Comunidad

Cuando una nación deja de escucharse

Cuando una nación deja de escucharse

Música y soberanía cultural en la Argentina contemporánea

La música es una de las formas más altas de civilización. Antes de que existieran los Estados modernos, los pueblos se reconocían en sus cantos. Previo a la era de las economías globales, había ritmos que organizaban el trabajo, la liturgia y la memoria. La música estructuraba la vida social y era una forma de conocimiento, de cohesión y de trascendencia.

En el territorio que hoy llamamos Argentina, dicha función emerge ya en los primeros siglos del virreinato. Bajo la corona española, la música no era mero entretenimiento, sino una pedagogía espiritual y social. Las iglesias, las universidades y, de modo decisivo, las misiones jesuíticas, sabían que el sonido era una forma de ordenar el alma y de modelar la comunidad, incluso dentro del contexto tan ortodoxo de los ideales tridentinos.

Las reducciones y centros misionales desarrollaron prácticas corales complejas, muchas veces adaptadas a las lenguas de los pueblos originarios. La música se utilizaba para crear comunidad, disciplina interior y sentido de pertenencia. 

Córdoba resultó uno de esos centros tempranos donde la música se volvió escuela, disciplina y horizonte simbólico.  La música no se enseñaba para producir “artistas” -noción históricamente reciente- sino para formar seres humanos sensibles, capaces de habitar un orden racional sonoro. 

Nación, cultura y vocación universal

Durante el siglo XIX y buena parte del XX, en el clima del romanticismo político y los ideales de patria, nación y libertad, la Argentina se pensó a sí misma como una nación cultural en diálogo con Europa.

Las corrientes musicales europeas convivían con repertorios locales y públicos formados. La Argentina anheló dialogar la tradición musical occidental desde su propia historia, su geografía y su identidad. Semejante proyecto cultural revelaba un trasfondo antropológico más profundo: la convicción de que una nación no se mide sólo por su riqueza material, sino por la densidad de su vida intelectual y espiritual.

En ese marco, como era de esperarse, la educación ocupó un lugar central. La generación que organizó el sistema educativo argentino comprendió que la instrucción pública no debía limitarse a alfabetizar, sino a formar ciudadanos capaces de pensar el mundo. Domingo Faustino Sarmiento, figura polémica, aunque decisiva en la construcción de la escuela moderna argentina, entendía que la educación debía incorporar saberes utilitarios pero también disciplinas que educaran la sensibilidad y el juicio. Para él, la escuela debía formar sujetos capaces de comprender el tiempo histórico, la abstracción intelectual y la vida republicana.

Por eso, desde fines del siglo XIX, la música comenzó a enseñarse en el ámbito público con una ambición poco común para la época. Lo que en gran parte de Europa permanecía ligado a las clases dirigentes, a la aristocracia o a la educación privada, en la Argentina fue incorporado a la formación pública. La enseñanza del canto, la lectura musical y la práctica coral en las escuelas se concebían como instrumentos de formación del carácter y del intelecto.

Los programas escolares de música de finales del siglo XIX incluían contenidos que hoy sorprenderían por su nivel: lectura, escritura musical, canto a varias voces, nociones de armonía y entrenamiento auditivo.

Se comprendía, con intuición pedagógica profunda, que quien aprende música aprende también a pensar mejor. La música entrena la memoria, ordena el lenguaje, desarrolla una percepción del tiempo más fina y contribuye a la capacidad de abstracción. Enseña a escuchar antes de hablar, a coordinar la acción individual con la del conjunto y a comprender que la forma precede al impulso.

En este sentido, la Argentina llevó al ámbito público una convicción que en Europa había sido patrimonio de minorías ilustradas: que la formación estética es inseparable de la formación intelectual. La música era vista como disciplina del espíritu y fundamento de ciudadanía, mucho más que un lujo o un mero entretenimiento.

Ese impulso explica por qué, a lo largo del tiempo, e incluso en las mayores crisis, el país pudo sostener teatros, conservatorios, coros y orquestas sinfónicas. Nuestras instituciones fueron la consecuencia de una visión de nación que entendía la cultura como bien común esencial y no como privilegio.

