
La actual arquitectura institucional ensaya una coreografía de ajustes sobre un sujeto productivo en vías de extinción. Mientras los legisladores nacionales diseccionan artículos de raigambre decimonónica, la Inteligencia Artificial desborda su función de herramienta para instituirse como el nuevo dominio que licúa el sentido del trabajo y el esfuerzo. La reforma laboral que hoy discute el Congreso Nacional tiene su raíz en el cadáver conceptual del pleno empleo y omite que la IA ha mutado el entendimiento del mundo en su totalidad, legislando la realidad mucho antes de que Milei se sentara en el sillón de Rivadavia.
Para las nuevas generaciones el escenario contemporáneo del trabajo se despliega como una sucesión de descargas eléctricas siempre a punto del shock. La “changa” digital dejó de ser una salida innovadora para un margen de la juventud urbana y se convirtió en el centro de gravedad de la subsistencia. Emprendedores, tiktokers, vendedores de cursos, talleres y productos digitales, esquemas ponzis, excels, optimizaciones y trading. Bajo un régimen de inestabilidad que la legislación vigente en su ceguera ontológica se muestra estructuralmente incapaz de asimilar o incluso de percibir, la experiencia laboral de los jóvenes argentinos se encuentra fragmentada en aplicaciones de reparto y micro-tareas mediadas por pantallas. Si no estás entregando una Mc Tasty posiblemente estés llenando un excel en algún software manejado remotamente por un indio. Una realidad donde el universo de 13,6 millones de ocupados convive con una tasa de informalidad que alcanza el 43,3%, mientras que sectores específicos como los rappis permanecen explícitamente excluidos de la Ley de Contrato de Trabajo.
Esta precariedad ya consolidada se agudiza por la irrupción de la Inteligencia Artificial que ha transitado de ser una novedad tecnológica para que tu tía anime fotos de la infancia de manera torpe, a constituir el ecosistema absoluto que redefine las capacidades cognitivas de toda la población. El valor de mercado del trabajo humano se licúa frente a procesos de automatización que ejecutan tareas en fracciones de segundo. Armar un excel, una página web, editar un video, escribir incluso esta misma nota. La percepción del tiempo productivo se ha desvinculado de la jornada laboral para subordinarse a la velocidad de respuesta de un servidor, generando una alienación nunca antes experimentada por nuestras generaciones. Así se debe haber sentido la revolución industrial. El trabajador del mundo se enfrenta cara a cara con la erosión de su capital cognitivo frente a implacable eficiencia de un procesamiento algorítmico mientras consume ocho horas diarias de scroll infinito y la política no logra siquiera conceptualizar la profundidad de la transformación.
Qué podemos esperar del mundo del trabajo del no tan futuro? Cómo podemos intervenir en el curso de la precarización y qué herramientas estamos usando los despojados de la algoritmización para planificar lo que queda de nuestros sueños. Algunas tesis sobre la reforma laboral realmente existente.
El mapa
Los actualmente trabajadores registrados permanecen en un estado de resistencia con aguante desde hace casi quince años. La Argentina y su economía sobreviven a fuerza de los empleados que absorben, cada vez con menos margen, la incapacidad del mercado de hacer algo que genere guita. Una economía improductiva que explota a su fuerza de trabajo gracias a los derechos laborales conquistados en otro siglo. Sin entrar en detalles sobre la regresiva propuesta del gobierno nacional, hoy el Congreso está estancado. La reforma se vende como un salto al futuro para crear empleo, pero los mecanismos técnicos propuestos apuntan a una deslaboralización de la relación de trabajo y a una regresión en derechos adquiridos. Más de lo mismo, pero esta vez se llevan la medalla de haber modernizado.
