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250 años de revolución permanente

250 años de revolución permanente

Los Estados Unidos son la potencia material y científica más formidable que ha producido la historia humana: un continente domesticado en un siglo, la técnica llevada a alturas que ninguna civilización anterior soñó, una capacidad de generar riqueza, conocimiento y forma tecnológica que sigue sin tener rival. Y sin embargo, junto a ese esplendor convive una política interna turbulenta, con una sanguinaria guerra civil como corolario de la imposición de un sistema productivo; una obsesión perenne por la vigilancia y la persecución ideológica que hoy vemos en franca amalgama con la vanguardia técnica. Pero esa violencia no termina en sus fronteras.

Desde 1823 Estados Unidos ejerce un intervencionismo exterior de una agresividad rara vez interrumpida, y una cruzada aparentemente interminable por llevar la libertad y la democracia a los rincones más remotos del planeta. Suelo decir jocosamente que los gringos son los pistoleros del mundo. Es tentador pensar que esto contradice esa estética idealista y optimista con la que Estados Unidos se muestra frente al mundo, pero lo cierto es que ese esplendor y ese vértigo brotan de la misma raíz. 

La fundación norteamericana se presenta a sí misma con un lenguaje sagrado: un nuevo orden de los siglos, una nación "bajo Dios", una misión providencial inscripta hasta en la iconografía de su moneda. Pero conviene mirar de cerca a ese Dios. No es el Dios vivo de una tradición con jerarquía, sacramento y autoridad que desciende de lo alto (como si estaba presente en Argentina en tiempos del Virreinato): es el "Dios de la naturaleza", una divinidad relojera, cortés, que garantiza derechos y luego se retira del escenario. Es una trascendencia sin espesor, una forma sagrada de la que se ha evacuado su contenido.

Esto es más grave que el ateísmo declarado: el ateísmo al menos sabe lo que niega. Acá, en cambio, se conservan los gestos de lo sagrado, el juramento, el destino manifiesto, la retórica de la elección divina, pero vaciados de aquello que los sostenía. Queda el rito sin el espíritu, la liturgia sin el misterio. Y sobre esa cáscara se edifica un orden político entero.

El gesto decisivo de 1776 no fue matar a un rey como sí ocurrió en Francia o incluso en Inglaterra, sino deponer el principio mismo de la realeza: la idea de una autoridad que viene de arriba, anterior y superior a la voluntad de los hombres, que los precede y los juzga. En su lugar se instala una legitimidad que solo puede venir de abajo y proyectarse hacia adelante: el consentimiento de los gobernados, la voluntad de la generación presente. Es un regicidio metafísico más radical que el de la guillotina, porque no ejecuta a un hombre sino a una idea. 

De una legitimidad puramente prospectiva se sigue una consecuencia de la que es imposible escapar: un orden así no puede clausurarse jamás. Toda fundación verdadera contiene el momento en que la revolución depone las armas y se hace institución, en que el poder que constituye cede el paso al poder constituido y la sangre se convierte en ley. Los Estados Unidos no completaron ese paso. Conservan el poder constituyente en acto, vivo, permanente.

Esta es la doctrina explícita de sus propios fundadores. Fue Jefferson quien enseñó que la tierra pertenece a los vivos y no a los muertos, que cada generación tiene el derecho de rehacer su constitución desde cero, que un poco de rebelión de tanto en tanto es cosa saludable y que “el árbol de la libertad debe regarse periódicamente con la sangre de patriotas y tiranos”. La revolución permanente no fue un contrabando ideológico posterior. Estaba escrita en el acta de nacimiento, redactada de puño y letra por el más lúcido de los “founding fathers”.

Esto explica también la extraña relación del país con su antiguo amo. Los Estados Unidos se emancipan de la potencia marítima y comercial por excelencia, y terminan convirtiéndose en su discípulo más aventajado: derrotan al imperio del mar y se vuelven una versión más pura y más eficaz de él. El mismo principio talasocrático, comercial, desterritorializado, sin apego al suelo, que ejercían los ingleses, pasa a manos de quien los venció. El enemigo se transforma en modelo a seguir, en espejo. Se derrotó a la forma y luego se la encarnó con mayor perfección.

El progreso material y científico, por un lado, y el intervencionismo y la cruzada universal, por el otro, no son dos rasgos independientes de un mismo país. Son el mismo impulso, sin techo, orientado hacia dos direcciones. Volcado hacia la naturaleza y hacia la cantidad, ese impulso produce ciencia, riqueza, técnica, expansión material sin límite conocido. Una civilización que no reconoce una forma acabada por encima de sí tampoco reconoce un punto de detención en su dominio del mundo físico: siempre hay más territorio que domesticar, más materia que medir, más frontera que empujar. De ahí el genio. Volcado hacia afuera, hacia los demás pueblos, ese mismo impulso produce la cruzada: la exportación de la libertad y la democracia como misión no negociable, a menudo opresiva y con “daños colaterales”.

Esa cruzada no siempre es simple hipocresía o cálculo imperial disfrazado de idealismo. Es el modo de existir de un país que se concibe a sí mismo como una revolución en curso. Una revolución permanente no puede quedarse en casa. Debe universalizarse por coherencia interna, porque detenerse en sus fronteras equivaldría a admitir que su principio es particular, propio de un pueblo y no de la humanidad entera, y esa admisión lo destruiría. Exportar la revolución no es una política exterior entre otras posibles sino una necesidad metafísica. Quien invoca a la humanidad entera no engaña necesariamente: a veces, simplemente, no puede concebirse a sí mismo de otro modo.

Falta, en todo esto, un principio de contención. Falta aquello que en la teología política se llama el que retiene: la fuerza que demora el fin, que pone un dique, que dice hasta aquí. Un orden nacido del vaciamiento de lo sagrado no lo tiene, no puede tenerlo, y por eso ni su expansión material ni su expansión militar encuentran jamás una frontera interior que las detenga.

La república burguesa y comercial por excelencia, el enemigo declarado de toda revolución colectivista, resultó ser el agente más eficaz de la revolución permanente: la disolución de todo vínculo, de todo arraigo al suelo, de toda forma heredada, ejecutada por el mercado con una eficiencia que ninguna vanguardia armada alcanzó jamás. 

Por eso el 4 de julio, mirado de cerca, no celebra propiamente una fundación. Celebra la abolición de la idea misma de fundación acabada.