Comunidad

Contra la épica de la soledad

Contra la épica de la soledad

“Sos tu proyecto más importante, elegite primero”, dice el reel que me aparece justo después de una búsqueda mucho menos inspiradora: recetas sin harina, indicación de mi médica tras una serie de alergias consecutivas. 

La frase está escrita sobre un video de una mujer en un gimnasio. Ella tiene un conjunto combinado, pegado sobre un lomazo y se la ve descansar parada, mientras bebe de un vaso gigante un brebaje extremadamente verde.

“Sos tu proyecto más importante, elegite primero”.

“Proyecto” viene del campo de la productividad y la planificación; “elegite”, del lenguaje del autocuidado, que sumado al “primero” prescribe la conducta imprescindible y son el fondo de olla de este caldo en el que estamos cocinando autogestivos ermitaños. Es verdad: a algunos les sale rico y los deja más que saciados, pero otros no probarán ni un bocado.

Otro carrusel dice en su primera hoja: “Soy la primera mujer de mi familia que vivió sola”,  en el siguiente “soy la primera que viajó sola” y mi favorito, el que me trajo a estar escribiendo esto acá: “soy la primera mujer de mi familia que eligió la diversión sobre criar”

Durante los últimos años asistimos a una profundización de esta forma de ver el mundo en el que la libertad es un efecto derrame del mejoramiento individual

Desde el mito de un nerd que construyó un imperio sobre los cimientos de su garage, hasta el emblema del movimiento nacional Ni Una Menos: “nos mueve el deseo”. Por izquierda, por derecha, de arriba, de abajo, todos relatos propulsados por un ideal de emancipación que nace de adentro.

De un lado sé fuerte, hacete solo, no le debés nada a nadie. Del otro: elegite, escuchá tu deseo, diseñá tu propia vida. De un lado el mérito, del otro la autodeterminación. De una lado la disciplina, del otro los autocuidados. De un lado propiedad, del otro pertenencia. No es lo mismo, pero es igual. 

No me subestimes, comprendo perfectamente la relevancia que tiene el acceso a lugares que antes nos fueron vetados. Estuve llenando las mismas plazas que vos. Pero debajo de todo esto hay un pacto silencioso: en todos los casos el individuo sigue siendo el motor de cambio. Un discurso centrado “políticas” de autocuidado -y lo pongo entre comillas no para burlarme de su carácter vital, sino para discutir su inflación como respuesta general-, puede ser necesario para ciertos sujetos y en determinadas circunstancias: pero no significa lo mismo para una madre universitaria agotada que para una mujer trans. Cuando usamos la misma herramienta como si ambas experiencias fueran equivalentes, corremos el riesgo de desplazar un lugar valioso: el de la política. La política que empieza justamente cuando el malestar deja de pensarse como un asunto privado y se vuelve una práctica de transformación de lo comunal.

*

Si a algunas personas les va mejor: ganan más, comen mejor o  salen de relaciones de mierda. Todo eso puede mejorarles la vida a ellas, quizá un poco a su entorno cercano, pero no necesariamente modifica la vida de los demás. En cambio, cuando mucha gente la está pasando mal, eso enseguida se vuelve una estructura visible y ahí ya es más difícil escapar de ese malestar. Siempre que pensamos la libertad como un asunto individual, al problema colectivo le queda un pedazo intacto. 

No hace falta romantizar la familia para admitir que la vida necesita sostén. No hay que discutir si cuidar importa, porque importa y es trascendental, lo que no es relevante es a quién, ni el modo en el que quieras entregarte a alguien más. La vida es dar.

Por qué seguimos organizando ese cuidado como una obligación privada y exclusivamente femenina y no como una magia compartida. El problema no es quedarse en casa y amar; el problema es que nos dejaron solas con eso, incluso quienes más de acuerdo dicen estar con que el cuidado se debe socializar. 

En la década del 60 en los Estados Unidos hubo una ola de depresión en mujeres de clase media. Betty Friedan en su libro La mística de la feminidad denunció la falta de satisfacción que sentían las mujeres por estar subordinadas a las tareas domésticas en pleno baby boom post-guerra.

Betty, que era psicóloga, advirtió los grados de depresión que sufrían estas mujeres que -gracias a sus antecesoras- habían accedido a estudios, pero al casarse, los títulos les quedaron sólo para pasarle el plumero. Si viste Mad Men, la esposa del protagonista y casualmente tocaya de Friedan, retrata exactamente ese estado: mujeres que habían ido a la universidad replegadas a la vida doméstica. El libro fue un best-seller y miles de nosotras soltamos las casas e ingresamos al juego de la silla donde, si no nos pegaban un empujón, pudimos luchar en el círculo por un lugar.

