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Saavedra: El artífice de la Revolución

Saavedra: El artífice de la Revolución

Introducción

La Revolución de Mayo es un hecho trascendental de nuestra historia. Lo sabemos, no sólo porque el 25 de mayo es el primer feriado de la historia argentina (declarado fiesta cívica en 1813), sino porque es uno de los que más interpela a nivel nacional en términos de liturgia escolar y popular. 

Explicar una revolución no es sencilla y la de Mayo no es una excepción, especialmente cuando aparecen interrogantes válidos surgidos de las intuiciones tales como: ¿Si la revolución supone una ruptura con un orden establecido…por qué se jura en nombre del rey Fernando VII? ¿Si la revolución es de 1810…por qué se tardaron 6 años en declarar la independencia? ¿Si las revoluciones se hacen con armas de fuego y sangre, por qué cuando hablamos de la de Mayo de 1810 se nos viene a la cabeza un debate intelectual y pacífico en el Cabildo? 

Esta última pregunta no es menor. Algunos le bajan el precio a la Revolución de Mayo, como si el índice de la revoluciones tuvieran como variable de medida la cantidad de muertos. Que, si lo analizamos en términos de guillotinas y fusilamientos, solemos posicionar en primeros lugares a la Revolución Francesa (1789) o la Revolución Rusa (1917). Quienes padecen esta visión tienden a conformarse en términos literarios, focalizándose en los escritos reales o falsamente atribuidos, como el “plan de operaciones” de Mariano Moreno, la oratoria de Castelli o el “agite” de French y Beruti, que ocuparían el rol de “Castor y Pollux” rioplatenses. De la misma manera, suelen omitir los distintos focos revolucionarios en América (las de Tupac Amaru II y las independencias de Estados Unidos y Haití) así como omitir cierta temporalidad como el hecho de que la Revolución Francesa de 1789 se hizo en nombre del rey Luis XVI (que pasó de ser el rey de Francia a ser el rey de los franceses) para finalmente pasarlo a guillotina y abolir la monarquía cuatro años después en 1793.

Quienes suelen ubicarse en esta tendencia de bajarle el precio a la Revolución de Mayo, suelen omitir o pasar por alto la figura de Cornelio Saavedra. Esto resulta paradójico, porque si Saavedra es irrelevante, ¿cómo es que él terminó siendo el presidente de la Primera Junta?

De la teología a las armas

Cornelio Saavedra nació en Potosí, corazón de la economía minera hispano-sudamericana, que dió origen por sus grandes yacimientos de plata a identificar a esta parte del mundo con los nombres que hoy conocemos como Río de la Plata y Argentina. En 1767, a sus 8 años, se muda definitivamente a Buenos Aires. De esta forma fue testigo en su juventud de cómo esa ciudad se convirtió de un día para otro en la capital del nuevo Virreinato del Río de la Plata en 1776. Ingresó tiempo después a estudiar al Colegio Real San Carlos (hoy Nacional de Buenos Aires).

Al igual que Manuel Belgrano, que luego de recibirse de abogado se desempeñó como funcionario del Real Consulado de Buenos Aires, Saavedra una vez recibido de licenciado en Teología, se convirtió en funcionario del Cabildo. Ambos renunciaron a sus privilegios de funcionarios estatales para seguir el camino de las armas en defensa de la Patria. 

Es así como llegamos a las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807, hecho que marcó un punto de inflexión significativo, por el cual el pueblo se organizó voluntariamente en milicias para expulsar a los invasores desbordando absolutamente a las por entonces autoridades virreinales. De estos episodios surgen los “bautismos de fuego” de muchos de los protagonistas del futuro inmediato de nuestra historia con edades muy variadas. Manuel Belgrano tenía 36 y Martín Miguel de Güemes tenía 21 años respectivamente. En los extremos etarios, nos encontramos con un Juan Manuel de Rosas adolescente de tan sólo 13 años. En el otro extremo, nuestro protagonista Saavedra contaba con unos 47 años.

Cuando los cuerpos de milicias se institucionalizan, entre la primera y segunda invasión británica, es que se da formal nacimiento al Regimiento de Patricios (hijos de la Patria). La edad no fue una excusa o un impedimento para defender al país, sino que además, Saavedra se supo ganar el respeto de sus pares que decidieron votarlo (sí, votarlo…) como jefe del regimiento más numeroso de Buenos Aires.

