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Los orígenes de Estados Unidos

Los orígenes de Estados Unidos

Hay una dislocación sintomática en la atmósfera que rodea a este 4 de julio, perceptible incluso para quienes no estamos en suelo estadounidense. Por un lado, el despliegue de espectáculos de fuegos artificiales, desfiles y hasta la construcción de un controvertido “Arco del Triunfo” en Washington para conmemorar los 250 años de la Declaración de Independencia de Estados Unidos. A eso se le suman las pantallas del mundo entero transmitiendo en simultáneo la recta final del Mundial de Fútbol, convirtiendo al territorio norteamericano en el epicentro de una verdadera fiesta global. Sin embargo, todo esto apenas logra maquillar una realidad doméstica calamitosa: el Imperio está roto por dentro. A esta altura, deben ser pocos los que sigan creyendo que la polarización salvaje y violenta en torno a la figura de Donald Trump y su movimiento MAGA es una mera disputa electoral entre partidos tradicionales. La realidad es que nunca lo fue, pero hoy queda más en evidencia que se trata de una fractura civil expuesta que corroe los cimientos de una sociedad y sus instituciones bicentenarias que hoy perdieron legitimidad, en un paisaje urbano que exhibe las consecuencias no deseadas (¿no?) del Sueño Americano: comunidades rotas por la epidemia del fentanilo, la tragedia recurrente de los tiroteos escolares, un desamparo estructural con miles de personas forzadas a vivir en autos o casas rodantes, por solo nombrar algunas de las caras de un escenario que parecería ser el preámbulo de una disgregación interna.

Esta descomposición puertas adentro se traduce, de manera casi mecánica, en una agresividad internacional desbocada. Y no es que históricamente Estados Unidos haya sido muy respetuoso de la soberanía de los otros pueblos del mundo, pero en sus momentos más críticos, su reflejo de supervivencia siempre fue golpear con más fuerza y violencia en la periferia, y el escenario geopolítico de este 2026 es una demostración brutal de este axioma. Apenas empezó el año asistimos con asombro a una intervención militar abierta en Venezuela, ejecutada bajo el gastado comodín de la “seguridad” pero motivada por la desesperación de asegurar recursos estratégicos. A los pocos meses ocurrió la escalada bélica en Irán, un conflicto de proporciones catastróficas (ahora en pausa) donde al parecer Estados Unidos terminó asumiendo los costos de la derrota, atrapado en una guerra generada por los intereses de Israel y por el peso decisivo de su lobby dentro de la propia estructura de Washington

Y en el medio, verdaderos manotazos geopolíticos que exponen (en este caso por lo menos desde lo enunciativo) el retorno a un expansionismo territorial sin tapujos: la insistencia explícita de la Administración Trump por anexar Groenlandia y franjas estratégicas de territorio canadiense, argumentando la necesidad de controlar los recursos del Ártico y blindar el flanco norte ante el avance de bloques rivales. Mientras tanto, América del Sur padece la subordinación política, económica, financiera y de seguridad a las directrices de Washington: desde la entrega irrestricta de activos estratégicos de Argentina hasta la más burda injerencia en las elecciones presidenciales como ocurrió en Perú y Colombia

Frente a todo este escenario, conocer los orígenes de Estados Unidos resulta indispensable, cuando no urgente. A pesar de su crisis y eventual declive, la potencia del Norte sigue siendo uno de los actores centrales del sistema internacional, uno de los países más importantes del mundo. Concentra cerca de una cuarta parte del PBI mundial, tiene el mayor presupuesto militar del planeta y una enorme red de bases en distintos continentes. Tiene un peso decisivo en instituciones como la Organización de las Naciones Unidas —donde además es miembro permanente del Consejo de Seguridad—, el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial; instituciones que, dicho sea de paso, fueron creadas para apuntalar su hegemonía.

Además, ejerce una enorme influencia cultural a través de su industria audiovisual y musical, y ni hablar de su industria tecnológica, encabezada por empresas globales como Apple, Google y Microsoft. Esta misma vanguardia tecnológica se extiende a la ciberseguridad, y a sectores estratégicos como su industria nuclear y su industria espacial hoy dominada por empresas como SpaceX.

Y, por si fuera poco, todo este entramado se corona en el plano financiero: al ser el emisor del dólar —la moneda de reserva global— y controlar los grandes flujos de capital desde Wall Street, Estados Unidos prácticamente maneja la economía del planeta.

Son muchas las preguntas que surgen cuando pensamos en la historia de Estados Unidos: ¿cómo llegó a ser en el país más poderoso del planeta? ¿cómo pasó de ser una potencia industrial continental, a una superpotencia mundial y finalmente a un imperio global? ¿Está en declive? Si es así, ¿desde cuándo? ¿Por qué? Conocer su historia es clave para responder estas preguntas y para comprender cómo moldeó el mundo en el que vivimos. Pero al adentrarnos en esa historia vemos que está llena de complejidades y contradicciones y que en ese paso de potencia a imperio hubo ganadores y perdedores incluso dentro del pueblo estadounidense, que está lejos de ser homogéneo, a pesar de que Estados Unidos se haya construido bajo la idea del pueblo elegido y de la tierra prometida.

