
Para Estados Unidos la guerra es el principio organizador de su identidad nacional. Desde sus orígenes coloniales, la amalgama entre su geografía y la idea mesiánica de su tarea en la tierra, cimentó las bases de un proyecto que unió el excepcionalismo con un alcance universal: los Estados Unidos de América tenían la misión sagrada e inevitable de proyectarse sobre el resto del mundo.
Ahora bien, ¿cómo fue que este impulso mesiánico se tradujo en una sofisticada arquitectura de dominación global? A través de conceptos fundacionales como el "Destino Manifiesto", la teorización del poder naval y la estrategia geopolítica y la posterior construcción del andamiaje institucional de la posguerra, la élite washingtoniana logró fusionar las demandas estructurales del capitalismo corporativo con la retórica de la seguridad nacional y la defensa de la libertad, y convertir a Estados Unidos en un país donde la movilización bélica crónica y los intereses financieros de Wall Street operan como el motor indispensable para sostener no solo su estabilidad doméstica sino su lugar dentro del orden global.
Los orígenes
Al rastrear las raíces del imperialismo norteamericano nos encontramos con cuatro elementos centrales que ayudaron a conformarlo en sus orígenes como nación: una economía que necesitaba expandir constantemente sus fronteras; una ubicación geográfica que, una vez finalizada la “conquista del Oeste”, quedó protegida por dos océanos; la idea derivada del puritanismo de los primeros colonos de que el pueblo norteamericano tenía una misión divina que cumplir en la Tierra; y por último la creencia emanada de la guerra de Independencia, de que en América había nacido una república modelo de libertad para todos los pueblos del mundo. Estos cuatro ingredientes dieron forma al nacionalismo estadounidense con una particular mezcla de excepcionalismo y universalismo. No por nada ya en 1813, el ex presidente John Adams le escribía a Thomas Jefferson «Nuestra república pura, virtuosa, cívica, federada vivirá para siempre, gobernará el mundo y logrará la perfección de los hombres».
Esto se expresó en la idea de "Destino Manifiesto", acuñada por John O'Sullivan para justificar la expansión territorial en la Guerra contra México (1846-1848) y cuando a fines del siglo XIX se consolidaron las fronteras terrestres, Estados Unidos empezó a pensar en la proyección ultramarina. William Seward, secretario de Estado de Lincoln, y uno de los arquitectos de la geopolítica norteamericana, no concebía a la expansión como un fin en sí mismo, sino como un medio para el incremento del poder global de la Nación.
En 1890, el mismo año en que la oficina del censo anunció el fin de la frontera del Oeste, se publicó una obra clave para la geopolítica estadounidense: The Influence of Sea Power upon History del capitán Alfred T. Mahan. En ella, el autor realizó una férrea apología del espíritu marcial y del poder naval, definiendo a la paz como una mera «deidad tutelar del mercado de valores». Por otro lado, Brooks Adams (bisnieto y nieto de los expresidentes John Adams y John Quincy Adams) publicó en 1900 America's Economic Supremacy, en el que teorizó la preeminencia económica global como un imperativo que requería de la fuerza militar para su sostenimiento y expansión.
La guerra contra España en 1898 formalizó este salto imperial con la adquisición de colonias en el Caribe y el Pacífico: Filipinas, Puerto Rico, Guam y Cuba, que se sumaron a la anexión de Hawái; y luego bajo la presidencia de Theodore Roosevelt (quien era íntimo amigo de Mahan), al fomentar la separación de Panamá de Colombia para asegurar la conectividad interoceánica con la construcción de un canal bajo dominio de Washington.
El salto de la rana
Si durante el siglo XIX se incubaron las ambiciones imperialistas de Estados Unidos, la primera mitad del siglo XX significó el salto definitivo hacia una estructura imperial global. Para 1910, el capitalismo norteamericano poseía una magnitud industrial superior a la de Alemania y Gran Bretaña juntas. Woodrow Wilson, quien asumió la presidencia en 1913, era plenamente consciente de esto y al involucrar a Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial intentó transformar el Destino Manifiesto territorial en una suerte de creencia metafísica universal bajo la premisa de «hacer del mundo un lugar seguro para la democracia».
