Comunidad

Mártires Palotinos: en imitación de Cristo

Mártires Palotinos: en imitación de Cristo
“No hay amor más grande que dar la vida por los amigos.”
Jn, 15: 13


El 4 de julio de 1976 quedó grabada en la memoria de los argentinos como una imagen que, lamentablemente, se volvería recurrente en aquellos años oscuros del país. Esa mañana, en la parroquia de San Patricio, en la Ciudad de Buenos Aires, fueron hallados martirizados los sacerdotes Alfredo Kelly, Alfredo Leaden y Pedro Duffau, junto a los seminaristas Salvador Barbeito y Emilio Barletti.

Los verdugos intervinieron la escena del crimen para dejar claro que aquello no fue accidental. Pintaron acusaciones contra los religiosos calificándolos de “zurdos” y “adoctrinadores de mentes”. Dejaron una leyenda revanchista en respuesta a un atentado atribuido a Montoneros, y una reproducción del conocido dibujo de Mafalda señalando un bastón policial con la leyenda: “Este es el palito de abollar ideologías”. Finalmente, dejaron a la vista los documentos de identidad de las víctimas, una señal inequívoca de que sabían perfectamente a quiénes estaban asesinando.

Lo que siguió al crimen evidenció la complicidad de los distintos factores del poder oligárquico, que desde los orígenes mismos del país han actuado de manera coordinada para defender e impulsar sus intereses. Mientras la cúpula militar, mediante comunicados y declaraciones, atribuía el hecho a “grupos subversivos sin Dios y sin Patria”, los principales medios de comunicación -como Clarín y La Nación- reprodujeron esa versión. Del mismo modo, a cincuenta años de la masacre, el Poder Judicial continúa sin identificar a los autores materiales e intelectuales. La primera investigación, que terminó en un sobreseimiento, despierta serias sospechas de entorpecimiento.

Con el regreso de la democracia, el crimen volvió a ser investigado. Surgieron testimonios de una sobreviviente de la ESMA y de distintos militares que aportaron información concreta sobre la responsabilidad de la Armada en el asesinato. Sin embargo, la investigación tampoco logró identificar a los responsables ni avanzar sustancialmente en el esclarecimiento de los hechos. Más tarde, las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, seguidas por los indultos presidenciales, terminaron de consolidar el clima de impunidad que caracterizó esos años. Aunque las causas por violaciones a los derechos humanos fueron reabiertas durante el gobierno de Néstor Kirchner, medio siglo después de la masacre sus responsables siguen sin ser juzgados.

El martirio

El asesinato de los religiosos no fue fortuito ni accidental. Los cinco mártires pertenecían a la orden palotina, fundada en el siglo XIX por el sacerdote Vicente Pallotti. Desde sus orígenes, la congregación se ocupó de los sectores más afectados por las transformaciones de la Revolución Industrial, y más tarde, volcó su atención a las oleadas migratorias europeas hacia América del Sur. Así, desde finales de ese siglo consolidaron su presencia en Brasil, Uruguay, Argentina y Chile, desplegando su labor en parroquias, escuelas y hospitales.

A fines de la década de 1920, la comunidad palotina fundó en el barrio porteño de Belgrano la parroquia San Patricio, santo patrono de Irlanda, un pueblo que, al igual que el nuestro, padeció en carne propia las garras del imperialismo británico y las graves consecuencias sociales, económicas y culturales que ese dominio trajo consigo.

Unos años después, en 1963, fue canonizado Vicente Pallotti, en pleno Concilio Vaticano II, en un contexto global de violencia imperialista en los países del tercer mundo y la amenaza de la destrucción nuclear propia de la Guerra Fría. Con ese gesto, se reconocía así la trayectoria de un santo que había encarnado el mensaje evangélico, al frente de una orden con una misión activa de difundir el Evangelio en un mundo que lo necesita cada vez más.