Por lo tanto, el primer paso para hablar de la historia del Imperio Norteamericano es desmontar ese mito de la excepcionalidad: esto es que el surgimiento y posterior desarrollo de Estados Unidos se debió a una serie de condiciones excepcionales, únicas, propias del pueblo estadounidense. Para eso, vamos a retroceder 500 años, cuando los ingleses comenzaron a explorar las costas de América del Norte y fundaron sin mucho entusiasmo un puñado de colonias, como ya lo habían hecho España y Portugal a lo largo del continente. En esas colonias, entre guerras y utopías, entre libertad y esclavitud, entre sueños bíblicos y una ambición desmedida por dinero, empezó a moldearse la identidad de un Imperio y su pueblo.

Una República en un mundo-oceánico

La narrativa tradicional suele presentar el 4 de julio de 1776 como un quiebre absoluto, en el que un grupo de pensadores ilustrados dio nacimiento a una utopía democrática basada en la libertad universal y los derechos inalienables del hombre. Desde ya, un quiebre absoluto fue. Sin embargo, comprender la identidad de este pueblo exige ir más allá. Los hombres que se reunieron en Filadelfia —una élite de plantadores del sur, comerciantes del norte y pensadores políticos— lejos de ser improvisados o basar sus decisiones en una abstracción puramente teórica, dieron respuesta formal a la maduración de una sociedad y (es necesario repetirlo) de una elite que ya tenía dinámicas e intereses propios bien consolidados. La ruptura formal con la Corona británica debe entenderse como el paso jurídico de la consolidación de una estructura social y económica que llevaba un siglo y medio desarrollándose en el terreno. Y digo paso jurídico, porque la verdadera consolidación, es decir la económica, vendría luego de la Guerra Civil (1861-1865). 

Hacia mediados del siglo XVIII, las instituciones coloniales habían alcanzado tal grado de autonomía que el Imperio británico comenzó a ser percibido más como un obstáculo que como un protector. Medidas como la Proclamación Real de 1763 —que prohibía la expansión hacia el oeste más allá de los montes Apalaches para evitar conflictos con las naciones indígenas—, los constantes sabotajes a las incipientes industrias coloniales y las nuevas cargas impositivas impuestas por Londres chocaban directamente con el potencial de desarrollo de la oligarquía colonial. Al declarar la independencia, lo que hicieron estos hombres fue asumir la conducción directa de su propio destino político y económico, formalizando muchas estructuras de poder que ya dominaban a nivel local y creando otras nuevas.

1776, visto de este modo, representa la maduración institucional de las colonias inglesas de Norteamérica. El lenguaje sobre la igualdad y la libertad fue la expresión genuina de una nueva identidad política que, al mismo tiempo, arrastraba y convivía con las profundas contradicciones de su tiempo: la economía basada en la explotación humana y la necesidad de una expansión territorial ininterrumpida. Estas dinámicas no se alteraron con la emancipación; al contrario, encontraron en el nuevo marco constitucional republicano el cauce perfecto para desarrollarse a mayor escala. 

Ahora bien, para comprender realmente este punto de partida es necesario conocer el contexto en el que esas colonias crecieron y se desarrollaron. Un contexto al que distintos autores dan diferentes nombres: la era de los descubrimientos,  la Revolución Oceánica, la primera gran ola de la globalización… porque la fundación de esas colonias, su crecimiento, su desarrollo y en definitiva la guerra de independencia que las transformó en Estados Unidos, fueron consecuencias directas de ese mismo proceso histórico.

Cuando Europa se lanzó al mar, a fines del siglo XV, el mapa se transformó por completo, porque, en palabras de Thomas Bender, «el desplazamiento a través de los océanos ofreció la posibilidad de extender redes de comercio y comunicación enteramente nuevas», y eso permitió la circulación de gente, mercancías, dinero e ideas como nunca antes en la historia de la humanidad.

La llegada de Colón a las playas del Caribe el 12 de octubre de 1492, que implicó la incorporación de América al comercio global. El “mundo” dejó de ser un mundo-isla con centro en el Mar Mediterráneo y pasó a ser un mundo-océano, con centro en el Océano Atlántico. Desde ya el Nuevo Mundo (como lo llamó el explorador Américo Vespucio) no era precisamente nuevo. Había seres humanos desde hacía 13.000 años; y al momento de la llegada de los europeos se calcula que vivían más de 50 millones de personas. Estamos hablando de pueblos con una enorme diversidad cultural, social y lingüística que durante siglos habían vivido en ambientes geográficos muy distintos. 

Los europeos fueron construyendo distintos imaginarios de este Nuevo Mundo y sus habitantes a través textos como las crónicas de viaje, dibujos, grabados y mapas: materiales extremadamente sensacionalistas, con descripciones que parecían sacadas de un cuento de terror. Con lo cual no sorprende que el encuentro con los habitantes de América haya generado nuevas preguntas en los europeos: no solo quiénes eran, sino qué eran. ¿Eran hijos de Dios o eran seres salidos de las tinieblas? ¿podían ser convertidos o podían ser usados como mano de obra? Para los indígenas los europeos también eran seres completamente extraños: individuos con barba y piel clara que habían llegado desde el mar. Usaban armas que hacían ruidos estruendosos. Traían animales desconocidos como caballos o mastines. Poseían distintas costumbres, creencias, lenguas…

En fin, independientemente de que la sorpresa haya sido la misma para unos y para otros, lo que primó fue el exterminio de los indígenas, en parte por la explotación a la que fueron sometidos y en parte por enfermedades como la viruela. Por ejemplo, en lo que hoy es Estados Unidos y Canadá se calcula que para 1800 sobrevivían unos 600.000 indígenas, apenas el 12% de los que habitaban en la región hacia el siglo XVI. Se trató de una de las mayores catástrofes demográficas de la historia, quizás solo equiparable con la que al mismo tiempo sufrían los pueblos de África debido al comercio de esclavos.

