Estrategia

De Magallanes a la Antártida: Por qué Argentina y Chile jamás fueron a la guerra

De Magallanes a la Antártida: Por qué Argentina y Chile jamás fueron a la guerra

Una excepción en la historia sudamericana

Las relaciones diplomáticas entre Argentina y Chile se han desarrollado durante muchos años sobre ciertas desconfianzas mutuas porque en cada país se ha enseñado la historia presentando al vecino como expansionista y sustractor de territorio. Y ello ha pasado de los mapas al manual, de allí a la escuela y la prensa, y finalmente a los pasillos de las cancillerías y embajadas. Sin embargo, la realidad histórica muestra algo mucho más positivo que la desconfianza. En sus casi 210 años de vida independiente, la República Argentina ha entrado en guerra al menos una vez con todos sus vecinos limítrofes: Uruguay, Brasil, Paraguay y Bolivia. Sin embargo, hay una excepción notable: Chile. Nuestro país nunca ha entrado en guerra con Chile. Más aún, han sido aliados en dos ocasiones: la primera, contra el Reino de España, durante las guerras que siguieron a las declaraciones de independencia de ambos países; la segunda, en 1839, cuando ambos países se unieron para derrotar —nobleza obliga, la victoria fue exclusivamente chilena (el triunfo de Bulnes en Yungay en 1839) a la Confederación peruano-boliviana del mariscal Santa Cruz.

Esta excepcionalidad no es producto del azar. Es el resultado de una voluntad política sostenida que, incluso en los momentos de mayor tensión, optó por el diálogo y el derecho por encima de las armas. Podríamos llamarla la política de los abrazos. Sin metáforas, cada uno de los grandes hitos de la relación bilateral ha estado sellado por un abrazo entre sus líderes, desde San Martín y O'Higgins en 1818 hasta Fernández de Kirchner y Bachelet en 2009, pasando por Roca y Errázuriz en 1899, Perón e Ibáñez del Campo en 1953, y Menem y Frei en 1999.

Esta secuencia de abrazos es la expresión física de una decisión política de construir puentes allí donde se podrían haber construido muros. Y es también una enseñanza para un mundo fracturado, donde los conflictos se multiplican y el diálogo parece retroceder. En este sentido, la experiencia argentino-chilena se erige como un modelo de resolución pacífica de controversias, una lección de diplomacia que trasciende las fronteras de nuestros países.

Para comprender la singularidad de esta relación, es necesario remontarse a los orígenes mismos de ambas repúblicas. Argentina y Chile compartieron un pasado colonial bajo el dominio español y un proceso de independencia que, aunque con ritmos y particularidades diferentes, estuvo marcado por una misma gesta libertadora. El Ejército de los Andes, comandado por José de San Martín, fue el instrumento que liberó a Chile y allanó el camino para la independencia del Perú. Esa experiencia compartida de lucha y sacrificio forjó un vínculo que trascendió las diferencias y que, con altibajos, ha perdurado hasta nuestros días.

Los hitos fundacionales: del Abrazo de Maipú al Tratado de Límites de 1881

El primer gran abrazo tuvo lugar el 5 de abril de 1818, luego de la Batalla de Maipú. Allí, los generales José de San Martín y Bernardo O'Higgins se fundieron en un abrazo que simbolizó la unión de las dos naciones en su lucha por la independencia completa de América del Sur.

Dicha batalla fue el resultado de una campaña militar cuidadosamente planificada por San Martín, quien cruzó la cordillera de los Andes con un ejército de más de 5.000 hombres, en una de las hazañas militares más notables de la historia americana. La victoria aseguró la independencia de Chile y permitió que el Ejército de los Andes continuara su marcha hacia el Perú, donde culminaría la gesta emancipadora. El Abrazo de Maipú fue, por lo tanto, el símbolo de una empresa compartida: la construcción de un continente libre y soberano. Ese abrazo fundacional sentó las bases de una hermandad que décadas más tarde se plasmaría en instrumentos jurídicos concretos.

