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Héroes Modernos: Ironman, el mito de Hefesto

Héroes Modernos: Ironman, el mito de Hefesto

La fuerza de una bomba y el ruido del trueno. La ola que golpea y un viento que marea, la tempestad en actualidad definió sus jugadores, sus villanos, ante una sociedad que todavía debate los héroes donde encontrarlos.

La desorientación, la construcción sin pabellón, es el primo problema de todo divague cultural. Su terror a los actuales nombres propios y la posibilidad de un heroísmo sucio le hace desconocer la primera instancia de hacia dónde mirar o  donde buscar.

Será allí, donde el gajo de lo incorrecto repose su moral, en el edén de los injuriosos o  en  las  pilas reciclables de la ética, bajo agrietadas palabras de epifánicos profetas,  allí, opulento en mañas, contrario en caprichos, colgante e inmaduro asomara el pellejo de nuestros héroes modernos.

No parece ser factible, en el océano idealizado de la uniformidad y la inorganicidad, embrionar nuestros ídolos. No puede salir un héroe limpio de un mundo sucio. Toca mantener la vigilia en el hervidero del volcán, de donde surgirán y en donde  en arcada gutural de montaña bañaran su carcaza humana en lava. 

Pero confuso se nos es la eventual fusibilidad obstétrica de su estado embrional. No hay división en la pre-creación. Una sola sopa monoamniótica de héroes y monstruos se nos es dada, que al de mirada refinada le es imposible vislumbrar, al indiferenciar la empañada tangente evaporadora y condensadora del ascenso de un héroe.

I. Ironman o el moderno hefesto

“El Eterno Profeta alzó los oscuros fuelles, 
y giró inquieto las tenazas; 
y el martillo golpeó incesantemente; 
forjando cadenas nuevas y nuevas; 
entumeciendo con eslabones, horas, días y años.”  

William Blake, El primer libro de Urizen 

Hefesto, dios subcutáneo, escultórico y ermitaño, mendigado por lo diestro de sus manos, relegado del prístino panteón a su cueva fabril, inventor siempre de caprichos ajenos , rayos, cadenas, tridentes y escudos. Conserva la técnica magistral del vocacionado, el talento innato del agraciado pero sin el valor ético ni la autarquía de negar reposar los indiferentes dedos sobre el gatillo de sus fierros.

Igual es su reflejo moderno, el hombre de hierro

Fabricante de armas, alcohólico, millonario, narcisista, de culpa ajeno, ambos padecieron sus aberraciones bélicas, impartícipes, sus brazos no deciden lo que el calor malea, son creaciones guachas, a su forja demandadas, hijas malditas, sólo engarfiadas al porte de los dioses en sus grandes dramas y batallas. 

El héroe de las pantallas, el  más popular de este siglo, reflejo del espíritu humano perdido, es el justo y apropiado en describirlo. El horizonte de guerra, liquidez moderna y soberbia egocéntrica lo tiene a Tony Stark en la frente como representación de todo lo que una época apesta, de todo lo que la envenena y asquea, la aberración de nuestra estirpe. Nunca más actual.

Como el comienzo de una tragedia lo demanda, porta en su pecho, único símbolo de su error, fue así que negando tensar el arco que él mismo creó, quedó herido por su propia flecha. Atravesado por el centro en su espíritu, su error lo encontró. Y él, lejos de salir de su volcán, del taller; lejos de soltar el martillo y el metal o caer a la mar, devoto de su vocación y su técnica, nuestro artesano de hierro fundido toma la decisión política de no soltar lo que se le fue heredado, de lo que lo hirió, de lo que se le fue denunciado y a lo que tuvo la profana decisión de hacer mal uso.

No relega el poder ni le quema este sus manos, encauza el fuego de su forja al corazón de su decisión, haciendo de todo lo que saque chispa, golpee y tirite, ahora por él, alzado y empuñado, truene los miedos de sus vieja clientela.

Así nace la última de sus creaciones. Una armadura de hierro, un gigante de talos a su medida, ahora adornando sus hombros, no de otro para usar, no de otro para humanizar, sino de él para portar.

La forja y la técnica ahora quedan subyugadas a su llamado. La creación más personal del herrero del volcán no es más que una recreación de su pellejo, no es otra que la sortija del alma, hecha en el material que lo vio nacer. Nada de ludismos, el personaje toma el objeto en cuestión, la bomba y la da vuelta; hace de eso que vos odias, de tu enemigo, un gesto de perdón. No un camino de instrucción, uno de destrucción. 

II. T-1000

Del fundir en el volcán a la quimera, a fundirse uno, hombre del mañana, herido ya por ella, en la líquida lava de la modernidad, y proteger  detrás de ella su humanidad. 

