Comunidad

Por qué nos independizamos?

Por qué nos independizamos?

Nota editorial

El 25 de mayo y el 9 de julio son las festividades más antiguas de la Argentina. Sin embargo, durante el gobierno unitario de Bernardino Rivadavia, se intentó bajar la jerarquía al feriado del 9 de julio a través de un decreto que anulaba su festejo público declarando que, si bien “será siempre memorable…la repetición de estas fiestas irroga perjuicios de consideración al comercio y la industria” dejando únicamente como fiesta popular al 25 de Mayo. 

A pesar de ello, ambos festejos fueron debidamente conmemorados izando el pabellón nacional y saludándolo con 21 salvas de cañón en nuestras Islas Malvinas hasta la trágica usurpación británica de enero de 1833.

Juan Manuel de Rosas, por su parte, asumió su segundo mandato como gobernador de Buenos Aires y Encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina en marzo de 1835. Una de sus primeras medidas, en un claro gesto federal, fue en junio de ese año cuando derogó el decreto de Rivadavia, haciendo del 9 de julio nuevamente una fiesta popular bajo la consigna que en dicho día “se cimentó de un modo solemne nuestra Independencia, constituyéndose la República Argentina en Nación libre e independiente del dominio de los Reyes de España, y de toda otra dominación extranjera…”.

Es por eso que en este día que festejamos en nuestro país el Día de la Independencia, nos propusimos compartirles el discurso pronunciado por Rosas el 25 de mayo de 1836. Nos parecía pertinente, porque si bien fue enunciado en un homenaje a la Revolución de Mayo, su desenlace naturalmente llega al Acta de nuestra Independencia. Esto nos supone un desafío, porque muchas veces estamos acostumbrados a aislar a las efemérides y verlas en compartimentos estancos, cómo si el 25 de mayo y el 9 de julio fueran fenómenos divisibles, cuando uno es consecuente del siguiente, por más que cuenten con 6 años de distancia entre un hecho y el otro. 

Su visión histórica, pone luz sobre las verdaderas causas de nuestra Revolución e Independencia, y por ende, nuestras génesis como Nación. La interpretación presentada, que no difiere en absoluto con las interpretaciones contemporáneas que se siguen presentando “como novedad”, ya fueron pronunciadas por Rosas hace exactamente 190 años.

Discurso pronunciado por el Brigadier General Juan Manuel de Rozas ante el cuerpo diplomático reunido en el fuerte del 25 de Mayo de 1836

¡Qué grande, señores, y qué plausible debe ser para todo argentino este día consagrado por la Nación para festejar el primer acto de soberanía popular, que ejerció este gran pueblo en mayo del célebre año 1810! ¡Y cuán glorioso es para los hijos de Buenos Aires haber sido los primeros en levantar la voz con un orden y una dignidad sin ejemplo! No para sublevarnos contra las autoridades legítimamente constituídas, sino para suplir la falta de las que, acéfala la Nación, habían caducado de hecho y de derecho. No para rebelarnos contra nuestro soberano, sino para conservarle la posesión de su autoridad, de que había sido despojado por un acto de perfidia. No para romper los vínculos que nos ligaban a los españoles, sino para fortalecerlos más por el amor y la gratitud poniéndonos en disposición de auxiliarlos con mejor éxito en su desgracia. No para introducir la anarquía, sino para preservarnos de ella, y no ser arrastrados al abismo de males en que se hallaba sumida España.

Estos, señores, fueron los grandes y plausibles objetos del memorable Cabildo Abierto celebrado en esta ciudad en 22 de Mayo de 1810, cuya acta debería grabarse en láminas de oro para honra y gloria intensa del pueblo porteño. Pero ¡ah!...¡Quien lo hubiera creído!...Un acto tan heroico de generosidad y patriotismo, no menos que de lealtad y fidelidad a la Nación española y a su desgraciado Monarca: un acto que ejercido en otros pueblos de España con menos dignidad y nobleza, mereció los mayores elogios, fue interpretado en nosotros malignamente como una rebelión disfrazada, por los mismos que debieron haber agotado su admiración y gratitud para corresponderlo dignamente.

Congreso de Tucumán celebrando la Independencia el 9 de julio de 1816

Y he aquí, señores, otra circunstancia que realza sobremanera la gloria del pueblo argentino, pues que ofendidos con tamaña ingratitud, hostigados y perseguidos de muerte por el gobierno español, perseveramos siete años en aquella noble resolución, hasta que cansados de sufrir males sobre males, sin esperanzas de ver el fin, y profundamente conmovidos del triste espectáculo que presentaba esta tierra de bendición anegada en nuestra sangre inocente con ferocidad indecible por quienes debían economizarla más que la suya propia, nos pusimos en manos de la Divina Providencia, y confiando en su infinita bondad y justicia tomamos el único partido que nos quedaba para salvarnos: nos declaramos libres e independientes de los Reyes de España, y de toda otra dominación extranjera.

El Cielo, señores, oyó nuestras súplicas. El Cielo premió aquel constante amor del orden establecido, que había excitado hasta entonces nuestro valor, avivado nuestra lealtad, y fortalecido nuestra fidelidad para no separarnos de la dependencia de los Reyes de España, a pesar de la negra ingratitud con que estaba empeñada la Corte de Madrid en asolar nuestro país. 

Sea pues nuestro regocijo tal cual lo manifestáis en las felicitaciones que acabáis de dirigir al gobernador por tan fausto día; pero sea renovando aquellos nobles sentimientos de orden, de lealtad y fidelidad que hacen nuestra gloria, para ejercerlos con valor heroico en sostén y defensa de la Causa Nacional de la Federación, que ha proclamado toda la República. De esta causa popular bajo cuyos auspicios en medio de las dulzuras de la paz, de la tranquilidad, podamos dirigir nuestras alabanzas al Todo Poderoso y aclamar llenos de entusiasmo y alegría.

Fiestas Mayas, Charles Pellegrini, 1841