La llegada de los europeos a América inició una feroz competencia entre Castilla y Portugal por la colonización y el control del comercio interoceánico, al punto que fue necesario firmar el Tratado de Tordesillas en 1494 que repartió las zonas de navegación y conquista entre las dos coronas. Y si bien podríamos pensar que Inglaterra veía todo esto desde afuera, lo cierto es que ya estaba pensando en sumarse a la carrera colonial y destronar el poderío portugués y castellano.

Inglaterra en América del Norte

Habían pasado apenas cinco años del primer viaje de Colón cuando Enrique VII, el primer rey inglés de la dinastía Tudor (1485-1603) decidió financiar una expedición liderada por el genovés Giovanni Caboto con el objetivo de llegar a Catay, es decir el norte de China. Pero la expedición terminó en América del Norte, más precisamente en la costa de Terranova. Y en vez de oro, lo que Caboto encontró fueron bosques interminables de pinos que se veían desde la costa, y bancos de bacalao tan grandes que, según él, «difícilmente podía un bote de remos cruzar por en medio de ellos».

Estos resultados tan desalentadores llevaron a Inglaterra a pensar que la colonización del Nuevo Mundo no era la opción más rentable, por lo menos no en un principio. Si bien volvería a patrocinar otro viaje de Caboto, la Corona no puso todas las fichas en eso y le dedicó a las expediciones menos tiempo y menos capital que Castilla o Portugal.

Inglaterra entendía que para dominar el comercio del mundo-océano era necesario, primero, dominar el mar. Por eso, además de poner dinero en las expediciones de Caboto, la dinastía Tudor reformó y expandió como nunca antes la Armada creando una flota permanente y sentando las bases de la futura Marina Real Británica; pero sobre todo, se concentró en patrocinar las actividades de piratas y corsarios.

A lo largo del siglo XVI, los piratas y corsarios ingleses se convirtieron en la pesadilla de los barcos españoles, y en una significativa fuente de ingresos para la Corona de Inglaterra. Tanto que en 1580, la mismísima reina Isabel recibió al pirata Francis Drake que volvía de su viaje de circunnavegación con el barco repleto de riquezas. Solo cuando este sistema estuvo afianzado, Inglaterra empezó a considerar a América del Norte como un lugar que sirviera de base para sus piratas y privateers (como los ingleses llamaban a los corsarios). Y si después, al explorar tierra adentro, encontraban oro, mucho mejor.

Este nuevo proyecto de colonización fue impulsado precisamente por un grupo de piratas. O para decirlo de forma más sutil, un grupo de aristócratas protestantes que habían ganado prestigio y fortuna como marinos, exploradores, corsarios…y piratas. Estaban liderados por Walter Raleigh y contaban con experiencia en la conquista de territorios, ya que estos hombres eran los mismos que estaban al frente de la guerra que desde 1530 Inglaterra sostenía contra Irlanda. Y el hecho de estar ocupados masacrando irlandeses católicos no impedía que siguieran de cerca lo que pasaba en América. De hecho, Raleigh era un ávido lector de toda la literatura de conquista publicada en Europa: crónicas que destacaban las riquezas del continente americano.

En 1583 el barco que transportaba a su hermanastro Humphrey Gilbert se hundió volviendo de una expedición a Terranova, así que Raleigh heredó la patente que lo autorizaba «a descubrir, buscar, hallar e inspeccionar tierras, países y territorios remotos, paganos y bárbaros, tales que no estén actualmente en posesión de ningún soberano cristiano, ni habitados por cristianos». Al año siguiente, envió a Arthur Barlowe y Philip Amadas a realizar un viaje de reconocimiento de las costas de Norteamérica. Ese fue el primer arribo de los ingleses a la isla de Roanoke, en la costa del actual Estado de Carolina del Norte.

Al volver de la expedición Barlowe reportó el hallazgo de «bosques repletos de venados, conejos, liebres y aves, en increíble abundancia», y afirmó que se trataba de la tierra «más abundante, fértil y saludable del mundo». Pero a Raleigh le importaban muy poco los venados y los conejos. A él le interesaba otra cosa: la ubicación de la isla. Roanoke estaba muy cerca de los asentamientos españoles de la Florida. Por lo tanto Roanoke podía ser una base ideal para atacar sus barcos. 