El resto de la organización de milicias siguieron un criterio similar, agrupando a los soldados por su procedencia, teniendo como otros cuerpos de “origen americano” a los “Arribeños” (“de arriba”, generalmente de Córdoba, Tucumán, La Rioja, Catamarca..) o los miembros del Batallón de Naturales (indios), Pardos y Morenos. De esta forma, los españoles peninsulares quedaron agrupados aparte en los famosos cuerpos de “Gallegos”, “Catalanes”, “Cántabros” y “Andaluces”.

El Regimiento de Patricios liderado por Saavedra fue fundamental en la Defensa de Buenos Aires ante las Invasiones Inglesas

El colapso de España y el nuevo poder en el Río de la Plata

El desprestigio y rechazo a la figura del virrey Sobremonte producto de su actuación durante las invasiones inglesas provocó que se convocara a un cabildo abierto pidiendo su renuncia, mientras que el héroe de la Reconquista y la Defensa de Buenos Aires, don Santiago de Liniers, fue propuesto para sucederlo en el puesto. Finalmente, el rey Carlos IV aceptó desde España la iniciativa a comienzos de 1807. Ante este escenario, con un virrey depuesto y otro ungido, el orden estaba ya subvertido en América. Sin embargo, la estocada principal vino a mediados de 1808, cuando la metrópoli colapsó ante las invasiones francesas lideradas por Napoleón, lo que llevó a la abdicación tanto del rey Carlos IV como de su línea sucesoria. Es decir: el Imperio español quedó totalmente acéfalo e intrusado por Francia.

Ante esta situación, en España se inicia la resistencia a Napoleón organizando “Juntas”, siendo la principal la “Suprema Central” de Sevilla. América, técnicamente, ya no tenía más rey, sin embargo, en estas tierras se decidió observar la situación con expectativa y templanza ante la insólita situación. 

La invasión de Napoleón a España dejó a América sin rey. Las resistencias ineficaces en la península ante la invasión francesa provocó una fuerte incertidumbre de poder

Comienzan de todas maneras a correr rumores, conspiraciones, ansiedades y acusaciones cruzadas de lealtades y traiciones. Es en este contexto que el 1° de enero de 1809, el español Martín de Álzaga, se levantó en armas contra el virrey Liniers, acusado de ser un francés al servicio de Napoleón. La asonada de Álzaga, que incluyó la participación de milicias de origen peninsular, llegó a proponer que el cabildo solicite la renuncia del virrey y la conformación de una Junta que iba a tener por secretario a Mariano Moreno. Quien no dudó en reprimir el levantamiento, fue el Regimiento de Patricios liderado por Saavedra con el apoyo del pueblo, que aclamaba por Liniers. El resultado: las milicias peninsulares que participaron de la rebelión fueron disueltas. De esta forma, el Regimiento de Patricios se convirtió en el principal eslabón de sostén de poder en la capital del Virreinato del Río de la Plata, y por ende, el camino ya se encontraba allanado para lo que vendría después. Martín de Álzaga terminó detenido y encarcelado en Carmen de Patagones y Mariano Moreno comenzaba a desarrollar en su espíritu una animosidad personal hacia Saavedra. 

Sin perjuicio del triunfo momentáneo de Liniers, la Junta Central de Sevilla decidió reemplazarlo en julio de 1809 por Baltasar Hidalgo de Cisneros, para intentar poner orden en el Río de la Plata y de alguna manera intentar subordinar a América ante esta nueva autoridad española en un contexto de acefalía y anomia. A pesar de que Saavedra y Belgrano le sugirieron a Liniers no entregar el mando (por no ser una decisión emanada por el rey) Cisneros logró asumir de forma pacífica, llegando finalmente a Buenos Aires sin la necesidad de recurrir a tropas militares que aseguraran su cargo de virrey. Con la idea de apaciguar los ánimos internos, Cisneros tomó como primera medida la aplicación de una suerte de amnistía en beneficio de los peninsulares que se alzaron en armas contra Liniers en enero de ese año. Esta decisión, lejos de cumplir su propósito, terminó por enardecer los ánimos de los americanos. Saavedra, líder natural, fue consultado en numerosas ocasiones para iniciar un levantamiento tomando como excusa esta decisión. Sin embargo, él reaccionó prudentemente y ante la ansiedad de muchos les respondía “no es tiempo, dejen ustedes que las brevas maduren y entonces las comeremos”.

Saavedra confronta al virrey encabezando la Revolución

Y ese día, finalmente, fue el 18 de mayo de 1810, cuando llegó la noticia que la Junta Suprema Central de Sevilla había sido disuelta, y las pocas esquirlas que quedaban de España se habían refugiado en Cádiz y la isla de León. Cuando subordinados suyos le llevaron la noticia a Saavedra, le preguntaron si mantenía su posición de que “había que esperar” a lo que respondió determinante: “no sólo es tiempo, sino que no se debe perder una sola hora” y de esta forma comenzó a gestarse la idea de fijar una fecha para celebrar un cabildo abierto. 

