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Entre cuadros y mercenarios

Entre cuadros y mercenarios

La política argentina actual no atraviesa solo una crisis de representatividad, sino también una metástasis metodológica que ha dividido el escenario en dos bandos irreconciliables: el gobierno de los militantes y el gobierno de los mercenarios. En los pasillos de las instituciones liberales, donde el aire se espesa con la inercia de lo que ya no funciona, la dirigencia ha claudicado en su misión de conducir procesos históricos para reducirse a una tarea mucho más mezquina: la administración de su propia supervivencia. Cuando la gestión se convierte en el arte de durar un día más, la política deja de ser la arquitectura del futuro para transformarse en una mera oficina de administración de recursos y fotos vacías.

Esta crisis dirigencial no se resuelve con el recambio biológico que la épica juvenil suele reclamar. No es una cuestión de edades, sino de método. El sistema ha entrado en un loop de seguridad donde el líder, asediado por su propia inseguridad, prefiere rodearse de mercenarios: figuras sin territorio, sin mística y, sobre todo, sin patriotismo, cuya única virtud es no representar una amenaza inmediata para el statu quo.

Es aquí donde la advertencia de Max Weber recobra una vigencia brutal. Existe una diferencia abismal entre quienes viven "para" la política como una vocación de construcción de poder real, y quienes viven "de" la política como una fuente de validación personal y sustento económico. El mercenario vive "de"; el cuadro vive "para". Y hoy, lamentablemente, la política argentina padece de una miopía estratégica letal: prefiere un presente administrado por mercenarios que un futuro construido por cuadros.

La tragedia del poder actual es la ceguera geográfica: han guardado el mapa en el cajón para observar únicamente el espejo, convencidos de que su reflejo es la única realidad que merece ser gobernada. En este escenario de supervivencia narcisista, el mercenario se vuelve el aliado perfecto: es un especialista en la estética del reel, en el tuit efímero y en la historia de instagram que desaparece a las veinticuatro horas.

Pero el mercenario tiene una falla genética: carece de patriotismo. Al no tener raíces en la militancia política ni en la realidad de un barrio, una comuna o una provincia, su única lealtad es con la pauta que lo cobija hoy y que abandonará mañana ante el primer síntoma de intemperie. El mercenario es un nómada del presupuesto; el militante, en cambio, es un colono del destino nacional.

Aquí reside la diferencia metodológica fundamental del trasvasamiento que proponemos. No queremos que la renovación sea solo un cambio de caras, sino que buscamos un cambio de prioridades y de métodos. Mientras la vieja guardia y sus auxiliares externos debaten formas abstractas de "liderazgo", los nuevos cuadros entendemos que en el siglo XXI se debe cambiar la ideología por el patriotismo. La ideología se ha vuelto una etiqueta de gestión; el patriotismo, en cambio, es la única garantía de lealtad hacia un destino común que trasciende la coyuntura de un cargo.

El error fatal de la conducción actual ha sido confundir sistemáticamente los medios con los fines. Han transformado el cargo en un fin en sí mismo, olvidando que la política sólo tiene sentido como herramienta de grandeza nacional. La urgencia del trasvasamiento radica en la necesidad imperiosa de construir un gobierno de militantes transformados en cuadros políticos con visión nacional estratégica. El cuadro político es el que comprende que su paso por la administración es un servicio a la cadena histórica; el mercenario solo ve en el Estado un botín para su propio presente.

Retomando a Weber, debemos comprender que si bien el liderazgo carismático es intransferible por naturaleza, la estructura de poder es, por definición, un legado metodológico. El error de la dirigencia actual es creer que su permanencia física en el espacio garantiza su vigencia en el tiempo. La historia nos enseña que el poder que no se institucionaliza en cuadros políticos, se estanca; y el liderazgo que no se rodea de una arquitectura de ejecución, termina siendo devorado por la burocracia de los mercenarios. Pero esa arquitectura solo es sólida si se funda en la lealtad hacia el pueblo y no hacia el líder. El cuadro político no confunde lealtad con obsecuencia: su compromiso va más allá de una biografía y es con la Nación. Quienes formamos cuadros lo hacemos bajo la convicción de que la lealtad es un acto de patriotismo hacia la Argentina, y no un contrato de sumisión personal.

El liderazgo carismático es el motor, pero el cuadro es la transmisión que lleva esa fuerza al suelo. Mientras el mercenario se aferra desesperadamente al espacio - al despacho, a la silla, a la cuota de pantalla-, el cuadro comprende que el tiempo es superior al espacio. Construir un proyecto de poder es sembrar en el tiempo. El poder que no se proyecta a través de una generación orgánica, se pudre en el personalismo; porque mientras el líder posee el carisma, es el cuadro quién garantiza la dominación territorial y la permanencia del proyecto.

Debemos abandonar la práctica política como una mera administración de recursos de lo existente y empezar a pensar por fuera de la catedral. Un trasvasamiento metodológico exige que volvamos a jerarquizar la formación y el patriotismo - entendido este último no como una abstracción retórica, sino como el compromiso innegociable con ese lugar común que nos precede y nos trasciende-.

Si no somos capaces de ver más allá de la próxima elección o de la próxima interna, seguiremos condenados a la misma miopía estratégica: prefiriendo un presente administrado por mercenarios que un futuro construido por cuadros. Al final del día, la historia no recordará a quienes ocuparon un espacio por accidente, sino a quienes dominaron el tiempo por capacidad y sirvieron a la Nación por vocación.