
Aquí se presenta un resumen de los principales argumentos del libro, Julio Argentino Roca, Un lugar incómodo en el pensamiento nacional (2016), un trabajo de historiografía cuyo objetivo consistió analizar cómo fue tratada la figura de Roca dentro de la corriente historiográfica nacionalista argentina comúnmente denominada “revisionista”. En función de ello, se aborda, por un lado, la figura histórica y, por otro, la corriente historiográfica.
En relación a Roca, este no solo tuvo un rol protagónico durante casi tres de las décadas más centrales en la historia nacional (1880-1910), sino que también continúa siendo una de las figuras más controversiales de la misma, tanto por su papel en la Campaña del Desierto y el título ocasionalmente adjudicado de “jefe de la oligarquía”. En un país donde las corrientes ideológicas que encabezan las polémicas histórico-políticas suelen definir de qué lado de la historia se encuentran sus principales figuras, es ciertamente inusual hallar un personaje tan difícil de enmarcar. Tal vez sea precisamente por ello que continúa siendo objeto de discusión hasta el día de la fecha.
El fin de los conflictos civiles marcados por la federalización de Buenos Aires y la llegada de Roca a la Presidencia en 1880 permitieron la consolidación definitiva del Estado nacional argentino, así como la hasta entonces inigualada integración al mercado mundial de la Argentina en calidad de agroexportador. Esto a su vez se vio acompañado por la consolidación de un régimen republicano cuyo liderazgo político fue restringido esencialmente a un sector perteneciente a la clase dirigente tradicional. Económicamente, se buscó el fomento del arribo masivo de inmigrantes europeos a fin de suplir la escasez de mano de obra local. En estos términos, el Roca de 1880 fue un heredero programático del modelo de pensadores político-intelectuales anteriores; principalmente, Juan Bautista Alberdi.
Sin embargo, la noción sobreviviente entre la elite que contemplaba a la inmigración como la solución para el futuro comenzó a revertirse con la llegada masiva de trabajadores europeos. Estos alarmaron a la clase dirigente por las divisiones comunitarias, nacionales y religiosas de los recién llegados, y una percibida reticencia a adoptar la nacionalidad argentina o involucrarse en los asuntos internos del país1. En reacción, surgieron una serie de reflexiones respecto de la inmigración, la nación y la identidad, que sentaron las bases del nacionalismo de siglo XX, al haber establecido una noción de otredad, la necesidad de definir una identidad específica y la idea de decadencia articulada dentro de la búsqueda de una solución activa para enfrentarla2.
Es dentro de este contexto dónde empieza a surgir el revisionismo, principalmente como un proyecto historiográfico de revalorización de aquellos personajes del pasado a los que considera defensores de lo nacional. A pesar de no ser Roca un tema central para esta corriente historiográfica, su carácter ambiguo contiene varios elementos por los que podría ser reivindicado y condenado por dicha corriente3.
A su vez, el revisionismo surge como respuesta a la llamada “historia oficial”, cuyas tradiciones se remontan a la obra del presidente Bartolomé Mitre y que incorporó a Roca dentro de su panteón de próceres, pero a la vez antecede a las corrientes más contemporáneas que han construido la imagen más adversa de Roca hasta la fecha. El revisionismo cumple la función de puente entre estas visiones dicotómicas, en el cual es posible apreciar cómo las tempranas críticas al liberalismo fueron cediendo progresivamente terreno, primero, a cuestiones más sociales y, luego, más específicamente al tratamiento de los pueblos originarios.
Por otro lado, en la definición del revisionismo se debe destacar también una característica de naturaleza institucional: la producción revisionista emana principalmente de focos dentro de la sociedad civil en oposición a la producción historiográfica de las instituciones estatales. A su vez, el revisionismo se caracteriza por estudiar el pasado a través de un foco que ideológicamente se identificó con el nacionalismo y, posteriormente, con el peronismo (ideologías que dentro de su propia esfera política comprenden un espectro considerablemente amplio y variado).