José de San Martín y Bernardo de O’Higgins, Batalla de Maipú, 1818.  

Luego de 1818 cada país fue construyendo una historia por caminos separados, los destinos de ambos se entrecruzaron, sin embargo, en varias oportunidades. En 1837 ambos enfrentaron al ejército confederado (peruano – boliviano) del Mariscal Andrés Santa Cruz con suerte dispar; mientras que del lado argentino el gobernador de Tucumán Alejandro Heredia fue estrepitosamente derrotado en junio de 1838 en la batalla de Montenegro, perdiendo así Tarija y partes de Jujuy y Salta (estos últimos dos territorios serían reincorporados al territorio nacional luego de la derrota final de Santa Cruz), del lado chileno el general Manuel Bulnes derrotaba por completo y ponía fin al experimento de Santa Cruz en enero de 1839 en la batalla de Yungay. Podemos decir sin dudar que Chile contribuyó a sostener la integridad territorial argentina en esa ocasión1.

Tenemos que avanzar poco más de 40 años para el siguiente gran hecho relevante binacional. El Tratado de Límites de 1881 constituyó el primer gran hito diplomático de esa hermandad. Firmado el 23 de julio de 1881 en Buenos Aires por Bernardo de Irigoyen y Francisco de Borja Echeverría, definió la frontera en la Patagonia y estableció el principio de la solución pacífica como norma. El tratado establecía que el límite entre ambos países "es de Norte a Sur, el más alto de los Andes que dividen las aguas, es decir, la línea divisoria entre las cuencas del Pacífico y del Atlántico"2. Aunque no estuvo exento de tensiones —la demarcación en la zona de la cordillera patagónica generaría controversias décadas después—, sentó las bases para resolver las disputas territoriales heredadas de la colonia.

Este tratado fue pionero en la región. Otras naciones sudamericanas resolvían sus diferencias limítrofes mediante guerras —como la Guerra de la Triple Alianza o la Guerra del Pacífico (con el mismo Chile como protagonista)—, pero Argentina y Chile optaron por la vía diplomática. La decisión fue audaz y visionaria: en lugar de condenar a las generaciones futuras a la hostilidad perpetua, ambos países eligieron el derecho como herramienta de construcción de paz3.

Sin embargo, pocos años después, ambos países quedarían muy cerca, nuevamente, de una guerra total.

Los Pactos de Mayo y el "Abrazo del Estrecho": la consolidación de la paz

Y es que el Tratado de Límites no resolvió todos los temas limítrofes y pronto esos asuntos no resueltos serían la excusa para avivar un conflicto. A fines del siglo XIX, la República Argentina debió enfrentar otra disputa con Chile que fue de una importancia tal que se estuvo a punto de entrar en guerra más de una vez4. La cuestión de límites con Chile no era una situación nueva, este asunto tenía por lo menos ya cincuenta años, pero por lo general el tema no pasaba del ámbito diplomático.

Sin embargo, para la Navidad de 1901 el por entonces Coronel Pablo Richieri daba la orden de movilizar discretamente tropas a la frontera con el fin de realizar un ataque preventivo y sorpresivo5. Lo que había sucedido era que en la Argentina definitivamente había triunfado un proyecto que implicaba crear una Argentina moderna pero que, a la vez, en la mente de las elites gobernantes, atentaba contra cualquier intento de integración con el resto de América. Esto sucedía porque para la dirigencia política de aquel entonces, crecer como Estado implicaba emular a Europa y vincularse lo más íntimamente posible a Gran Bretaña.

Este modelo de país fue acompañado por una visión ideológica que afirmaba la superioridad de la nación argentina por sobre las demás latinoamericanas en términos raciales. Y esta superioridad supuesta, la élite argentina la afirmaba en cierta prosperidad en término de comercio exterior, y que esta bonanza económica le daba el pie a la Argentina para tener un papel de relevancia en América del Sur6.