Sin embargo, fue la Segunda Guerra Mundial el conflicto que representó, como sostiene Perry Anderson, la «cristalización» definitiva de esta estrategia. Al interior de la Administración de Franklin D. Roosevelt, un selecto grupo de estrategas del Departamento de Estado, entre quienes estaban Cordell Hull y Dean Acheson, definió las dos prioridades estratégicas de la posguerra: convertir el mundo en un espacio seguro para el capitalismo y asegurar el dominio absoluto de los Estados Unidos dentro de dicho sistema. Esto era necesario para la supervivencia estructural del modelo doméstico y el propio Acheson reconoció ante el Congreso en noviembre de 1944 que era imposible alcanzar el pleno empleo y la prosperidad en los Estados Unidos sin un acceso irrestricto a los mercados extranjeros.
Esto debía estar respaldado por un nuevo andamiaje institucional que asegurara el liderazgo indiscutible de Washington. Así se diseñó el orden de la posguerra mediante los Acuerdos de Bretton Woods -que impusieron al dólar como la moneda de reserva global-, la creación del Banco Mundial y el FMI y la fundación de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en 1945, cuyo Consejo de Seguridad fue delineado para otorgar asientos permanentes y derecho de veto a las potencias hegemónicas.
Este despliegue ofensivo global encontró su justificación teórica en el pensamiento de Nicholas Spykman, uno de los padres de la geopolítica estadounidense. En su libro America's Strategy in World Politics, publicado en 1942, argumentaba que en un sistema internacional desprovisto de autoridad central, el fin primordial de todo Estado es incrementar su propio poder y frenar el ajeno. Rechazó el aislacionismo y el mito del equilibrio de poder ético, afirmando que «el único equilibrio que interesa a los Estados es aquel que se inclina de su lado». Para Spykman, la democracia liberal se había transformado en un «mito marchito» incapaz de inspirar lealtades verdaderas, el libre comercio era una ficción estatal y las prácticas internacionales se reducían a combinar la persuasión y la coerción militar para asegurar el dominio absoluto.
Sin embargo, siempre existió una tensión interna entre el aislacionismo —la convicción de que Estados Unidos solo preservaría sus virtudes manteniéndose apartado de un mundo en decadencia— y el intervencionismo regenerador, es decir, la idea de que Estados Unidos debía intervenir para salvaguardar esos valores democráticos y republicanos. Desde la guerra contra México en adelante, todos los conflictos bélicos en los que Estados Unidos estuvo involucrado, fueron férreamente resistidos por gran parte del pueblo. Pero la Primera Guerra Mundial no terminó siendo tal y como prometió Wilson «la guerra para acabar con todas las guerras» y en 1941, como señala la historiadora Susan-Mary Grant, Estados Unidos enfundó nuevamente con el uniforme militar «a la enorme masa de desempleados» del país para luchar en una guerra que muchos catalogaron de «necesaria». Ahora bien, una vez finalizado el conflicto, si la victoria aliada había asegurado la supervivencia de la democracia, ¿cómo convencer al pueblo estadounidense de aceptar nuevas intervenciones?.
La Guerra Fría y el comodín de la “seguridad”
La permanencia de las tropas soviéticas en Europa Oriental tras la derrota nazi precipitó de los planes de Washington: la necesidad de contención de la Unión Soviética aceleró y le dio su forma definitiva al diseño institucional de la Pax americana. La política exterior de Stalin era básicamente defensiva y enfocada en construir un glacis de seguridad para evitar una nueva invasión a su territorio, incluso estando dispuesto a frenar revoluciones comunistas fuera de su zona de influencia. Pero aun así la élite de Washington instrumentalizó el conflicto ideológico como una lucha existencial por la supervivencia. La Guerra Fría había empezado. Figuras como George Kennan y Henry Kissinger fijaron el rumbo de una política exterior de intervención global sistemática, donde “contención” y “distensión” eran simplemente eufemismos, ya que el objetivo último frente al enemigo era la aniquilación y la victoria total.
El gran mecanismo ideológico diseñado para cerrar la brecha entre el sentir popular tradicionalmente reacio a los sacrificios exteriores y los designios hegemónicos de la élite fue la construcción del concepto multifacético de "seguridad".
