
A doscientos años del Congreso Anfictiónico de Panamá, convocado por Simón Bolívar en 1826, la idea de una confederación de naciones latinoamericanas vuelve a interpelarnos. Aquel encuentro expresó el anhelo de consolidar la independencia recién conquistada mediante la unidad política, la cooperación defensiva y una voz común en el escenario internacional. Dos siglos después, su legado sigue siendo referencia obligada para pensar los desafíos de Nuestra América y el horizonte inconcluso de la Unidad Latinoamericana. En conmemoración de su bicentenario, realizamos una reconstrucción histórica —en sucesivas entregas— del sueño de la integración regional: un itinerario que permita leer los hitos del pasado no sólo como memoria, sino también como señales de un horizonte aún abierto.
Los precursores
Desde fines del siglo XVIII comenzaron a alzarse voces pioneras que reclamaban la unidad de la región tras la emancipación de la metrópoli peninsular. En ese sentido, se destacan las obras del jesuita peruano Juan Pablo Vizcardo y Guzmán, particularmente su Carta a los españoles americanos (1792), y del militar y revolucionario venezolano Francisco de Miranda, autor del Proyecto de Constitución para la América Meridional (ca. 1798–1801). Fue este último quien imaginó de manera más concreta un ambicioso proyecto político: la unión de los territorios emancipados en una gran nación continental que denominó “Colombia”. Debe tenerse presente que, para los contemporáneos, existía una unidad político-territorial en la América Española forjada durante casi tres siglos en el marco de los Reinos de Indias. El problema que se abría con las independencias era cómo preservar —o redefinir— esa unidad en un nuevo orden político soberano.
Otro hecho que favoreció la idea de integración regional fue el apoyo brindado por la Revolución Haitiana a la independencia hispanoamericana. Si bien en los líderes haitianos no aparece formulado explícitamente un proyecto de integración continental, su triunfo militar frente al poder colonial francés —como antes lo fue el de las Trece Colonias frente a los británicos— demostró que los imperios europeos no eran invencibles. Además, ofrecieron apoyo y solidaridad a los movimientos independentistas del continente. Entre otros actos de cooperación, brindaron asistencia logística, navíos y pertrechos de guerra a las expediciones libertadoras de Francisco de Miranda en 1806 y de Simón Bolívar en 1816.
Un hito gravitante en el Río de la Plata fue la resistencia criolla a las invasiones inglesas de 1806 y 1807. Hasta ese momento, la defensa del territorio dependía formalmente de la monarquía española. Sin embargo, ante la ocupación británica y la debilidad de las autoridades virreinales, la reconquista y la defensa se organizaron en gran medida a partir de milicias locales. Si bien no puede vincularse directamente con los proyectos de unidad regional, fue un acontecimiento que generó una confianza en la propia capacidad política y militar, característica del periodo que se abre en el continente a partir de las juntas de gobierno.
Asimismo, es necesario considerar la memoria popular de unidad regional asociada al pasado indígena. En el Virreinato de Nueva España, la añoranza de la antigua grandeza tuvo un lugar en los discursos de la independencia. El recuerdo del imperio mexica y de otros grandes Estados mesoamericanos permitió sostener la idea de que la región había tenido formas de organización política propias antes de la conquista española. En ese marco, algunas tradiciones indígenas evocaban un origen común de diversos pueblos nahuas en el lugar mítico de Aztlán. Según esos relatos, las llamadas siete tribus nahuas habrían migrado desde allí hacia la región del valle de México, conocida en náhuatl como Anáhuac.
Mientras que en América del Sur existía una memoria de unidad regional asociada al Tahuantinsuyo de los incas, que llegó a abarcar territorios de las actuales Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile y Argentina. El recuerdo de esa experiencia de integración —asociado al mito del retorno del Inca—, así como otras tradiciones de carácter confederal, sobrevivió en numerosos pueblos originarios y mestizos, impulsando rebeliones como la de Túpac Amaru II en 1780 y 1781.