Este discurso fue creciendo en popularidad y llevó a agudizar los conflictos entre Chile y la Argentina, que de un conflicto limítrofe pasó a generar un desarrollo militar y territorial que se terminó transformando en una carrera armamentista en pos de guardar y mantener la paz entre ambos países, pero que, sin embargo, estuvo a punto de generar una guerra entre las dos naciones. Es en este momento histórico de disyuntiva ante la paz o la guerra que la relación entre ambos países vio su momento más frágil.

Ambos países incrementaron sus presupuestos militares, adquirieron acorazados y se prepararon para lo que muchos consideraban un conflicto inevitable. La Argentina, bajo la presidencia de Julio Argentino Roca, había emprendido una modernización de sus fuerzas armadas que incluía la adquisición de los más modernos buques de guerra. Chile, por su parte, mantenía su superioridad naval en el Pacífico y no estaba dispuesto a ceder su posición hegemónica. La tensión llegó a su punto más alto en 1898, cuando la Argentina adquirió dos acorazados de la clase Garibaldi, mientras que Chile respondió con la compra de dos acorazados de la clase Constitución. La carrera naval parecía imparable, y los periódicos de ambos países alimentaban el clima belicista con editoriales que predecían una guerra inevitable. El periódico español "El Nacional" de Madrid, en su primera plana, transcribió una información recibida por telégrafo desde Londres donde se informaba que Chile había contratado un empréstito por 62.500.000 pesos para la adquisición de material de guerra y que la Argentina proseguiría con los preparativos bélicos7. La situación era crítica: no sólo el tema limítrofe era grave, sino también la cuestión armamentista que había trascendido las fronteras sudamericanas.

Desde la historiografía se analizan diferentes causas para el agravamiento del conflicto, el tema límites era la menor de ellas. Muchos autores (Braun Menéndez, Lacoste, Portela y otros) perciben el prestigio y el tema de la hegemonía continental como claves en el conflicto. Recordemos que a finales del siglo XIX las aspiraciones imperiales todavía podían mencionarse en voz alta. Las tensiones comenzarán en 1879, con el inicio de la Guerra del Pacífico. Después de muchas idas y vueltas diplomáticas y con distintos cambios de diplomático a ambos lados de la cordillera, incluidos, finalmente parecía que se acercaba la paz.

Sin embargo, una vez más, prevaleció la diplomacia. El 15 de febrero de 1899, los presidentes Julio Argentino Roca y Federico Errázuriz Echaurren se reunieron en el estrecho de Magallanes, frente a la ciudad chilena de Punta Arenas, en lo que se denominó el "Abrazo del Estrecho". El encuentro, que tuvo lugar a bordo del acorazado argentino Almirante Brown, fue el primer paso hacia la desescalada de las tensiones. Ambos mandatarios acordaron someter las disputas pendientes al arbitraje de una potencia amiga, evitando así el derramamiento de sangre.

Tres años después, el 28 de mayo de 1902, se firmaron los Pactos de Mayo en Santiago de Chile. Estos acuerdos profundizaron el espíritu de cooperación: establecieron un tratado general de arbitraje para resolver controversias, limitaron la carrera armamentista y crearon mecanismos para remover "toda causa de perturbación en sus relaciones internacionales"11. Como señala el acta preliminar de los pactos, ambos gobiernos manifestaron "los mismos elevados propósitos" y declararon no abrigar "propósitos de expansiones territoriales".

Julio Argentino Roca y Federico Errázuriz Echaurren, Estrecho de Magallanes, 1899.

