Comunidad

Derechos y Obligaciones

Derechos y Obligaciones

1.

No recuerdo el día ni el lugar, tampoco la causa, pero se sintió todo más liviano desde el momento en el que dejé de hablar de mí como feminista. No es que había dejado de serlo, al menos no como entiendo el Ser, pero fue una manera de zafar de la presión, de salir de la mirada constante de un carcelero, como si hubiera terminado la secundaria y la figura de la preceptora se convirtiera en un mero recuerdo de mi yo adolescente. Pasa lo mismo con otro tipo de etiquetas, que funcionan como identitarias. Lo asocio con la cultura de la bio: el resumen de vos mismo que te piden las aplicaciones para inaugurar la etapa profesional de tu Yo. No fue decisión propia, aunque se haya dado de manera natural, fue la consecuencia lógica de decir en voz alta que parte del activismo progresista había pasado de ser una herramienta para mejorar la vida de las personas a convertirse en una erogación de la política, un gasto que se hace para sentir que se hizo algo y no para que algo, aunque sea muy chiquito, cambie. Desde afuera se ve todo distinto.

Hay perros, sabuesos, famélicos, balbuceando y perdiendo saliva por sus muecas hambrientas. Hay audiencias que entran en el loop litúrgico de la agenda algorítmica, que se dejan narrar y narran la propaganda, vehículos de la verdadera y material transformación que ocurre frente a sus narices, pero cuyos tabiques ya no pueden aspirar sin sangrar.

Cada semana la maquinaria algorítmica nos propone una droga nueva, un ensayo de laboratorio, se testean clusters, se disgregan ideas, se fumiga con agrotóxicos para luego ver qué grano llegó más lejos. El tropo cambia, pero hay uno que entra en agenda con una regularidad de reloj suizo y se auto diluye, cada vez, apenas aparece otro con más caudal de indignación disponible. El cuerpo. Específicamente el cuerpo femenino, y más específicamente quién decide sobre él. Temas que “generan conversación”, donde el cuerpo de la mujer es papiro virgen, siempre disponible para ser inscripto. Aparece todo el tiempo, con nombre y apellido, con cifras, con protagonistas. Ojalá alguien pudiera sostener la mirada el tiempo suficiente como para sacar una conclusión incómoda.

No es ninguna novedad que el vocabulario que el feminismo liberal usó y sigue usando para hablar del cuerpo –derecho, elección, autonomía– es exactamente el mismo vocabulario que usa el mercado para vendernos su hiperfragmentación. No hay dos lenguajes en pugna. Hay uno solo, que se presta a sí mismo para discutir consigo mismo, y ese préstamo es la trampa. O la norma. Cómo saberlo. Sospecho que esto tiene que ver con algo más abstracto, pero si partimos de una melancólica idea de que antes uno vivía una experiencia (escuchaba punk) y esa experiencia expresaba quién eras (era punk); sería justo establecer que ahora se declara primero quién se es (soy feminista) generando que esa declaración determine qué experiencias son legítimas para que uno pueda vivir (no puedo cuestionar la autonomía femenina). La identidad precede a la experiencia, no al revés. Y el mercado, que es rapidísimo para todo lo que se pueda declarar, empaquetar y vender de vuelta, aprendió (o lo supo hacer siempre, cómo saberlo) a hacer negocios enteros con las múltiples y variadas comunidades de identidades. Piensen nomás en el concepto “nicho”: wellness, empoderamiento, comunidad, tendencia. El cuerpo femenino entra en esa misma grieta; como identidad se vende espectacularmente bien, como problema colectivo no le interesa a nadie más de cuarenta y ocho horas.

Empecemos por lo obvio, el elefante en la sala. Durante años el ideal estético dominante fue la delgadez extrema, un cuerpo que se niega, que se hace chico, que en su versión más radical directamente deja de menstruar, deja de ovular, deja de ser fértil como efecto colateral de ser deseable. Ana y Mía. En paralelo, crece una industria completamente distinta que promete lo contrario: preservar la fertilidad, congelarla, guardarla en un freezer para cuando el proyecto de vida, ya sea la carrera, el departamento, o el tipo correcto, esté listo. Barbie. Alexandria Ocasio-Cortez, que es diputada demócrata en Estados Unidos y no una influencer de bienestar cualquiera, se filmó en Instagram inyectándose hormonas para congelar óvulos, mostrando en primerísimo primer plano el neceser de jeringas a la cámara, como haul de Shein, narrado como un gesto de autonomía, de control, de información. El procedimiento cuesta entre ocho y nueve mil dólares y después hay que pagar el “garage” anual. Es, literalmente, un producto financiero con forma de derecho reproductivo.

