
Introducción
No es el propósito de estas líneas redundar en lo que se ha dicho sobre nuestro Libertador: sea desde la historia biográfica (Mitre, Galasso, Busaniche), sus contribuciones dentro de una mirada más “macro” de la historia argentina (Ravignani, Rosa) o de los libros que rozan la literatura como “el Santo de la Espada” de Ricardo Rojas.
No ahondaremos en los debates sobre las creencias religiosas de San Martín, ni sus orígenes étnicos o familiares, ni su particular salud o su prodigiosa estatura, ni sus finanzas personales o sí debemos considerarlo misionero o correntino.
Vamos a hablar del padre de la Patria, y por ende, de uno de los primeros argentinos. El que tenía una visión geopolítica, territorial y de política exterior muy clara y que en su espíritu y sus acciones ejemplares dejó marcada la vara para todos los argentinos que vinimos después. Incluidos nosotros, los que en su nombre tenemos la obligación de continuar (y mejorar) el proyecto de Nación que él nos legó en este turbulento siglo XXI.
San Martín el argentino
Cuando decimos que San Martín era argentino, no lo hacemos con el propósito de provocar ni polemizar. Ya hemos hablado de cómo la Guerra de Malvinas de 1982 (y su trágica posguerra) terminó impactando en las visiones de nuestro pasado a través de prestigiosos académicos que pretendieron “desargentinizar” todo lo ocurrido con anterioridad a 1860 (tanto personas como territorios).
Permítanme, por un momento, tomarme una licencia, prometo que lo van a entender. Lionel Messi nació en Argentina y se fue a vivir a España con tan sólo 13 años, acompañado por su padre. Vivió, amó, se formó y consagró allá. Tuvieron que pasar 23 años para que Messi abandonara su residencia fija de Barcelona y comenzara a incursionar a otros clubes, primero en París y finalmente en Miami. Técnicamente, Messi vivió más tiempo en España que en Argentina, y vivió más tiempo en Europa que en América. Pero ya sabemos cuál fue su decisión y su obsesión. Casi como si la tierra en donde nacemos nos marcara para siempre, Messi eligió (frente a propuestas tentadoras) ser argentino y nos llevó a la gloria que todos conocemos.
San Martín nació en 1778 en Yapeyú, en las por entonces Misiones (hoy provincia de Corrientes), un territorio que formaba parte del Virreinato del Río de la Plata el cuál se había creado tan sólo 2 años antes. A sus 6 años, partió rumbo a España junto a sus padres. Allí vivió y se formó. Si resumimos su vida, vivió más tiempo en España que en Argentina y más tiempo en Europa que en América. Pero cuando su tierra convulsionó, no dudó en volver, porque todavía le faltaba amar, consagrarse y gestar la gloria que todos conocemos.

El retorno de San Martín
Es cierto que San Martín era americano, pero no por eso menos argentino. Cuando estallaron las revoluciones en casi todo el continente, él no se vio así mismo como un “militar a sueldo” dispuesto a sumarse a la causa que mejor le pagaran. San Martín nunca fue ni un corsario, ni un mercenario. Parece insólito que pasado un cuarto del siglo XXI tengamos que decirlo. Pero él no fue a tantear a ver cuál era la revolución que mejor pagaba. San Martín no desenvainó su espada en México, Centroamérica o Venezuela. Por eso su primer y único viaje posible era sumarse a los esfuerzos revolucionarios de su Patria que lo obsesionaba: el Virreinato del Río de la Plata, el país que lo vió nacer y se convertiría en las Provincias Unidas del Sur.
Retomando brevemente lo que dijimos en la nota de Saavedra como “artífice de la revolución”, llegamos a un 25 de mayo con la conformación de una Junta que estaba destinada a reemplazar y continuar con las funciones que venía ejerciendo el virrey (valga la redundancia) sobre todo el territorio del Virreinato.
