Panorama

La posguerra de Malvinas se terminó. Nace una nueva Historia Argentina.

La posguerra de Malvinas se terminó. Nace una nueva Historia Argentina.

Voy a escribir estas líneas en primera persona, de forma clara, sincera y sin vueltas. Como me es de costumbre, me vi enredado en discusiones con historiadores “profesionales”, la mayoría de ellos del CONICET, sobre distintas interpretaciones de nuestro pasado que impactan de forma directa en las lecturas y posicionamientos políticos del presente. Sin embargo, el intercambio lejos estuvo del trillado debate, casi de sobremesa, de cuáles son los próceres que deberían estar (o no) dentro de nuestro panteón de héroes nacionales sino algo más elemental, pero a su vez, más determinante y sensible como es Malvinas, la geopolítica argentina, la territorialidad y la soberanía nacional.

Necesariamente, antes de comenzar, tenemos que retomar ciertos conceptos: las disputas por la geografía, los mares y los territorios, en un mundo dividido en naciones, por definición, es un juego de suma cero. Las Malvinas no pueden ser argentinas y al mismo tiempo británicas. O son argentinas, o son británicas. No hay síntesis posible. Por lo tanto, si uno no es claro en cuanto a la afirmación de nuestra soberanía en el Atlántico Sur, sea por acción u omisión, estaría convalidando el colonialismo británico en nuestro territorio. Esta definición, obvia y elemental, rige en nuestro país desde que los británicos usurparon nuestras Islas en 1833.

Con tan sólo 21 años, Edgardo de Jesús Salcedo pisó por primera y última vez las Islas Malvinas el 28 de septiembre de 1966. Fue en el marco del Operativo Cóndor liderado por Dardo Cabo. El episodio, por demás conocido y documentado, se resume en el hecho de que mediante un desvío de un vuelo comercial, un grupo de jóvenes desplegaron 7 banderas, cantaron el himno y otras marchas patrióticas, proclamando la soberanía argentina de Malvinas y rebautizaron Port Stanley por Puerto Rivero. Luego de haber estado en nuestras Islas, los caminos de vida de los cóndores se bifurcaron con distintos desenlaces. Edgardo, luego de haber cumplido un año de prisión en Tierra del Fuego por su participación en el Operativo Cóndor, ingresó como trabajador telefónico en Entel a fines de 1971 y se anotó en la carrera de historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA en 1975. Sin embargo, no pudo finalizar la carrera, dado que fue asesinado junto a su compañera y profesora de historia, María Esperanza Cacabelos, por un grupo de tareas clandestino que operaba desde la ESMA

Miembros del Operativo Cóndor de septiembre de 1966. En el centro, sentado y sonriente, un jóven Edgardo Salcedo

Podríamos hacer en este momento un ejercicio contrafáctico, de cuáles podrían haber sido los escenarios posibles de la vida de Edgardo Salcedo si no hubiera sido asesinado por la última dictadura. Un desenlace posible es que, aún recibiéndose como profesor o licenciado en historia, hubiera continuado como trabajador telefónico. En esta primera opción, y ante los escenarios de represión, podría haber aceptado la invitación de un tal Julio de Vido para comenzar a trabajar para Entel en Santa Cruz, para finalmente meterse de lleno en la militancia y política provincial. Un segundo escenario, hubiese sido renunciar como trabajador telefónico y dedicarse exclusivamente como docente de escuelas secundarias, tanto en Capital Federal como en la Provincia de Buenos Aires. Pero un tercero, para nada descartable, es que Edgardo hubiera elegido convertirse en investigador de historia y docente universitario. En este escenario, e inspirado en su experiencia de Malvinas de 1966, él habría inaugurado una serie de cátedras de Historia Argentina orientadas a la política exterior y se hubiera convertido en la voz indiscutida sobre cuestiones vinculadas al Atlántico Sur, en su rol como investigador consagrado del CONICET. Su prestigio lo hubiera llevado a ser una de las principales referencias sobre las temáticas en los medios públicos, universidades nacionales y como experto de consulta en la Cancillería argentina y organismos internacionales

Volvemos a nuestra realidad temporo-espacial. Cuando se transmitió el capítulo de Juan Manuel de Rosas de Cabaret Voltaire, la pregunta disparadora inicial fue ¿con qué visión de la historia argentina fueron a pelear nuestros soldados en Malvinas? 

