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Misterio y hallazgo en la vida de una joven nación

Misterio y hallazgo en la vida de una joven nación

La ciudad del Tucumán ha nacido “a los tumbos”, diríamos en el cuadrante noroestino de América del Sur. También nuestros archivos se han edificado de forma caótica, atravesados por las desavenencias de la guerra, por las cuitas entre clanes y con una característica singular: se han construido desde el movimiento. A diferencia de las miradas decimonónicas de los archivos nacionales, los nuestros encuentran su lugar en los desplazamientos, las translocaciones y esto los hace un espacio contingente, que siempre guarda un instante para alumbrarnos.

Hace unos días, se encontró en el Archivo de Tucumán una epístola de Juan Ramón Balcarce que relata la usurpación británica de las islas Malvinas. La carta data de 1833 y estuvo dirigida al más virtuoso de los federales, gobernador de la provincia entre 1831 y 1838, el doctor Alejandro Heredia. Esto se explica por un motivo fundamental: el oficio del archivista y del historiador continúa siendo una práctica artesanal, antitética de las formas actuales del quehacer historiográfico y cargada de rituales que, en definitiva, mantienen vivo el espíritu del descubrimiento.

El Archivo Histórico de Tucumán tiene varias fundaciones, relocalizaciones e incluso, la expansión y contracción de su acervo documental. Con el ánimo de incorporarse al proyecto autonomista y la construcción de una estatalidad moderna, el gobierno de la provincia lo emplazó contiguamente a la sección de nacimientos y defunciones alrededor de 1897. Pero en Tucumán, el ímpetu modernizante tuvo una nota de eclecticismo. Bajo la influencia del nacionalismo, se crearon juntas protectoras del acervo histórico donde circulaban hombres notables de la escena de principios de siglo: Ricardo Jaimes Freyre, Juan Alfonso Carrizo, Alberto Rougés y un jovencísimo Lizondo Borda. Para ellos mirar el pasado no era una actitud contemplativa ni preciosista sino un gesto que buscaba conectar a las nuevas generaciones con sus antepasados. En 1916, el gobernador Ernesto Padilla, acólito del fermento cultural de la región, inscribió en la placa que inauguraba el viejo Archivo: Patria decus Imperiturum. El latín tiene sus vicisitudes traductorales pero la afirmación de Padilla miraba más al futuro que al pasado. Aquí, bajo este mismo techo, la patria no perecerá.

Sistematizar adecuadamente qué contiene la memoria histórica de un pueblo no es una tarea sencilla. En muchas ocasiones, es fruto de un ejercicio vocacional o un empleo precarizado. Los arquitectos del Archivo en su tiempo más reciente tienen nombre y apellido: Ramón Leoni Pinto, Carlos Páez de la Torre y Silvia Formoso quienes levantaron el catálogo a puño y letra o en viejas Olivetti dispersas por esos mesones inmensos que escenifican la sala de consulta. Además de sus exiguos trabajadores, el Archivo cuenta en su planta intangible con Juan Carlos Rosario Medina, un historiador aficionado pero que conoce hasta el último folio de los tomos ubicados en las paredes de la sala principal. El ingeniero Medina tiene un ojo entrenado para reconocer grafía donde nosotros sólo vemos tinta fundida en un papel. Todos los mediodías Medina se va del Archivo a la guía de un báculo -o palo de madera, del que contó tiene varias decenas- por las veredas angostas del centro y que lo resguarda de los changuitos que salen de la escuela.

Volvamos al documento. Alcanza leer el primer párrafo para encontrar la primera referencia a la integridad territorial de la Nación Argentina y la ofensa cometida por el buque de guerra inglés. Por costumbrismo diplomático o excesiva ingenuidad, Balcarce enfatizó en la sorpresa que les ha generado un ataque violento e intempestivo como este. Invocó a los pactos preexistentes que le reconocen a nuestro país el derecho legítimo a ocupar el espacio sur del Atlántico y advertía que una campaña sobre la opinión pública de las naciones europeas podría ser la acción que infrinja mayor daño a la credibilidad del Gobierno Británico. A pesar de su mirada naif, propia de aquellos lomonegros eyectados del gobierno después de octubre de 1833; hay quizás una única sentencia: la unidad territorial nunca desatendió el Atlántico sur.

La historiografía siempre ha discutido cuándo nació la Argentina, si llegó primero el Estado o la Nación. Todos acuerdan que esa Nación se balancea, en última instancia, sobre el consenso que existe entre sus habitantes de seguir reconociéndose como compatriotas. En el país más extenso de norte a sur del mundo, las gentes que lo habitamos hablamos distinto, tenemos distintos colores de piel, distintas ascendencias familiares y un largo etcétera pero quizás compartimos una nervadura inquebrantable: el reconocimiento que somos parte de una casa común.  Ese es el interrogante que debemos hacernos: ¿qué motivaba a Alejandro Heredia a comprometerse en la defensa de la integridad de una tierra que no había visitado? ¿qué motivó al pueblo tucumano a reunirse en la Parroquia La Victoria para que la Virgen de la Merced interceda ante el enemigo inglés en 1806 y 1807? Quizás la respuesta se encuentra en una dimensión casi siempre inaccesible para la Historia hasta que, como pasó hace unos días, un documento no sólo cambia la percepción del pasado sino interviene directamente en la edificación de nuestro futuro.

PD: Que me perdone el editor. Tucumán conserva una cadencia provinciana. José Enrique Rodó escribió que esta tierra estaba condenada por su propia tradición heroica. Entre la bárbara poesía del desierto y la civilización cosmopolita y mercantil, aparece el Tucumán industrioso y señorial, errático y plebeyo. Todo al mismo tiempo.