El ejemplo tupamaro, al igual que el de la Revolución Haitiana, atemorizó a muchos criollos, especialmente a las élites; pero también inspiró una revolución independentista que se propuso preservar una unidad político-territorial que se gestó con los Reinos de Indias y que contaba con antecedentes regionales precolombinos. Los entrelazamientos posteriores entre el movimiento juntista de 1809–1810 y esas memorias ancestrales se manifestaron, por ejemplo, en el plan de Manuel Belgrano, apoyado por José de San Martín y Martín Miguel de Güemes, de establecer una monarquía incaica cuya capital fuese Cuzco, la misma que en el Tahuantinsuyo.
El vector austral
Desde el sur, las campañas de Artigas, San Martín y O’Higgins expresaron, cada una a su modo, una vocación de independencia y unidad regional. Más allá de las diferencias estratégicas y territoriales, compartieron la convicción de que la libertad sólo podía consolidarse mediante la cooperación entre los nuevos Estados americanos. Sus proyectos formaron parte de una corriente más amplia de ideas unionistas, que contó con diversos representantes en las distintas provincias del Cono Sur y el Alto Perú.
José Gervasio Artigas, desde la Provincia Oriental, invocó ya en 1811 a “los americanos del Sud, [que] están dispuestos a defender su patria” y en 1812 declaró que quiere llevar la libertad “a nuestro continente entero” y sueña con “la grandeza (...) de nuestras armas” liberando al Perú. Revela en ese anhelo su concepción americana, así como la comprensión geoestratégica del Virreinato del Perú como centro del poder imperial en América del Sur. Poco después, en las Instrucciones del Año XIII, se reclamaba la declaración de independencia de España y se proponía el establecimiento de una república unida bajo el sistema de confederación, basada en la autonomía de las provincias. Este proyecto buscaba articular políticamente a los territorios del antiguo Virreinato del Río de la Plata —y eventualmente a otros pueblos del continente— en una unión de carácter confederal, opuesta tanto al centralismo porteño como a cualquier forma de dominación externa. Si bien los delegados orientales fueron rechazados por la Asamblea del Año XIII, es muy probable que estas premisas hayan estado presentes en el Congreso de los Pueblos Libres de 1815.
Finalmente, cabe mencionar la carta que Artigas dirigió en julio de 1819 a Simón Bolívar, en la que afirmaba que “unidos íntimamente por vínculos de naturaleza y de intereses recíprocos luchamos contra tiranos que intentan profanar nuestros más sagrados derechos”, para luego sostener que “no puedo ser más expresivo en mis deseos que ofreciendo a vuestra excelencia la mayor cordialidad por la mejor armonía y la unión más estrecha; firmarla es obra de sostén por intereses recíprocos”. En estas palabras se observa con claridad el afán unionista del caudillo oriental.
Mientras que en la otra parte de lo que había sido el Virreinato del Río de la Plata (con la excepción de Paraguay que siguió otro derrotero), se avanzó con la declaración de independencia en el Congreso de Tucumán de 1816. Allí, en medio de las discusiones acerca de la forma de gobierno —republicana o monárquica—, el 9 de julio se proclamó la independencia de las “Provincias Unidas en Sud América”, denominación que aparece en el acta oficial del Congreso. Similar proyección continental puede observarse en la letra original del Himno Nacional Argentino, compuesto en 1812 por Vicente López y Planes y aprobado por la Asamblea en 1813. En ella, el horizonte de pertenencia política excedía ampliamente los actuales límites nacionales. Se trataba de concebir una nueva comunidad política que involucrara a los pueblos de toda la América del Sur, conectada con el pasado incaico, como se expresa en algunos de sus versos:
Se conmueven del Inca las tumbas
y en sus huesos revive el ardor,
lo que va renovando a sus hijos
de la Patria el antiguo esplendor (…)
¿No los veis sobre México y Quito
arrojarse con saña tenaz?
¿Y cuál lloran bañados en sangre
Potosí, Cochabamba y La Paz?
¿No los veis sobre el triste Caracas
luto y llanto y muerte esparcir? (…)
Desde un polo hasta el otro resuena
de la fama el sonoro clarín.
Y de América el nombre enseñando
les repite, mortales, oíd:
ya su trono dignísimo abrieron
las Provincias Unidas del Sud.