Para la idea de maldad que en en films como Terminator y en relatos semejantes manejamos, la liquidez, la inorganicidad, y su antiforma que todo lo puede imitar pero nada puede crear toma forma en el T-1000 como reflejo de ese monstruo invencible transparente, dúctil y todo-atrapante que solo la madre, el hijo y el nuevo padre-maquina vuelto humano pueden vencer. Como lo plantea Cameron, esto sucede al final del film, la familia inserta a la quimera en el corazón de la forja industrial, de una fábrica metalúrgica de una Estados Unidos hundida cada vez más en esa liquidez y que, parados desde el presente, podemos decir con todavía más confianza es su gran aflicción del hoy. 

Habiendo apagado gran parte del corazón siderúrgico que la podría haberlo defendido, su industria humana ya no tiene corazón donde liquidar estos monstruos modernos. ¿con qué quemará hoy a las quimeras líquidas?

La respuesta la encontré en Fear Itself, tira cómica dentro del mundo Marvel. Allí el hombre de metal enfrenta a un dios que azota su mundo, sumido en derrota el racionalista adepto a la máquina, invoca a Odín, dios nordico y epicentro mítico de lo pagano. Para tal tarea debe dar a perder algo, dar en intercambio, entregando a su favor, a su sacrificio, el único orgullo que en este subsuelo Tony Stark porta, como singular estampa, su sobriedad. 

Así, entre botellas, vomito e insultos procede a solicitarle al Dios, no su intervención ni su ayuda, sino un permiso. Al humano de chapa su existencia no le perturba, inconmovible solicita usar tan solo por aquella vez, la forja de los dioses, la factoria divina. Así aceptado el sacrificio, Iron Man es concedido su capricho, en el terreno de lo sagrado, entre mitos y magia, fábrica con manos humanas, en este taller celestial, el armamento de dioses, nuevamente no para él sino para todos los héroes de Marvel, a excepción de la propia.

Llega así al momento de su diseño, de forjar su propio arco, a lo que Odín le pregunta si sabe lo que eso significa, el hombre ateo, atado a este presente pero mirando siempre el futuro, contesta al dios asintiendo, que sí, que lo sabe, que está preparado, que siempre lo estuvo. 

Así son arrojadas a las llamas las armas para ser bendecidas.

Pero es su coraza indespegable de su alma, y a la figura de chapa arraigada le toca descender en persona, encastrado del metal su piel, a la mismísima llama sagrada, purificarse y consolidarse con la máquina a dolor y quemadura, para así emerger dorado

¿Es entonces el fuego de las fábricas y los volcanes, no ya un hervidero donde destruir este enemigo?¿Qué armas nuevas o defensas se nos presentan? En “Cabalgar el tigre” Julius Evola convoca una solución en la oriental idea de un Tigre. Propone a esa modernidad hecha animal autógrafo, no enfrentarla, sino agotarla, montarla.

Toda persona de razón antiludista entiende que la problemática de la modernidad, las máquinas y el futuro está en las manos de quien no rompa los engranajes, ni denuncie su injusticia; sino en quien inserte las manos en ellos y sepa poner dentro el calor de un fuego humano.

Esta máquina moderna, que a nosotros nos toca atender, antes podía ser combatida, como entendimos en Terminator 2, podía ser derretida. Hoy como nuestro héroe, toca hacerla propia, agotarla como una piel más. Ya estamos inmersos, ya estamos nadando en ella, no  se la puede tratar como enemiga, toca sumergir cabeza y buscar el fondo para que nos cubra y fundirnos en sumersión para dejarla al servicio humano.

Esto me cuenta el relato del Iron Man, el héroe heféstico que tomó el martillo para su invento personal y creó una última defensa, una nueva piel, con la que hundirse uno para afrontar estos viejos enemigos, en la máquina que ahora ya no cabalgamos, sino que portamos encima, embadurnados de ella, contra el miedo en sí mismo.

III. Plateado sobre plateado 

Como el mecánico artesano, a nosotros siempre también nos toca reclamar un llamado de auxilio, una última solicitud descalza, entregando hoy nuestra relegada y sobria piel, nos preguntamos: 

¿Dónde están esos príncipes de las forjas?

¿En qué hornos podemos incrustar la cabeza en intentar avivar las llamas? 

¿Quienes le resguardaron el fuego entre los dientes y les obligaron a tragarlo?

Los necesitamos dragones del Monte Etna. Vuelvan a prender las alforjas, que del viento de su aliento alimentarán la llama que agitara la vida de una nueva luz. Porten su creación, calcen los metales que les aplastan, atinen al sol, abandonen las lindas y entretenidas acrobacias terrenales, barnizense en la forja para emerger dorados… que hoy día nuestro Icaro de metal vuele no al sol, sino hacia la luna y caiga plateado es nuestro exiguo milagro.