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Francisco, un cambio en el pueblo de Dios. Entrevista a Emilce Cuda

Francisco, un cambio en el pueblo de Dios. Entrevista a Emilce Cuda

El 21 de abril de 2025 será recordado como un día de impacto mundial y personal. Viviste ese día y los que siguieron en esos dos planos: como funcionaria Vaticana y como persona cercana de Francisco. ¿Qué representó la muerte del Papa en esas dos dimensiones?

Nunca hay dos experiencias, porque eso hablaría de una dualidad y la persona es una unidad y es una unidad de cuerpo y alma que en teología definimos como carne. La carne es eso, la unidad de cuerpo y alma. Y toda experiencia es en la carne.

La muerte de un amigo es una experiencia dolorosa que se siente en todo el cuerpo, como dice un poema de Borges.

Fue un impacto muy grande en lo personal, porque yo tenía un afecto especial por él. Me había llamado unos días antes por teléfono. Pensé que ya estaba recuperado. Me preguntó por cada uno de mis hijos. Me dijo: "¿qué lío nuevo estás haciendo?", porque le gustaba usar esa frase. Le conté el último proyecto que estábamos organizando en ese momento con el cardenal Tolentino. Me sentí muy contenta. 

Luego cuando me levanté y vi la noticia, en ese momento no quedé paralizada, porque días antes, cuando me di cuenta que era el final, había llorado mucho. Ya había comenzado el duelo.

Fue impactante para mí ver qué es lo que sucede en ese cuerpo, en esa carne que es la curia romana cuando muere un pontífice. Es muy fuerte, el ceremonial es impactante.

En lo personal, fui parte de la caravana que acompañó al féretro que se desplazó desde Santa Marta hacia la basílica de San Pedro. Cuando cruzamos el arco y entramos a la plaza, el silencio era total y de pronto la gente empezó a aplaudir y ese fue el momento cuando lloré. 

Lloré sin vergüenza, porque era una expresión de pérdida de alguien, de un cuerpo que ya no iba a estar entre nosotros, de una sonrisa que ya no íbamos a ver más, del humor con el que nos recibía. Y me impactó también esa plaza entera aplaudiendo. Ahí sentí que aplaudían a un compatriota, además de un Papa. Ahí tuve una experiencia muy personal, muy argentina.

La gente quería aplaudir y aplaudieron. Aplaudieron su gestión. Aplaudieron sus 12 años de pontificado, aplaudieron el cambio que inauguró en la iglesia, que no es un cambio en la curia como algunos piensan, sino un cambio en el Pueblo de Dios, empezando por los bordes hasta llegar al centro, un centro del que se ocupará el Papa León. 

Esa imagen de la plaza es muy fuerte. ¿Cómo fueron los días que siguieron?

Fue impactante ver la columna de gente desfilando delante de su féretro. Yo estuve sentada al lado del cajón, la vara. Había estado los tres días anteriores en la capilla ardiente que se armó en Santa Marta para quienes trabajamos en la curia, pero también acompañé esos días en que estuvo en la basílica de San Pedro. Por momentos recordaba todos los momentos que habíamos tenido juntos trabajando con él. Y por momentos me detenía a ver la gente que pasaba, y eran gente de todas las nacionalidades, de todos los sectores sociales. 

Era interesante ver como algo que los argentinos creíamos que era sobre todo nuestro, ahora era de todos. Francisco ya es de todos, es del mundo.

Es difícil describir lo que significa la muerte de un papa. El día del funeral fue muy duro para mí. Prácticamente no podía pararme de la silla en los momentos que la liturgia lo indica. Me sentía realmente mal y estaba pensando que cuando eso terminara yo iba a hacer mi duelo, a quedarme en mi casa en silencio. 

Sin embargo, ahí empezaron a llegar todos los cardenales. Muchos eran amigos, así que nos juntamos a tomar café, a cenar, a charlar. Las conversaciones giraban no solamente en torno al nuevo papa, sino en torno a Francisco. ¿Qué había sido Francisco en la vida de cada uno de ellos? 

Muchos de ellos habían sido creados cardenales por Francisco, porque la curia de los últimos años de Francisco fue nombrada casi al mismo tiempo. Entonces todos estamos cumpliendo ahora nuestros 5 años y todos estábamos muy dolidos.