Viendo la situación, y previo a exponer su figura en el Cabildo, el 19 de mayo a la noche el virrey convocó a los jefes de los regimientos para consultarles si estarían dispuestos a sostenerlo en el cargo, como habían hecho con Liniers en enero de 1809 o si su destino correría la misma suerte que Sobremonte en 1807. Saavedra, ante el silencio de sus compañeros, fue quien tomó la palabra respondiendo de frente al virrey que el contexto de mayo de 1810 era muy distinto al de enero de 1809: “¿Este inmenso territorio, sus millones de habitantes, han de reconocer la soberanía en los comerciantes de Cádiz y los pescadores de la Isla de León?...No señor: no queremos seguir la suerte de España, ni ser dominados por los franceses; hemos resuelto reasumir nuestro derecho, y conservarnos por nosotros mismos”.

Y así llegamos al famoso Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810. En nuestro imaginario, Castelli como “el gran orador” y Juan José Paso como “el gran argumentador”. Pero recordemos que Saavedra, no por ser ya el jefe indiscutido del Regimiento de Patricios, había dejado de ser licenciado en teología. Allí florecieron las ideas de los pensadores escolásticos de la Escuela de Salamanca, especialmente el sacerdote y teólogo Francisco Suárez, y detrás de él, Francisco de Vitoria, ambos cosechas del pensamiento originado en Santo Tomás de Aquino. El poder del Imperio español se origina en Dios, y de Dios a los pueblos, y de los pueblos al Rey. Por lo tanto, si no hay Rey, el poder debe volver a los pueblos. Paradigma muy contrario al de Francia, en donde el poder se origina en Dios pero pasa directo al Rey, sin pasar por los pueblos. Saavedra sentenció toda la discusión del cabildo abierto del 22 de mayo con la frase “el pueblo confiere la autoridad o mando”. 

En el Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810, Saavedra pudo sintetizar la doctrina del sacerdote y teólogo Francisco Suárez en pocas palabras

A pesar de los intentos de los peninsulares de reconvertir a Cisneros de virrey a presidente de una nueva Junta local el 24 de mayo, la suerte ya estaba echada. Belgrano ya había dicho que si al día siguiente no renunciaba definitivamente lo iba a tirar por la ventana. Y así, el 25 de mayo, con el apoyo del pueblo y de la fuerza del Regimiento de Patricios se conformó lo que hoy conocemos como la “Primera Junta” de gobierno, nombrando así a Cornelio Saavedra como presidente y comandante general de armas, a Belgrano como vocal y a Mariano Moreno como secretario. Como bien rezaba el acta, la Junta juró lealtad al rey Fernando VII. Lejos de ser una “máscara”, se hizo en defensa de un orden en contexto de acefalía y en defensa del rey depuesto. Tal como diría Juan Manuel de Rosas años más tarde, el rey una vez repuesto en el poder en 1814, desconoció todos los esfuerzos americanos y en un acto de ingratitud, quiso subordinar nuevamente al continente como estaba antes de ser invadido y derrocado por Napoleón. Ante esa actitud de negar una paridad (incluso jurídica) entre España y América, no quedó otra opción más que declararnos libres de los reyes de España y de toda otra dominación extranjera el 9 de julio de 1816.

Se acelera la génesis argentina

Pero volvamos a mayo de 1810. Tal como previó Saavedra “no se podía perder una sola hora” y en pocos días sucedieron varios hechos relevantes: por iniciativa de él, y a pesar de la oposición de Moreno, el 27 de mayo se invitó a los cabildos del interior a enviar representantes para conformar una Junta Grande, dando origen al debate de federalismo (mando integrado, descentralizado) y unitarismo (mando discrecional y centralizado). El 28 de mayo, el presidente de la Junta (Saavedra) continuaba con las prerrogativas y funciones del virrey depuesto. El 29 se reconoció la labor de los cuerpos de milicias elevándose a regimientos, dando nacimiento así al Ejército Argentino. Finalmente, el 30 de mayo, Saavedra firmó un decreto por el cual se aprobaba la partida presupuestaria del presidio de Malvinas, afirmándose su pertenencia a la administración revolucionaria y por ende la continuidad jurídica y territorial con el antiguo Virreinato del Río de la Plata. 