La respuesta la podemos encontrar en La formación del Estado argentino de Oscar Oszlak (publicado originalmente en 1982, canonizado en las carreras de ciencias sociales y humanidades desde el retorno de la democracia) en cuya edición definitiva del año 2012 su prologuista Eduardo Míguez dejó bien claro:

“En 1982 la idea de una nación argentina que nació entre el despertar de la política que introdujeron las invasiones inglesas [1806/1807] y la declaración de independencia de 1816, con los hechos de mayo de 1810 como su punto disruptivo y fundacional, todavía era claramente prevalente…Si bien la obra [de Oszlack] no se adentra en el problema de la nacionalidad, que cobraría gran densidad historiográfica en los trabajos que poco después daría a conocer José Carlos Chiaramonte…”

Ni bien pisaron nuevamente el territorio continental a fines de junio de 1982, nuestros soldados devenidos en Veteranos de Malvinas tuvieron que lidiar con el inicio de una larga y dura posguerra signada por la desmalvinización, el ninguneo y el silencio, y que muchas veces desembocaron en finales trágicos. En el mar, los británicos profundizaron el colonialismo mediante la ocupación del 25% de la superficie total de la Argentina bicontinental, avanzando así sobre la explotación ilegal de nuestros recursos naturales, principalmente la pesca y posteriormente el petróleo.

En paralelo, con la recuperación de la democracia, se produjo un “reseteo” en las universidades, y muy especialmente en la UBA, cuya densidad demográfica total al día de hoy se equipara a la población de las provincias de la Patagonia argentina. Al principio, y en distintos porcentajes, fueron desplazados de las unidades académicas la mayoría de los docentes que venían de la dictadura. Los estudiantes y docentes desaparecidos quedaron inmortalizados en placas de bronce o en baldosas conmemorativas. El escenario único de gran cantidad de vacantes disponibles fueron ocupadas por nuevas referencias del antiperonismo encabezado por radicales, pero acompañados también de socialdemócratas, marxistas de distintas corrientes y liberales, que no sólo se hicieron cargo de las principales cátedras de las carreras de grado en las distintas facultades, sino que también comenzaron a incorporarse como investigadores de línea del CONICET

Luego de los intentos fallidos de Alfonsín de avanzar sobre el modelo sindical argentino, tenemos como saldo final para 1989 que el peronismo conservó su hegemonía en los sindicatos de trabajadores mientras que los herederos de la Unión Democrática se conformaban con los centros de estudiantes, las universidades y el CONICET. Incluso podríamos llegar a concluir tras estos resultados que, así como fue un error de parte de Alfonsín enfrentarse contra la CGT, también considerar como un error que Perón haya hecho lo mismo con las universidades, especialmente con la UBA, quedando sus políticas prácticamente sin efectos con los sucesivos golpes de Estado de 1955 y 1976, y en la posterior reconfiguración universitario-científica de 1983.

Volviendo al plano de las consecuencias materiales de la posguerra, y para entenderla mejor en su larga duración, hagamos un ejercicio de imaginar, por un segundo, que somos un funcionario de 50 años de la cancillería británica en la navidad del 2001. Cuando fue la guerra de Malvinas contábamos con 31 años y por lo tanto vivimos de forma muy consciente esos agitados días de entre fines de marzo y mediados de junio de 1982. Nos encontramos con familiares y amigos y conversamos al pasar las noticias que nos llegan de Buenos Aires. 