Finalmente, la corriente revisionista se presenta a sí misma como una nueva interpretación del pasado argentino, particularmente del período que va desde 1820 hasta 1852, aunque no de manera exclusiva. En la visión del historiador argentino Tulio Halperín Donghi, el revisionismo aparece como una corriente historiográfica de vigor aparentemente inagotable, que deriva de una capacidad de expresar los cambios de orientación de ciertas vertientes de la opinión pública argentina a lo largo del siglo XX, marcado por una crisis sociopolítica y económica cada vez más radicalizada. De esta manera, la política se constituyó como punto tanto de partida como de llegada, a fin de aportar una vía alternativa a la que hasta el momento había guiado los destinos de la nación4.
En la primera etapa del revisionismo histórico (1930-1955), advertimos un nacionalismo aristocráticamente antipopular, ideológica pero no económicamente antiliberal, y reaccionariamente católico. Si bien este nacionalismo se opuso historiográficamente al sistema político establecido tras la caída del rosismo a mediados de siglo XIX, esta corriente puede interpretarse, no obstante, como un efecto colateral nacido de las limitaciones propias del orden conservador (1880-1930) para constituir una identidad nacional lo suficientemente sólida y flexible como para poder incorporar a las masas inmigrantes sin sentirse amenazada por las mismas.
Por otro lado, este nacionalismo también debe pensarse en tanto subproducto de las implicancias económicas del modelo agroexportador. Si bien el modelo no fue cuestionado de fondo por esta corriente, sí conllevó a la fuerte dependencia de potencias extranjeras (predominantemente Inglaterra) y a una creciente conflictividad interna, nacida de su incapacidad de satisfacer adecuadamente las demandas de sectores medios y proletarios.
En cuanto al tratamiento de la figura de Roca, la misma resulta algo compleja. Si bien se tiende a reconocer el rol nacional de algunas de las políticas roquistas, el personaje histórico en sí no escapa a la condena general del proyecto liberal post-Caseros. Consecuentemente, en esta visión, el laicismo positivista de Roca se asimilaba a su política de inserción en el mercado mundial dentro de un esquema general de enajenación de las raíces propias del país.
Es preciso resaltar aquí de qué manera, en los revisionistas más tempranos, la Conquista del Desierto recibía un tratamiento más bien escueto. Es posible argumentar que las líneas más bien superficiales que abordan la cuestión responden a una maniobra de los autores para evitar verse obligados a extenderse en la descripción de lo que se consideraba una hazaña ciertamente acertada, dentro de un texto más general de crítica hacia el personaje en cuestión.
Posteriormente, esta primera corriente del nacionalismo argentino se vio expuesta a un cambio contundente con la llegada del general Perón al poder en 1946. Y aunque algunos de sus miembros más prominentes mantenían una distancia crítica y opositora al gobierno, una parte significativa del revisionismo se transformó profundamente por la experiencia peronista e incorporó a su pensamiento un sólido matiz popular. A esto se le debe agregar el hecho de que tanto el gobierno peronista como la etapa subsiguiente a su derrocamiento cumplieron la función de generar un espacio de entrecruzamiento de distintas corrientes político-ideológicas, hasta ese momento ajenas o directamente antagónicas.
A esta evolución de la corriente revisionista se le debe adicionar el surgimiento de nuevas formaciones político-culturales que se desarrollaron a partir de la caída del gobierno peronista en 1955. En los años posteriores, el campo político-intelectual argentino estuvo marcado por una transformación que podría ser definida como “hibridación de los procesos de izquierda”, mediante la cual diversos cuadros de formación marxista revalorizaron la doctrina peronista y la incorporaron a su pensamiento. Por su parte, el peronismo asumió y reinterpretó una identificación con el pasado rosista que era formulada por sus detractores, mientras incorporó inspiraciones ideológicas de izquierda, como las problemáticas leninistas del imperialismo.