Ahora bien, ¿desde cuándo estaban los españoles en la Florida? Si bien la primera expedición oficial se produjo cuando Juan Ponce de León reclamó la península para la Corona de Castilla, el verdadero anclaje continental se consolidó tras la creación del virreinato de Nueva España, con centro en la ciudad de México. A partir de ese eje político, el avance hacia el norte combinó ensayos efímeros como el de Lucas Vázquez de Ayllón en San Miguel de Gualdape con expediciones fallidas como la de Pánfilo de Narváez hacia el río Mississippi. Álvar Núñez Cabeza de Vaca recorrió las regiones de Texas, Nuevo México, Arizona y California, legando valiosos relatos sobre sus habitantes, al mismo tiempo que García López de Cárdenas y sus hombres se convertían en los primeros europeos en contemplar la inmensidad del Gran Cañón del Colorado. Esta dispersión encontró su estabilidad definitiva con Pedro Menéndez de Avilés y la fundación de San Agustín, la ciudad europea más antigua en suelo estadounidense, cuyo entramado de misiones católicas costeras buscaba evangelizar a las poblaciones nativas y, fundamentalmente, blindar el territorio frente a las incursiones inglesas y franceses. Es justamente en este bastión donde se revela una de las mayores disonancias de la memoria histórica norteamericana: la comida y la misa de acción de gracias compartida entre Menéndez de Avilés y los indígenas saturiwa constituyó, como sostiene el historiador Michael Gannon, la primera celebración de Acción de Gracias en la región, adelantándose cincuenta y seis años al banquete de los peregrinos en la Roca de Plymouth. Sin embargo, por su carácter católico e hispánico, el episodio fue sistemáticamente excluido de la narrativa oficial construida siglos después por la tradición anglosajona. Todo este proceso demuestra que la Florida española era un verdadero baluarte estratégico de Nueva España, diseñado específicamente para proteger el vital sistema de flotas atlánticas y cerrar el paso a las potencias rivales.

Los ingleses estaban muy al tanto de esto y en 1584, el geógrafo de Oxford Richard Hakluyt (amigo de Raleigh), publicó un documento titulado A Particular Discourse Concerning Western Discoveries en el que expuso a lo largo de 21 puntos las razones a favor de la colonización inglesa de América. Los primeros tres puntos entremezclan justificaciones religiosas y comerciales y son claves para entender los motivos que llevaron a Inglaterra a establecer sus colonias en América del Norte.

Hakluyt inició su alegato afirmando que la colonización serviría «enormemente para la expansión del evangelio de Cristo», es decir, la religión protestante. Ya que la influencia católica de los españoles afectaba incluso los intercambios comerciales, que según Hakluyt se habían vuelto «peligrosos, especialmente en todos los dominios del rey de España, donde nuestros hombres se ven obligados a arrojar sus Biblias y libros de oraciones al mar, y abjurar y renunciar a su religión y conciencia, y en consecuencia a su obediencia a Su Majestad». Y que como resultado de esa travesía, tendrían acceso a «todas las mercancías de Europa, África y Asia» y eso «suplirá las demandas de todo nuestro decadente comercio».

Pero los puntos más llamativos son el 11 y el 17. En el 11 Hakluyt afirma que los ingleses tenían el deber de rescatar a los indígenas americanos de la tiranía de España, ya que «los españoles han ejercido las crueldades más escandalosas, y más que los turcos, en todas las Indias Occidentales». Y en el 17 señala que «mediante estas colonias el paso del Noroeste hacia Catay y China puede fácilmente y perfectamente ser buscado tanto por río y por tierra como por mar». Es decir, dejaba clara la manifiesta intención de expandirse hacia el Pacífico. Todo con dos objetivos principales: el control del comercio global y la difusión del protestantismo. ¿Y las excusas? Llevarles libertad a los indígenas de América y rescatarlos del paganismo y la tiranía de España.

Inglaterra, en solo 80 años, había casi duplicado su población: de 2,3 millones en 1520 pasaron a 3,75 millones en 1603 y atravesaba una fuerte crisis de desempleo y pobreza, y para la Corona era tentador desprenderse de una parte de la población y mandarla al Nuevo Mundo. Y había mucha gente dispuesta a empezar desde cero en América, con lo cual el alegato de Hakluyt tuvo buena acogida en gran parte del pueblo inglés.

En 1585 fundaron la colonia de Roanoke, pero resultó un rotundo fracaso. Y tan solo cinco años después, sus habitantes desaparecieron sin dejar rastro: solo la palabra «croatoan» grabada en un árbol. Más allá de todas las leyendas y especulaciones que se generaron a partir de esto, lo más probable es que hayan caído a manos de los indígenas algonquinos de la isla. Sin embargo, Roanoke, “la colonia perdida”, no hizo más que aumentar la determinación de los ingleses de instalarse en América. Porque además de promover la publicación del documento de Hakluyt, Raleigh decidió ponerle un nombre a todo ese territorio de América del Norte. A partir de entonces, y en honor a Isabel, la Reina Virgen, esas tierras se llamarían Virginia. Bautizarla, darle un nombre, no fue algo menor. Eso le dio otra validez y la convirtió en un punto fijo en el mapa y sobre todo en el imaginario inglés. América, y particularmente Virginia, ya no era esa terra incognita de los mapas. Ahora era “tierra descubierta” y tenía un nuevo dueño: Inglaterra.

En 1590, en Londres se reeditó una obra escrita por Thomas Hariot, un matemático inglés que había participado de la expedición a Roanoke. Se llamaba A brief and true report of the New Found Land of Virginia y tenía una visión mucho más completa que las obras propagandísticas anteriores. El objetivo era aplacar cualquier tipo de imagen negativa y mostrar que Virginia era una tierra prometedora. Es más, Hariot la describía como un jardín edénico, una tierra virgen capaz de gestar y parir al heredero de una Inglaterra trasplantada, es decir, una Nueva Inglaterra. En palabras de la historiadora Susan-Mary Grant, lo que Raleigh, Hakluyt y Hariot intentaban demostrar era que Virginia podía ser para Inglaterra un Nuevo Edén en el Nuevo Mundo.