A su vez, el plan continental de José de San Martín no puede comprenderse desde una mirada localista o porteña. Su concepción estratégica y operativa parte de la convicción de que la independencia de las Provincias Unidas no podría consolidarse mientras el poder español se mantuviera firme en el Perú, principal bastión político y militar del dominio colonial en Sudamérica. Por ello diseñó una estrategia de alcance regional que consistía en organizar el Ejército de los Andes, cruzar la cordillera para liberar Chile, y desde allí montar una expedición marítima hacia el Perú. Tras las victorias de Batalla de Chacabuco (1817) y Batalla de Maipú (1818), que aseguraron la independencia chilena, la expedición partió hacia Lima, donde San Martín proclamó la independencia peruana en 1821. De este modo, su proyecto articulaba la lucha emancipadora a escala sudamericana y expresaba una clara conciencia de que la liberación de cada territorio dependía del triunfo conjunto de los pueblos del continente.
En cuanto a Bernardo O´Higgins, cuya trayectoria estuvo profundamente ligada al proyecto de San Martín, hay que señalar que, desde el gobierno de Chile, apoyó decisivamente la organización del Ejército de los Andes, la expedición libertadora al Perú y la idea de que la independencia chilena solo estaría asegurada con la derrota definitiva del poder español en todo el Pacífico sudamericano. En ese sentido, su política asumía que las luchas emancipadoras formaban parte de un proceso continental interdependiente, donde el destino de cada territorio estaba ligado al de los demás. Además, tras su caída del poder en 1823 y su exilio en Perú, O’Higgins manifestó reiteradamente su simpatía por las iniciativas de articulación política entre los nuevos Estados americanos. Apoyó las ideas integracionistas de Bolívar y siguió con interés la convocatoria al Congreso Anfictiónico de Panamá.
El vector septentrional
Uno de los colaboradores más importantes de San Martín, tanto durante la campaña libertadora del Perú como en el período de su protectorado, fue Bernardo de Monteagudo. Intelectual y político de destacada actuación revolucionaria, había participado previamente en acontecimientos decisivos como la Revolución de Chuquisaca de 1809 y en la Sociedad Patriótica de Buenos Aires de 1812–1813. Tras el alejamiento de San Martín del escenario político luego de la entrevista de Guayaquil de 1822 y la consolidación del liderazgo de Simón Bolívar en la fase final de la guerra de independencia, Monteagudo —quien había debido abandonar Lima a causa de la persecución de sectores de la élite local— se reintegró al proceso revolucionario bajo la órbita bolivariana. Durante su exilio en Centroamérica, tomó contacto con las ideas del pensador y político hondureño José Cecilio del Valle, quien sostenía que las nuevas repúblicas surgidas de la disolución del imperio español compartían historia, lengua, religión e intereses estratégicos, por lo que debían evitar la fragmentación política y avanzar hacia formas de articulación supranacional. Su proyecto apuntaba a la creación de una federación o liga de Estados americanos que permitiera coordinar políticas comunes, garantizar la defensa colectiva y fortalecer la posición del continente frente a las potencias europeas.
Estas ideas encontraron eco en Monteagudo, quien ya venía reflexionando sobre los problemas de organización política de las nuevas naciones. De regreso al Perú, elaboró su Ensayo sobre la necesidad de una Federación General entre los Estados Hispanoamericanos y plan de su organización (1825). Se trató de una de las primeras formulaciones sistemáticas de la integración política entre las nuevas repúblicas del continente. Ese mismo año, Monteagudo fue asesinado en Lima. Aunque las circunstancias del crimen no fueron esclarecidas plenamente, presumiblemente estuvo vinculado con la fuerte oposición que sus ideas y su actuación política habían suscitado entre sectores de la oligarquía limeña.
Aquel ensayo de 1825 fue encargado por Bolívar, quien sin dudas encabezó la iniciativa más osada de unidad continental en el contexto de las guerras de independencia. Ya en la Carta de Jamaica, escrita durante su exilio en 1815, el libertador venezolano reflexionaba sobre el destino común de los pueblos hispanoamericanos y señalaba que:
Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Nuevo Mundo en una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene su origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debería, por consiguiente, tener un solo gobierno que confederase los diferentes estados que hayan de formarse; [...] ¡Qué bello sería que el Istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el de Corinto para los griegos! Ojalá que algún día tengamos la fortuna de instalar allí un augusto congreso de los representantes de las repúblicas, reinos e imperios a tratar y discutir sobre los altos intereses de la paz y de la guerra, con las naciones de las otras tres partes del mundo.
