
Reflexiones sobre la biodiversidad y el uso de nuestros recursos naturales
El viernes pasado transcurrió una fecha que, lamentablemente, pasó bastante desapercibida para el grueso de la opinión pública y las agendas mediáticas concentradas: el Día Internacional de la Diversidad Biológica. El origen de esta conmemoración se remonta al año 2000, cuando la Organización de las Naciones Unidas proclamó el 22 de mayo con el objetivo de concientizar a la población sobre la urgencia de proteger la flora, la fauna y los ecosistemas frente a amenazas globales como la contaminación, la deforestación y la sobreexplotación de recursos.
Este año, el lema adoptado para la jornada fue una consigna tan clara como potente: "Actuar localmente para un impacto global". En esencia, esta frase nos recuerda que las verdaderas transformaciones no se diseñan entre las cuatro paredes de un despacho extranjero, sino que se ramifican desde el pulso de cada territorio.
Sin embargo, mientras se propone este lema de valorar lo local, en la práctica real vemos lógicas muy distintas. Un ejemplo claro fue un estudio del Banco Mundial donde se encuestó a residentes de la ciudad de Nueva York para saber cuánto dinero estarían dispuestos a pagar de sus bolsillos para salvar especies en la Amazonia. El resultado arrojó cifras lógicamente simpáticas y de buenas intenciones. Pero ese enfoque omitió la pregunta fundamental: ¿alguien le preguntó a la gente que vive en la Amazonia cómo quieren manejar sus propios recursos?
"Pareciera que se mide el valor de la naturaleza según el bolsillo del habitante del primer mundo, mientras se ignora por completo la soberanía y la subsistencia de los pueblos que coexisten con ella."
Esta desconexión colonial entre el diseño de políticas ambientales y la realidad territorial no es exclusiva de las selvas tropicales; resuena con una fuerza preocupante en el extremo sur del continente. Traslademos el mismo interrogante a nuestro mapa: ¿Alguien le preguntó verdaderamente a los fueguinos cómo quieren hacer el uso y manejo de sus recursos naturales? En los últimos meses, el arco político centralizado ha debatido intensamente la necesidad de modificar la Constitución de la provincia de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, y bajo la promesa de modernización, la regulación del ambiente entra de nuevo en disputa.
Frente a los insistentes intentos de impulsar esta reforma constitucional, cabe hacernos la pregunta democrática de fondo: ¿Alguien le consultó genuinamente al pueblo de la isla si reformar su Ley Fundamental es una prioridad real en sus vidas?
El mapa de Cabrera: Una herencia de identidad territorial
Para entender lo que está en juego cuando se habla de "manejo de recursos", es necesario recurrir y citar a nuestros grandes pensantes que pasaron por nuestra patria. En el año 1953, el ilustre botánico y fitogeógrafo Ángel Lulio Cabrera, uno de los científicos más brillantes que tuvo la Argentina, publicó su monumental "Esquema fitogeográfico de la República Argentina", un trabajo pionero que perfeccionaría en las décadas siguientes (como en su obra cumbre de 1976). Cabrera estudió, recorrió y delimitó con precisión quirúrgica las provincias fitogeográficas y ecorregiones del país.

Para entenderlo de forma un poco más sencilla, una ecorregión es un gran área geográfica que comparte el mismo clima, el mismo tipo de suelo, la misma vegetación y la misma fauna; es decir, es una porción del planeta donde la naturaleza se expresa con una identidad propia. No responde a los límites políticos que inventamos los seres humanos con líneas en un mapa, sino a las fronteras reales que dicta la naturaleza. Un claro ejemplo es lo que ocurre en la Isla Grande de Tierra del Fuego donde vemos cómo conviven dos paisajes totalmente distintos: el desierto frío de la estepa en el norte y el bosque andino húmedo en el sur.
Su mapa incluyó con absoluta claridad y rigor soberano a la provincia de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, integrándola en la intrincada red ecológica nacional a través del Distrito Fitogeográfico Subantártico de los Bosques Centrales y las estepas magallánicas. Cabrera demostró que nuestro territorio pertenece al entramado continuo de vida de Argentina. Además, delimitó la distribución de las especies no como recursos aislados para la explotación azarosa, sino como piezas de un engranaje vital que sostiene la existencia humana en latitudes australes.
Servicios ecosistémicos: ¿Qué hacen y para qué sirven?
Es aquí donde adquiere relevancia un concepto técnico fundamental, muchas veces ignorado en las reformas políticas superficiales: los servicios ecosistémicos. ¿Qué son y para qué sirven? Son todos aquellos beneficios materiales e inmateriales que los ecosistemas sanos suministran de forma gratuita a las sociedades humanas, haciendo posible la vida misma. La biodiversidad no es un adorno paisajístico; es el motor que genera estos servicios, los cuales se dividen en cuatro categorías vitales:
CLASIFICACIÓN DE LOS SERVICIOS ECOSISTÉMICOS
Servicios de Soporte: Procesos indispensables para el funcionamiento del ecosistema, como la formación del suelo, el ciclo de nutrientes y la producción primaria.