Uno de los puntos más conflictivos resultó la obligación de una "discreta equivalencia" entre las dos escuadras. El 10 de julio de 1902, se firmó un Protocolo Adicional (Acta Aclaratoria) que estableció que "no hace necesaria la enajenación de buques, pues puede buscarse dicha discreta equivalencia en el desarme u otros medios en la extensión conveniente, a fin de que ambos Gobiernos conserven las escuadras necesarias, el uno para la defensa natural y el destino permanente de la República de Chile en el Pacífico y el otro para la defensa natural y destino permanente de la República Argentina en el Atlántico y Río de la Plata"12.

La ratificación de los Pactos en los Congresos de ambas naciones fue difícil y generó intensos debates. En Argentina, el Senado aprobó los pactos por unanimidad, pero la Cámara de Diputados empleó 51 días —más de la mitad de su período ordinario de sesiones— en la discusión, producto de una obstrucción sin precedentes en asuntos internacionales que fue reprobada por la opinión pública13. Entre los opositores más destacados se encontraban Adolfo Mujica, Rómulo Naón, Indalecio Gómez, Victorino de la Plaza y Estanislao Zeballos. Este último, a través de la Revista de Derecho, Historia y Letras, escribió una serie de artículos puntualizando su posición contraria a los Pactos14.

El historiador y diplomático Ferrari señala que los Pactos de Mayo se inscriben en dos constantes de la política exterior argentina: el pacifismo y el aislacionismo. "A la primera respondía la Convención del desarme naval y el recurso ilimitado al arbitraje, aún a riesgo de que se tradujera en pérdidas territoriales15. La tendencia al aislamiento continental afloraba en la renuncia a intervenir en las cuestiones del Pacífico.

El laudo arbitral, firmado por el rey Eduardo VII el 20 de noviembre de 1902, resolvió el litigio de 94.000 km² de territorios entre la tesis argentina (más altas cumbres) y la tesis chilena (divisoria de las aguas), otorgando 54.000 km² para Chile y 40.000 km² para Argentina.

Los Pactos de Mayo sentaron un precedente clave en el derecho internacional americano. Fueron el primer tratado de arbitraje obligatorio firmado en América Latina y sirvieron de inspiración para el sistema de solución pacífica de controversias que luego adoptaría la Organización de Estados Americanos. La carrera armamentista, que había amenazado con llevar a ambos países al abismo, fue reemplazada por la visión de cooperación.

Perón e Ibáñez del Campo: la Antártida como espacio de unión

En 1953, los presidentes Juan Domingo Perón y Carlos Ibáñez del Campo dieron un paso fundamental en la integración bilateral. Reaccionando en forma conjunta frente a la amenaza de una potencia extranjera —en referencia a los cada vez más frecuentes ataques del Reino Unido sobre las bases argentinas y chilenas en el continente blanco—, unieron fuerzas y recursos para enfrentar. Ellos serían los primeros, pero no los últimos, en hablar de una Antártida sudamericana.

La materialización de estos acuerdos se vería inmortalizada en el abrazo que ambos presidentes se dieron el 21 de febrero de 1953. No fue un gesto protocolar: por primera vez, dos presidentes sudamericanos acordaban una estrategia conjunta para defender sus intereses en la Antártida. Este abrazo sentó las bases de una cooperación que, décadas después, se institucionalizó en la Antártida.

Juan Domingo Perón y Carlos Ibañez del Campo, Santiago de Chile, 1953.