En ese momento me di cuenta que no era el momento para hacer un duelo egoísta encerrado, sino para escucharnos entre nosotros, entre los compañeros de trabajo, entre los cardenales que también habían trabajado con él, que habían sido sus consejeros. 

Así que juntos hicimos ese duelo, nos hacía bien encontrarnos, abrazarnos y recordar buenos momentos. 

Un duelo comunitario y también de organización. Porque a la par de las exequias pontificias siempre está latente la sucesión…

Vi en ellos una gran responsabilidad que les caía encima, que era la de pensar el futuro de la Iglesia. Durante esos días comprendí que el tema central de la reflexión no era tanto quién iba a ser el próximo papa sino qué necesitaba el mundo. Para muchos cardenales, que era su primer cónclave, también fue un aprendizaje. Estaban todos pensando cuál era la situación histórica en la que ellos tenían la responsabilidad de elegir un Papa.

En esa responsabilidad respecto al futuro de la Iglesia —entendida no como la jerarquía sino como pueblo de Dios— tomaron muy en serio cuál era el contexto en el que iban a elegir, qué necesitaba la iglesia, qué necesitaba el pueblo de Dios, qué amenazas había en el mundo y cuál debería ser el perfil para acompañar como buen pastor ese momento. 

La principal cuestión era cómo transmitir un futuro de esperanza, como mostrarle a la gente un nuevo pontífice en el que pudieran confiar que él iba a navegar esa nave, que es la iglesia.

Los cardenales han sido hombres de gran valentía y responsabilidad. Pero no como piensan algunos que solo se elige una persona; no es una campaña presidencial, no es la sucesión de un presidente. Se juega en otra cosa.

Y ahí está la elección de Francisco y de cualquier Papa, pero quizás más de Francisco, porque el salió a buscar esos pastores responsables del futuro de la iglesia que lo sucederían al Fin del Mundo.

"Qué gran hombre fue. Nada lo quebró" dijiste hace unos días recordando a Francisco. ¿Cuáles fueron las batallas del primer Papa Latinoamericano? 

Eso que nada lo quebró fue la vida misma, fueron los acontecimientos de la historia, fue esa guerra a pedazos que él percibió e identificó antes que otros, que aún no la siguen viendo porque siguen pensando en la guerra como una guerra tradicional de dos países enfrentados. 

Cuando Francisco hablaba de la guerra a pedazos, hablaba de otros modos de aniquilamiento, como es la trata, el hambre, el abuso, la violación, el extractivismo. Eso todavía me parece que está incomprendido, y eso no lo quebró. Eso lo llevó a hablar con cada uno de los políticos que lo visitaban oficialmente en sus audiencias, de que tuvieran cuidado de una amenaza que podía ser la construcción de nuevos candidatos a través de los medios de comunicación.

"Síndrome 1933" era el libro que él regalaba. Advertía que no se podía elegir a alguien que no tuviera historia, que no supiéramos de dónde venía, ni a dónde iba. 

Y eso también era un modo de preparar el futuro.

Esto también era un intento desesperado de constituir conciencias católicas para la política, que pensaran las amenazas concretas a la dignidad humana, pero por otro lado, la nueva tecnología que daba paso a un nuevo modo de hacer política que no necesariamente garantiza la democracia en el sentido que la habíamos entendido en el siglo XX.

Y ahí también él intentó intervenir, no con discursos amenazantes, no con argumentos lógicos, sino con la estética, con el lenguaje que él manejaba mejor que nadie, con una estética que es capaz de poner el todo en una parte armoniosa e impactar, despertar la sensibilidad. 

Lo hizo con la literatura, pero también lo hacía con su cuerpo. El Papa Francisco no hablaba muchos idiomas, pero hablaba un lenguaje que podía ser entendido en todos los idiomas. Hablaba con su cuerpo, por ejemplo, cuando se tira al piso a besar los pies de un poderoso político para frenar esa guerra a pedazos. Eso dijo más que cualquier idioma.

Es el lenguaje del gesto, es el lenguaje del símbolo y es el poder simbólico que finalmente tiene un Papa, quien no tiene un ejército, que no tiene grandes fortunas, pero que tiene el poder que da el símbolo de la fe

Pues ese es el lenguaje de Dios; lo fue el lenguaje de Jesucristo, que hablaba en parábolas. El lenguaje de Dios es un lenguaje que tiene que tocar la sensibilidad para hacernos reaccionar. Y eso es un lenguaje de gestos, no de palabras. 