A esta altura del partido, todos más o menos, sabemos “de qué se trata” el inicio de la Revolución de Mayo. Pero pocos nos hemos tomado la molestia de leer lo que efectivamente dice el Acta que se firmó ese célebre día, que hoy es feriado nacional. En ella se deja bien claro que la Junta, resultado del Cabildo de Buenos Aires, asumía de forma “interina” los poderes del virrey hasta que se conforme posteriormente, y de forma definitiva, una “Junta gubernativa del Virreinato” con la incorporación de representantes del resto del territorio. Esto nos lleva a plantear que la tesis de Buenos Aires “como hermana mayor de las demás” en los cabildos deliberativos previos al 25 no era una mera retórica abstracta. La circular del 27 de mayo, invitando a los demás representantes a conformar esta Junta Gubernativa, era pasar de los dichos a los hechos. Esta verdadera Junta es lo que en términos historiográficos conocemos como la “Junta Grande”; que bien podríamos discutir si ese término no termina generando más confusiones que certezas.
Los adeptos de Mariano Moreno, que veían a esta Junta Gubernativa con representantes del interior y de los sectores populares de Buenos Aires como una desnaturalización de la revolución, terminaron por disolverla con un golpe de Estado. Bajo la excusa de que un órgano ejecutivo compuesto por muchos miembros y una fuerte impronta deliberativa podría ser perniciosa para una conducción revolucionaria, se retomó de la antigua Roma el modelo político del “triunvirato” (gobierno de tres) pero con una tonalidad centralista o proto-unitaria.
En este escenario complejo es donde se produce el retorno de San Martín. Una revolución no consumada y con peligro de desintegrarse por diferencias internas. Por lo tanto, para cuando llegó a Buenos Aires, el panorama no se veía nada prometedor. Las ambigüedades en las definiciones políticas, emanadas de los escritorios de la ciudad-capital, amenazaban con poner en riesgo el tiempo, la pólvora y la sangre que se estaban invirtiendo en la propia revolución. Pero a los problemas se los enfrenta con soluciones.
Por ese entonces Bernardino Rivadavia era el secretario -y por ende el decisor- del triunvirato que pretendía conducir la revolución. Sus intrigas contra Manuel Belgrano, sus especulaciones retardatarias y el rechazo de las provincias excluidas en la toma de decisiones, llevaron a San Martín a tomar su primera decisión en la Argentina, que no fue militar sino política. El Triunvirato fue reemplazado por otro y Rivadavia purgado de la conducción de la revolución.

San Martín: el que coronó una revolución que no comenzó
El gobierno triunviral fue luego reemplazado por un gobierno unipersonal: el Directorio Supremo. Frente a la apariencia de un centralismo aún más exacerbado, tanto desde la perspectiva de San Martín (ya nombrado como gobernador de Cuyo) cómo de muchos de los caudillos federales, el propósito era adoptar (y tolerar) esta forma de gobierno de manera interina y temporaria para alcanzar los objetivos revolucionarios. Esto se dio en un contexto no menor, en donde los contrarrevolucionarios realistas tuvieron muchas victorias; siendo una muy sensible la de replegar la revolución chilena hacia el lado argentino de la cordillera de los Andes. Cortada la opción de llegar a Lima por vía terrestre atravesando el Alto Perú (hoy Bolivia), no quedaba más remedio que rehacer la revolución en Chile y dirigirse a Perú por vía marítima.
Ahora bien, ¿desde qué lugar se pretendía empuñar las armas por la emancipación de Chile, si desde el sitio de donde partían las tropas era un territorio todavía no independizado? Esta contradicción inadmisible hizo que San Martín se convirtiera en el principal ideólogo de declarar la Independencia argentina el 9 de julio de 1816. Y acá es donde sucede algo interesante. Si bien los gobiernos revolucionarios a partir de 1810 continuaron la administración del “Virreinato del Río de la Plata” bajo el título de “Provincias Unidas del Río de la Plata”; San Martín impulsó que la denominación de la reciente Nación independizada de “Fernando VII, sus sucesores y de toda otra dominación extranjera” acogiera el nombre más inclusivo de Provincias Unidas del Sur. De esta forma se abría la posibilidad de concretar un proyecto geopolítico aún más ambicioso que era recrear lo que alguna vez fue el inmenso Virreinato del Perú.