Lo cierto es que las constantes intervenciones de Estados Unidos en otros países no reflejaban (ni estaban motorizadas por) un deterioro real de su seguridad, sino un colosal aumento de su poder material (económico y militar). Sin embargo, el despliegue pleno de ese poder exigía una disciplina y un sacrificio social que la ciudadanía solo aceptaría si era convencida de que su seguridad estaba amenazada. Nació así una tradición de alarmismo recurrente orientada a exagerar la vulnerabilidad del país frente a ataques externos, disfrazando de este modo estrategias geopolíticas ofensivas bajo el ropaje de necesidades defensivas.
Esto se institucionalizó en marzo de 1947 con la promulgación de la National Security Act, mediante la cual se creó una sólida estructura burocrática y militar: el Departamento de Defensa (que significativamente dejó de llamarse Departamento de Guerra), el Estado Mayor Conjunto, el Consejo de Seguridad Nacional y la Agencia Central de Inteligencia (CIA). En torno a este entramado emergió el denominado "complejo militar-industrial", un poder autónomo tan hipertrofiado que el propio presidente Dwight Eisenhower, en su discurso de despedida, advirtió a su pueblo acerca del riesgo de una influencia destructiva sobre la democracia estadounidense. En el plano exterior, este complejo articuló la creación de la OTAN en 1949, concebida formalmente como un sistema de defensa colectivo pero orientada, en palabras de su primer secretario general Hastings Ismay, a cumplir un triple objetivo de subordinación de «conservar a los estadounidenses adentro, los rusos afuera y los alemanes abajo».
Paralelamente, Estados Unidos recurrió a la Doctrina de Seguridad Nacional para someter a los Estados soberanos americanos bajo el pretexto del anticomunismo. Instrumentos como el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR, 1947) y la Organización de los Estados Americanos (OEA, 1948) se instituyeron para alinear el continente a las directrices de Washington. Bajo esta doctrina, el Estado asumía un poder absoluto sobre los individuos, abocándose a una guerra constante contra un enemigo interno definido de forma difusa: sindicatos, movimientos estudiantiles o cualquier fuerza social que amenazara la estabilidad de la «free enterprise». De esta forma Washington promovió golpes militares y operaciones encubiertas de cambio de régimen a través de la CIA, como en Guatemala y Paraguay en 1954, Brasil en 1964 y Chile, y apoyó dictaduras militares como la de Uruguay (1973) o Argentina (1976).
Luiz Alberto Moniz Bandeira califica este modelo hegemónico interno como una verdadera «democracia militar». En esta estructura, el diseño constitucional original de los padres fundadores fue virtualmente subvertido, otorgando de manera progresiva al poder ejecutivo prerrogativas ilimitadas y dictatoriales para la gestión de los asuntos exteriores. A lo largo de casi 250 años de guerras constantes desde la Independencia hasta las intervenciones contemporáneas en Medio Oriente y América Latina, los presidentes estadounidenses solo han solicitado la autorización formal del Congreso en cinco oportunidades, gobernando en el escenario exterior con facultades superiores a las de un monarca absolutista e ignorando sistemáticamente tanto al poder legislativo como a la opinión pública nacional.
La caída de la Unión Soviética a principios de la década de 1990 no significó el desmantelamiento de esta maquinaria, demostrando que esa necesidad de guerra permanente es de naturaleza estructural y no coyuntural: las demandas inherentes al capitalismo corporativo estadounidense exigen la alimentación constante de las industrias de la guerra y la seguridad, sectores que se consolidaron como indispensables para garantizar la prosperidad económica, el desarrollo tecnológico y el dominio global de la superpotencia.
De hecho, esto se profundizó drásticamente tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, cuando la administración de George W. Bush aprovechó el estado de conmoción para promulgar la Patriot Act. Esta legislación no solo erosionó las libertades civiles internas en nombre de la seguridad nacional, sino que terminó de blindar el secretismo y la discrecionalidad del Ejecutivo para desplegar operaciones globales de vigilancia e intervención militar sin rendir cuentas a nadie. El verdadero Estado Mayor de la nación pasó a ser, definitivamente, la conjunción explícita entre los intereses financieros de Wall Street y el poder armado del Pentágono; y en ausencia del comunismo, la élite washingtoniana revitalizó la ideología del excepcionalismo estadounidense, la noción de la "nación indispensable" y el mito de actuar como el "eje de seguridad global" en favor de la humanidad para justificar sus constantes intervenciones.