Virginia 

El nuevo proyecto colonizador de Inglaterra tuvo varias particularidades. En primer lugar Inglaterra ya no podía ser abiertamente hostil con España, porque cuando Jacobo I ascendió al trono inglés en 1603 empezó las tratativas de paz con la corona española. Con lo cual, esta vez las ganancias no se iban a poder obtener atacando barcos españoles, sino que deberían aprovechar esos recursos que habían sido tan ponderados en las obras de Hakluyt y Hariot

En segundo lugar, esta vez la colonización fue llevada a cabo por una compañía colonizadora, que no era otra cosa que una sociedad por acciones para financiar las expediciones. Inglaterra ya tenía como antecedente a la Compañía de Moscovia, que desde 1553 poseía el monopolio comercial con el Gran Ducado de Moscú. Así que esperando repetir ese éxito, en 1606 Hakluyt y otros comerciantes de Londres fundaron la Compañía de Virginia. En abril de 1607, bajo el mando del capitán Christopher Newport, los nuevos colonos llegaron al cabo sur de la Bahía de Chesapeake, y casi 100 kilómetros tierra adentro fundaron Jamestown, el primer asentamiento inglés permanente en el actual territorio de los Estados Unidos.

Pero los primeros años de la colonia de Virginia fueron igual de duros que los de Roanoke por un motivo principal: el hambre. La relación con los algonquinos de la zona, organizados en la Confederación Powhatan, fue tensa desde un principio. Gracias al liderazgo del capitán John Smith y al matrimonio entre John Rolfe y Pocahontas, la hija del jefe Powhatan, los colonos lograron un acuerdo temporal con los algonquinos, lo que les permitió obtener alimentos. Sin embargo, cuando Smith se marchó de Jamestown en otoño de 1609 la situación se tornó dramática. El mayor problema siguió siendo la falta de alimentos y el pico de la crisis fue la hambruna del invierno de 1609-1610, que dejó con vida solo a 50 colonos de los 500 originales. Las crónicas mencionan que llegaron al extremo de desenterrar el cadáver de un indígena para comérselo, y que otro colono asesinó a su esposa, «picó su carne y para cuando se descubrió el hecho, ya se había comido parte de ella […]».

Las perspectivas para la colonia no eran buenas y lejos de ser esa tierra prometida, Virginia se parecía más al mismísimo infierno. Pero todo cambió gracias a una planta que en muy poco tiempo se convirtió en el motor económico de la colonia: el tabaco. Su cultivo y su alta cotización en el mercado convirtió a unos cuantos colonos en plantadores millonarios y transformó radicalmente la economía y la sociedad de Virginia. Pero no fue de un día para el otro y de hecho al principio no fue nada fácil. El tabaco necesitaba de dos elementos fundamentales que los colonos no poseían en cantidad: tierra y mano de obra.

En relación al acceso a la tierra, la gran mayoría de los colonos que llegaban a Virginia lo hacían en calidad de sirvientes por indenture, también conocidos como sirvientes contratados: tenían que trabajar para la Compañía durante siete años y una vez finalizado el contrato obtenían su libertad. Años después se decretó que los que habían llegado antes de 1615 obtendrían 100 acres de tierra y los que llegaron después 50 acres. Un mecanismo que suena bastante sencillo, pero había un detalle importante: la tierra ya estaba ocupada y aunque cueste creerlo los colonos no estaban del todo convencidos de que tenían derecho a apropiársela. Era un cuestionamiento que se planteaban varios filósofos, teólogos y juristas que escribían sobre el Nuevo Mundo. En A Good Speed to Virginia (1609), Robert Gray se preguntaba «con qué derecho o justificación podemos entrar en la tierra de estos salvajes, despojarlos de su legítima herencia de la misma y ocupar nosotros su lugar sin haber sido agraviados o provocados por ellos». Al mismo tiempo, la idea de que los indígenas no aprovechaban correctamente la tierra estaba presente en todas estas publicaciones. El propio Hariot en su obra decía que «la madera, pieles, frutas o cereales, requerían la aplicación del trabajo inglés».

Evidentemente todo fue mucho más complejo y contradictorio que el relato lineal de descubrimiento, contacto, conquista, etc. Todas estas ideas se entremezclaban entre sí, y en un principio la conversión apareció como la primera opción de colonización, pero con el correr de los años fue quedando en segundo plano ante la codicia de los ingleses por quedarse con esas tierras. Y una vez muerto Powhatan, las relaciones entre indígenas y colonos se deterioraron a una velocidad sorprendente.

Uno de los episodios más dramáticos fue la Masacre de 1622, cuando Opechancanough, hermano de Powhatan y nuevo jefe de la Confederación, lideró una serie de ataques a Jamestown, matando aproximadamente al 25% de la población, y desencadenando la Primera Guerra de Tidewater que terminó en 1632 con un tratado de paz. Pero en 1644 la Confederación lanzó un nuevo ataque sorpresa que causó la muerte de aproximadamente 500 colonos en una sola mañana iniciando la Segunda Guerra de Tidewater que terminó la derrota de los indígenas y la captura del propio Opechancanough.

La masacre 1622 sirvió de excusa para reforzar la imagen de los indígenas como “salvajes”, y el propio John Smith, que en un principio tenía la esperanza de una convivencia pacífica con los indígenas, terminó reconociendo que fue algo «bueno para la plantación pues ahora tenemos motivos para destruirlos por todos los medios posibles». Y así fue. Para 1670 sobrevivían apenas 2000 miembros de las tribus indígenas de la zona, mientras el tabaco empujaba las fronteras de Virginia más y más.