Con este ideal unionista Bolívar impulsó en 1819, en el Congreso de Angostura, la creación de un gran Estado sudamericano que, retomando el nombre “Colombia” propuesto por Miranda, reunió a Venezuela, Nueva Granada y posteriormente Ecuador. Este proyecto político, conocido historiográficamente como Gran Colombia, constituyó el intento más ambicioso de unidad estatal en la América recién independizada.
Con esa experiencia de unidad a sus espaldas, Bolívar buscó articular los esfuerzos emancipadores del continente en su encuentro de julio de 1822 con San Martín durante la Entrevista de Guayaquil. Allí se encontraron frente a frente el vector austral y el septentrional del proyecto de unidad americana. Aunque no se conservan actas de la reunión, la correspondencia posterior y otros testimonios permiten entrever su sentido: debilitado en su retaguardia política y militar, San Martín optó por ceder la conducción de la campaña y priorizar la continuidad y unidad del proceso emancipador bajo el mando del venezolano.
Cabe destacar que, contra las versiones que pretendieron presentar una enemistad entre ambos libertadores, durante su retiro en Boulogne-sur-Mer, San Martín conservó entre los retratos de su casa la imagen de Bolívar. Asimismo, días antes del encuentro de Guayaquil, Joaquín Mosquera, como delegado de Simón Bolívar, y Bernardo de Monteagudo, como representante de José de San Martín, firmaron en Lima el Tratado entre Perú y Colombia de Unión, Liga y Confederación Perpetua, en el que se establecía mucho más que una alianza político-militar: se proponían formas de integración económica, derechos recíprocos de ciudadanía y el avance hacia una unión de carácter confederal que incluyera a los demás Estados “de la América antes española”. Tratados similares serían firmados posteriormente con Chile, México y Centroamérica entre 1822 y 1826. Desde el primer acuerdo se incluyó la convocatoria a una “asamblea de los Estados Americanos”, especificando el pacto pionero de julio de 1822 incluso su localización: el Istmo de Panamá.
El intento más audaz de unidad
Poco después, tras la victoria decisiva sobre los realistas en la Batalla de Ayacucho (1824), y contando con el gobierno de Gran Colombia y una fuerte gravitación política sobre Perú y la naciente Bolivia, Bolívar impulsó la convocatoria al Congreso Anfictiónico, concebido como el primer intento de institucionalizar una confederación entre los nuevos Estados americanos. Este finalmente se reunió en Panamá entre junio y julio de 1826. Inspirado en las antiguas ligas de la Grecia clásica —alianzas entre ciudades para tratar asuntos comunes—, Bolívar imaginó un congreso permanente donde los nuevos Estados pudieran coordinar su política exterior, garantizar la defensa mutua frente a las potencias europeas y resolver sus disputas mediante la diplomacia antes que por la guerra.
Participaron delegados de Gran Colombia, México, Perú y la República Federal de Centroamérica, mientras que otras naciones fueron invitadas, pero no enviaron representantes o llegaron demasiado tarde. Entre los temas debatidos se encontraban la creación de una liga o confederación de Estados americanos, la firma de un tratado de unión, liga y confederación perpetua, el establecimiento de mecanismos de arbitraje para resolver conflictos entre los países miembros y la organización de una defensa común frente a eventuales intentos de reconquista por parte de España u otras potencias. Sin embargo, las interferencias diplomáticas, las dificultades políticas internas de los nuevos Estados, las rivalidades regionales y las resistencias de algunas élites locales impidieron que los acuerdos alcanzados fueran ratificados plenamente por los gobiernos participantes.
Aunque el proyecto de unidad no llegó a consolidarse, el congreso dejó como legado la formulación temprana de un proyecto de integración continental que, con distintas formas y alcances, volvería a aparecer en el pensamiento político latinoamericano a lo largo de los dos siglos siguientes. Fue uno de los primeros y más ambiciosos intentos de integración política latinoamericana. En esa experiencia se sintetizaron los sueños de una generación patriótica que comprendió que la fragmentación conducía a la debilidad de nuestros países y que solo la unión podía abrir el camino hacia una verdadera y definitiva emancipación.
6 de marzo de 2026