Previo a cruzar los Andes, San Martín tomó dos decisiones que hacen a la geopolítica y la integración de la Argentina: por un lado, solicitó que los prisioneros (“reos”) que se encontraban tanto en el presidio de Carmen de Patagones como de las Islas Malvinas se incorporen al Ejército Libertador. En este pedido en particular, San Martín dejó bien en claro que tanto la Patagonia como el Atlántico Sur formaban parte del “mínimo territorial” que se estaba gestando de esta Nación independiente. El segundo, que tiene un objeto de integración política, pero con alcances territoriales, fue el de los 3 parlamentos que celebró con los caciques (en su gran mayoría pehuenches) para incorporarlos a la gesta revolucionaria. El tercer y último de estos parlamentos, en el que los caciques se trasladaron directamente al campamento de San Martín en “El Plumerillo” (hoy Mendoza), es cuando suelta la frase “yo también soy indio”.
En estas acciones vemos un San Martín esclarecedor sobre los alcances territoriales y poblacionales de nuestra Patria. Mientras que Güemes con sus Infernales evitaron que los realistas desde el norte triunfaran, San Martín entendió mejor que nadie que había que rehacer la revolución de independencia de Chile, como garantía de la nuestra, y para ello emprendió la gesta militar que todos conocemos como “el cruce de Los Andes”.

San Martín: del Libertador al Protector
Hecho el cruce de los Andes y consumada la independencia de Chile en 1817, luego de las victorias de Chacabuco y Maipú, y en sincero agradecimiento, el congreso chileno le ofreció a San Martín la presidencia de la República de Chile.
Pero San Martín sabía muy bien que tanto él como general en Jefe y el resto de sus oficiales y soldados, conformaban un ejército libertador y no invasor. De esta forma declinó respetuosamente esa oferta, convirtiéndose su compañero y confidente, Bernardo de O’Higgins, en el presidente de la República de lo que alguna vez fue la Capitanía General de Chile; en lo que hoy la historiografía chilena denomina como la “Patria nueva”.

Lamentablemente, los triunfos militares y políticos de San Martín se vieron ensombrecidos nuevamente por los escritorios de Buenos Aires. Los centralistas (o pre unitarios) decidieron a espaldas del pueblo argentino consumar el modelo político centralista a perpetuidad bajo lo que fue la Constitución de las Provincias Unidas del Río de la Plata de 1819. El federalismo argentino, aún liderado bajo el espíritu de un Artigas replegado (producto de la invasión brasileña de la provincia Oriental, hoy Uruguay), se manifestó en contra de esta decisión a través de caudillos tales como Juan Bautista Bustos de Córdoba, Estanislao López de Santa Fe y Francisco Ramírez de Entre Ríos. San Martín, ya para ese entonces había desoído la orden previa de “descruzar” los Andes para utilizar al Ejército Libertador cómo Ejército “represor” de los caudillos federales. Mientras la intrigas palaciegas de Buenos Aires arriesgaban, otra vez, la pólvora y la sangre invertidas en la revolución de independencia, San Martín no tuvo más opción que lanzar su famosa proclama del 27 de julio de 1819 resumida en la consigna “Seamos libres, que lo demás no importa nada”.
La constitución de 1819 no sólo ponía en riesgo de bajar las ambiciones geopolíticas (limitarse únicamente al Virreinato del Río de la Plata) sino que a su vez, su diseño centralista, podía ser una ventana de oportunidad para instalar un gobierno monárquico en la Argentina. Bajo las consignas de República y Federalismo, las provincias de Santa Fe y Entre Ríos invadieron Buenos Aires tras la victoria de la Batalla de Cepeda del primero de febrero de 1820, disolviendo finalmente el poder central.
De esta manera, el poder político que nombró a San Martín como gobernador de Cuyo y jefe del Ejército de los Andes, no existía más. La Argentina había quedado acéfala en un contexto delicado donde no estaba garantizada su propia existencia. San Martín, en un acto de legalidad extrema, anuncia su renuncia. Pero como si fuera obra del destino, el 2 de abril de 1820, en un cónclave donde se reunieron todos los oficiales del Ejército de los Andes, rechazaron su renuncia y lo ungieron a través de sus votos afirmativos como el jefe natural e indiscutido de ese cuerpo responsable de la liberación de medio continente.