Perón e Ibáñez del Campo entendieron algo fundamental: la Antártida no era un espacio vacío donde cada país podía actuar unilateralmente. Era, por el contrario, un territorio donde la cooperación era la única vía para preservar la soberanía frente a potencias extracontinentales con mayores recursos. Este concepto, impulsado con fuerza durante el primer peronismo, no era un mero eslogan. Representaba una redefinición territorial basada en la bicontinentalidad, que incorporaba al mapa nacional el sector antártico, las islas del Atlántico Sur y el mar epicontinental. Fue parte de una intensa campaña para desarrollar una "conciencia antártica nacional", entendiendo que la soberanía no se ejerce sólo con decretos, sino con presencia, ciencia y, fundamentalmente, con la capacidad de articular alianzas estratégicas. A esta idea hoy se la conoce en el mundo antártico como soberanía funcional. Un concepto que afirma que ya que en la Antártida no se puede ejercer la soberanía territorial como es entendida en el continente americano, es decir con una autoridad que ejerce su autoridad en un determinado territorio, sino que debido al régimen especial que la Antártida ostenta (el sistema del Tratado Antártico), la Argentina puede y ejerce soberanía a través de cuatro ejes, el desarrollo logístico, el cuidado del ambiente, el turismo y la intervención en las regulaciones y disposiciones que existen en los distintos foros internacionales relacionados con la actividad antártica. La cooperación con Chile es clave para que nuestra soberanía funcional sea efectiva.

El Tratado de Paz y Amistad de 1984. Triunfo de la diplomacia

El momento más crítico de la relación bilateral se vivió a fines de la década de 1970, en torno a la Disputa por el Canal de Beagle. En 1977, un laudo arbitral realizado por 5 juristas internacionales, pero leído por la reina Isabel II (Argentina y Chile habían designado a la corona británica como árbitro en caso de conflictos limítrofes en los Pactos de Mayo de 1902 y ese acuerdo se mantenía vigente) fue favorable a Chile, pero el gobierno argentino lo declaró "insanablemente nulo". La escalada fue tal que ambas naciones estuvieron a punto de enfrentarse en aguas australes en 1978. El mundo contuvo el aliento: dos países que nunca habían estado en guerra estaban a punto de romper esa tradición centenaria.

En juego estaban no solo la soberanía de tres islas estratégicas (Picton, Nueva y Lennox), sino también el control de las rutas marítimas que conectan el Atlántico con el Pacífico, el acceso a los recursos pesqueros y energéticos de la región y la ruta hacia la Antártida.  La Argentina, que había mantenido históricamente una posición fuerte en la disputa, no estaba dispuesta a aceptar un laudo desfavorable, mientras que Chile se aferraba a la decisión del tribunal arbitral.

Como señala el historiador argentino Pablo Lacoste17, el debate se había iniciado ya en 1904, pero recién en 1967 se acordó someter la decisión al arbitraje de la corona británica. El fallo de 1977 confirmó la situación existente: las tres islas eran chilenas, pues estaban al sur del Canal Beagle, como lo son todas las islas que están más al sur hasta el cabo de Hornos, según lo establecido en el artículo 39 del tratado de 1881.

La mediación del Vaticano —gestionada personalmente por el cardenal Antonio Samoré— y la voluntad política de ambos gobiernos evitaron la guerra. La mediación papal fue un ejemplo de diplomacia efectiva: el Vaticano no impuso una solución, sino que acompañó a las partes en un proceso de negociación que duró más de cinco años. Finalmente, el 29 de noviembre de 1984, se firmó en Roma el Tratado de Paz y Amistad, que puso fin a la controversia y abrió una nueva etapa de integración.

El Tratado de Paz y Amistad no solo resolvió la disputa limítrofe, sino que estableció mecanismos de cooperación que trascendieron lo meramente territorial. Desde entonces, ambos países han coordinado sus posiciones en foros internacionales, han desarrollado proyectos conjuntos de infraestructura y han profundizado sus lazos comerciales. El Canal de Beagle, que pudo haber sido un escenario de guerra, se convirtió en un espacio de cooperación económica y ambiental, donde la pesca, el turismo y la investigación científica se desarrollan en un clima de confianza mutua.

La firma del Tratado de Paz y Amistad fue un momento de gran simbolismo. Los presidentes Raúl Alfonsín y el dictador chileno Augusto Pinochet, en un gesto que sorprendió a muchos, se saludaron efusivamente en la Santa Sede, demostrando que incluso los líderes más enfrentados podían encontrar puntos de acuerdo. El tratado fue aprobado por abrumadora mayoría en los congresos de ambos países, y fue seguido por la firma de diversos acuerdos de cooperación en áreas como la defensa, la economía, la ciencia y la cultura.