En tan sólo sus primeros días la Junta tomó decisiones que influyen nuestra vida al día de hoy

La conformación de la Junta Grande, y como era de esperar una vez incorporadas las representaciones de las provincias, no hizo más que fortalecer la figura de Saavedra en detrimento de la de Mariano Moreno. Este último, bajo la excusa de hacer una misión diplomática a Londres, terminó por alejarse de Buenos Aires para morir en el trayecto envenenado y arrojado en altamar envuelto en una bandera británica. Tras su muerte, sus adeptos que se encontraban en desventaja numérica en la Junta, organizados en una “sociedad patriótica” intentaron tomar medidas en contra de Saavedra. La respuesta ante esto fue la revolución del 5 y 6 de abril de 1811, episodio muy estudiado en los últimos tiempos, en donde el pueblo “de poncho y chiripá”, provenientes de las “orillas” y los márgenes, irrumpen de forma plebeya por primera vez en la Plaza de Mayo a presentar un petitorio. En sus requerimientos, y bajo la premisa que un gobierno “de muchas personas” entorpecen el gobierno revolucionario, solicitan que “el presidente Don Cornelio Saavedra, general nombrado por el pueblo para el gobierno de las armas, es su voluntad que se retrovierta a él” la autoridad plena.

Pero no todo salió como se esperaba. La zona del Alto Perú (hoy Bolivia), pasó de recibir de brazos abiertos a la revolución a convertirse en el último bastión en independizarse de España. ¿La razón? Los ejércitos revolucionarios se encontraban paralizados por antiguas órdenes de Moreno, ejecutadas por Castelli. Para Moreno la revolución tenía un límite espacial muy claro y ese era el Virreinato del Río de la Plata. También se sumaron incidentes de profanaciones de iglesias que cayeron muy mal en varios sectores de las poblaciones locales. Frente a las tropas patriotas inmovilizadas y el descontento de muchos sectores, los realistas se organizaron y contraatacaron victoriosamente en lo que se conoce como el “desastre de Huaqui” de junio de 1811. 

Frente a la derrota de Castelli y la fragilidad de la revolución recién nacida, Saavedra, quien recordemos era potosino de origen, licenciado en teología, creía en una revolución de “millones de habitantes” y querido y respetado por las provincias, fue en dirección norte a resolver personalmente la situación. El contexto fue aprovechado por los morenistas para realizarle un golpe de Estado a Saavedra y a la Junta Grande en Buenos Aires el 23 de septiembre de 1811, formando el Primer Triunvirato nombrando a Bernardino Rivadavia como su secretario con un poder centralizado. 

Puede haber pueblo sin revolución, pero no revolución sin pueblo

Saavedra cayó así en desgracia, perseguido de muerte tanto por los realistas en el Alto Perú y Chile y condenado a prisión por los morenistas en Buenos Aires. En este escenario no le quedó otra opción que refugiarse en un exilio interno dentro de la Provincia de Cuyo en los márgenes de la cordillera de los Andes. Pero él nos dejó una máxima que se cumple al día de hoy: Puede haber pueblo sin revolución, pero no revolución sin pueblo. Ésta consigna que lo resume en su persona, fue cumplida a rajatabla por un coronel llamado José de San Martín, que llegará a tierras americanas poco tiempo después. Su primera obra en nuestro país fue disolver el Primer Triunvirato en octubre de 1812 y desterrar por un buen tiempo a Rivadavia. Cuando le tocó ser gobernador de Cuyo, en el contexto preparativo al cruce de los Andes, no dudó en finalizar con las persecuciones a Saavedra, quedando por un tiempo bajo su protección residiendo en dicha provincia y pudiendo reencontrarse con su familia. 

Saavedra terminó de escribir sus memorias el primero de enero de 1829, exactamente 30 años después de haber puesto el Regimiento de Patricios en defensa del por entonces virrey Liniers. Argentina, producto de la confluencia de pueblo y revolución, ya era un país independiente, pero seguía dividido. Habían pasado un par de semanas desde que Lavalle había fusilado a Dorrego y se encarnizaba la pelea entre unitarios y federales. Quizás por eso, Saavedra finalizó sus memorias rezando “...muchos años ha que he perdonado a todos mis enemigos y perseguidores, porque así me lo manda la santa religión que profeso, y es conforme a mi carácter genial. Ni aún cuando sufría los males que me han causado, sus errores, o su malicia, traté de repelerlos y desvanecerlos por espíritu de venganza u otro principio innoble”. El 25 de mayo, y su obra, ya estaba constituido e inmortalizado como fecha patria nacional.     

Saavedra fue el artífice de una revolución de la cuál no hubo retorno. Su concepción del poder popular sería continuada por la gesta sanmartiniana. Su idea de integración de los pueblos sería retomada por los caudillos federales.