárticas para generar ese diálogo. Halley VI recupera las utopías de los 60 de Archigram. La base Bharati, de la India, hace una reversión de la Ville Savoye de Le Corbusier, de los años 20.

No es solo que la historia de la arquitectura de la Antártida no esté escrita: fue excluida de la historia global. Y muchas de las cosas que en el resto del mundo se proyectaron como utopía, hoy en la Antártida están construidas.

¿Y la Argentina?

Tiene una presencia muy fuerte. No solo por tener la base más antigua y longeva de la historia antártica, por la cantidad de bases o porque con Ushuaia tenemos la principal puerta de entrada. Muy temprano, diseñadores como Mario Mariño, y después Amancio Williams, están pensando cómo tiene que ser la arquitectura de la Antártida, antes de que el mundo entre en ese momento de laboratorio. Es posicionar a la Argentina no sólo estratégica o políticamente, sino desde la arquitectura misma. Tuvimos una presencia de vanguardia, con prototipos muy tempranos.

Primera Ciudad en la Antártida (1980). Amancio Williams

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Si uno piensa en el imaginario territorial argentino no piensa en hielo ni en mar: piensa en el horizonte de la pampa. Es paradójico que desde ese paisaje arquetípico, la Argentina haya sido pionera en la exploración, la permanencia y el desarrollo antártico. Los exploradores del siglo XVI y XVII hablaban de una terra ignota, una res nulla, un vacío. Pero ustedes relevan todo lo contrario. ¿Qué encontraron como elementos transversales y singulares de las arquitecturas antárticas nacionales?

Hay algo transversal: en cada uno de los tres momentos, todos los países valoran lo mismo. En el primero, el refugio. Hay una concepción de la Antártida como territorio inhóspito, salvaje, muchas veces definido en términos femeninos: una naturaleza de reacciones imposibles de prever y varones exploradores queriendo domesticarla. Eso se nota en las arquitecturas. Al mismo tiempo que piensan en esa naturaleza, tratan de evitarla. Son arquitecturas hacia adentro, casi sin aberturas, pensadas para mirarse a sí mismas.

En el segundo, las arquitecturas son pesadas, muy intrusivas en el suelo. La huella se extiende por el paisaje y modifica el territorio de manera casi permanente. Ya casi no es posible retirarlas, ni material ni simbólicamente. A nosotras nos formó Ximena Senatore, que también es investigadora antártica, y ella dice que los objetos llegan y permanecen, y las personas circulan. Nosotros somos completamente impermanentes. Los objetos no: echan raíces.

Pasó con el domo geodésico que pusieron en el 75 en la base norteamericana, inspirado en Buckminster Fuller, arquitectónicamente hermoso. Cuando decidieron reemplazarlo por una arquitectura más eficiente en lo ambiental, la gente que había invernado ahí no quería: "Este es nuestro símbolo". Fue tal la movilización que tuvieron que desarmarlo y trasladarlo a un museo en Estados Unidos.

Y en el tercero aparece la discursividad en torno a lo sustentable, que es lo que hoy da valor. ¿Quién es más sustentable? Los belgas, con la base Princesa Elisabeth: "Somos la primera base cero emisiónes del mundo". Eso pasa a ser el slogan. Primero la carrera exploratoria, después la expansiva, ahora la del laboratorio.

¿Y lo propio de cada país?

Cada uno viene con su propia lógica: sus técnicas, sus formas de habitar, sus lenguajes. Hay bases que por fuera son similares y entrás y decís: "Esta es rusa". Ves una toda armada con tatami y es japonesa. Ves las argentinas, con todos los cositos tejidos al crochet, y decís: "Esta es argentina".

Visitás las norteamericanas y te sentís en un instituto de investigación. Vas a la chilena, a la argentina, a la uruguaya, y la primera sensación es que estás en la casa de una familia.