En tan sólo 19 años, Argentina perdió más del 30% de su territorio insular y marítimo sudamericano. Desarmó definitivamente el proyecto de su misil balístico Cóndor II. Se quedó sin marina mercante. Se deshizo de su único portaaviones, redujo significativamente su flota de superficie y su industria naval está agonizando. Le dejó a una empresa estadounidense su fábrica militar de aviones y sus unidades de fabricaciones militares redujeron considerablemente su capacidad. Su aerolínea de bandera, que transportó soldados a Malvinas en 1982, quedó desarticulada tras venderse a capitales españoles. En un mismo escenario se encontraba lo que alguna vez fue una de las principales empresas de hidrocarburos y modelo ejemplar en Sudamérica (YPF). Se desmanteló casi la totalidad de su infraestructura ferroviaria, dificultando su conectividad terrestre y encareciendo significativamente la logística de transporte. La infraestructura portuaria quedó en manos de empresas de potencias extranjeras, al igual que la administración y fiscalización de su principal vía navegable interna y el comercio de sus principales productos agrícolas. El presupuesto de defensa no paraba de bajar y sus fuerzas armadas estaban más desprestigiadas que nunca. Su moneda había sido virtualmente reemplazada por el dólar estadounidense. Los vínculos diplomáticos con aquellos países que lo habían apoyado durante la guerra de 1982 se habían dañado. Los depósitos de sus ahorristas fueron confiscados. La industria comenzaba a brillar por su ausencia y el desempleo y la pobreza llegaban a niveles inéditos desde la crisis de 1930. El saldo final terminó con su Casa de Gobierno en llamas y decenas de argentinos muertos en las principales calles de Buenos Aires. El país sudamericano que alguna vez osó enfrentar y poner en aprietos al Reino Unido no existía más. Argentina había muerto.  

20 de diciembre de 2001

Volviendo a la realidad, y como si no fuera suficiente ver el saldo en la materialidad y territorialidad argentina, la posguerra alcanzó a la subjetividad de científicos argentinos que comenzaron a postular, desde el mismísimo CONICET, una revisión del pasado argentino que proponía cambiar, por un lado, su fecha de inicio temporal en 1860 como reemplazo del histórico inicio del 25 de mayo de 1810. Esto se justificaba bajo la idea errónea de que entre 1820 y 1852 las provincias fueron “países independientes” y que la “Argentina” nace producto de la conjunción de las mismas a través de la Constitución Nacional creada en 1853, y especialmente, tras la incorporación definitiva de Buenos Aires en 1860. La idea de esta visión, era trasladar el proceso de unificación alemana e italiana de fines del siglo XIX al caso argentino. No está demás aclarar, que Prusia, Baviera, Toscana, Cerdeña y Módena sí eran sujetos de derecho internacional, a diferencia de La Rioja, Córdoba, Catamarca o Corrientes que no lo eran. Por el otro, en el plano de la geografía, se formuló la negación absoluta del Virreinato del Río de la Plata como antecedente espacial y territorial, esbozando que el “límite sur” del país llegaba apenas hasta el río Salado, y que por lo tanto, ni la Patagonia, ni Malvinas, ni Tierra del Fuego, ni sus habitantes, formaban parte de la Argentina

Bajo esta lógica, estos territorios habrían sido “conquistados” y “anexados” por el uso de la fuerza, cual expansión norteamericana del oeste. Estas formulaciones se llevaron a cabo en 1997, a través del profesor de filosofía, filólogo e historiador de facto José Carlos Chiaramonte y el politólogo y especialista en relaciones internacionales Carlos Escudé, ambos galardonados por la beca Guggenheim de Estados Unidos e investigadores del CONICET.   

El planteo territorial no era nada original: estaba inspirado en un mapa publicado por el ex embajador británico Woodbine Parish en 1839 en donde mostraba una Argentina que como límite sur tenía el río Colorado y presentando a la Patagonia como terra nullius, es decir “deshabitada” y vacante. Cuando se publicó ese mapa hacía 6 años que los británicos habían usurpado nuestras Islas y comenzaron desde ahí distintos intentos de ocupar más territorios, principalmente en la Patagonia Austral y Tierra del Fuego

Mapa de Woodbine Parish de 1839.
Mapa publicado por Carlos Escudé y el ex vicecanciller menemista Andrés Cisneros en 1998

El pensamiento de Chiaramonte y Escudé lo podemos sintetizar en las siguientes premisas: 

Para cuando los británicos ocuparon las Islas, Argentina no existía. El reclamo de Malvinas obedece más a un chauvinismo geográfico y escolar nacido con el peronismo, en vez de tener un “fundamento real”. Las relaciones entre las provincias entre 1820 y 1852 deben considerarse como de países independientes. El Virreinato del Río de la Plata no puede considerarse válido como antecedente territorial. La Argentina ocupó y anexó territorios que no les correspondía, por lo tanto, es una hipocresía hablar de “colonialismo británico” si también existió un “colonialismo argentino”. Uruguay (1828) y los kelpers de Malvinas (1833) deberían considerarse como “pueblos” preexistentes al argentino que “nace” de forma tardía en 1853/1860. 

