
“Sono andati a prenderlo quasi alla fine del mondo”.
Así se presentó Jorge Bergoglio el 13 de marzo de 2013 desde el balcón del Palacio Apostólico del Vaticano. Una referencia geográfica y mítica que insinuaba de donde venía ese hombre inesperado. Millones googlearon y leyeron: Argentina. De estas pampas lejanas llegaba el primer Papa del sur global, jesuita y latinoamericano. Esa era su casa, su comunidad originaria, la historia en la que se templó su carácter, la fuente madre de la que se nutría su pensamiento, la latitud en donde estaba su corazón.
“La totalidad del planeta sólo es visible desde el último lugar ocupado, desde el verdadero finis terrae, desde allí donde la tierra termina efectivamente”.
Esta cita es quizás la fuente principal de la que se nutrió Francisco para desplegar su teoría de las periferias. Viene del libro La irrupción de América Latina en la Historia de Amelia Podetti, filósofa fundadora de las Cátedras Nacionales y compañera del joven Bergoglio. Allí decía que fue la llegada de Magallanes a Tierra del Fuego en 1520 el punto en el cual occidente alcanzó el último confín de la tierra y, por tanto, recién entonces pudo conocer la verdadera totalidad del planeta. Esta referencia histórica tiene su correlato epistemológico: sólo desde la periferia es posible comprender la totalidad.
¿Qué fueron entonces a buscar al fin del mundo los hermanos cardenales de Bergoglio? Creo que mucho más que un liderazgo carismático renovador para la cansada y desgastada Iglesia Católica. Fueron a buscar un pensamiento, una ética y una política para interpretar, interpelar e intervenir en el siglo XXI. ¿Podría haber sido otro cardenal no europeo? Tal vez. Pero no es fortuito que hayan convocado a un argentino a hacerse cargo de la milenaria tradición católica en el momento en que la globalización neoliberal y la prepotencia occidental comenzaba a mostrar sus límites, sus crisis sistémicas, sus guerras en cuotas y su angustia civilizatoria de cara al futuro.
Un hijo del mestizaje americano y del crisol de razas nacional, contemporáneo de la Conferencia Episcopal de Medellín y la doctrina justicialista, lector de Borges y Dostoievsky, de espiritualidad ignaciana y devoto de la Virgen de Luján. Un hombre de esta periferia anómala llamada Argentina, generadora de categorías propias para explicarse a sí mismo su esencia abierta y su cultura de la metabolización de casi todo. Solo uno así podía relanzar la “catolicidad” –que en castellano no es otra cosa que “universalidad”- desafiando el globalismo neoliberal sin caer en esencialismos inertes.
A la esfera neoliberal, Francisco le opuso la figura del poliedro. Esta noción presentada en su documento programático Evangelii Gaudium, ya estaba prefigurado en sus planteos como arzobispo en la salida de la crisis neoliberal del 2001 en Argentina. En “La Nación por construir”, libro que buscó ser una síntesis del pensamiento del entonces cardenal elaborado por la Pastoral Social de la Arquidiócesis de Buenos Aires, Bergoglio trazaba un rumbo de como avanzar en los albores del siglo XXI:
“Entonces, ¿cuál es el camino?: ni profetas del aislamiento relativista, ermitaños localistas en un mundo global, ni descerebrados y miméticos pasajeros del furgón de cola, admirando los fuegos artificiales del Mundo (de los otros) con la boca abierta y aplausos programados. La dinámica es más rica y más compleja. Los pueblos, al integrarse al diálogo global, aportan los valores de su cultura y han de defenderlos de toda absorción desmedida o “síntesis de laboratorio” que los diluya en ‘lo común’, ‘lo global’. Y –al aportar esos valores- reciben de otros pueblos, con el mismo respeto y dignidad, las culturas que les son propias. Tampoco cabe aquí un desaguisado eclecticismo porque, en este caso, los valores de un pueblo se desarraigan de la fértil tierra que les dio y les mantiene el ser, para entreverarse en una suerte de mercado de curiosidades donde ‘todo es igual, dale que va… que allá en el horno nos vamo a encontrar’” (J. M. Bergoglio, La Nación por construir, 2005).