Dos polos que parecen opuestos —negar el cuerpo fértil o congelarlo para más adelante— son en realidad el mismo gesto. El cuerpo deja de ser un continuo para convertirse en una superficie. Uno elige qué parte posterga, qué parte entrena, qué parte guarda en nitrógeno líquido y qué parte deja que el tiempo maltrate. La pregunta de quién puede pagar ese menú de opciones no aparece casi nunca en la conversación, porque hacerla arruinaría la fiesta de la autonomía. Pero está ahí, esperando.

2.

Mabel tiene sesenta y dos años y hace poco se convirtió en la mujer más longeva de la Argentina en cursar un embarazo completo. Fue tapa de nota, fue móvil en vivo, fue la entrevista de Vero Lozano por teléfono con esa cosa tan de la tele de arrancarle a alguien la emoción en caliente. Dopamina, droga. Me encanta. Y funcionó. Hay algo en el relato de Mabel —soltera y decidida— que tiene un nivel de honestidad brutal. Ella siempre “fue en contra de lo que dijera la gente”. No hubo milagro del Espíritu Santo, ni Mabel dio a luz a un Mesías, hubo fecundación in vitro con óvulos donados, un embrión hecho en laboratorio e implantado, y una cesárea nueve meses después en un instituto de fertilidad de Rosario. Ciencia. Mabel, ya como arquetipo de Tiktok y no como un individuo cuya historia personal no me interesa en lo más mínimo repasar, pagó “mucho dinero” por el tratamiento completo. Según pude consultar a la Entidad, si hubiera un mercado en la Argentina, el negocio rondaría los 500 millones de dólares anuales. En este país, para acceder a la cobertura que ofrece la Ley de Fertilidad Asistida, es decir, que la Obra Social cubra económicamente los gastos de dichos procedimientos, exige una serie de condicionamientos para la solicitante. La edad es uno de ellos. En cuanto a materia filial, la ley argentina, ante la ausencia de aporte genético, resuelve que la madre es quien gesta, no quien dona el óvulo, así que jurídicamente no hay fisura: hay una madre, un hijo, un contrato bien redactado entre privados.

En algún lugar de esta misma cadena hay una chica de veintipico, con deudas de tarjeta, a la que le pagaron hasta mil dólares por dejarse chupar una porción de sus óvulos frescos y colagenosos llenos de potencial sangre trabajadora. Hace unos años, por el mismo procedimiento, llegaban a pagar hasta 200. Deberíamos todos volver a estudiar la ley de oferta y demanda. Nadie le está prometiendo autonomía a ella. El subtexto de esa donación es la asimetría entre lo que paga Mabel y lo que cobra la donante, ahí está el verdadero contenido del derecho a la reproducción: un derecho que se ejerce distinto según en qué punta de la cadena una nace.

Es menester hacer el esfuerzo historiográfico porque durante el siglo XIX, cuando la fuerza de trabajo tenía que reproducirse a sí misma para sostener la industria, hubo todo un ordenamiento moral y económico destinado a garantizar que hubiera familias productoras de futuros trabajadores. Ese ordenamiento se resolvió, durante mucho tiempo, con inmigración: si las poblaciones nativas de Occidente no crecían lo suficiente, o no querían hacer los trabajos que había que hacer, se importaba gente. Hoy el mismo problema —una tasa de natalidad que colapsa, un sistema de cuidados que no puede sostenerse sin mano de obra— se está resolviendo, en simultáneo, por dos vías que parecen no tener nada que ver entre sí: se sigue importando gente, y además se empieza a fabricar la posibilidad de que cada mujer resuelva individualmente, con ciencia y con plata, lo que el ordenamiento social ya no le garantiza a nadie. Es el mismo sistema el que hace que alguien llegue a los sesenta años sin haber podido armar una familia porque tuvo que elegir entre eso y una carrera, y el que después le vende, carísimo, una segunda oportunidad envuelta en el fantástico y mágico lenguaje del derecho.

