
Estas palabras son una convocatoria activa para decidir qué lugar vamos a ocupar en el mundo. También una alerta sobre el mundo que viene.
Ya no alcanza con discutir ideas o proyectos cuando la disputa por la soberanía es tan descarnada y más allá de las buenas formas de la diplomacia. Porque el siglo XXI está revelando de manera cruda la competencia por quien define el futuro de nuestros territorios austarles. En el escenario global actual, el Atlántico Sur y la Antártida dejaron de ser una periferia. Hoy son el centro de las disputas geopolíticas, de los intereses estratégicos de las potencias mundiales y uno de los focos del equilibrio ambiental del planeta. Y nosotros, fueguinos, estamos viviendo y actuando en el corazón de ese nuevo mapa que se traza para la posteridad.
Por eso, la idea de “organizar la esperanza” no es una consigna ingenua, sino que es una definición profundamente política. En tiempos de crisis hay dos caminos: o se organiza la esperanza o se consolida el miedo. Y cuando se consolida el miedo, lo que aparece es la fragmentación, el individualismo, la pérdida de sentido colectivo. Y es ahí donde otros, aquellos que concentran el poder económico, tecnológico y financiero, son los que terminan decidiendo por todos.
Hoy no está del todo claro si el destino de la humanidad se define en el marco de los Estados o en las estructuras de poder que no responden a ningún control público y democrático. Ese, en definitiva, es el verdadero problema de este tiempo.
Frente a eso, el pensamiento del Papa Francisco introduce una advertencia muy profunda, y nos dice algo simple, pero incómodo: las sociedades no se movilizan por necesidades, se movilizan por sueños. Porque una sociedad organizada únicamente desde la necesidad es una sociedad a la defensiva y encerrada, temerosa y fácil de manipular. En cambio, una sociedad que organiza la esperanza es una sociedad que actúa, que construye, que disputa. Y eso es lo que entendemos por política, en el sentido más profundo del término.
Ahora bien, esa esperanza no se organiza sola sino que es producto de una decisión, colectiva y de nuevos liderazgos, que asuman la conducción de los instrumentos concretos de poder popular existentes para intervenir en la realidad.
Por eso, en este momento necesitamos de una nueva diplomacia, que no puede darse solamente entre las cancillerías. La diplomacia de este tiempo tiene que sentar en la misma mesa a la política, a las universidades, al mundo del trabajo, a las organizaciones sociales y también a los actores económicos que hoy concentran el poder real. Si no nos sentamos a disputar y negociar con quienes toman decisiones materiales, no hay forma de defender el futuro de la vida.
Y esto no es una metáfora, sino que es crudamente real, tal como nos lo dijo explicitamente Emilce Cuda en la conferencia magistral que brindó en 2025 en nuestra ciudad de Río Grande en el marco del encuentro “Territorios del Futuro”.
Estamos frente a una crisis socioambiental global que ya no admite negacionismos y las respuestas que están en discusión son extremas. Algunos plantean soluciones científicas y políticas, otros plantean escenarios donde la guerra aparece como el mecanismo de regulación del sistema. Ese es el nivel de gravedad del momento histórico que estamos atravesando.
Y en ese contexto, vuelvo a nuestro lugar en el mundo que es Río Grande, es Tierra del Fuego, es el Atlántico Sur y la Antártida. Nosotros no somos espectadores, sino que formamos parte de un territorio estratégico. Un territorio que concentra recursos, conocimiento, capacidad logística y, sobre todo, una comunidad con identidad y conciencia de su rol histórico. Acá no se discuten estas ideas en abstracto o desde la comodidad: acá se vive todos los días la soberanía. Se vive en el trabajo, en la industria, en la defensa de nuestros recursos, en la memoria viva de nuestra patagónica, y en la Causa Malvinas.
Por eso, cuando hablamos de organizar la esperanza desde el fin del mundo, no estamos hablando de una idea romántica, sino que estamos hablando de construir poder territorial, de generar trabajo, de sostener la producción, de invertir en conocimiento, defender nuestros activos estratégicos y de tener una voz propia en la discusión global. Porque si no lo hacemos, alguien lo va a hacer por nosotros, y la historia ya nos enseñó lo que eso significa.
Estamos en una transición global donde todo está en disputa: desde el modelo económico hasta el rol del Estado, de la organización del trabajo a la gobernanza del planeta. En esa transición geohistórica los territorios que no tienen proyecto quedarán subordinados. Por eso, el gran desafío que tenemos por delante es entender lo que está pasando y asumir la responsabilidad de intervenir con claridad estratégica, con capacidad de gestión y con vocación de construir consensos amplios. Porque, como planteaba Francisco, el camino es el diálogo social. Un diálogo sin exclusiones, sin ingenuidades… pero sobretodo sin miedo.
Quiero cerrar con una idea que, para mí, sintetiza todo lo que quiero transmitir: la esperanza no es lo último que se pierde, sino que la esperanza es lo primero que debe organizarse. Y organizar la esperanza es, en definitiva, decidir que el futuro no se espera. El futuro se construye.
Hay un lugar en el mundo desde donde pensar el futuro con responsabilidad, con conciencia ambiental y con sentido geopolítico. Ese lugar es el sur.
El fin del mundo no es un límite, es el lugar desde donde comenzamos.