Creánlo o no, estas son consignas que repite al día de hoy la diplomacia inglesa ante la ONU todos los años cuando se discute la Cuestión Malvinas en el Comité de Descolonización (y que su vez se reproduce en museos británicos) y que forman parte del marco teórico basal de casi 30 años de investigaciones histórico-científicas realizadas y financiadas por el Estado argentino.  

El tiro de gracia, a mediados de la década del noventa, se llevó a cabo de la mano de Luis Alberto Romero e Hilda Sábato quienes propusieron y auspiciaron, bajo la excusa de apaciguar los ánimos entre países vecinos, desterritorializar la enseñanza de la historia argentina en las escuelas primarias y secundarias. Esto también se reflejó en los planes de estudio de historia, tanto en universidades como en profesorados, en donde se construyó una cátedra única de hecho, en donde a nivel nacional, los programas de Historia Argentina compartían entre sí casi el 80% de los autores con un claro sesgo en historia social y cultural

De esta forma se omitía todo tipo de análisis de relaciones internacionales, conflictos armados externos y disputas de territorios. El colonialismo británico había sido borrado de la historia argentina, llegando a casos extremos de lecturas obligatorias de autores como Ricardo Salvatore, que llegaron a ver en el sistema de reclutamientos militares de la provincia de Buenos Aires en las décadas de 1830 y 1840 como un mecanismo de disciplinamiento de “clases populares” (principalmente gauchos) y no, como efectivamente fue, un instrumento de defensa frente a las invasiones de Francia y Gran Bretaña entre 1838 y 1846 y las posteriores tensiones y guerra con el Imperio del Brasil en 1851. 

Luego vino la anteriormente mencionada crisis del 2001. Las imágenes de una Casa Rosada y un Congreso de la Nación en llamas bajo la consigna “que se vayan todos” ponía en riesgo a la mismísima legitimidad de Argentina como país. Frente a la crisis que, además de económica, era identitaria, apareció un programa de televisión de muchísimo éxito comercial llamado “Algo habrán hecho por la historia argentina”, conducido por el histórico conductor de CQC Mario Pergolini y el historiador Felipe Pigna. La historia, como mercancía intangible, comenzó a ser un insumo atractivo y revitalizante tanto para la industria editorial como la audiovisual. El Estado argentino, viendo éste fenómeno, decidió apostar a la creación de contenidos propios, en lo que terminó siendo el tan conocido Canal Encuentro cuya transmisión se inició en el año 2007. La decisión política de aquél entonces, fue que los contenidos de historia argentina, quedaran a cargo de investigadores del CONICET de la Universidad de Buenos Aires

De esta forma, podíamos ver por primera vez en televisión los rostros de los autores que se estudiaban en cuantiosas fotocopias en las universidades y profesorados nacionales. El vínculo entre el gobierno y los “historiadores profesionales” fluía armoniosamente. Hasta que sucedieron, casi en simultáneo, dos hechos disruptivos e inesperados, vinculados con el espacio y el tiempo.

El primero fue la sanción de la ley 26.651 que obligaba el uso del mapa bicontinental argentino en todo el sistema educativo a nivel nacional, poniendo en valor la verdadera escala geográfica de la Argentina. Lo segundo vinculado con la temporalidad fue la creación del feriado del 20 de noviembre del “Día de la Soberanía Nacional”.  El decreto 1584/10 era claro: la conmemoración buscaba “fortalecer el espíritu nacional de los argentinos, y recordar que la Patria se hizo con coraje y heroísmo”.

Como una ley y un decreto ponían en riesgo el paradigma temporo-espacial consolidado en la posguerra comenzaron los ataques de los historiadores desde los medios de comunicación. Sobre el mapa se manifestaron Hilda Sábato y su marido el geógrafo del CONICET Carlos Reboratti donde plantearon que el mapa “enseña una mentira. Una mentira basada en un nacionalismo infantil, que inventó un problema donde no lo existía…”. Sobre el feriado del 20 de noviembre, se encargaron tanto Luis Alberto Romero como Chiaramonte, afirmando que Vuelta de Obligado era una batalla “que no fue nacional”...porque la Argentina no existía.