Con los aires renovadores del Concilio Vaticano II, la Iglesia asumió una orientación cada vez más comprometida con los más necesitados. En una Argentina signada por años de proscripción al peronismo, exilios, fusilamientos y violencia política, muchos jóvenes encontraron en sus parroquias un lugar para canalizar su voluntad de construir un país más justo. En este sentido, San Patricio no fue la excepción, y en aquella Iglesia la comunidad encontró un espacio para pensar y trabajar en base a ese sueño.

Es en este contexto donde la labor apostólica palotina, abierta al barrio y a todo aquel que deseara participar, encuentra su sentido revolucionario en una Argentina que atravesaba su noche más oscura. Como síntesis de esta tradición, unos días antes de su muerte, el padre Kelly en una homilía denunció los crímenes de la dictadura -desapariciones, exilios, asesinatos- y el apoyo civil -particularmente la compra de bienes pertenecientes a desaparecidos-, y advirtió:

“Quiero ser bien claro al respecto: las ovejas de este rebaño que medran con la situación por la que están pasando tantas familias argentinas, dejan de ser para mí ovejas para transformarse en cucarachas”.

Mientras muchos callaban, la voz de Kelly rompió el silencio en el desierto de una Argentina ensangrentada, señalando las injusticias que lo rodeaban, tal como hizo Jesús en Jerusalén en la antesala de su Pasión. Así, siguiendo el camino que Él anunció: “Acuérdense de lo que les dije: el servidor no es más grande que su señor. Si me persiguieron a mí, también los perseguirán a ustedes…”.

Frente a este compromiso, se consolidaba el proyecto de la dictadura, conducido en el marco del Plan Cóndor y orientado a desmantelar aquella sociedad que el peronismo había construido y fortalecido. No fue casual que eligieran a esos cinco hombres, que en su labor cotidiana en la parroquia fueron testimonio vivo del Evangelio, oponiéndose a un modelo que propugnaba la desintegración de los lazos comunitarios, que limaba los vínculos sociales y familiares, y que atacaba a las instituciones primarias de la comunidad.

En imitación de Cristo

Mientras avanza la causa de canonización de los religiosos palotinos, impulsada desde 2005 por el entonces Arzobispo de Buenos Aires, Jorge Bergoglio, y en los tribunales se intenta cerrar el capítulo de la impunidad, nuestro deber es recordarlos.

La Argentina es un país al que, lamentablemente, no le escasean mártires. Desde Manuel Dorrego hasta el general Valle, desde el padre Mugica hasta monseñor Angelelli y Azucena Villaflor; civiles y religiosos, hombres y mujeres, su sangre derramada por una Patria más justa no puede ser olvidada. Como pueblo no podemos olvidarlos: su sangre riega nuestro suelo, su lucha nos precede y sus vidas, sus luchas y sus muertes nos marcan el camino hacia el porvenir.

En estos tiempos somos testigos de cómo diferentes corrientes ideológicas proponen reducir al hombre a su máxima individualidad, aislándonos unos de los otros y limando los vínculos sociales que se consolidan en los clubes deportivos, la Iglesia, la familia, la escuela y las organizaciones de participación política. Es entonces donde se revitaliza el ejemplo de Kelly, Leaden, Duffau, Barbeito y Barletti. Sus vidas y martirio nos permiten pensar en un mundo diferente al que nos ofrecen las pantallas, las apuestas y el “sálvese quien pueda”, donde podamos construir espacios de encuentro y fraternidad, tener una actitud abierta hacia los demás y generar una alternativa al individualismo y la cultura del descarte. En definitiva, nos recuerdan que nadie se puede realizar en una comunidad que no se realiza.

Cuando la valentía escasea y la especulación guía a los poderosos, estos cinco hombres, en perfecta imitación de Cristo, nos recuerdan que no podemos quedarnos callados. Nos enseñan que, cueste lo que cueste, nuestro deber sigue siendo alzar la voz por la justicia social y estar dispuestos a entregarnos por el otro. 

Solo así podremos honrarlos.

Alfredo Kelly, Alfredo Leaden, Pedro Duffau, Salvador Barbeito y Emilio Barletti: 

¡presentes, ahora y siempre!