Una esencia abierta, que se nutre de su tradición y honra la historia, pero que se presenta disponible en tanto proyecto de lo que viene. Una comprensión de lo global propia de un pensamiento que mira el todo desde la periferia pero afirmado en una autoestima que no es soberbia sino conciencia y amor por lo propio. Esa singularidad argentina tiene su correlato teológico en la inculturación del evangelio como encarnación del mensaje de redención en el ahora. Es una espiritualidad que no niega las raíces pero tampoco la vitalidad de la novedad. Una teología de la cultura que reconoce al pueblo como el sujeto de la historia y, por tanto, como factor de transformación. Todo eso es lo que vinieron a buscar los purpurados, y por eso Francisco es, de alguna manera, el momento de la universalización de lo que somos.
El 3 de octubre de 2020, en medio de las dos oleadas de la pandemia, Francisco presentó en Asís su Carta Encíclica Fratelli Tutti, en el corazón de ese texto hermoso y potente, está presentada la parábola del Buen Samaritano como núcleo teológico y político de cómo responder a la crisis civilizatoria que el COVID 19 puso en evidencia, pero cuyas raíces fueron y son mucho más profundas.
“Cada día se nos ofrece una nueva oportunidad, una etapa nueva. No tenemos que esperar todo de los que nos gobiernan, sería infantil. Gozamos de un espacio de corresponsabilidad capaz de iniciar y generar nuevos procesos y transformaciones. Seamos parte activa en la rehabilitación y el auxilio de las sociedades heridas. Hoy estamos ante la gran oportunidad de manifestar nuestra esencia fraterna, de ser otros buenos samaritanos que carguen sobre sí el dolor de los fracasos, en vez de acentuar odios y resentimientos. Como el viajero ocasional de nuestra historia, sólo falta el deseo gratuito, puro y simple de querer ser pueblo, de ser constantes e incansables en la labor de incluir, de integrar, de levantar al caído; aunque muchas veces nos veamos inmersos y condenados a repetir la lógica de los violentos, de los que sólo se ambicionan a sí mismos, difusores de la confusión y la mentira. Que otros sigan pensando en la política o en la economía para sus juegos de poder. Alimentemos lo bueno y pongámonos al servicio del bien.” (Francisco, Fratelli Tutti, 77).
Este pasaje es hermoso y potente. Junto a Néstor Borri lo hemos repetido y replicado cientos de veces en Factor Francisco. Nos impactó desde el primer momento que lo leímos. Sentíamos que ahí se cifraba algo más. De hecho, al leerlo nos resultaba extremadamente singular, encarnado y familiar para ser prosa vaticana. No sé cuánto tiempo después nos dimos cuenta por qué. La Homilía de Bergoglio pronunciada en el Tedeum del 25 de mayo de 2003, contiene ese párrafo casi textual. La samaritanía política que proclamó para responder a la crisis nacional casi terminal del 2001 proyectada a escala global en el 2020.
Lo nuestro a escala universal. Eso fue Francisco.
Y muchas otras cosas más también. Porque él se desbordó a sí mismo. Sin dejar de llevar consigo el portafolio del vecino que viaja en la Línea A lleno de nuestras historias, pasiones y controversias nacionales, vivió una conversión que lo transfiguró, potenciando su núcleo, pero expandiendo su alma más allá.
Todo esto que escribo, busca ser un recordatorio y homenaje. También un posible ejercicio para pensar y pensarnos.
Francisco sigue siendo una oportunidad para conocernos mejor. No por lo que nos confirma, sino por lo que nos propone: una Patria en salida… de los emblemas y la casta. Una nacionalidad poliédrica. Una fraternidad criolla, una unidad real.