La música como pedagogía del alma

Para la tradición cristiana la música nunca fue simplemente un arte en el sentido moderno del término. Se la entendió, más bien, como una forma de conocimiento y de elevación espiritual. Un camino de formación interior, una verdadera paideia del alma, capaz de ordenar los afectos, educar la sensibilidad y orientar al ser humano hacia lo trascendente.

El trabajo del músico se acerca más al del artesano o al de la téchne griega, que al del artista moderno convertido en marca. El artista que se vende a sí mismo como producto es una figura tardía, propia del capitalismo liberal. El arte tradicional se sitúa en las antípodas de esa lógica.

San Agustín concebía el canto como un camino hacia la verdad, perspectiva que encuentra su correlato histórico en la liturgia cristiana, la cual estructuró durante siglos el desarrollo de la música occidental y consolidó la comprensión del orden sonoro como reflejo del orden divino, basado en la armonía, la proporción y la relación entre las partes y la totalidad. Desde esta tradición, la música se funda en una premisa simultáneamente estética y metafísica: la de la forma inteligible. En tanto pensamiento sonoro, puede entenderse como una arquitectura sonora del tiempo cuya inteligibilidad es captada por el oido antes de ser plenamente tematizada por la razón, lo que explica que Leibniz la definiera como “un ejercicio oculto de aritmética del alma”.

La orquesta sinfónica constituye una realización paradigmática de este principio, en la medida en que cada intérprete ejecuta una parte singular y determinada, mientras que el resultado musical excede la mera agregación de contribuciones individuales. La obra emerge así como una totalidad cualitativamente distinta de los sujetos que la producen. En este sentido, la experiencia orquestal posee una dimensión espiritual y filosófica específica, pues pone de manifiesto que la instancia común puede situarse en un nivel superior al individual sin suprimirlo, integrándolo en una unidad mayor significativa. 

En la orquesta, la comunidad se vuelve audible y funciona como vehículo vivo de los grandes pensamientos sonoros de la humanidad.

El quiebre del siglo XX: del acontecimiento al producto

La historia cultural del siglo XX estuvo marcada por una transformación que no surgió de las tradiciones musicales de los pueblos, sino de la expansión industrial y mediática de las potencias económicas.

Con la aparición del fonograma, la música pudo separarse físicamente de su contexto comunitario. Ese desarrollo técnico, inicialmente neutro, fue rápidamente integrado a una lógica comercial que buscó transformar la música en objeto reproducible, transportable y vendible.

Desde los grandes centros industriales anglosajones se promovió progresivamente una nueva concepción del sonido: la música debía dejar de ser acontecimiento cultural situado para convertirse en mercancía circulante. Por su parte, el oyente dejó de ser partícipe de una experiencia estética compartida para pasar a ocupar el lugar de consumidor de productos sonoros diseñados para su repetición.

Con el avance del siglo XX, la industria cultural estadounidense y británica consolidaron este modelo y lo exportaron al resto del mundo. La música masiva pasó a formar parte de un sistema de influencia global donde la circulación, la identificación emocional inmediata y la rentabilidad económica se volvieron criterios centrales.

La aparición del “rockstar” fue uno de los instrumentos visibles de este proceso. El músico dejó de presentarse como servidor de una obra que lo trascendía y comenzó a ser promovido como marca, relato y figura aspiracional. Su función dejó de ser principalmente musical para volverse narrativa y encarnar estilos de vida, canalizar impulsos de rebeldía juvenil y orientarlos hacia patrones de consumo compatibles con el emergente mercado global.

Se buscó que la música dejara de ocupar el lugar de ritual comunitario, formación espiritual o pensamiento sonoro, para transformarse en vehículo de identidades prefabricadas y en herramienta de modelado de imaginarios colectivos.

Sin embargo, los músicos nunca dejamos de cultivar nuestro arte, aun cuando las condiciones culturales se volvieran adversas.

La hegemonía sonora como forma de dominación

La expansión de este nuevo modelo de artista fue el resultado de redes mediáticas, industrias culturales, sistemas de distribución y estrategias simbólicas desarrolladas principalmente en Estados Unidos y Gran Bretaña.

A través del cine, la radio, la televisión y más tarde las plataformas digitales, se difundió una forma de escuchar centrada en la inmediatez, la repetición y el impacto emocional directo. Paralelamente, los sistemas educativos comenzaron a relegar las disciplinas que fortalecían la autonomía interior -como filosofía, música, humanidades- debilitando las condiciones sociales necesarias para una escucha compleja.

