
El milagro y la fundación
En 1630 llegó al puerto de Santa María de los Buenos Aires un barco con dos imágenes marianas. Las había encargado Faría de Sá, un hacendado portugues que quiso levantar una capilla dedicada a la Virgen en su propia estancia, en Sumampa, Santiago del Estero. Para eso le pidió a un compatriota que vivía en Brasil que le consiguiera una imagen de la Inmaculada Concepción. Andrea Juan no le mandó una sino dos imágenes, para que él eligiera. Entonces reunió una tropa de carretas y partió hacia el norte por el Camino Real, en la primera quincena de mayo. Un trazo de polvo se extendía hasta donde la vista se perdía. Dos bueyes arrastraban la carga; la marcha era densa, pesada, como si el tiempo ahí tuviera otra velocidad.
La primera noche, la caravana se paró en el sitio que hoy conocemos como Hurlingham, en ese momento Paso Morales. Al atardecer del segundo día se detuvo frente al río Luján, en el paraje El Árbol Solo. Allí esperaba Manuel, en esta historia conocido como “El Negro”, un esclavo comprado por Andrea Juan en Brasil. La noche fue tranquila, pero con el amanecer llegaron los problemas. Los bueyes no podían mover ni un paso. Repasaron la carga hasta dar con los dos cajones que guardaban a la Virgen. Bajaron uno; los animales avanzaron. Intentaron con el segundo, y la marcha volvió a morir.
El Negro no tuvo dudas de que esa imagen debía quedarse allí. María, la Purísima Concepción, manos juntas sobre el pecho, ángeles a sus pies. Aquí, la Virgen se queda. La cubrieron de besos. Lloraron ante lo incomprensible mientras Manuel prometía no separarse jamás de ella. La caravana partió hacia el norte con el otro cajón -la imagen que hoy se venera en Sumampa-, y en cada sitio donde pararon, contaban lo que habían visto.
Un comienzo que sólo puede describirse como milagroso. Una tierra elegida donde la fe, desde entonces, se convirtió en cimiento. Sería ingenuo no leer como autoridad a aquel que decide. Ni el comerciante que encargó la imagen, ni el dueño de la carreta, sino un hombre del montón, un esclavo, el único capaz de leer la señal. Que el milagro y la fundación pase por la voluntad de un cautivo y no por la de sus dueños, da la clave de lo que Luján representa: no un poder que se impone desde arriba, sino un sentido que emerge desde abajo, desde la tierra y desde quien está despojado de su propia soberanía. Un tiempo después se levantó una capilla que el propio Manuel cuidó, y más tarde una vecina, Ana de Matos, logró trasladar a la Virgen a un nuevo templo. El negro Manuel se mantuvo firme con Ella, porque todos sabían que él «era de la Virgen, y de nadie más».
La historia de Luján, a partir de ahí, es una historia de fundaciones sucesivas. Dos fechas la atraviesan: 1630, el milagro, y 1755, cuando alcanzó la categoría de Villa. La fe como principio fundante, la voluntad como fuerza que la transforma en historia política. Una que comienza con el anhelo de un hombre. Juan de Lezica y Torrezuri era un comerciante vasco que presentó una solicitud simple y a la vez ambiciosa: convertir a Luján en Villa.
Un título que era, a la vez, reconocimiento administrativo y lugar en el mapa del poder virreinal. El gobernador José de Andonaegui la aprobó el 17 de octubre de 1755, y elevó el pedido a la Corte. Cuatro años después, en 1759, el rey Fernando VI otorgó el título oficial. La Villa de Nuestra Señora de Luxan era, por entonces, un cruce de caminos: tierras vastas, poca gente y dispersa, el peligro de los malones en el horizonte. Y aun así, entre el miedo y la esperanza, prosperaba. El Cabildo, creado en 1756 y primero del futuro territorio provincial, se convirtió rápido en centro neurálgico y emblema de autonomía: la prueba de que este lugar, chico frente a la Ciudad, tenía voz propia y quería que se la escuchara. Que una villa de campaña reclamara ese reconocimiento —y lo obtuviera— es el mismo gesto, trasladado al lenguaje del poder colonial, que el de la carreta detenida. Algo, en ese territorio, se niega a ser sólo una posta del Camino Real.
Corría 1806 y el invasor inglés había tomado Buenos Aires. El 28 de julio, en la plaza de Luján, hito de la argentinidad, Juan Martín de Pueyrredón, militar y político criollo convocó a los vecinos y a los gauchos de la campaña de Luján, Pilar, Morón, San Isidro, para formar los Húsares. De ese puñado de hombres a caballo salió parte de la caballería que, junto a las tropas veteranas de Santiago de Liniers, reconquistó Buenos Aires el 12 de agosto. Una patria que daba, todavía sin nombre, la vida por su suelo. No hubo, en 1806, ningún proyecto nacional que reclamara esa lealtad. Un sentido de pertenencia que precedió, por más de medio siglo, a la existencia formal de la Argentina.
El santuario y la peregrinación
El Padre Jorge María Salvaire, sacerdote lazarista francés, fue enviado a recorrer tolderías para llevar el Evangelio. Cerca de los toldos de Namuncurá se había propagado una peste de viruela, y los indios, convencidos de que él la había traído, lo condenaron a morir lanceado. Maniatado, comenzó a rezar y prometió: «Publicaré tus milagros… engrandeceré tu iglesia». Antes de la ejecución apareció Bernardo, hermano del cacique, que lo cubrió con su poncho, un gesto tradicional indígena de amparo y protección, que le concedió la libertad. Había reconocido al Padre. Años atrás, en la localidad de Azul, Pallán había sido capturado durante un malón y estuvo a punto de ser ejecutado por las fuerzas criollas. En aquella ocasión, el padre Salvaire intercedió por él y logró salvarle la vida. Circularidades de nuestra historia americana.