Los científicos no hablaban de sus investigaciones. Sino que utilizaban su prestigio académico y su pertenencia al CONICET para sostener un posicionamiento político. En nombre de la ciencia exigían que el Estado no debía fomentar el amor por la patria y se debía desnacionalizar la historia. También existía un interés corporativo: ¿Cómo es que se tomaron decisiones vinculadas con la historia sin haberlos consultado? 

Esta ruptura, que se venía venir, llevó a Cristina a tomar la decisión de ampararse en otros historiadores, que terminaron nucleados en el Instituto Manuel Dorrego. Ante esta situación, los del CONICET armaron su propio nucleamiento en 2011: la Asociación de Historiadores e Investigadores de la Historia (Asaih). Desde ese espacio político, muchos de sus miembros propusieron a lo largo de estos años abiertamente la derogación de los feriados del 20 de noviembre y el 2 de abril, y erosionar lo más posible, en nuestra identidad histórica, los feriados del 25 de mayo y 9 de julio.

Federico Lorenz, luego funcionario de Macri, incluso llegó a proponer que debería ser feriado el 14 de junio (día del fin de la guerra de Malvinas) por considerar, que le debíamos al triunfo británico, la recuperación de nuestra democracia. Palabras similares que luego, años más tarde, formuló Roy Hora diciendo que “por fortuna la guerra se perdió”. Chiaramonte, quien era en definitiva el artífice del paradigma que se estaba disputando, publicó en 2013 un libro sobre los “Usos políticos de la historia”, que más tarde sería la piedra fundamental y marco teórico para la especialidad de historiadores de medios de comunicación como Camila Perochena.  

El Museo Malvinas, el lugar donde trabajo, se inauguró en junio de 2014 en el contexto del trigésimo aniversario de la Guerra de Malvinas del año 2012. Recuerdo de sus primeros días dos cosas: Leer en notas en medios de comunicación críticas a su mera existencia, impulsadas por Lorenz, y segundo la presencia de visitantes británicos que registraban absolutamente de todo (cual inspección gubernamental) al punto tal que tomaban apuntes sobre que le transmitían los guías del Museo a las escuelas que nos visitaban. No demoramos mucho tiempo para comprender cuáles eran sus intenciones, porque tan sólo 3 meses después, inauguraron un museo en Puerto Argentino con la misma estructura, pero con el relato colonial británico.

Académicos de la universidad de Cheltenham y Newcastle del Reino Unido (2017) le han dedicado varias investigaciones, con tono preocupante, a las políticas educativas y culturales donde se reivindican los derechos de soberanía argentinos en el Atlántico Sur y la Antártida. Carlos Escudé, Hilda Sábato, Carlos Reboratti y Federico Lorenz fueron citados en este artículo como científicos críticos del nacionalismo argentino y disidentes del mapa bicontinental.


Luego vino el triunfo de Macri en 2015, y la historia, también se convirtió en un terreno de disputa, siendo el ejemplo más claro la relativización de las cifras de desaparecidos de la última dictadura. Mientras que Luis Alberto Romero ofició de voz externa, el encargado de tallar en la gestión el pasado del macrismo fue Pablo Avelluto en su rol como ministro de cultura. 

En este contexto muchos historiadores profesionales pasaron a la acción política ocupando cargos de funcionarios públicos. Los principales asesores fueron Luciano De Privitellio y la por entonces desconocida Sabrina Ajmechet. Luego de un fallido intento de intervenir el Museo Histórico Nacional, su principal obra se concentró en el Museo del Bicentenario, que pasó a denominarse “Museo de Presidencia”, y se borró todo el contenido histórico de 1806 a 1879. Naturalmente, la historia argentina debía “empezar” en 1880. A Di Meglio se lo mantuvo como director del Cabildo, contexto donde presentó un mapa de la Argentina de 1816 de cara a los festejos del bicentenario de la independencia, que lamentablemente, llegaba hasta el río Salado

Por último, se le encargó a Lorenz la dirección del Museo Malvinas. Sus modificaciones apuntaron a remover las invasiones inglesas de 1806/1807 y Vuelta de Obligado, que según él, no tenían nada que ver con Malvinas, y sí por el contrario, los nuevos protagonistas propuestos: Charles Darwin, Robert Fitz Roy y la Falkland Island Company. Otros cambios vinculados con el siglo XX fue de presentar como “Dictadura” al año 1973 así como la remoción del principal hito diplomático argentino en Naciones Unidas sobre Malvinas: la Resolución 2065.