La importancia del Tratado de Paz y Amistad fue un ejemplo de cómo la diplomacia y el derecho internacional pueden resolver conflictos que parecían insolubles. Como señaló el canciller argentino Dante Caputo en 1985, "el Tratado de Paz y Amistad es una prueba de que las disputas territoriales pueden resolverse sin derramamiento de sangre y con beneficio mutuo".

El tratado también estableció mecanismos de cooperación en el ámbito de la defensa. A pesar de la tensión que había caracterizado la relación durante décadas, ambos países acordaron coordinar sus posiciones en el Atlántico Sur y la Antártida, y a intercambiar información sobre actividades militares en la región. Esta cooperación se ha profundizado con los años, y hoy incluye ejercicios navales conjuntos y la participación en misiones de paz de las Naciones Unidas.

El abrazo de 1999 y el Tratado de Maipú de 2009

El 16 de febrero de 1999, los presidentes Eduardo Frei Ruiz-Tagle por parte de Chile y Carlos Saúl Menem por nuestro país se fundieron en un abrazo en el estrecho de Magallanes, celebrando el centenario del "Abrazo del Estrecho" de 1899.

Diez años después, el 30 de octubre de 2009, las presidentas Cristina Fernández de Argentina y Michelle Bachelet de Chile firmaron el Tratado de Maipú de Integración y Cooperación. El lugar no fue casual: el mismo donde San Martín y O'Higgins se abrazaron en 1818. Como dijo Cristina Fernández en aquella ocasión: "Con este abrazo y este tratado estamos profundizando la necesidad de articular definitivamente una asociación estratégica con Chile".

Cristina Fernandez y Michel Bachelet, Maipú, 2009.

El tratado buscó reforzar la integración en los campos cultural, social, económico y comercial, y complementar al Tratado de Paz y Amistad de 1984, considerado "la solución completa y definitiva" a los problemas limítrofes. Posteriormente, se firmaron protocolos complementarios para proyectos de infraestructura como el Túnel de Baja Altura del Ferrocarril Trasandino Central (que lamentablemente hoy sigue siendo un proyecto), que apuntaba a conectar ambas economías de manera más eficiente y a facilitar el intercambio comercial.

El Tratado de Maipú establece mecanismos concretos de cooperación en áreas como la ciencia, la tecnología, la cultura, el turismo y la defensa. Es, en definitiva, un tratado que miró hacia el futuro, reconociendo que la integración no solo es un destino, sino un camino que se hace día a día. Por otro lado, también se estableció una comisión binacional para dar seguimiento a los acuerdos, y se crearon mecanismos para resolver cualquier controversia que pudiera surgir.

Los acuerdos entre las presidentas Cristina Fernández y Michelle Bachelet también tuvieron un fuerte componente simbólico. La elección de la ciudad de Maipú, donde San Martín y O'Higgins se abrazaron en 1818, fue una declaración de intenciones: la integración no era un proyecto nuevo, sino la continuidad de una tradición que se remontaba a la fundación misma de ambas repúblicas. El abrazo entre ambas mandatarias, en el mismo lugar donde se había iniciado la historia compartida, fue una forma de sellar el compromiso con el futuro.

La Antártida: un ejemplo de cooperación sudamericana

Hoy, Chile y Argentina han dejado atrás las disputas y son socios estratégicos en el continente blanco. Su cooperación antártica es un ejemplo para el mundo, un modelo de cómo dos países puede transformar una zona de potencial conflicto en un espacio de coordinación y desarrollo compartido.