De este modo, el enemigo comunista fue reemplazado por la narrativa de la lucha global contra el terrorismo y las "guerras preventivas", una forma elegante de llamar a los bombardeos y crímenes de guerra como los perpetrados en Libia por la Administración Obama en 2011. La lógica siguió siendo la misma expresada por Spykman y los estrategas de la Guerra Fría: expandir el libre mercado hacia países periféricos y asegurarse sus recursos naturales.
“La Guerra es la salud del Estado” (norteamericano)
En 1918 el ensayista Randolph Bourne, ferviente opositor de la entrada de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial afirmó que «la guerra es la salud del Estado». Más de 100 años después, la guerra sigue siendo para Estados Unidos el elemento organizador no solo de su propia estabilidad interna sino de su permanencia como superpotencia global.
Esta lógica opera en cuatro dimensiones diferentes: expendiendo mercados, consolidando instituciones, disciplinando aliados y ordenando el sistema internacional.
Como advirtió Acheson, el capitalismo industrial y financiero de los Estados Unidos es propenso a crisis asfixiantes de sobreproducción y requiere de la apertura forzosa de mercados internacionales para garantizar su rentabilidad y el pleno empleo doméstico. La coerción militar y las intervenciones aseguran la santificación de la libre empresa a nivel transnacional, facilitando procesos de deslocalización industrial (offshoring) que maximizan ganancias de las corporaciones multinacionales y de las élites financieras de Wall Street, a expensas de la degradación salarial de los trabajadores.
Por otro lado, la permanente exageración de amenazas justifica la vigencia y expansión del gigantesco aparato burocrático de seguridad nacional nacido en 1947. Este estado de movilización bélica crónica sustrae la política exterior del control democrático, erosionando las facultades del Congreso y blindando a una reducida élite corporativa, legal y financiera que gobierna la diplomacia imperial desde la cúspide del poder ejecutivo bajo un manto de secreto y excepcionalidad autoritaria.
A su vez, las alianzas militares concebidas bajo el pretexto de la defensa mutua como la OTAN operan en realidad como mecanismos de sujeción geopolítica. Estas estructuras permiten a Washington neutralizar la autonomía política o económica de potencias de segundo orden, subordinar sus fuerzas armadas y sofocar cualquier alternativa política que atente contra el orden liberal.
Finalmente, la guerra permanente opera como el mecanismo definitivo de gobernanza global en un sistema internacional jerárquico. A través de lo que los estrategas denominaron la «preponderancia de la fuerza», ensayada con las bombas nucleares arrojadas en Hiroshima y Nagasaki, Estados Unidos impone las reglas del juego internacional, estructura los organismos multilaterales a su beneficio exclusivo y dispone de la capacidad de castigar coercitivamente a cualquier actor estatal o subversivo que pretenda subvertir el orden hegemónico del dólar y del libre mercado. Sostener su lugar en el mundo exige, por lo tanto, que la maquinaria de guerra nunca deje de funcionar.
Las guerras e intervenciones contemporáneas, como los bloqueos económicos, los planes de cambio de régimen en países como Irán o Venezuela o las explícitas intenciones de anexar Groenlandia y Canadá, obedecen a la necesidad de salvaguardar el decaído orden global controlado por Wall Street. Tras las crisis financieras de fines del siglo XX y principios del XXI, la concentración del poder político y económico se agudizó en manos de un puñado de corporaciones financieras y megabancos (JP Morgan Chase, Bank of America, Citigroup, Wells Fargo, Goldman Sachs y Morgan Stanley) que pasaron a controlar casi la mitad de la economía de los Estados Unidos, operando el sistema internacional como un inmenso casino financiero respaldado, en última instancia, por el poder militar del Pentágono.