Y así es como llegamos a la independencia del Perú de 1821. Esta vez, San Martín, a diferencia de su negativa de gobernar Chile, sí aceptó conducir políticamente el Perú, pero lejos de los títulos rimbombantes de “director supremo” o “dictador perpetuo”, y afirmando el espíritu liberacionista desinteresando, optó finalmente gobernar con el título del “Protector del Perú”. En agradecimiento, el pueblo del Perú le obsequió uno de los estandartes del conquistador Pizarro, como si en la gesta independentista se cerrara una etapa de 300 años de historia peruana.

De la maniobra de pinzas con Güemes y Bustos que no fue a la entrevista con Bolívar en Guayaquil
Argentina en 1816, Chile en 1817 y Perú en 1821. La independencia parecía ya un hecho consumado, y sin embargo, la revolución no había terminado. Al norte del Virreinato del Río de la Plata, específicamente en el Alto Perú (hoy Bolivia) se encontraba el principal foco de resistencia realista.
Para ese entonces, San Martín era un revolucionario y estratega militar nato, que avanzaba de frente en frente, hasta liberar el último kilómetro cuadrado de Sudamérica. Del cruce de los Andes a Chile y el desembarco al Perú, venía el último esfuerzo que era coronar esto con una estrategia de pinzas en donde San Martín atacaría el Alto Perú desde el Norte y Güemes pasaría de una estrategia defensiva a una ofensiva desde el Sur. La muerte del caudillo salteño puso en riesgo esa estrategia. Pero San Martín, que sólo veía argentinos y no perdía el tiempo en internas de unitarios y federales, apeló al caudillo federal cordobés de Juan Bautista Bustos como la última bala que le quedaba.
Bustos aceptó la tarea, pero era consciente que con voluntad no alcanzaba: necesitaba armas, personas, alimentos y financiamiento. Es así que acudió a la única provincia que materialmente podía cumplir con esos requerimientos y no era otra que Buenos Aires. Pero los pre-unitarios habían vuelto y ahora eran unitarios sin eufemismos. Martín Rodríguez era el gobernador pero Rivadavia, quién volvió nuevamente en funciones como secretario de Estado, era quién verdaderamente gobernaba. A Bustos poco le importaba conversar con unitarios tomando en cuenta lo que estaba en juego e incluso se ofreció subordinarse a un general porteño, para que se lleve los laureles de una potencial victoria, con tal de cumplir con el mandato de San Martín.
Pero Rivadavia no era solamente unitario: era un resentido. Jamás le perdono a San Martín haberlo depuesto como secretario del triunvirato en 1812. No sólo se negó a prestarle cualquier tipo de auxilio a los pedidos de Bustos y nuestro Libertador, sino que declaró a San Martín “reo de lesa patria” por haberse “robado” el Ejército de los Andes para continuar con la gesta independentista.
San Martín, ya no sólo perdió respaldo institucional y económico ante la acefalía de 1820, sino que ahora encima fue declarado enemigo de Buenos Aires a través de Rivadavia. En ese contexto de debilidad política, es que se entrevistó con Bolívar, en Guayaquil.
Sobre este encuentro destacamos dos cosas. La primera: el territorio. Ambos coincidieron en que había que recrear el antiguo Virreinato del Perú, pero no como una unidad político-administrativa rígida y centralizada, sino a través de un sistema federativo que contenga a los ex-virreinatos de Nueva Granada, Perú y el del Río de la Plata junto a la Capitanía General de Chile. Sobre este punto, la idea la intentó retomar Bolívar, a través de lo que fue el Congreso de Panamá de 1826, pero fue saboteado (como no podía ser de otra manera) por Rivadavia.