Desde 1998, ambas armadas realizan la Patrulla Antártica Naval Combinada (PANC) durante cada verano austral. Su misión es salvaguardar la vida humana en el mar, combatir la contaminación marina y asegurar la preservación del ecosistema, en cumplimiento del Tratado Antártico. El patrullaje se realiza entre los meridianos 10° O y 131° O al sur del paralelo 60° S, con buques que rotan su responsabilidad entre ambas armadas. Este verano pasado, por ejemplo, se realizó la XXVIII edición de la PANC, con la participación de buques de la Armada Argentina y la Armada de Chile, que operaron de manera coordinada entre el 15 de noviembre del 2025 al 31 de marzo del corriente año. Operaron alternadamente el ATF-60 “Lientur” de la Armada de Chile y los avisos ARA “Puerto Argentino” y ARA “Bahía Agradable” de la Armada Argentina. También participaron por Chile el OPV-83 “Marinero Fuentealba” y por Argentina el patrullero oceánico ARA “Storni”, como buques de apoyo antártico desde los puertos de Punta Arenas y Ushuaia respectivamente. Además, brindaron apoyo meteorológico y glaciológico a otras embarcaciones, realizaron mantenimiento de la señalización marítima propia, asistieron a la comunidad científica y colaboraron con la logística de la Campaña Antártica. Durante períodos de aproximadamente 35 días de navegación, las unidades cumplieron con su misión principal de estar prestas y pre posicionadas al sur del Mar de Hoces (Pasaje de Drake) en la Antártida, para –frente a la ocurrencia de una emergencia en el mar– efectuar operaciones de búsqueda, rescate, salvamento, control y combate de la contaminación.

Patrulla de Rescate Antártico Combinada, Base O’Higgins, Agosto 2026.

Complementariamente, la Argentina y Chile desarrollan la Patrulla de Rescate Antártico Combinada (PARACACH), un ejercicio de rescate que verifica las capacidades de los efectivos militares en operaciones de emergencia en el inhóspito desierto blanco. La PARACACH incluye simulacros de búsqueda y rescate, navegación en condiciones extremas, recuperación de heridos y primeros auxilios. No es un mero ejercicio teórico: en varias ocasiones, los procedimientos ensayados en estas patrullas han sido utilizados en emergencias reales, salvando vidas en el continente blanco.

A fines de 2022, ambos países presentaron conjuntamente ante la Comisión para la Conservación de los Recursos Vivos Marinos Antárticos la creación de un área marina protegida al norte de la Península Antártica, para proteger al krill, prohibiendo su pesca en algunas zonas y regulándola en las demás, demostrando que la soberanía no es incompatible con la conservación. La propuesta, que aún está en discusión, es un ejemplo de cómo la cooperación bilateral puede contribuir a la preservación del medio ambiente global.

Patrulla de Rescate Antártico Combinada, Base O’Higgins, Agosto 2026.

Además, coordinan posiciones en foros internacionales a través de una comisión bilateral antártica, donde alinean posiciones frente a terceros países. De hecho, la 6° Reunión de la Comisión Binacional Argentina-Chile en materia antártica tuvo lugar en el Palacio San Martín en diciembre del año pasado, y fue inaugurada por el embajador chileno. El encuentro constituyó una nueva oportunidad para reafirmar la histórica vocación antártica de la Argentina y Chile, así como su compromiso con la preservación y el fortalecimiento del Sistema del Tratado Antártico.

Finalmente, comparten infraestructura crítica, como el uso de la pista de la Base Frei por parte del Comando Conjunto Antártico argentino, optimizando recursos en beneficio de la ciencia y la logística. Esta colaboración no es casualidad: es el fruto de una visión compartida que entiende la Antártida como un espacio de paz, ciencia y desarrollo sostenible. En un mundo donde las potencias extracontinentales —China, Estados Unidos, Rusia— despliegan crecientes intereses en el continente blanco, la unidad argentino-chilena es más necesaria que nunca.

Patrulla de Rescate Antártico Combinada, Base O’Higgins, Agosto 2026.