Ponés la pava para el mate…

¡Totalmente! Te reciben y lo primero es armarte la mesa. El mobiliario de madera, muy cálido, los livincitos, el espacio de convivencia con la tele. Es casi una casa.

Esa calidez no la sentís en otros lugares.

Hangar Base Marambio.

Mientras Elon Musk quiere colonizar Marte, acá tenemos todavía un planeta por descubrir, con naciones que cooperan y a la vez compiten. ¿Qué ven el futuro de la geopolítica antártica?

La exploración más potente del espacio exterior y la de la Antártida empezaron en simultáneo, y ahí se ve la importancia del Tratado Antártico. En la Antártida todo está regulado: qué organismos participan, de qué manera, cómo se protege el territorio. En el espacio exterior eso está regulado de una manera mucho más precaria.

En la Antártida se debaten cosas que en el espacio no. ¿Qué se hace con los residuos? La cantidad de basura espacial que hay hoy es impactante y crece de manera exponencial. Y la producen sobre todo privados, ni siquiera las naciones. Esa desregulación va a tener consecuencias altísimas.

Con todo lo perfectible que puede ser, el Tratado es un ejemplo. Cada paso lleva el triple de trabajo, porque hay que llegar a acuerdos entre modos de pensar y de hacer muy distintos: culturales, políticos, económicos. Y aun así se sostiene.

¿Cómo se releva un continente entero?

Primero tuvimos que conocerlo nosotras. Trabajamos con la Universidad de Buenos Aires, a través de programas de pasantías, con más de 60, 70 estudiantes e investigadores durante varios años. Decíamos: hay muchas bases en la Antártida. Bueno, ¿cuántas? ¿De qué países? ¿Dónde están? ¿Cuáles ya no existen? Los programas antárticos publican muchas de sus bases, pero a las que dejan de existir medio que las borran. A través del COMNAP [Consejo de Administradores de Programas Antárticos Nacionales] tuvimos una primera base de datos. El resto fue reconstruir el escenario.

A partir de ahí nos fuimos metiendo en profundidad país por país. Agarrar Argentina, desarmarla, documentarla. Estamos redibujando todas las bases del archivo y explicando cómo se implanta cada una en relación con el hábitat real.

Lo decíamos en una charla: los seres humanos estamos invitados hace doscientos años a participar de la Antártida, pero las 18.000 especies que viven ahí están desde hace miles. ¿Cómo convive la arquitectura con todo eso? El Protocolo lo regula.

Base Comandante Ferraz (2019). Programa antártico brasileño.

¿El archivo también es una advertencia?

En términos científicos, la Antártida es el lugar donde se ensaya todo. La NASA va a ensayar ahí para poder ir al espacio. Tiene un potencial enorme, con todos los riesgos que eso significa. La idea no es alentar a que eso siga creciendo, y nosotras desde el archivo menos aún. Es tener conciencia. Que dejen de decir que es una tabula rasa, como si no nos estuviésemos haciendo cargo de que estamos impactando en ese territorio.

El Archivo no es solo recuperar la historia. Todo el mundo que viene a la muestra dice: "Ah, pero hay tanto…". Claro. Lo estamos haciendo mierda. Eso no implica que no vaya a haber arquitectura, porque ese proceso ya está desatado. Pero sí podemos poner conciencia en cómo tiene que ser para que impacte lo menos posible.

Y también que la gente sepa que está regulado. Muchos vienen y preguntan: "Che, ¿no es peligroso que esto esté acá?". Hay todo un proceso diplomático y científico detrás de cada decisión. Cada base que se construye pasa por evaluaciones ambientales y por un diálogo bastante complejo en las reuniones consultivas.

¿Qué están viendo en la Argentina? Mencionaron estudios y arquitectos que piensan concretamente ese territorio. ¿Hay un ecosistema de arquitectura antártica nacional?

