
A la sombra de esos falsos héroes nunca aprendemos a ver, su tarea confundieron, a nosotros nos absorbieron y el sol nos impidieron. Era calculado presenciar caídas, zonas de malos aterrizajes y hermosos colores fugaces de jóvenes audaces. ¿Pero qué nos sucede hoy? ¿Cuántos herederos, príncipes de plumaje blanco, ven ustedes caer del cielo? ¿Cuántos se arriesgan a escapar del laberinto y acercarse a la verdad? A sentir el calor en las mejillas y el vértigo de la caída.
Todos cuanto corrieron el riesgo del escape, del ascenso, cumplieron la condición única aunque sea por un instante, perdidos en la distancia de lo elevado, de no ser vislumbrados por los debajo. Esa única condición hoy impensada, para nosotros, a los que al suelo, la gravedad nos condena. No nos otorgan ni la conformidad que ellos en otro tiempo podían con orgullo lucir sobre sus cuerpos muertos, no a haber sido atestiguados, sino al ser hallados y entendidos en su posteridad, ya caídos. A todos ellos, hoy el camino a la adultez los perdió, el mito contaba él quizás inconsciente error de una adolescencia, en un ensordecedor capricho de desobediencia. Pero costaba imaginarse a Icaro arrepentido, o a Dédalo avergonzado. Nunca nada tendrá de humillante el intento extraño de alzarse alto. Solo el riesgo de lo bello, de la soledad y del saberse no llegado.
Con el presente se distraen, se regocijan en libertad, último e individual arcón de un espíritu ya perdido, sin deber heredado ni oficio amado. Icaro no cae, no vuela, flota. Amante de los trucos siempre atento a no volverse indivisible, siempre atento a estar atrayendo la mirada, no al cielo, no hacia el sol, sino a él. Contagian gravedad, nos dejan anclados a esta sombra, juguetona e infantil. A estos cirqueros de las artes, de la velocidad y las piruetas técnicas, sin misión ni deber trascendente a su haber, les gusta el premio de no caer.
¿Será una cuestión de madurez? Si todo nos mantiene en el anidar, escollamos. La problemática de la neotenia que nos afecta puede que parta del peso de lo que cargamos y no soltamos, de la cantidad de plumaje viejo que no sabemos escaldarnos o de las riendas de responsabilidad que soltamos. Desde arriba nos arrojan huesos los inertes, recuerdos podridos y distracciones plásticas. La identidad individual es la mentira que nos atrapó y convenció de cauterizar los dramas personales sin disfraces. Hacer des-arte de la psiquis, conjugar con asintesis “conversación”. Preguntándonos que somos, hablá de vos, cantá por vos, volá por nadie. Es tu opinión. Todas ideas seguras, claras, atrapadas, muertas ponen en riesgo al alma del que alto vuela. Te hacen cuestionarte tus artesanales alas heredadas, sin preguntarte por quien tan alto llegaste con ellas.
“Sólo diré que a Bulkington le ocurría lo mismo que a una nave sacudida por la tormenta, que avanza penosamente, frente a la costa a sotavento. El puerto está dispuesto a darle amparo; el puerto es misericordioso; en el puerto están la seguridad, la comodidad, el hogar, la cena, las tibias mantas, los amigos, todo lo que nos es grato a los mortales. Pero en esa tempestad, el puerto, la tierra, es el peligro más cruel para la nave. La nave debe huir de toda hospitalidad. El menor choque con la tierra, aunque apenas rozara la quilla, la estremecería de un extremo al otro. Con todas sus fuerzas, despliega todas sus velas para apartarse; al hacerlo, lucha contra los vientos que procuran llevarla hacia el hogar, busca la ausencia de tierra del mar turbulento y en pos de refugio, se precipita obstinadamente hacia el peligro: ¡su único amigo es su enemigo más feroz!” (Moby Dick, Herman Melville)
Otro relato cuenta una historia similar. El personaje es el mismo, un Epígono del reino de los vientos, evasivo a la madurez, que logra caer, al conocer una mujer que teje una sombra a sus pies. Peter Pan, sustantivo de cuentos mágicos, niño flotador, ve e impone la libertad en el vuelo de la irresponsabilidad en el desanclaje con su sombra.