El sueño era prometedor: trabajar de lo que nos moviera el deseo en vez de estar todo el día haciéndonos cargo de las cosas del hogar. Pero mientras Betty no paraba de vender libros, sobre estos sueños recuperados, otras debieron ocuparse de los lugares abandonados. Cuando alguien puede soñar que sale a navegar el mundo, alguien tiene que quedarse en vigilia de todo lo valioso que queda al otro lado de los sueños. Los sueños tienen fases y algunas viven sus libertades con insomnio.

Esas mujeres que se quedaron cuidando, y que Betty no nombró en su libro, eran negras y pobres de Estados Unidos. Una de ellas, Bell Hooks, señaló el límite de este feminismo -al que a esta altura ya podemos nombrar como liberal- aclarando que: no alcanza con que algunas mujeres sean libres si la estructura que organiza la vida sigue siendo la misma. 

Hoy, el asunto está potenciado. Después de la pandemia muchas de nosotras nos quedamos trabajando en casa. Mi amiga Maiten (@antropologademamas) dice: “lo que nos funde en la bunkerización de la vida: estamos intentando trabajar y maternar con estándares de productividad del siglo XXI en estructuras de aislamiento total.”

Por eso, como madre bunkerizada, quizás pueda entender (incluso mejor que quien la escribe) por qué esa frase puede enunciarse con orgullo: “soy la primera mujer de mi familia que eligió la diversión sobre criar”. Comprendo, pero igual esta manía de hacer una épica de la soledad me hace menstruar arena. Es una especie de desprecio por los sustantivos colectivos -en este caso la familia- y la romantización de la narrativa de liberación individual. En unos meses, al finalizar el año, se le acoplarán los memes con escenas de películas bélicas con un POV: redi para la cena familiar.

Si algo tenemos que haber comprendido en este tiempo, para nada grato, es que no toda ruptura es emancipadora. Algunas no sólo no construyeron mundo sino que fabricaron individuos cada vez más sólos.

*

Hace unos años, estábamos en casa con mi pareja y unas amigas. Esperábamos a mis tíos y a unas amigas de mis amigas que estaban de visita. Estábamos abriendo el primer vino cuando se sintió un grito, recuerdo decir: “que raro ese zorro” y ver cómo mi compañero saltó la mesada y bajó las escaleras de dos zancadas. Vivimos en el campo así que si alguien grita, es alguien conocido y nadie dudaría en salir a ayudar. Entre la oscuridad del campo apareció esta amiga que estaba de visita y con la respiración entrecortada dijo: “Hay alguien en el monte”. Un segundo más tarde apareció mi tío muy compungido y su esposa con la misma cara de angustia por detrás. 

En la familia de mi tío tenemos un código compartido e intrafamiliar: asustarnos. Por culpa de mis primos yo me supe acoplar a esta costumbre de generar grandes momentos de juego con el miedo. También miran mucho cine de terror, ese es mi límite. Hay grandes anécdotas de esto y mi tío quiso tener una nueva historia para contar, pensando que era yo la que venía caminando por el monte esa noche cerrada de invierno. Si hubiera “salido bien” yo lo hubiese re puteado, hasta se me hubiera escapado una mano quizás, como tantas veces lo hice con mis primos o sobre todo hubiera esperado el momento preciso para devolvérsela. 

Lo que siguió esa noche fue una catarata de retos. Había razones más que válidas: que alguien se asuste por tu accionar es algo de lo que uno se debe disculpar, fin. Recuerdo que asentí con seguridad cómplice cuando una amiga dijo: “no sabes lo que es andar por la calle con miedo….Una cosa llevo a la otra y sin mediar el tiempo necesario, la cuestión empezó a escalar: se habló de violación, abusos, estadíticas y censos. Siempre como si solo puede haber una tipo de persona con el don del miedo a la oscuridad. Mi tío viene del tercer cordón del conurbano, vendió CDS truchos en el tren y en el 2001 estuvo en el techo de su casa con un fierro esperando hordas de saqueos. Se disculpó y se fueron con su esposa antes de llegar a sus lugares en la mesa. Mis amigas jamás volvieron a cenaron con ellos. Y yo, con el tiempo, con ellas tampoco. 

Esa fue la primera vez que sentí que estábamos pensando la ruptura como emancipación, que pasamos de querer cambiar el mundo a ser un tribunal de la eliminación del otro. Después vinieron algunas escenas más. Esa noche dije dos cosas, la primera: que es más probable que le peguen un tiro a él en un choreo, a que yo -que tengo ciertos privilegios económicos, pero sobre todo culturales- pueda ser parte de una red de trata. 

La segunda fue compartir una anécdota que le había escuchado unos años antes a la presidenta del sindicato de las Trabajadoras Sexuales (AMMAR) Georgina Orellano. Parece que un sábado, en el barrio de Constitución, alguien avisó que los pibes estaban en la murga, hacía semanas que un grupo de trabajadoras sexuales trans de la zona se venían reuniendo con las dirigentas de AMMAR para hablar de ellos: los pibes de entre 15 y 16 años las esperaban en la calle, para insultarlas y tirarles piedras. 