Mientras, la juventud argentina absorbe los impactos con tasas de desocupación del casi 13% en menores de 29 años y una informalidad del 68%. Somos el excedente social que la dirigencia política reduce a meros consumidores de la flexibilidad. Es cierto que contra el trabajo de 9 a 5 en una oficina en el centro, cualquier opción se vuelve atractiva, pero puedo decir que después de cinco años siendo freelancer y con esta economía no hay “ser tu propio jefe” que alcance. Pasás la mitad de la jornada buscando nuevos clientes, volviéndote tiktokter para poder escalar tu negocio, asustándote por la cantidad de competencia que cada día se suma a tu rubro y anulando toda proyección jubilatoria mientras sacas cuentas para colgarte de la cobertura de salud familiar. La respuesta del gobierno nacional, en boca de Julio Cordero, secretario de Trabajo, fue en esa misma dirección. Interpretan un supuesto desinterés de los jóvenes hacia las vacaciones extendidas y los derechos laborales. Lo advertimos cuando en el 2024, Fundar presentó su documental con Ofelia Fernandez donde se imponía una empatía forzada para con la manicura que no tenía horarios de trabajo y absorbía todas las tareas de su emprendimiento mientras se construía lastima narrativa con la que trabajadora de Marolio que cumplía reglas y usaba un mameluco “horrendo” durante ocho horas diarias. En el 2026 ya no existen trabajos de cuello blanco para nadie. Pero probablemente para los más jóvenes, todas las escaleras están clausuradas. La pérdida de derechos esenciales se lee como una elección del estilo de vida; para progres y fachos, la juventud elige el freelanceo pero ignoran que la principal característica del empleo joven es ser el preludio de una obsolescencia programada por el mercado.
La verdadera revolución
No es mi intención hablar de leyes, sindicatos o legisladores. Me arrugan la ropa. El motor de esta nota es manifestar la reforma laboral realmente existente, esa que ya está aplicando la innovación tecnológica, la que ninguna declaración de ningún secretario general o senador con 40 años de experiencia laboralista pueden frenar.
El “debate” o mejor dicho la rosca del Congreso, con el perdón de los especialistas, es una negligencia estratégica. Los borradores (al momento de escribir esta nota circulan proyectos opositores con un gran contenido) que presenta la oposición parecen una tomadura de pelo. Si la ley que proponen es realista y no una mera perfo opositora revolucionaria como intuyo que lo es, me pregunto por qué no la propusieron antes. Difícil de adivinar las intenciones de una dirigencia política que se desayunó casi diez millones de monotributistas cuando decidió lanzar la IFE en medio de la pandemia. Si siguen improvisando, la IA siempre va a tener mejores resultados.
En paralelo, la propuesta del gobierno nacional deja a la fuerza laboral desprotegida ante la licuación inminente de las tareas de entrada que históricamente funcionaron como el escalafón de aprendizaje organizacional. La IA no solo automatiza procesos mecánicos, sino que perfora las funciones cognitivas que tradicionalmente desempeñaban los perfiles junior, eliminando la necesidad de transferencia de conocimiento humano en favor de la eficiencia algorítmica. Esta es la verdadera revolución. En los últimos dos días aprendí a armar una página web desde cero. Es falso decir que aprendí porque solo aprendí a promptear en una IA, pero un proceso que antes implicada estudiar una carrera universitaria - programación fue la carrera caballito de batalla que el macrismo se encargó de divulgar hasta en la sopa- hoy se puede resolver en 7 minutos y nadie estuvo ahí para guiarme en el proceso.
La incapacidad de ver que una gran masa de fuerza de trabajo quedará disponible sin estrategia para reabsorberla o reconducirla, demuestra que la discusión política permanece estancada en la reducción de costos directos. Mientras, el silencio patético de la ley permite que la infraestructura misma del trabajo sea desmantelada por la tecnología. En el futuro no habrá mercado laboral, porque nadie tendrá que aprender a hacer ningún trabajo. Una verdadera transformación de las subjetividades trabajadoras.