Con su desconexión a tierra se puede viajar a aquellos viejos continentes, a los nunca jamás, perdiendo como al comienzo de su relato, su sombra. Este mellizo oscuro, este único resabio mágico y muestra dual que poseemos, es el motor del viaje que lleva a este hombre-niño a conocer a la mujer. Figura maternal si las hay. Que debe cuidar a un hombre más, una vez más, y hacerle unión en la intersección de su pie y su olvidado ser. Solo flotar podrán, si no se apropian de su sombra, solo perseguir la apariencia de lo que anhelan sin rozar nunca su verdadera esencia.
“Toda efigie verdadera tiene su sombra que la dobla; y el arte decae a partir del momento en que el escultor, cree liberar una especie de sombra, cuya existencia destruirá su propio reposo” (El teatro y su doble, Antonin Artaud)

¿Como saber si al sol atino y a la altura desafío, yo voy a valer? Es indistinguible si clavan la mirada al suelo, su sombra son conscientes de perder y a otras almas ensombrecer.
Hay una muestra única de tal hacer, individual rastro de un alzamiento. No radica en el espectacular despegue, o en un cantar de medias alturas, está en el cráter que dejan nuestros cuerpos al caer, lo que nos puede hacer merecer en nuestro letargo permanecer. Estudiados, desmembrados y catalogados por esos depredados van a ser, pero sepan y no teman, su estela va a permanecer.
Lamentablemente el avistaje no consciente de vuelo alto, debe hacerse en soledad y privación, para arrastrar en picada la estela platinada. Y ya en tierra, abatidos, reposar, como bitácora fosilizada, como tablilla o códice del único vestigio, de la osadía, ya no soberbia ni desobediente, tan solo valiente de un alma que supo volar.
Epílogo: El corazón y la espada
Así, un nuevo cráter y nueva herida surgió en estos últimos días. Divino cadáver, descubierto a la rapiña colectiva de una parvada que venía degustándola a miradas. Contra todo pronóstico deseado, desde esta tierra mojada a llantos. A plenos de lluvia se encontró nuevamente volando alto la tribu de los cantos aliterados. Y es que entre estos elevados principados bajos no están acostumbrados, no son bravos. Entiéndanlos.
Lo venimos contando para estos pirueteros y malabaristas de efectos muertos nadie tiene el permiso, nadie debe probar la manzana que su mano ya no alcanza porque sus egos no sueltan para ir al alza. La felicidad la tienen prohibida, la poesía cohibida. Y es que están demasiado cerca. Así el paso a lo alto queda a nuestras rodillas arancelado y por ellos celado.
Por eso una vez empezó a correr la bola, lo que divisa único a este singular campeón molesta a todo panteón. Se extirpó de lo viejo sin olvidarlo, recordó lo robado y nos habló de lado. Desafiante por ignorante. No quiere ni sabe de más, solo lo que se le es debido, demuestra, agradece y vierte el sacrificio para los suyos. Al chillido de las huestes, a los pánicos desenfrenados de estos agitados pavos embalsamados pasaremos por su lado, cóndores descaperuzados. Y es que los notamos preocupados, corriendo desesperados, reuniendo sus huestes. Será así siempre.
Pero usted, alarma entre estos ángeles oxigenados, alados y bien hablados, sepa,el tablero de una patada les desatoraron. Levante el mentón y no pida perdón.
Usted no es el centro del mundo pero el mundo está en su centro.
Cargue con esa artillería moral que le apuntan a sus espaldas, cuide y presagie a estos héroes, blancos y morochos, hermosos, que nos regalaron jolgorio de lágrimas en canciones.
Los vimos pelear con las nubes y los rayos, bien anchos, pecho inflado. En estos días sin amor nos bajaron las gotas del sol en su sudor y las espadas del dolor en su amor.
Ahora no queda duda, esta tierra todavía cría santos alados.
¡ALÉGRATE, ARGENTINA, ERES TAN GRANDE QUE TUS ALAS AGITAS SOBRE TIERRA Y MAR Y EN EL INFIERNO TU FAMA SE EXPANDE!
Que se alarmen todos los cielos y todos sus ángeles, huyan despavoridos, ha nacido otro argentino.