Cumplida esa promesa, Salvaire encontró la forma de honrarla: en 1871 participó de la primera peregrinación a Luján, nacida como agradecimiento por el fin de la epidemia de fiebre amarilla que ese año diezmó Buenos Aires. Fue ahí donde el sueño de un templo a la altura de la Virgen tomó nombre propio y dejó de ser una idea suelta para volverse una misión de vida. Salvaire publicó Historia de Nuestra Señora de Luján y viajó a Roma a pedirle a León XIII la coronación de la imagen. Con oro y joyas de Buenos Aires mandó confeccionar la corona en París. El 8 de mayo de 1887, ante más de 40 mil fieles, el arzobispo Aneiros coronó a la Virgen de Luján. Desde entonces, Salvaire dedicó su vida a levantar una gran basílica. La piedra fundamental se colocó el 6 de mayo de 1890, bajo la dirección del arquitecto Uldéric Courtois. Cuando la Comisión objetó los planos por lo grandioso de la obra, Aneiros respondió:
[«La Virgen quiere este templo. Y el pueblo argentino, cuando sabe de qué se trata, es muy generoso».]
Sin aportes estatales, sólo con la contribución de los fieles, la estructura se fue levantando poco a poco. Impensado como sin decreto ni ley, sin partida presupuestaria, pero con la acumulación lenta de aportes de gente que no tenía, individualmente, ningún poder de decisión sobre el destino del país, se haya construído uno de sus templos más imponentes. La convicción de que se estaba construyendo algo propio. Maldita bendición de esta Tierra. Salvaire no llegó a ver la Basílica terminada. Murió el 4 de febrero de 1899, a los 51 años. Descansa en el crucero derecho de la Basílica. La obra siguió y en 1904 la imagen fue trasladada a su Camarín; en 1905 se inauguró el órgano Cavaillé-Coll traído de París; y el 4 de diciembre de 1910 se inauguró la Basílica de Nuestra Señora de Luján, la cúpula que estalla contra el cielo. El sueño se ha vuelto piedra estructural que desde entonces sigue siendo el principal destino de los peregrinos de toda Sudamérica.
A lo largo de casi cuatro siglos, las multitudes caminaron a Luján. Es la devoción quien las mueve, pero también la fuerza de una tierra que supo vivir como centro espiritual de la Nación. La Peregrinación Juvenil es, hoy, la caminata de personas más grande del mundo, siendo un fenómeno que excede lo religioso. La peregrinación refleja el movimiento constante de un pueblo que, lejos de paralizarse, avanza y se transforma en el camino mismo. Su historia arranca en 1975, cuando un grupo de jóvenes, guiados por el Padre Rafael Tello, decidió andar hacia Luján. Era una marcha de fe y un gesto de unidad. También, en un contexto de tensiones profundas, a un año del golpe que asolaría el país, la peregrinación fue un acto de resistencia pacífica que eligió caminar en lugar de callar. Bajo el lema «La juventud peregrina a Luján por la Patria», aquellos jóvenes encendieron una chispa que no ha hecho más que crecer.
Cada octubre, millones de pies repiten ese mismo trayecto. Es, todavía hoy, uno de los pocos fenómenos de masas en la Argentina que no responde a ninguna estructura partidaria ni institucional, y que sin embargo, moviliza la devoción más fuerte del país.
Luján Hoy — el símbolo y la Nación
En el umbral del nuevo milenio, una desgracia sacudió a la Basílica. El 13 de junio de 2000, una de las cruces de sus torres se desprendió y cayó desde más de cien metros. No hubo heridos. Las manos de piedra de la Virgen, que la cruz llevaba incrustadas, no cayeron con ella: quedaron arriba, separadas del metal, en posición de ruego. Tres años después, el primer presidente electo democráticamente del siglo, Nestor Kirchner, hizo de la restauración su primer decreto. Un gesto hacia el porvenir, en un país que salía de su propio derrumbe.
Tiempo después, Jorge Bergoglio como cardenal acompañó a pie la peregrinación juvenil hasta la Casa de la Virgen. Una vez nombrado Papa, nunca la soltó: cada 8 de mayo la homenajeaba con una imagen a su lado. Cuando Francisco pasó a la inmortalidad, la Iglesia eligió a su sucesor, León XIV, un 8 de mayo. El día de Nuestra Señora de Luján.
[Como en el principio, la Virgen es símbolo de su pueblo.]
Que el calendario litúrgico argentino haya vuelto a cruzarse con la sucesión del papado no prueba nada sobrenatural, pero sí confirma algo histórico y político. Luján no es un culto regional entre otros, sino una de las pocas coordenadas simbólicas capaces de atravesar cuatro siglos, un imperio colonial, una revolución, una organización nacional, dictaduras, democracias… y ahora un pontificado.
La Virgen sostuvo, generación tras generación, a un pueblo que decide avanzar. Ahí, en esa terquedad del que no se detiene, en la que el pueblo leyó una señal donde nadie más la vio, en la de vecinos que financiaron un templo sin que el Estado pusiera un peso, en la firmeza de jóvenes y adultos que caminan cada año, entre el misterio y la esperanza.
A cuatrocientos años del milagro, sigue resonando la historia de la Capital Nacional de la Fe. Prueba de que un pueblo decidido puede fundar y refundarse, cuando decide no dejar de andar.
En ese camino, que se hace al peregrinar.



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