Pero el tabaco también necesita mano de obra, mucha más de la que la colonia podía aportar. Ni los indígenas ni los blancos contratados servían para el ritmo de trabajo que una plantación requería. Por lo tanto, la dramática solución fueron los esclavos negros. En 1619 llegaron a Virginia los primeros esclavos africanos y a partir de ahí la cantidad fue creciendo de manera exponencial.

Lo cierto es que esclavizar africanos para trabajar en tierras arrebatadas a los indígenas poco tenía que ver con la idea inicial de rescatar a los nativos de la crueldad española y llevarles libertad, o de construir un paraíso edénico para las personas desempleadas en Inglaterra. Independientemente de que eran objetivos complementarios al objetivo geopolítico principal, es decir destronar a Portugal y Castilla para controlar el comercio interoceánico, realmente muchos colonos creían en esa utopía, que sin dudas comenzó a quebrarse en Roanoke y que se terminó de destruir en Virginia con la hambruna de 1609-1610. Menos de 100 años después, esa utopía había sido reemplazada por lo que se conoce como la “paradoja norteamericana”: la libertad de los blancos, basada en la expulsión de los indígenas y el sometimiento de los negros.

Aun así, las intenciones religiosas y utópicas de crear una versión mejorada de Inglaterra en el Nuevo Mundo continuaron motorizaron la fundación de nuevas colonias. Ese era el objetivo del grupo de colonos que en 1620 llegaron a América a bordo del Mayflower y se instalaron en una zona llamada, precisamente, Nueva Inglaterra.

Los Puritanos y Nueva Inglaterra

A fines del siglo XVI surgió en Inglaterra una variante del protestantismo motivada por la preocupación que les generaba la presencia católica en la Iglesia Anglicana, es decir, la Iglesia de Inglaterra. Este movimiento, convencido de la necesidad de purificar la Iglesia Anglicana eliminando cualquier vestigio del catolicismo romano, se conoció como puritanismo. Algunos todavía guardaban la esperanza de llevar a cabo esta purificación en Inglaterra, pero los que se embarcaron en el Mayflower rumbo a América creían que la única solución era empezar desde cero en otro lugar. Estos puritanos serían conocidos como los Padres Peregrinos.

Lo curioso es que su destino original era Jamestown, pero una tormenta los llevó mucho más al norte, fuera de la jurisdicción de la Compañía de Virginia, más precisamente al Cabo Cod donde fundaron la colonia de Plymouth. Pero antes de desembarcar, y al verse solos en un sitio que no era el planeado, decidieron elaborar una especie de contrato que pasaría a la historia como el Pacto del Mayflower, el primer documento escrito en América que establecía una forma de gobierno «justa y equitativa». Mediante este pacto los peregrinos se comprometieron a «promulgar, constituir y elaborar de tanto en tanto, leyes, ordenanzas, constituciones y obligaciones justas y equitativas, tales como se considere más apropiado y conveniente para el bien general de la colonia». El origen de este documento en parte está en que estos peregrinos no viajaban como individuos aislados, sino que lo hacían con sus respectivas familias, en comunidad. Y no llegaban a América con el objetivo principal de hacerse ricos, aunque no descartaban esa posibilidad; lo que querían era construir el reino de Dios en una nueva tierra.

Otro grupo de puritanos siguió los pasos de los Padres Peregrinos y financiados por la Compañía de la Bahía de Massachusetts, dejaron Inglaterra para establecerse en América. Liderados por el abogado y hacendado John Winthrop, fundaron en 1630 la colonia de Massachusetts. El objetivo de estos puritanos, fundar una «comunidad bíblica», quedó de manifiesto con el discurso que Winthrop les dio a los colonos antes de desembarcar. Tomando el Sermón de la Montaña (Mt 5, 14) les dijo: «debemos tener en cuenta que seremos como una ciudad sobre la colina. Todas las miradas están puestas en nosotros. De modo que si tratamos falsamente con nuestro Dios en esa tarea que hemos emprendido y causamos por ello que nos retire su presente ayuda, nos convertiremos en un engaño y en objeto de desdén para todo el mundo».

En términos sociales y económicos las colonias de Nueva Inglaterra terminaron siendo más estables que Virginia: el entorno era menos hostil y el hecho de viajar en familia o en congregaciones enteras les permitió una mayor organización. Para 1700, en Nueva Inglaterra vivían más de 90.000 colonos, un número impresionante para la época. 

Y así como en la Bahía de Chesapeake, la intención de Cecilius Calvert de crear un refugio tanto para protestantes como para católicos, dio origen a Maryland, en Nueva Inglaterra también se fundaron nuevas colonias a fines del siglo XVII: Rhode Island, New Hampshire y Connecticut. Estas tres colonias eran una especie de diáspora puritana, algunas incluso fundadas por individuos que habían sido expulsados de Massachusetts. Lo cual deja en claro que la sociedad creada por los puritanos era igual o más intolerante que la sociedad que tanto los había perseguido en Inglaterra.

En principio lo que más los inquietaba era la presencia de indígenas. Los inicios de Nueva Inglaterra no fueron muy diferentes de lo que ocurrió en Roanoke y en Virginia. La mitad de los colonos de Plymouth no sobrevivió al primer invierno y los que quedaron con vida se vieron obligados a recurrir a los indígenas para no morirse de hambre. Y en esto jugó un rol fundamental Squanto, un algonquino que sabía hablar inglés porque había estado prisionero en Londres, que ayudó a los peregrinos como guía e intérprete para entablar relaciones con los indígenas de la zona y les enseñó a cultivar maíz. En conmemoración a un supuesto primer banquete que compartieron los peregrinos y los indígenas junto a la Roca de Plymouth, los estadounidenses celebran el cuarto jueves de noviembre el Día de Acción de Gracias.