Se están movilizando un montón de fuerzas entre lo público y lo privado. La Argentina tiene una capacidad humana descomunal para profesionalizarse y para innovar, y el caso de Mariño, de Williams, del CEPAD debería tomarse como inspiración. Ese es el camino. En las universidades tenemos un semillero alucinante. Solemos mostrar el caso de Stefanía Casarín y Candela Brizuela, dos ex estudiantes de la Universidad de Córdoba, que hicieron un proyecto para Marambio que es una locura.
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El camino es la invitación al concurso: concursar bases, concursar ideas, concursar proyectos, y llevar la profesionalización del proyecto y del diseño a la Antártida. Que los arquitectos estén cada vez más presentes entre quienes hoy producen materialmente las bases, en todo lo que está pasando con Petrel y con el COCOANTAR, así como necesitamos a los técnicos y a los logísticos. Es un trabajo que tiene que ser cooperativo.

También hay procesos de cierta homogeneización, estudios de alcance global que empiezan a cooptar el mundo de la arquitectura antártica. Y lo rico del acervo de la Antártida es esa diversidad: un territorio internacional, donde cada uno lleva su propia arquitectura.

La Argentina no necesita seguir los diseños de otros. No necesitamos copiar a nadie, ni siquiera inspirarnos. Tenemos arquitectas y arquitectos maravillosos que van a tener ideas propias. No necesitamos que nuestras bases se parezcan a las de otros. Necesitamos reinterpretar nuestra identidad arquitectónica y adaptarla a ese nuevo contexto.

Sigamos esa línea. Estar a la vanguardia no por la vanguardia en sí, sino por estar pensando cómo tiene que ser esa arquitectura.

Base Halley VI. Servicio Antártico Británico.

Nombraron Petrel, un proyecto insignia de hoy. ¿Cómo es la articulación entre la universidad con los organismos antárticos o mismo Tandanor?

La exposición fue una oportunidad. Empezamos a contactar a la Dirección Nacional del Antártico, a la Cancillería, al Instituto Antártico, y de ahí nos llevaron al Comando Conjunto. Creo que es el inicio de una colaboración.

Lo que podemos aportar es sobre todo desde lo académico: recuperar esta tradición, estos grandes proyectos que se hicieron, y abrir las puertas de la universidad. "Che, ahí tienen ese semillero espectacular, aprovéchenlo". Que la universidad ponga la mirada en la Antártida es hermoso. Siempre se piensa qué podemos sacar de la Antártida. ¿Y qué podemos llevar nosotros?

Conozco una empresa, Mactrail, que fabrica trailers y los exporta a Estados Unidos, que es como venderle dulce de leche a un argentino. Su dueño, Ariel Caratozzolo, un tipo fantástico y amante de la Antártida, diseñó dos refugios antárticos que donó al COCOANTAR. Ese cruce me parece interesante.

Totalmente. Uno de los sponsors de la muestra, Tecnoperfiles, donó como privado el recambio de gran parte de las ventanas de Marambio. Viajaron a la Antártida, las llevaron y lograron mejorar el confort y la calidad. Y trabajaron con el INTI, que convocó a empresas nacionales para los laboratorios de Petrel, como un proyecto conjunto. Esa combinación entre públicos y privados es lo que a veces tanto cuesta. Pareciera que tienen que ser enemigos. Está buenísimo que empiece a suceder.

La muestra es un disparador de esas conversaciones…

Tiene ese espíritu: no solo recuperar el pasado y el trabajo hecho, sino generar algún aporte. Entender que es fundamental el cruce entre las políticas nacionales, las políticas antárticas, los centros de investigación, las universidades y los privados. Tienen que estar todos para que funcione.

El sur es el futuro.

No hay duda de eso.

Aurora australis.

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“Habitar lo extremo. Una biografía arquitectónica de la Antártida” se puede visitar hasta el 18 de octubre en el Museo Nacional de Bellas Artes (Av. del Libertador 1473, CABA), de martes a viernes de 11 a 19.30 y sábados y domingos de 10 a 19.30. Más información: 6044sur.com y @6044sur.

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