Pequeña anécdota. Septiembre de 2019. Habían pasado tan sólo un par de semanas del triunfo de Alberto Fernández con el 47,35% en las PASO del mes de agosto. Se sentía en el aire el inminente cambio de gobierno. Vino de forma intempestiva, una visita al Museo Malvinas de una comitiva de funcionarios de la Cancillería. Revisaron detalladamente la línea de tiempo. No hubo experiencia protocolar alguna que haya podido amortiguar lo que sintieron los diplomáticos de carrera para cuando llegaron al año 1965 al notar la inexplicable omisión de la resolución 2065. “¡Esto es un horror!” dijeron sorprendidos.

Una vez que asumió Alberto Fernández en diciembre de 2019,  se tomó una postura ambivalente en cuanto a las narrativas históricas. Por un lado, se recuperó el eje original en la soberanía del Museo Malvinas. Pero por el otro, lo que había quedado inconcluso de la gestión de Macri y Avelluto (desarmar lo que había hecho Cristina en el Museo Histórico Nacional en 2015), se terminó concretando durante su mandato en los años 2022 y 2023. Nuevamente la desterritorialización y la desnacionalización de la historia. El Virreinato del Río de la Plata fue proscripto y se presentaron como válidas la cartografía que niega la soberanía argentina de la Patagonia y Malvinas.

Museo Histórico Nacional: Mapa del Virreinato del Río de la Plata durante las reformas inauguradas por Cristina cuando se reincorporó el sable corvo de San Martín en 2015.

Museo Histórico Nacional: Modificaciones de la muestra permanente en 2022.

Más allá de las acciones de gobierno, muchos fuimos testigos de cómo de a poco la malvinización iba a escalando año a año en la sociedad. Esto avanzó a altas velocidades en los homenajes y actos conmemorativos por el 40° aniversario del conflicto en el año 2022, para finalmente coronar ese año con el triunfo del Mundial cantando “de los pibes de Malvinas que jamás olvidaré”.

Sin embargo, a partir de ese momento, pareció acelerarse en la realidad global, la profecía del Papa Francisco de una guerra mundial fragmentada. En este escenario las categorías de la “historia social y cultural” eran insuficientes para explicar lo que estaba pasando. Luego, en el plano local, sobrevino la paradoja que todos ya conocemos, que mientras avanzaban las reivindicaciones de Malvinas y la Argentina Bicontinental, terminó siendo electo de forma insólita un presidente que había confesado a viva voz ser “admirador de Margaret Thatcher”. La irrupción de Milei, su retórica y su rechazo a cualquier cosa que se aproxime a algo nacional, llevaron a muchos a ver en Malvinas una respuesta a sus medidas políticas bajo la consigna “la Patria no se vende”

Y es así como llegamos a marzo de 2025, momento en que tuve el honor de participar de la presentación de un material para docentes de escuelas secundarias de la Provincia de Buenos Aires titulado “Malvinas futuro: soberanía, memoria e identidad bonaerense”. El encuentro contó con la presencia de más de 300 docentes del AMBA en la Universidad Nacional de La Plata. Luego de la presentación se abrió el espacio a preguntas. Para sorpresa mía, lejos de preguntar a quienes estábamos ahí en el panel sobre Malvinas, se armó una especie de catarsis improvisada. Muchos docentes, en su mayoría de historia, manifestaron a micrófono abierto y luego “cerrado”, la frustración que les generaba escucharnos hablar. La razón era que no entendían cómo habiendo finalizado el profesorado, después de tantos años de trabajo, esfuerzos y sacrificios, nunca habían visto absolutamente nada de Malvinas o la Antártida durante la carrera. Algunos no tuvieron siquiera una sola clase sobre la guerra de 1982.