A lo largo de esta etapa, podemos observar una identificación cada vez mayor con las clases populares, intensificada por la represión, que acabó por convertir al peronismo en un movimiento revolucionario tanto en sus medios como en sus fines. 7 6. De esta manera, podemos observar cómo la izquierda incorporó banderas del nacionalismo, como el Partido Federal y los caudillos populares; cómo el nacionalismo incluyó coordenadas marxistas, como la lucha de clases y el materialismo dialéctico; y cómo ambos adoptaron la metodología de interpretación concreta y material de la realidad argentina propia de pensadores como Raúl Scalabrini Ortiz y el nacionalismo popular de organizaciones como FORJA. La obra de estos autores se expresó historiográficamente en un conjunto de textos que, si bien no gozan de uniformidad conceptual, pueden ser catalogados como revisionismo de izquierda, neorrevisionismo o izquierda nacional5.
Paralelamente, las recurrentes dictaduras militares, la creciente inestabilidad interna, la intensificación de la Guerra Fría, la revolución cubana y la gesta del Che Guevara alentaron la perspectiva de una revolución nacional, dentro de un esquema revolucionario regional. La popularización de esta tesis antiimperialista y sus implicancias dictadas por los imperativos geopolíticos fomentaron en el pensamiento nacional una dimensión latinoamericanista, así como una dimensión militar.
Este último punto, particularmente, llevó a una revalorización del rol nacional del ejército, en general, y de su función como constructor estatal, en particular. Debido a ello, podemos observar un progresivo desplazamiento de la figura de Roca de un lugar de miembro y líder todopoderoso de la oligarquía argentina dentro de la crítica antiliberal del primer revisionismo a visiones más ambivalentes y a apreciaciones marcadamente más positivas en las que se revaloriza la función de Roca como unificador nacional. En esta visión compartida por autores como Arturo Jauretche, Jorge Abelardo Ramos, Norberto Galasso y Alfredo Terzaga, la naturaleza pluriclasista y multirregional de sus miembros le habría permitido a la institución militar cumplir la función de síntesis superadora de los conflictos civiles, desempeñando el rol nacional y casi popular de pacificador del país.
Esta reinterpretación del rol nacional del ejército con Roca a la cabeza y del gobierno de este condujo a enmarcarlos como parte de una revolución nacional inconclusa, que se insertaba en la larga lucha latinoamericana contra la dependencia hacia potencias extranjeras. El fracaso de esta, lejos de serle adjudicada personalmente a Roca, es explicada sobre todo por los condicionamientos de la influencia británica preexistentes y la ausencia de una base material para llevarla adelante (en otras palabras, una verdadera burguesía nacional).
Otro motivo por el cual estos pensadores provenientes de la izquierda nacional hicieron esta reivindicación del ejército (y, en alguna medida, de una lectura más popular del roquismo) podría ser explicado por la adhesión de estos autores al peronismo. Consecuentemente, esta revalorización de Roca puede describirse como una operación retrospectiva de identificación de los orígenes nacionales y, de algún modo, populares de una institución de la que décadas más tarde emergería el líder de uno de los movimientos de masas más trascendentes en la historia argentina como fue el peronismo. De ello resultaría, de manera más o menos directa y más o menos explícita, una temática común a varios autores en la cual el liderazgo de los movimientos populares se organiza conceptualmente en torno a un eje Julio Roca-Hipólito Yrigoyen-Juan Perón.
En cuanto refiere a la Conquista del Desierto, si bien hay un tratamiento más extenso sobre la temática, la cuestión indígena adolecía aún del peso que adquiriría en debates futuros. Sin embargo, un desarrollo clave es la incorporación denunciatoria de la ofensiva contra las tribus patagónicas dentro del tópico del exterminio del gauchaje federal. Por otro lado, el hecho de que algunos autores de esta etapa hayan sentido la necesidad de excusar de cierta manera la campaña de Roca muestra la importancia progresiva de esta temática.