En ese contexto, la música académica occidental, heredera de siglos de pensamiento sonoro fue perdiendo centralidad cultural. No por falta de valor objetivo, sino porque no se adaptaba fácilmente a los mecanismos del mercado global.

Silenciosamente, se fue instalando la idea de que la música compleja pertenecía al pasado, mientras se promovían expresiones superficiales, hipersexualizadas y más fácilmente comerciables. El resultado fue una progresiva desvinculación de amplios sectores sociales respecto de su propio patrimonio musical e intelectual. 

Inmanencia sin trascendencia

Toda música oscila entre dos dimensiones fundamentales.

Por un lado, la inmanencia, donde el sonido impacta de manera inmediata sobre los sentidos y produce una respuesta directa, corporal y afectiva.

Por otro, la trascendencia, donde ese mismo sonido se organiza en forma, memoria y sentido, desplegándose en el tiempo y abriendo un horizonte de significación.

La industria cultural contemporánea privilegia casi exclusivamente la inmanencia. La música se convierte así en gratificación instantánea, estímulo continuo o experiencia fragmentaria. La escucha se reduce a consumo, y el sonido pierde su espesor temporal. En este contexto, la trascendencia -la construcción formal, el desarrollo temático, el silencio significativo, la contemplación- se vuelve económicamente ineficiente para la lógica del entretenimiento.

Sin embargo, la complejidad no es un refinamiento elitista ni un lujo estético propio solo de las artes, sino que es una dimensión constitutiva de la experiencia humana. Allí donde el tiempo se organiza, la conciencia se profundiza; allí donde la forma exige atención, la voluntad se ejercita.

Hoy sabemos, además, que la intuición de nuestros antepasados no era meramente simbólica o metafísica. Las ciencias cognitivas, la neuroestética y la psicología de la percepción han mostrado que la sensibilidad es condición de posibilidad del hombre. La experiencia estética compleja activa procesos de memoria, anticipación, integración simbólica y regulación emocional que están directamente vinculados con las capacidades de reflexión profunda y abstracción.

En otras palabras, la sensibilidad no es lo opuesto al pensamiento: es su fundamento. Sin una percepción afinada del tiempo, del matiz y de la forma, el pensamiento pierde densidad, se vuelve literal, superficial y reactivo.

Por eso, sin experiencia de lo inefable, el ser humano pierde la capacidad de contemplación.

Sin contemplación, la sensibilidad se empobrece.

Y sin sensibilidad, el pensamiento mismo se debilita.

Degradar la escucha es, en última instancia, degradar el pensamiento humano.

Una nación que dejó de escucharse

La colonización contemporánea de nuestro país ya no se ejerce mediante ejércitos ni ocupaciones visibles. Opera en el plano simbólico, allí donde se forman las sensibilidades, se configuran los deseos y se modelan las percepciones del mundo.

Cuando una sociedad escucha mayoritariamente productos culturales diseñados en otros centros de poder, comienza lentamente a pensarse desde ese espejo externo. No ocurre de manera brusca, sino por saturación. Las referencias propias se diluyen, los lenguajes heredados pierden vigencia, y aquello que durante generaciones había organizado la memoria colectiva comienza a percibirse como ajeno, antiguo o irrelevante.

En ese proceso, las tradiciones intelectuales, culturales, religiosas y políticas, se vuelven marginales. Las instituciones que las sostenían pierden legitimidad simbólica antes incluso de perder recursos materiales. La historia común se fragmenta en relatos dispersos, y la comunidad deja de reconocerse en un horizonte de sentido compartido.
 Y cuando eso ocurre, la pérdida no es sólo cultural. Es fundamentalmente espiritual, porque se debilita la capacidad de reconocerse en la propia voz, de transmitir un sentido del tiempo y de sostener una idea común de destino.