Una interrogante importante, sobre todo para nosotros, los progresistas verdaderamente existentes, es quiénes tienen derecho a reproducirse, y para qué. En un episodio de Hipótesis de Conflicto de CEIBO, Sasha Pak sostiene:

“¿A quiénes van a dejar tener familia y para qué? Porque una cosa es una familia bien establecida, que funciona casi como si fuese una especie de aristocracia donde los hijos son gestores de un patrimonio a futuro, son los preservadores de un legado familiar. Es una visión que no es nueva desde lo productivo, quiero decir. Hace 400 años se arreglaban matrimonios por una cuestión patrimonial, no es nuevo. Y después tenés a la sociedad de a pie, digamos, que medio que hace lo que puede, y en líneas generales el hijo es... no quiero decir un 'accidente' porque es una palabra fea, pero es como una contingencia, se encuentra esa situación. Y quizás cuando uno va a estratos medios o medios-altos hay una planificación, pero yo no creo que ese tipo de discursos [sobre el derecho a la reproducción] sean para la masa…cuando el discurso pronatalista se presenta como preocupación civilizacional —hay que tener más hijos, se nos diluye algo— conviene desconfiar, porque casi siempre lo que hay debajo es una cuenta económica”.

Faltan trabajadores, y hay dos formas de conseguirlos, traerlos de afuera o fabricarlos con tecnología reproductiva, y las dos formas, curiosamente, terminan discutiendo en el mismo territorio.

3.

La Argentina, en este mapa, no es un país cualquiera. No me gustan las teorías conspirativas, pero tampoco hace falta demasiada imaginación para notar que, en plena crisis migratoria y demográfica global, las poblaciones se están usando como moneda de cambio entre aliados: cuerpos a cambio de presupuesto, de tecnología, de interoperabilidad de datos para usar en cosas non sanctas, menos averigua Dios y perdona. Es una plaza donde el negocio reproductivo global encontró condiciones muy favorables, si sumamos una moneda devaluada, con profesionales de primer nivel, y hasta hace poco, un vacío legal cómodo, el resultado es un país que no decide las reglas de ese mercado.

En agosto estuvo en el país Olivia Maurel, una mujer nacida por subrogación de vientre que hoy recorre el mundo denunciando el mercado que la produjo —pasó por la Universidad de Buenos Aires, por el Congreso, por la Legislatura porteña. Sus números son duros: el negocio mueve unos veintiocho mil millones de dólares al año en el mundo, y un arreglo en la Argentina cuesta entre cincuenta y cinco y noventa mil dólares, de los cuales a la gestante le llegan, en el mejor de los casos, diez mil. El resto se lo reparten agencias, clínicas, abogados.

Desde fines de 2023 el criterio judicial argentino empezó a tratar buena parte de estos arreglos como trata de personas, y hay hoy ochenta mujeres esperando sentencia como presuntas víctimas de una red que, hasta hace poco, se llamaba a sí misma solidaria. La paradoja llega aún más lejos. En esta nota de Revista Vayaina, el único medio que cubre esta agenda, Florencia Lucione y Paula Puebla cuentan que en marzo de este año, la Senadora peronista por Mendoza, Anabel Fernández Sagasti, solicitó que se tratara un proyecto de Ley que modifica el actual marco jurídico, ese que por ahora sostiene que el vínculo filial es entre gestante e hijo. La propuesta de Anabel plantea la modificación de ese vínculo y establece mantener la práctica bajo el paraguas de la “solidaridad”. Soslayadamente, dejar los acuerdos económicos por fuera de la ley. Algo fácil de imaginar si contemplamos el marco de desregularización esquizofrénica que atraviesa nuestro país en manos de su Super Ministro. Se abren preguntas sobre la agenda de la senadora, si responde a una intuición personal y privada o si esta propuesta forma parte de una agenda geopolítica más grande, cuyos lobbistas e interesados todavía no dan a conocer sus rostros.

Conviene resistir acá la tentación de narrar todo esto como una nueva forma de colonialismo puro y victimización pasiva, somos Argentina, el pueblo eternamente saqueado por un afuera maligno. Podemos buscar una causa original y hacer una Comisión de la Comisión de la Comisión encargada de dictaminar en qué momento comenzó nuestra tragedia, olvidándonos en el camino las contingencias del presente, de las decisiones locales, de los actores propios con capacidad real de negociar su posición. Argentina no es un país en posguerra que solo administra su propio daño, puede ser también un país de conflicto abierto. ¿Quién paga por no aparecer en la portada?

4.

Es muy difícil proponer, a los demás y sobre todo a uno mismo, hacer el ejercicio de independizarse de las redes sociales. Conceptualmente, es un ejercicio incorrecto, por imposible. Es una red. Es tu contexto. Ceuta apareció hace algunas semanas como un hashtag más. Se trata de una serie de cadenas de información que durante unas horas –o días, en el mejor de los casos–, trafican una serie de mensajes codificados, en soportes con gran capacidad de viralidad, lo cual les garantiza un nivel de penetración entre los fragmentos de la audiencia muy altos. Lo que en la jerga llamamos un hot topic, una tendencia. Casi como si estuviera pensado.