La segunda cuestión, fue asumir que ante la situación política, era inevitable cederle la conducción a Bolívar en el tramo final hacia el Alto Perú. Pero San Martín era un revolucionario convencido. Él siempre se sintió como el instrumento de una causa superior. Y en un acto de humildad inédito, quién cruzó los Andes e independizó a Chile y Perú, reconoció a Bolívar como jefe y propuso subordinarse bajo su mando para liberar lo que quedaba. Bolívar, sin embargo, no creyó posible ser jefe de San Martín y rechazó su ofrecimiento.
Finalmente, la gesta libertadora del Alto Perú fue encabezada por el patriota venezolano Antonio José de Sucre. Ante la indiferencia de la Buenos Aires de Rivadavia, el Alto Perú proclamó su independencia de España pero también de la Argentina, adoptando como nombre definitivo “Bolivia” en homenaje a Simón Bolívar. Comenzaba así, la lenta balcanización de la Patria.
Retorno fallido y exilio definitivo
San Martín regresó a Chile para luego retornar a la Patria cruzando nuevamente los Andes, desde la actual localidad mendocina de Tunuyán. Rivadavia estaba en pleno ascenso y por lo que el destino de San Martín era el exilio.
La paz duró poco, porque irrumpió la guerra contra el Imperio del Brasil por lo que hoy es Uruguay. San Martín no dudó en ofrecerse, porque sabía muy bien que era argentino y no brasileño. Pero Rivadavia impidió cualquier tipo de reincorporación. Sin embargo, su poder duró muy poco porque intentó repetir la experiencia fallida de 1819 de ordenar al país bajo una constitución unitaria en 1826. Las presiones, nuevamente de los caudillos federales, lo llevaron a su caída y renuncia y fue reemplazado por Manuel Dorrego.
La ansiada salida de Rivadavia llevó a San Martín a creer que podía volver a su país. Pero la guerra había terminado con otra balcanización territorial, a través de la creación de Uruguay como país independiente, y varias de las tropas que retornaron de la guerra, liderados por el unitario Juan Lavalle, hicieron un golpe de Estado que terminó con el fusilamiento de Dorrego. Lavalle, sintiendo que el país estaba al borde del abismo, le pidió a San Martín que no sólo regresara, sino que directamente se hiciera cargo del país.
San Martín, ante la situación, declinó la oferta. Después de todo lo que hizo, no le podían pedir desenvainar su espada para matar a sus compatriotas. Previendo que esta guerra civil recién terminaría cuando un partido extermine al otro, emprendió su exilio definitivo a Europa.

San Martín: siempre argentino
A nuestro Libertador le tocó ser testigo a la distancia de dos invasiones a la Argentina en tiempos de Juan Manuel de Rosas: una de parte de Francia (1838-1840) y otra que conmocionó al mundo que fue la de Inglaterra y Francia combinadas (1845-1846).
En ambos casos se ofreció a combatir. A pesar del rechazo del ofrecimiento, por razones obvias de edad, San Martín no se quedó cruzado de brazos y se convirtió en un lobbista poniendo a disposición su prestigio en defensa de la Patria, enviando cartas que fueron leídas en la asamblea francesa y el parlamento inglés, para convencerlos de que invadir la Argentina era inútil e imposible.
En sus últimos años, ya se encontraba ciego, pero nunca dejó de pensar en su país y un 17 de agosto de 1850 trascendió a la eternidad para convertirse definitivamente en el padre de nuestra Patria. Prócer de bronce indiscutido, tuvo la particularidad de ser excesivamente humilde en su pensamiento y persona. Comprendió que a la gloria sólo se accede subordinándose a algo superior y entendiéndose como instrumento de las causas de los pueblos. Nos dejó la vara en el cielo, difícil de emular, pero no imposible de encarnar.
Su voluntad, expresada en su testamento, dejó bien en claro que nació y vivió para la Argentina. En su tercera cláusula reafirmó:
“El sable que me ha acompañado en toda la Guerra de la Independencia de la América del Sud, le será entregado al General de la República Argentina Don Juan Manuel de Rosas, como una prueba de la satisfacción, que como Argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los Extranjeros que tratan de humillarla”.