Una propuso hablar con los padres o con la escuela, pero ahí no había hilo del que tirar. Ninguno de los chicos estaba escolarizado y las familias estaban absolutamente desarmadas. “Vamos a cagarlos a palos y se terminó el problema” propuso otra, pero ellas saben que esa era una salida de no acabar: que ellos iban a volver con más gente y que de un episodio pasarían una guerra en el barrio. Prefirieron evitar una escalada infinita entre dos grupos que saben defenderse solos.Así que cuando supieron que los adolescentes bailaban en una murga, las chicas se acercaron a hablar con los directores para contarles lo que venía pasando.

La murga, en vez de cerrar filas las abrió: les propusieron dar una charla para todo el grupo y cuando llegó ese día, frente a los pibes y las putas, uno de los coordinadores dijo: “Ustedes no pueden ser enemigos porque tienen un enemigo en común: la policía.” Los pibes contaron que la policía los mandaba a robar y las chicas lo suyo. Hoy son la primera murga que tiene una canción que habla de la violencia contra el colectivo travesti trans y seguro que alguna de las chicas bailan en carnaval.

*

Estamos frente a un problema más grande de lo que imaginamos, no es un tema del feminismo, ni de las izquierdas, ni de derechas. El meollo está en que de una forma u otra estamos todos convencidos de que lo valioso es hacer lo que queremos, cuando queremos, y no los vínculos, que son más incómodos pero lo que le dan sentido a la vida de verdad. Esta no es una invitación a la tolerancia, ni una exhortación a aguantarsela. Claro que a veces hay que poner límites. Pero una cosa es cortar con la violencia y otra muy distinta es hacer una épica de toda ruptura y por ende de la soledad.

Hoy los pibes se sienten más solos que nunca y son una generación que creció en un país donde los putos se casan, las travas tienen DNI, Cristina gobernaba y Christine Lagarde presidía el FMI. Es decir: crecieron en un mundo que, al menos en su superficie, ya les hablaba en clave de cierta igualdad. 

Lo que nos trajo un desafío que no sé cuánto sabemos manejar: si el piso de igualdad es ese, entonces ciertas posiciones hoy pueden ser leídas no como una respuesta a una desigualdad persistente, sino como un sinsentido o inclusive como una política institucionalizada contra la que se tiene que rebelar. 

Hoy convivimos con una generación de varones jóvenes más conservadora que la anterior. A los que decidimos nombrar “masculinidad tóxica”, lo que ayuda un montón.  Claro que no, es un mal chiste. Los jóvenes no pueden ser leídos como si fueran más machistas que sus padres o abuelos, sino comprender que muchos de ellos crecieron sintiendo que las políticas de igualdad los nombraban: menos como interlocutores que como problema. 

Nadie produce autocrítica si se siente señalado, yo creo que se pone a la defensiva. Pero en esta estamos juntos, o mejor dicho cada vez más separados: a los varones se los convenció de que la interdependencia es debilidad y a nosotras de que perderla es soberanía. A los varones se les vendió en forma de soberanía del individuo: nadie te debe nada, vos no le debés nada a nadie y podes resolverlo vos. Y a nosotras la de: celebrar los logros que conseguimos “sin ayuda”, como los posteos-trofeos que circulan cada día más. Pero es justamente el aislamiento lo que los va convirtiendo a ellos en meros proveedores e individuos atomizados frente a una pantalla, y a nosotras en mujeres bunkerizadas y cansadisimas. Todos y todas en una intemperie total.

Nosotras intentando poner en discusión los cuidados, que nos siguen correspondiendo de más y ellos sintiendo que nuestras narrativas solo vinieron a culparlos, sacarles cosas, pero no a darles un mundo que sea más habitable. Y ahí vamos, como podemos, huérfanos de una ética del bien común. Emprendiendo en casa. Entrenando en casa. Estudiando en casa. Desarmando toda unidad colectiva sin buscar otra que nos sepa abrigar. Vos si lo necesitas abandoná a tu tío desubicado, por supuesto, pero alguna hay que armar: con amigos, con las pibas, con tus vecinos, los del club, da igual. La individualización y su soledad es el flagelo de esta época. 

A los varones de mi generación: deben ser ejemplo, muchachos. Necesitamos referentes para los pibes, de los puedan sentir orgullo, que les den ganas de conectar con lo trascendente de la vida: cuidar a alguien más. Hoy en Argentina ustedes tienen una tasa de suicidios que cuadriplica la nuestra, está faltando vínculo y sobrando virtualidad. 

Quizá, como a los pibes de la murga, nos ayude encontrar qué nos une. Quizá sea el odio a ese monstruo que nos vendieron como héroe y vuela gracias al poder que le otorga mirarse a sí mismo por demás.