Servicios de Aprovisionamiento: Bienes tangibles que extraemos de la naturaleza, tales como el agua dulce, los alimentos, la madera, las fibras textiles y los recursos genéticos medicinales.
Servicios de Regulación: Mecanismos naturales que mitigan las crisis ambientales, como la regulación del clima, la purificación del aire, el control de inundaciones mediante humedales y la polinización de cultivos.
Servicios Culturales: Beneficios no materiales que enriquecen el espíritu, incluyendo la identidad cultural, la recreación, el turismo sostenible, el valor estético y el arraigo territorial.
Sin biodiversidad, los servicios ecosistémicos colapsan. Cuando un Estado degrada su diversidad biológica, no solo pierde plantas y animales; pierde agua potable, estabilidad climática, fertilidad en la tierra y capacidad de resiliencia ante el cambio climático. Por eso, proteger la biodiversidad es una estrategia de supervivencia económica y social, no un capricho.
Tierra del Fuego AeIAS: el valor de nuestra casa común
Cuando volvemos la mirada a los ambientes específicos que configuran la geografía argentina, comprendemos la magnitud del patrimonio en disputa. La provincia de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur es parte de ese mosaico de ecosistemas que vimos en el mapa de Cabrera.
Particularmente en la Isla Grande, la vida late desde las cumbres hasta el fondo del mar. En el norte de la isla, las vastas planicies esteparias, expuestas a los vientos atlánticos, albergan pastizales de coirón que sostienen la ganadería local y conviven con valiosos humedales, que cobijan una biodiversidad única en el mundo. Si aumentamos la latitud desplazándonos hacia el sur, el paisaje cambia y poco a poco la estepa se difumina en el ecotono, donde el ñire y la lenga se vuelven los protagonistas del paisaje. Al final del recorrido, en la porción más austral de la isla, irrumpen las montañas y valles modelados por glaciares. Allí, los glaciares actúan como reservas estratégicas de agua dulce, mientras que en las zonas bajas se extienden nuestros turbales: colosales sumideros de carbono que capturan gases de efecto invernadero de manera más eficiente que cualquier selva tropical.
Aunque parezca mucho, no termina ahí. Esta riqueza vegetal e hidrológica se extiende incluso bajo las aguas frías del Canal Beagle y el Atlántico Sur, donde habitan los imponentes bosques de cachiyuyo, verdaderas selvas submarinas que protegen la biodiversidad marina y mitigan el cambio climático. Esta continuidad ecológica no se detiene en la costa; se extiende por toda nuestra plataforma continental, la misma que hoy se ve atravesada por agudas tensiones geopolíticas.
Y acá es donde me parece importante mencionarle al lector que las decisiones recientes, como por ejemplo los acuerdos para delegar o compartir la vigilancia del Atlántico Sur con fuerzas de los Estados Unidos, no son solo convenios de seguridad internacional: estos impactan directamente sobre el control de los bienes comunes que albergan estas aguas. Cuando la custodia de nuestros mares se define desde la lógica del Norte Global, se debilita la capacidad local de regular la pesca, decidir sobre nuestras áreas marinas protegidas y custodiar de forma soberana el patrimonio natural de nuestro territorio. La soberanía ambiental hace a la soberanía territorial.
Hablar de biodiversidad en nuestro país exige romper el viejo paradigma escolar: la biodiversidad no es solamente pensar en la fauna carismática visible como un pingüino, algunos guanacos, un zorro colorado o un castor introducido en nuestro territorio el siglo pasado; la biodiversidad incluye, de manera holística, a la diversidad de paisajes, a la fauna en su totalidad, a la variedad de la vegetación, a la complejidad de los microorganismos del suelo y a la riqueza de los recursos genéticos.
Y fundamentalmente, existe un elemento que la política económica extractivista suele omitir en la ecuación: nosotros, los seres humanos, hacemos a la biodiversidad, y si la biodiversidad sufre, nosotros también. No somos observadores externos de un documental de naturaleza; somos una especie más que coevoluciona y modifica el entorno.
Y para finalizar, esta no es una batalla aislada de nuestra pequeña comunidad austral. Volviendo al lema del Día de la Biodiversidad de este 2026, "Actuar localmente para un impacto global", entendemos la custodia y soberanía de los recursos se replica en cada rincón del interior de la Argentina: en los humedales del Litoral, en los bosques chaqueños, en las Sierras Grandes, en los salares del Norte y en la estepa patagónica continental. Es el interior de la Argentina y su identidad lo que hace posible un país extenso. Las comunidades locales son las que conocen el ritmo de la naturaleza, sufren las crisis climáticas y mantienen el equilibrio vivo que luego impacta en el resto del mundo.
Considerarnos parte de este entramado es la única vía para aprender a cuidarnos. Nadie destruye, ensucia ni rompe su propia casa. Al final del día, el destino de esta tierra es también el nuestro, y solo quien la habita sabe lo que verdaderamente cuesta cuidarla.