Es el sueño húmedo desde tecnócratas como Sam Altman, hasta dirigentes del izquierdismo internacional como Juan Grabois. Una ciudadanía cuyos derechos no son conquistas, sino paliativos. El Salario Básico Universal se presenta como un mecanismo cínico de contención para ese excedente social que la automatización y la reforma laboral generarán inevitablemente al vaciar de sentido la mismísima categoría de trabajador. El sistema acepta sin chistar la expulsión masiva del circuito productivo y ofrece una transferencia monetaria mínima (hoy el salario básico es de $341.000) tarjeta alimentar mediante o alguna innovación inédita como los food stamps probablemente garantizados por Señor Coto, que funcione como un sumidero de energía para una población que ya ni siquiera opera como ejército industrial de reserva. El SBU absorbe el excedente de energía de la fuerza de trabajo ociosa, sin devolverle al argentino de a pie ni soberanía, ni propósito. Lo institucionaliza como “consumidor pasivo” y lo gestiona como viene gestionando la escasez desde hace décadas para evitar que el descontento perfore la burbuja de rentabilidad. Las políticas de asistencialismo social fueron promovidas y ejecutadas por todos los gobiernos de la última dictadura en adelante. Esto no es una inconsistencia ideológica de un partido político específico, es el programa de gobernanza que se dirige desde arriba y se ejecuta con sus particularidades, cada vez menos particulares, desde los históricos edificios gubernamentales del centro de Buenos Aires.
Hacia una soberanía de lo vivible
La parálisis de la clase política y la ineficacia de las centrales sindicales fuerzan una realidad donde la ciudadanía comienza a ignorar la ley para construir su propia infraestructura de supervivencia. Pasó en los 90, pasará en los nuevos años 30. Ante el vacío estatal, la descentralización financiera y la organización comunitaria de las tareas se perfilan como una necesidad survivalista frente a un Estado que persiste en legislar para un modelo de 1929.
Es fuerte decirlo pero el Estado de bienestar ha muerto y el Estado Nación está en etapa terminal. No cuenten con mi generación, vapuleada y olvidada por todas las leyes y normativas -aun cuando hayan inventado ministerios enteros- para seguir dándole margen de ganancia a un modelo de negocios completamente en bancarrota. Es nuestra obligación moral velar por nuestros hijos y nuestros viejos y es por ellos que estamos construyendo las estructuras elementales para garantizar la vida en la forma que sea. Seremos fuertes donde la máquina nos quiere vulnerables y vulnerables donde la máquina nos quiere optimizados.
Una reforma desde abajo constituye la verdadera amenaza para la dirigencia que observa con temor la posibilidad de un pueblo con autonomía para diseñar sus propios sistemas de incentivos y protección social. La IA no solo reemplazará tareas programáticas, sino que superará a los humanos en cualquier tarea cognitiva claramente descriptible (leyes, medicina, políticas), marcando el fin de la posición privilegiada de los "expertos" y abriendo el juego a una nueva forma de ser y estar en comunidad. Si bien algunos seguirán enchufados a 220 a la máquina de extracción de datos, algunos de nosotros ya estamos buscando otros territorios donde poder expandir nuestra propia condición humana.
El miedo de los actores del poder reside en la obsolescencia de su función como intermediarios de la escasez; prefieren un trabajador precarizado y dependiente del subsidio estatal a una red de trabajadores autónomos capaces de gestionar su propio tiempo y recursos mediante herramientas tecnológicas que el Congreso, en su inercia, todavía no alcanza a comprender.
La insistencia en legislar mediante el espejo retrovisor solo garantiza una colisión más violenta con la realidad de un mercado laboral que ya ha sido perforado por la técnica y abandonado por la política. La reforma que se debate en el recinto es, en última instancia, una administración de escombros que busca rescatar márgenes de rentabilidad a costa de la erosión terminal del tejido social y la dignidad del argentino de bien.
No todo lo vivido bajo el signo de la productividad constituye un aporte a la integridad del trabajador, pero si la soberanía de lo cotidiano permanece secuestrada por la inercia del recinto y el silencio del código, la reforma laboral no será más que la autopsia de nuestra propia obsolescencia. La construcción de un presente habitable exige abandonar la liturgia obsoleta de las leyes para recuperar el sentido de un futuro autónomo, descentralizado y comunitario. Porque lo justo todavía, es cosa de los humanos.