Lo cierto es que esa aparente fraternidad nunca fue tal. La mayoría de las tribus no estaban contentas con la presencia de los peregrinos y menos con sus intentos de convertirlos a su religión. Además, cuando los colonos comenzaron a marcharse de Massachusetts para fundar otras colonias fueron ocupando las tierras de otras tribus, lo que desencadenó una serie de guerras sangrientas durante varias décadas. Primero la Guerra Pequot (1636-1638). El episodio central fue el ataque al fuerte del río Mystic, donde los colonos comandados por James Mason y John Underhill y aliados con los indígenas mohegans y narragansetts, mataron o quemaron vivos a entre 400 y 500 pequots.

Décadas más tarde estalló la Guerra del Rey Felipe (1675-1678), que enfrentó a los colonos contra la alianza indígena liderada por los wampanoag y su líder Metacom, en un conflicto que empezó de manera local, pero terminó afectando a toda Nueva Inglaterra. Uno de los líderes coloniales fue Benjamin Church, quien organizó fuerzas aliadas con otras tribus indígenas que terminaron capturando a Metacom en 1676, descuartizándolo y exhibiendo sus restos como advertencia. Después de estas dramáticas guerras, en Nueva Inglaterra quedaban apenas 4000 indios.

Pero la intolerancia y el miedo de los peregrinos no era solo hacia los indígenas sino también hacia su propia comunidad. De hecho, se podría decir que la sociedad que construyeron los puritanos estaba en gran parte estructurada por el miedo. Eran un pueblo bastante obsesionado con las visiones proféticas y eso los hacía ver peligro en absolutamente todo.

Los juicios por brujería de Salem de 1692 fueron quizás el caso más extremo. Todo empezó cuando en ese pequeño pueblo de la colonia de Massachusetts algunos niños comenzaron a sufrir distintas dolencias que fueron atribuidas a la brujería. La histeria desatada llevó a un periodo de fuerte inestabilidad social en el los vecinos se atacaban mutuamente y que terminó con el tribunal de Salem condenando y ejecutando a 14 mujeres acusadas de ser brujas. 

Todo esto era movilizado por el dogma protestante que establece esa oposición tajante entre el bien y el mal, entre lo correcto y lo incorrecto, y por una creencia firme: los puritanos tenían una misión divina que cumplir. El propio Winthrop, en su General Considerations of the Plantation in New England, contó que cuando partió de Inglaterra un lunes de Pascua, se sintió a sí mismo como un nuevo Moisés y vio a esa expedición que estaban emprendiendo como una nueva huida de Egipto. Estaban convencidos: América era la tierra prometida, y ellos eran el pueblo elegido.

Las Colonias en armas 

Al comenzar el siglo XVIII, el mapa de América del Norte se configuraba como un complejo tablero, donde la fuerza motriz que definía las relaciones imperiales era la guerra por el control del comercio global. España consolidaba su soberanía en Florida y el suroeste mediante redes administrativas y misiones como Santa Fe de Nuevo México (1610) y San Francisco de los Tejas (1690). Francia, enfocada en el comercio de pieles y la evangelización católica, estructuró Nueva Francia a lo largo del eje del río San Lorenzo (con puestos estratégicos como Quebec y Montreal) y la cuenca del Mississippi (Louisiana y su estratégico puerto Nueva Orleans), creando una barrera demográficamente frágil pero geográficamente inmensa frente al avance británico. Por su parte, el Reino de los Países Bajos, gran amo del comercio marítimo en el siglo XVII, había establecido Nuevos Países Bajos y la fortaleza de Nueva Ámsterdam; sin embargo, tras las guerras anglo-neerlandesas, este territorio fue cedido a Inglaterra en 1667 y rebautizado como Nueva York. Tras la superación de su propia guerra civil y con la Restauración de los Estuardo en 1660, Inglaterra aceleró su expansión atlántica fundando las Carolinas, Nueva Jersey, Georgia y Pennsylvania. Este escenario, donde también interactuaba el "país indio" como un mosaico decisivo de naciones indígenas, convirtió al continente en un entorno de conflicto permanente.

Así, la vida en las colonias británicas de América del Norte estuvo marcada por un rasgo predominante: la guerra. El conflicto armado era el entorno cotidiano en el que estas comunidades nacieron, crecieron y se consolidaron. No solamente las guerras contra las poblaciones indígenas o los coletazos de las guerras anglo-neerlandesas, sino que entre 1689 y 1763, los colonos se vieron arrastrados activamente a cuatro grandes guerras globales libradas por los imperios europeos, principalmente entre Gran Bretaña y Francia.

Este entorno de permanente inseguridad por la amenaza constante de rivales imperiales, piratas y naciones indígenas, convirtió a la guerra en una cuestión de supervivencia. Desde sus inicios, los asentamientos dependieron de la experiencia de veteranos europeos: Jamestown contrató en 1607 al capitán John Smith, que participó en las guerras contra Irlanda, y los peregrinos de Plymouth hicieron lo propio con Myles Standish, veterano de las guerras de independencia neerlandesas. La obsesión defensiva quedó de manifiesto en sus fortificaciones como el fuerte de Jamestown y sus posteriores perímetros amurallados.