Pocos días después vino la famosa Vigilia del 2 de abril. Por primera vez la ciudad de Río Grande cobró un protagonismo inédito en las nuevas generaciones gracias a lo que fue su primera cobertura en formato streaming. Tal como se presentó ese día, Malvinas es un laberinto al cual se puede entrar por muchas puertas, pero de todas las disponibles, la de Tierra del Fuego en general y Río Grande en particular, le dan un carácter diferencial. La Patagonia, el Atlántico Sur y la Antártida salieron de la órbita de la imaginación de los grandes centros urbanos del “continente norte” para hacerse carne en los homenajes a nuestros héroes.

Pero luego vinieron las fechas patrias “clásicas”. El 25 de mayo tuvimos una charla muy amena con Pablo Borda, historiador de verdad, con la moderación de Ignacio “Peronacho” Murua, quien es licenciado en relaciones internacionales. En esa fecha discutimos sobre el origen de la Nación Argentina. Se abrieron los abanicos de posibilidades: 1776, 1806, 1810, 1816, 1853/1860 o 1880. Dependiendo de las interpretaciones históricas, los resultados podrían variar desde el rechazo a las invasiones inglesas hasta la primera presidencia de Julio Argentino Roca. El problema era que elegir un “año” de inicio para la Argentina no es una mera discusión abstracta temporal porque también, como ya vimos, tienen alcances, posicionamientos, definiciones y consecuencias territoriales.

Pero lo que parecía un debate ameno entre colegas de una misma generación llegó a un punto de tensión el 9 de julio. En forma simultánea aparecieron dos historiadores profesionales, Camila Perochena en Infobae y Ezequiel Adamovsky en la red social “X”, relativizando la efeméride como “el día de la independencia argentina” porque Argentina en 1816 “no existía”. 

El caso de Adamovsky cobró más notoriedad por la propia dinámica de las redes sociales, en la que uno puede discutir en un “ida y vuelta”. En ella llamaron la atención tres cosas: primero, el mapa que acompañó el posteo negaba absolutamente la soberanía argentina de la Patagonia, segundo la reproducción textual del relato británico que busca deslegitimar el reclamo argentino de Malvinas y tercero, el hecho de que el enunciador de dichas premisas, fuera un investigador principal del CONICET, es decir, del Estado argentino.

Otro de los puntos más chocantes era ver, como un especialista en historia social y cultural de la segunda mitad del siglo XIX y siglo XX, hablara tan ligeramente de la conformación de la territorialidad argentina. Es decir, a diferencia de otros científicos responsables que buscan compartir sus investigaciones y conocimientos a los argentinos, nos encontramos con una malversación del sello del CONICET, cual patente de corso, para reproducir un posicionamiento personal que coincide casualmente con lo que dicen de nosotros en el museo colonial de Puerto Argentino y el War Imperial Museum de Londres

Pero ningún pergamino, ni ningún “prestigio” mediático, institucional o científico, pudieron evitar la refutación masiva de parte de muchos argentinos en redes sociales, incluyendo muchos profesores de historia y ex presidentes (como Federico Pinedo), a los intentos de relativizar nuestro pasado, nuestra identidad y nuestro territorio. Por eso, ese 9 de julio de 2025, murió definitivamente la historiografía de la posguerra de Malvinas, que había nacido a fines del menemismo de la mano de Carlos Escudé y José Carlos Chiaramonte, y tras él, el intento fallido de posicionar a un grupo reducido de personas que buscaban, a través de pergaminos y cargos públicos, convertirse en la únicos gestores del pasado argentino. 

Esta historia termina el 12 de agosto de ese mismo año. Ya para ese entonces, se había consolidado y difundido el espacio de Comunidad del Mapeo Argentino recuperando la cartografía histórica nacional, demostrando los verdaderos alcances territoriales y geográficos del Virreinato del Río de la Plata de 1776 que preconfiguraron a la Argentina de hoy. Por otro lado, frente a los dilemas del tiempo y al interrogante de cuando nace nuestro país, se recuperó la visión que nunca debió cambiar de un pasado común, no sólo de los argentinos del siglo XIX, sino también de los del siglo XX, y muy particularmente, de los que pelearon en Malvinas en 1982. 

Desde Jujuy a la provincia de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur las calles amanecieron con una consigna clara y contundente: El 12 de agosto de 1806, día del triunfo argentino sobre el invasor inglés, nace la Patria. La historia la escriben los pueblos