
Uno de los dichos más repetidos, una y otra vez, por los funcionarios argentinos del actual gobierno es que nuestro país actúa en consonancia y en el marco de los valores occidentales y, más precisamente, dentro de la "civilización judeo-cristiana".
Dichas afirmaciones representan hoy un doble problema: primero de cara a aquellos que no se autoperciben como Occidente y, segundo, de cara a los que sí lo hacen pero que aún continúan con largos debates sobre cuál es el Perfume de Occidente hoy.
En primera instancia estamos en un mundo donde el concepto "civilización" parece adquirir nuevamente peso. Sin embargo, resta hacernos dos preguntas: ¿De qué tipo de civilización hablamos? y ¿Que es una civilización?
Una civilización podría ser definida como un conjunto humano, desarrollado en un espacio físico determinado, durante un lapso extendido de tiempo que les permite consolidar una identidad cultural articulando autenticidad política con originalidad religiosa para generar una base filosófica propia o, al menos, original en sus aportes, diferenciándose también de la otredad.
En pocas palabras, la civilización requiere de tiempo, originalidad y orgullo.

¿Por qué orgullo? Porque el concepto de civilización contempla que la historia no siempre es lineal y una civilización puede sufrir derrotas políticas o militares. Sin embargo, lo que mantiene viva la identidad es el deseo de poner fin a la ocupación extranjera o de generar resistencias locales que mantienen vivas las prácticas de esa civilización. Un buen ejemplo de esto podría ser China quién, entre 1842 y 1945, sufrió un siglo de ocupaciones extranjeras en distintos puntos y jamás renunció a su identidad sino más bien potenció el "sentir chino" no en clave de Estado-nación, sino de Estado-civilización.
En este marco hay países que, aunque con objeciones posibles, se adjudican ser o tener componentes de civilizaciones. Irán, por ejemplo, ha elegido apoyarse - en su confrontación reciente con Estados Unidos - en una línea temporal que incluye a Elam, Imperio Persa, Imperio Parto e Imperio Sasánida como cronología de una civilización que se enfrentó y venció en varias oportunidades a estructuras del poder occidental, como Roma. En este punto, para Irán el componente "diferenciador" con Occidente es clave.
Existe todo un sector del mundo que no se percibe como occidental. Algunos, como China e Irán, lo hacen desde identidades históricas fuertes. Otros, como Rusia o India, reconocen los aportes occidentales pero no sé consideran parte de esa "civilización occidental" tal y como la describió Samuel Huntington, es decir la civilización que propaga los valores de la democracia, las instituciones republicanas y el libre mercado como un mantra global. También existe un continente africano habitualmente en rebeldía y un mundo islámico tremendamente complejo que muestra constantes resistencias frente a la "civilización occidental" desde una idea universalista como promovió el mundo unipolar con Estados Unidos a la cabeza.

En ese sentido, el discurso de Argentina de hablar de una "civilización con los valores judeo-cristianos" representa un problema para el vínculo con los demás, con la otredad.
Porque esas palabras están dichas desde un pedestal moralizante occidental, un pedestal de superioridad, que ya no están dispuestos a ver ni a escuchar en múltiples rincones del mundo. Argentina sigue hablando con el tono de un mundo que ya no existe porque el mundo unipolar se ha ido y es algo que hasta Francis Fukuyama, aquel autor de "El fin de la Historia", ha desestimado cuando hace un par de semanas publicó que Estados Unidos es una potencia "en declive relativo pero sostenido".
Pero fuera de eso, cuando Argentina habla de "valores occidentales", ¿de qué valores habla? ¿del viejo "mundo basado en reglas"? Si lo hace desde esa lógica tiene un enorme problema de credibilidad porque lo hace apoyándose en sus dos aliados "estratégicos": Estados Unidos, que violó flagrantemente la soberanía de Irán realizando un ataque unilateral el último día de febrero que inició una breve pero intensa guerra regional, e Israel, que transgrede cuántas resoluciones de la ONU existan y avanza en la ocupación del sur del Líbano.
Si hablar de los valores occidentales se refiere en verdad al "mundo occidental" en un sentido amplio cae en la ambigüedad que muchas veces tiene dicho concepto. ¿Occidente es Estados Unidos? Entonces hablamos de un occidente lejos de la moral católica y más apegado a la moral protestante, con su ética apegada al consumismo más salvaje. Pero si es ese Occidente, no tiene nada que ver con Roma y Grecia más que para una mera utilización de sus conceptos políticos de República y Democracia como forma de justificar una agenda expansionista de valores sobre los demás.
De hecho, es un buen momento para hacerse esa pregunta: ¿De qué Occidente hablan? Estamos viviendo una cruzada humanística entre la Iglesia Católica, hoy conducida por León XIV, contra los tecnócratas que han copado la Casa Blanca sobre los límites de la inteligencia artificial. La nueva encíclica 'Magnífica Humanitas' es solo un reflejo de ello. El Occidente se agrieta pero por cuestiones éticas y morales sobre el futuro de la humanidad.
Es que claro, no existe un Occidente monolítico. Esa fue la pretensión del unipolarismo pero no tuvo éxito. Tampoco existe un Oriente monolítico pero, a diferencia de Occidente, Oriente nunca se percibió o quiso mostrarse como una unidad armónica y compacta, Occidente sí. Existe un Occidente anglosajón que sí, podría tener en Reino Unido y Estados Unidos sus dos cabezas de poder global. Existe también un Occidente católico más ligado con la tradición mediterránea y que perdura en España, sur de Francia e Italia pero, sobre todo hoy, en América Latina (gracias al enorme trabajo del anterior Sumo Pontífice, Francisco).
Las brechas entre estos dos Occidentes, el anglosajón y el católico, se manifiestan en una pluralidad de temas que van desde posicionamientos frente a matanzas y genocidios de la actualidad como los ocurridos en Gaza y Sudán, con el Occidente católico posicionado desde una visión humanista y el Occidente anglosajón desde una visión utilitarista y/o mercantilista; pero también la discusión se extiende a temas como la postura regulacionista y la postura liberal sobre los usos de la Inteligencia Artificial.
Cuando el gobierno argentino habla de un "Occidente" monolítico desconoce, en verdad, está discusión o quizá, aún peor, intenta ocultar que ha tomado una postura intentando apoyarse en una universalidad de valores, hoy inexistente, promovida por la cultura anglosajona.

En cualquier caso, estamos frente a un escenario donde la defensa del "Occidente" monolítico no existe y dónde la pugna es sobre la visión de cómo tiene que ser Occidente. En ese escenario, por miopía ideológica o por clara voluntad maquillada de inocencia unipolar, el gobierno argentino parece no estar leyendo un mundo donde la fragmentación está a la orden del día y los valores universales ya no son tan universales porque, quizá, nunca fueron ni tan universales, ni para todos.