Pero Ceuta, ese pedacito de España pegado a Marruecos, se volvió estos años el escenario de una convergencia aún más rara. Por un lado, el gobierno local promocionó una campaña institucional para atraer empresas de juego online e influencers de contenido erótico, vendiendo el enclave como un paraíso fiscal de "bajos impuestos" buscando ser una "nueva Andorra" mediterránea. Por el otro, jóvenes marroquíes cruzan a nado y filman la epopeya como si fuera un tutorial de supervivencia, utilizando dispositivos digitales para registrarlo. Convierten así el riesgo físico en prestigio algorítmico y reconocimiento digital.

Para el crítico Rodrigo Cañete, se trata de distintos cuerpos sometidos a una misma lógica: la frontera contemporánea ya no divide únicamente según la ley o la historia, sino según la capacidad de generar contenido o mejor dicho, capital. Ha pasado el tiempo, pero la pregunta que decide quién pasa y quién no sigue siendo exactamente la misma. El cuerpo que no se convierte en servicio de suscripción, en negocio o en recurso optimizado, es un cuerpo que prácticamente no existe para el sistema.

Sin embargo, detrás de este espectáculo digital en el que el influencer español optimiza sus impuestos de OnlyFans y el joven nadador marroquí monetiza su riesgo ante el algoritmo, se esconde una violencia material que afecta de forma asimétrica y descarnada al cuerpo femenino. Mientras los cuerpos masculinizados o hiperconectados logran insertarse en las dinámicas de la performance digital para sortear los límites del mapa, el cuerpo de la mujer atrapada en las redes de trata de personas de la frontera norteafricana paga un peaje de supervivencia absoluto. En este punto, el lenguaje abstracto y caduco de los "derechos humanos" y el derecho de asilo revela su hipocresía constitutiva. Al negar el asilo en origen, cerrar los consulados a la tramitación de visados y declarar ilegales los cruces terrestres, el propio marco burocrático y legal de la Unión Europea termina arrojando y entregando a estas mujeres a las mafias y redes de explotación.

El cuerpo femenino deja de ser un sujeto abstracto de derecho y es degradado a la condición de moneda de cambio física: el peaje que exige el cruce de la línea europea. Sería una ilusión jurídica de "reclamar derechos" a las mismas instituciones que diseñan el bloqueo.

Creo que a esta altura queda probado lo irrisorio que es hablar de derechos. Cuesta creer, pero somos parte de una clase media ilustrada, que ha cedido sus capacidades cognitivas, se nos dificulta ver la magnitud del problema. Es probable también que gran parte del bien pensamiento haya abandonado esta batalla en el mismísimo momento que eligieron vivir constantemente de un “todo tiempo pasado fue mejor” que los sigue amamantando aunque ya con poca vitamina. ¿Qué debates está dispuesto a dar el progresismo local en esta limpieza de cara que se propone cada tanto? Abiertos al diálogo nuevamente, dispuestos a bajarse los pantalones en un desfile ante los potenciales inversores. Startuperos políticos. Los candidatos se pasean y muestran sus dotes, entregando su firma a cambio del financiamiento de sus gustos por los gatos de Instagram, más jóvenes y más caras que las anteriores hijas de Natacha Jaitt.

Habría que ver si es posible correr el eje de esa conversación del derecho a la obligación. Escaparle también a la obligación moralista de la derecha tradicional, esa que quiere disciplinar el cuerpo, solo que desde el lado contrario y con menos disimulo. Una obligación distinta, la de pensar qué le debemos, estructuralmente, a las mujeres de nuestra Patria, esas que donan su cuerpo por un par de dólares para financiar la maternidad de otra que paga treinta mil; qué le debemos a las que gestan, crían y alimentan en una economía de posguerra; qué le debemos, en definitiva, a cualquiera cuyo cuerpo entra en la cadena de producción del proyecto del lujo y la vulgaridad.

Conviene ser honesta con las propias trampas retóricas, sabemos que hablar de obligaciones tampoco resuelve nada si replica el mismo formato, una declaración más para retuitear un lunes a la mañana. No estamos hablando del concepto que se extraiga más rápido del focus group, no estamos hablando de “campañas”, “tags” ni “aesthetics”. No es optimizar la palabra lo que hace falta, sino lograr sostener la propia Palabra. El progresismo demostró hace rato su talento para declarar derechos con una eficacia asombrosamente algorítmica. Lo que nunca demostró es que sepa sostener una obligación colectiva más allá del ciclo de una campaña electoral.

Seguiremos reclamando derechos, pero sobre todo obligaciones. Y nuestros hijos, también.