Es preciso señalar nuevamente aquí cómo el conjunto de estas posturas fue elaborado principalmente entre el derrocamiento de Perón en 1955 y el último golpe militar en 1976. La junta militar que gobernó entre 1976 y 1983 azotó severamente las perspectivas favorables respecto del rol nacional de las fuerzas armadas y las posibilidades de una revolución nacional.
Asimismo, es posible destacar un uso propagandístico de la figura de Roca por parte de la junta militar en una serie de puntos diversos. En primer lugar, el título de Proceso de Reorganización Nacional con el cual la dictadura se llamó a sí misma fue una clara alusión al llamado Proceso de Organización Nacional que culmina con la presidencia de Roca. En segundo lugar, hubo un extenso uso propagandístico del centenario de la Campaña del Desierto, durante el cual el gobierno militar buscó trazar paralelos entre la “guerra contra el indio” y la “guerra contra la subversión”. En tercer lugar, esta época coincidió con el pico de tensión con Chile por la disputa en el Canal de Beagle. En este contexto, la figura de Roca, no solo como el arquitecto de una soberanía patagónica argentina concreta, sino además como el caudillo nacional que lideró a la nación en una situación similar de enfrentamiento con el país transandino, pudo adquirir cierto atractivo para el gobierno militar6.
Estas asociaciones entre Roca y el gobierno militar terminarían por perjudicar más al primero que beneficiar al segundo tras su colapso en 1983. La brutalidad y la escala de la política represiva de la junta militar no solo consolidaron el repudio de la sociedad argentina, la cual condenó esos crímenes en términos de genocidio, sino que además dieron lugar a un marco teórico que comenzó a interpretar otros episodios de la historia nacional desde esas mismas coordenadas. En este sentido, podemos apreciar cómo, irónicamente, Roca, uno de los principales fundadores del ejército nacional moderno, fue condenado retrospectivamente por los crímenes cometidos por esa misma institución un siglo más tarde.
La vuelta de la democracia y la destrucción del prestigio de la corporación militar se encontraron, además, temporalmente próximos al aniversario de los quinientos años de la conquista de América, cumplidos el 12 de octubre de 1992. Este acontecimiento no solo otorgó mayor preponderancia a la historiografía de los pueblos originarios (que venía creciendo en años anteriores), sino que además posibilitó la reactualización y la revisión de muchas de sus tesis centrales. Paralelamente, este proceso se vio acompañado por el enaltecimiento de los Derechos Humanos luego del retorno democrático y acabó por inscribir a la figura de Roca dentro de la historia del genocidio.
A lo largo del texto se ha hecho una breve revisión de las múltiples etapas y facetas que ha tenido la figura de Roca, adaptándose y readaptándose cada etapa del devenir de la historia nacional. Su reciente reinterpretación en clave de héroe libertario por parte de LLA muestra que la vigencia de Roca está lejos aún de agotarse.
Notas
- Devoto, Fernando, 2002. Nacionalismo, fascismo y tradicionalismo en la Argentina moderna. Buenos Aires: Siglo XXI, pág.14-15.
- Devoto (2002: 18-19, 21).
- Devoto, Fernando y Pagano, Nora, 2009. Historia de la historiografía argentina. Buenos Aires: Sudamericana, pág. 201-202.
- Halperín Donghi, Tulio, 2006. El revisionismo histórico argentino como visión decadentista de la historia nacional. Buenos Aires: Siglo XXI, pág. 13, 15-17.
- Devoto y Pagano (2009: 310).
- Sánchez, Laura, 2008. “La negación del genocidio en el discurso sobre la Conquista del Desierto”. Trabajo presentado en la 3º Jornada de Historia de la Patagonia, San Carlos de Bariloche, 6-8 de noviembre, pág.3-6.