Sin embargo, la respuesta más trascendental a esta amenaza fue la creación de un sistema de milicias locales. Ante la imposibilidad económica de mantener ejércitos profesionales, y recuperando la tradición militar inglesa, cada colonia obligó a todos los varones aptos —por lo general entre los 16 y los 60 años— a enrolarse para la defensa común. Las legislaturas coloniales proveían armas a los ciudadanos más pobres y mantenían arsenales públicos. Aunque su eficacia militar en el frente abierto era limitada y la legislación prohibía usarlas fuera de su propio territorio (lo que saboteaba la cooperación entre colonias), la milicia cumplía un rol político fundamental. Estaba controlada por las élites locales, lo que consolidó tempranamente el principio de la supremacía civil sobre la militar, y funcionaba como una herramienta de control social interno: sofocaba disturbios, protegía los intereses de los más ricos y, en el Sur, se integraba con las patrullas encargadas de cazar esclavos fugitivos. Como afirman Millet y Maslowski en su formidable Historia Militar de Estados Unidos, el colono era un ciudadano-soldado, obligado a tomar las armas ante el peligro, para luego desarmarse y volver a su vida civil apenas la amenaza inmediata desaparecía.

Esto sin dudas constituye el trasfondo institucional clave para comprender una de las características más singulares de la cultura y de la Constitución de los Estados Unidos: la relación de su ciudadanía con las armas y su particular percepción de la seguridad. El discurso constitucionalista contemporáneo defiende la Segunda Enmienda de la Constitución —el derecho a poseer y portar armas— como una garantía republicana fundamental de la libertad individual frente al poder estatal. Una norma que fue la formalización y el blindaje jurídico de esta práctica material preexistente de las milicias civiles coloniales que operaban desde los años 1600.

Al dar rango constitucional al sistema de milicias, la República norteamericana asimiló en su propio diseño institucional una premisa forjada en la época colonial: la noción de que la preservación de la comunidad descansa en la corresponsabilidad armada de sus propios ciudadanos civiles y en el mantenimiento de una constante vigilancia defensiva frente al entorno. Esta cosmovisión, que vincula la experiencia del colono del siglo XVII con la mentalidad estratégica contemporánea, ayuda a explicar la persistencia de una cultura institucional fuertemente enfocada en ver amenazas en todas partes. Lo que en los inicios coloniales se manifestaba como la necesidad de protegerse frente a la hostilidad de una frontera disputada por potencias rivales y naciones indígenas, evolucionó históricamente hacia una política de defensa global. 

Cierre 

Los objetivos que perseguía Inglaterra al instalarse en Norteamérica y fundar sus colonias podrían englobarse en dos grandes grupos: militaristas/económicos y religiosos/utópicos. Militaristas/económicos porque Inglaterra buscaba un rol preponderante en el comercio interoceánico y para eso era necesario destronar el poderío de España y Portugal. Además su situación interna era apremiante: pobreza y desempleo en una población que no paraba de crecer. Por otro lado, religiosos/utópicos porque buscaban la difusión del protestantismo y la conversión de los indígenas, pero en el caso de los puritanos iban más allá: querían fundar una comunidad bíblica. Estaban realmente convencidos de que Dios les había asignado la misión divina de crear un Nuevo Edén en América.

Fueron todas estas razones las que confluyeron y que impregnaron de contradicciones la fundación y el desarrollo de Virginia y Nueva Inglaterra. Por un lado las ambiciones de la corona inglesa y hombres como Raleigh o Hakluyt de amasar fortunas, y por otro el deseo de los peregrinos, expresado en el Pacto del Mayflower, de crear una sociedad «justa y equitativa». Por un lado la creencia de John Smith en que la convivencia entre colonos e indígenas era posible, y por otro la paranoia constante de los puritanos que veía en los indígenas o en cualquier disidencia dentro de su comunidad al mismísimo demonio. La idea de llevar libertad a los indígenas o de convertirlos a la fuerza; la posibilidad de apropiarse de sus tierras o de no hacerlo; la libertad y la esclavitud.

Pero además, estos mitos fundacionales de Virginia y Nueva Inglaterra moldearon la visión que los estadounidenses tienen de ellos mismos y del rol que les toca en la historia del mundo. Construyeron dos elementos que son parte esencial de la identidad estadounidense. Por un lado, esos primeros colonos que llegaron a Virginia, no los que tenían acciones en la Compañía, sino los hombres y mujeres comunes que tenían la ilusión de mejorar su situación social y económica y buscaban una oportunidad que se les había negado en Inglaterra, y que superaron las adversidades con ingenio y esfuerzo, llegando algunos a convertirse en plantadores millonarios, aunque eso haya implicado la expulsión de los indígenas y la explotación de los negros y los sirvientes contratados. Por otro lado, los puritanos que llegaron a Nueva Inglaterra con el objetivo de fundar una comunidad bíblica, y siguiendo los designios divinos de llevar el bien crearon una sociedad dinámica y novedosa, y estable en términos económicos, aunque eso haya implicado la persecución, la expulsión o la eliminación de cualquier tipo de disidencia.

Es la impronta de estas dos tradiciones fundacionales, son los valores, las instituciones y la cultura de estos primeros colonos lo que conforman los cimientos, la piedra basal, de lo que hoy son los Estados Unidos de América.