El futuro es la integración

La historia de la relación argentino-chilena muestra muchas tensiones y en ocasiones el camino más fácil hubiera sido el del conflicto. Sin embargo, Chile y Argentina han elegido ser valientes, transformando desafíos en oportunidades. Como dijera el general Juan Domingo Perón hace varias décadas: "El futuro nos encontrará unidos o dominados". Nosotros elegimos unirnos. Hay muchos desafíos por delante, el enemigo histórico de la Argentina, el Reino Unido de Gran Bretaña, trabaja incansablemente para separar a los pueblos y a los gobiernos. Pero no podemos dejar que triunfen, la unidad con nuestros vecinos trasandinos es clave para el desarrollo nacional y para el fortalecimiento de nuestra posición en el Atlántico Sur y muy especialmente en la Antártida.

Tropas argentinas y chilenas, Cristo Redentor de Mendoza, Enero 2026.

Frente a un mundo fragmentado y en constante disputa por los recursos naturales, y teniendo en cuenta los intereses geopolíticos de potencias extracontinentales en nuestra Antártida, fortalecer los lazos de hermandad entre Argentina y Chile no es solo un deber histórico, sino una necesidad estratégica. La vecindad geográfica, la afinidad entre sus habitantes y el legado de valores compartidos sientan las bases para profundizar y consolidar las relaciones bilaterales y su proyección hacia un futuro promisorio para ambos países. No se trata de una nostalgia romántica, sino de un imperativo geopolítico. El siglo XXI será un siglo de disputas por recursos escasos: agua, energía, minerales y, especialmente, los recursos de la Antártida. Quienes estén divididos serán dominados con mayor facilidad. Quienes estén unidos podrán defender sus intereses de manera soberana.

La política de los abrazos seguirá siendo una herramienta para el futuro.

Referencias

  1. Ruiz Moreno, Isidoro, Campañas militares argentinas, Tomo 2, Emecé, 2006, p.75.
  2. Lacoste, Pablo, Argentina, Chile y los Pactos de Mayo. (En: Diplomacia. Santiago de Chile nº 91 (abr./jun. 2002) p. 111.
  3. Joaquín V. Gonzalez, Los tratados de paz de 1902 ante el Congreso. Buenos Aires, Impr. Didot, 1904.
  4. Pizarro Romero, David. "1902: el año en el que la Argentina y Chile estuvieron muy cerca de ir a la guerra". Kranear, 30 de mayo de 2024.
  5. Armando Braun Menéndez, Mitre y la cuestión de límites argentino-chilena. Buenos Aires, Emecé, 1957, pág, 29.
  6. Estanislao Zeballos. [1908-1910]. Diplomacia Desarmada. Buenos Aires, EUDEBA. Prólogo de Gustavo Ferrari. 1974, pág. 35.
  7. Armando Braun Menéndez, Mitre y la cuestión de límites argentino-chilena. pág, 51.
  8. Joaquín V. Gonzalez, Los tratados de paz de 1902 ante el Congreso. Buenos Aires, pág. 47.
  9. Pablo Lacoste, Argentina, Chile y los Pactos de Mayo. (En: Diplomacia. Santiago de Chile nº 91 (abr./jun. 2002) p. 107-136 27 cm.), pág. 135.
  10. Joaquín V. Gonzalez, Los tratados de paz de 1902 ante el Congreso. Buenos Aires, pág. 205.
  11. Estanislao Zeballos. [1908-1910]. Diplomacia Desarmada. Op. Cit. pág. 53.
  12. Gustavo Ferrari, Conflicto y paz con Chile (1898-1903). Buenos Aires, Eudeba, 1968, pág. 18.
  13. Lacoste, Pablo, No hay guerra entre Argentina y Chile. (En: Todo es historia. Buenos Aires. a.36 nº 418 (mayo 2002) p. 63.