Argentina y su vocación cultural

Argentina posee una riqueza musical extraordinaria, en la que el folklore da expresión a la diversidad histórica del país y a la memoria profunda de sus regiones. El tango, por su parte, constituye una de las grandes invenciones musicales del siglo XX, en tanto ha sabido traducir en sonido la experiencia urbana, la inmigración y las formas de vida de la modernidad. A ello se suma una sólida tradición académica que ha formado intérpretes, compositores y orquestas de proyección internacional, plenamente insertos en el diálogo cultural del mundo. No falta talento ni memoria.

Lo que está en juego hoy es la conciencia del rol de la cultura en la formación ciudadana. La música dialoga con la filosofía, la literatura y las ciencias humanas. Las naciones que han sostenido una vida cultural profunda han comprendido siempre que la formación estética y la formación intelectual son inseparables. No es casual que los grandes pensadores de la tradición occidental -desde los filósofos griegos hasta nuestros pensadores nacionales- hayan visto en la música una disciplina capaz de ordenar el alma, fortalecer el lenguaje y ampliar la comprensión del tiempo.

En una época marcada por discursos superficiales sobre el multiculturalismo, conviene desconfiar de las categorías uniformadoras que pretenden explicar a los pueblos desde miradas extranjeras. El verdadero encuentro entre culturas no nace de la homogeneización ni de la reducción a estereotipos, sino de la madurez de las tradiciones propias. Una comunidad sólo puede dialogar con otras cuando posee una herencia viva, cuando reconoce su historia y cuando es capaz de ofrecer algo singular al mundo en lugar de limitarse a encajar en categorías ajenas.

Recuperar la centralidad de las artes no implica negar la música popular masiva ni rechazar la tecnología. Implica recordar que la cultura jamás puede reducirse a mercancía ni a entretenimiento pasajero. Implica afirmar que la música sigue siendo una herramienta de formación espiritual, social y nacional, capaz de vincular a las personas con su historia, con su comunidad y con un horizonte trascendente.

Donde suenan orquestas, hay comunidad

Las orquestas, tanto profesionales como académicas, son espacios donde una sociedad ensaya su relación con el tiempo, con la cooperación, con el sentido y con la escucha. En ellas confluyen generaciones enteras: jóvenes que inician su camino musical comparten atril con intérpretes que han consagrado su vida al oficio. En ese encuentro intergeneracional se transmite un saber que excede lo que puede fijarse en los libros, la experiencia del tiempo vivido, del sonido compartido y la conciencia de responsabilidad frente a una tradición que precede y supera a cada individuo. La orquesta se configura así como una comunidad transgeneracional en la que la memoria se preserva y actualiza continuamente como práctica viva en cada interpretación.

Nuestros teatros, fundados en su mayoría entre fines del siglo XIX y comienzos del XX, nacieron de una confianza profunda en la cultura. Fueron construidos como espacios donde una nación afirmaba su vocación cultural y donde una sociedad entendía que también se construye en el acto de ofrecerse a sí misma lo mejor que es capaz de crear colectivamente. Que aún hoy permanezcan abiertos, que sigan albergando conciertos, ensayos y cuerpos estables, habla de una fe persistente en la música como lenguaje común, capaz de vincular a la sociedad con su propia historia y con la tradición musical de la humanidad.

Cada concierto afirma que el tiempo humano no puede reducirse a la inmediatez del mercado y que la belleza organizada sigue siendo necesaria para la vida común. Las formas musicales de mayor elaboración no sólo amplían las capacidades cognitivas del oyente, sino que abren también una dimensión espiritual en el sentido más amplio del término, no como adscripción confesional, sino como experiencia de orden, totalidad, trascendencia y misterio. Allí donde el sonido se articula en proporciones, tensiones y resoluciones significativas, el ser humano percibe que la realidad puede ser más que pura inmediatez y que no todo en ella se agota en lo visible o lo utilitario. En ese sentido, las grandes tradiciones musicales de diversas culturas participan de una intuición común: que la música puede revelar un orden que nos precede, nos supera y nos trasciende. Esa vocación ecuménica no pertenece a una religión particular, sino a la humanidad misma cuando busca escuchar algo más que las modas pasajeras y las ideologías importadas, y se abre a aquello que en la música permanece como forma viva y sonora de lo atemporal.

Porque una nación que deja de escucharse a sí misma termina siendo pensada y nombrada por otros. Y una nación que acepta que otros nombren su mundo termina olvidando quién es… y lo que todavía puede llegar a Ser.