El artículo primero de la Constitución de la Curia Romana que promulga Francisco no habla del contenido de la evangelización, sino del modo de la evangelización. Y esos gestos tienen que ser capaces de tocar la carne sufriente de Cristo en el pueblo. Evangelizar dando testimonio, actuando eso mismo que uno predica. Ese era el lenguaje del Papa Francisco, también lo es del Papa León.

Francisco nunca se desesperó frente a una realidad amenazante, sino que supo sutilmente —que es el lenguaje de Dios— preparar el camino para que se constituyan nuevas conciencias sensibles, no sé si ilustradas, pero sensibles, porque él combatía la globalización de la indiferencia.

Lo primero que hacía cuando entrábamos a verlo era tener un gesto estético que desbloqueaba nuestro miedo, nuestra pavura por estar delante de una imagen tan poderosa como es un pontífice. Con humor él lograba en menos de un minuto generar un ámbito de cercanía. 

Santa Maria la Maggiore se ha transformado en un nuevo lugar de Peregrinación en Roma. Gente de todo el mundo, católicos y no católicos, van a arrodillarse frente a su tumba. ¿Qué encuentran en esa tumba sencilla esos nuevos peregrinos?

He visto llorar gente de China, de Japón, de Filipinas, de Italia, de Latinoamérica, de Estados Unidos. Y me asombraba porque pensaba de una manera rara. Decía: "Pero si no lo conocen, ¿cómo es que lloran?", pensando que conocer a una persona es haber tenido una cercanía inmediata. 

Y ahí aprendí también que no solamente se quiere a las personas que están al lado de uno, se quiere a personas que quizás uno nunca vio en vida, pero los hemos conocido por su testimonio. Esas personas que llegan ahí, sin haber estado con él personalmente quizás ninguna vez, lo quieren por su testimonio, lo quieren por lo que hizo, por cómo hablaba, por cómo reía, por cómo expresaba cercanía. 

Siempre entraba en San Pedro saludando a todos. No sé cómo lo hacía. Pero lograba que todos sintieran que lo había mirado a él, que le había sonreído a él. Ese era un gran talento, un gran talento a través del cual él daba testimonio, como daba testimonio cuando llamaba todos los días a las 6 de la tarde a Gaza. 

¿Qué podía hacer un anciano en silla de ruedas frente a esa situación? Llamaba, y ese llamado salía en todos los diarios del mundo. "Hoy el Papa llamó", y eso hacía que el mundo siguiera teniendo presente la situación que estaban viviendo nuestros hermanos, al otro lado del mundo.

La profecía de una guerra mundial en cuotas, lamentablemente, se ha vuelto una realidad luego de su muerte. Su liderazgo ético-político parece haber sido un dique de contención a demonios que luego de su partida se desataron. ¿Quienes festejaron su partida?

Yo no creo que haya alguien que haya festejado su partida. Realmente no lo creo. La gente es menos mala de lo que pensamos. Es muy difícil ser malo. 

Si uno piensa en los cuatro principios de Kant, hay uno moralmente bueno, uno moralmente malo y dos que son indistintos. Es decir, son buenos de casualidad, pero no es porque quisieron ser buenos o porque quisieron ser malos. Es muy difícil ser malo. Si seguimos la lógica de Kant, hay que ir en contra del bien, hay que saber qué es lo bueno y aún así voluntariamente actuar lo contrario, actuar en contra del deber y por interés. 

Para festejar la partida de alguien hay que ser malo. Y eso no es la humanidad, eso es la caída. Pero yo sigo confiando en la humanidad y no creo que nadie haya festejado su partida. Yo he visto desfilar delante de su féretro a personas, personajes internacionales que uno diría que no estaban de acuerdo con el Papa. Sin embargo, nadie dejó de conmoverse ante su figura. Por eso no creo que alguien haya festejado su partida.

León es el nombre del gran amigo y compañero de Francisco de Asís. También el del Papa que frenó a Atila y el de la doctrina social de la Iglesia moderna. De alguna forma, Francisco preparó a Robert Prevost para ser su sucesor. En estas horas comienza a verse el temple del nuevo Papa. ¿Que vio Francisco y los cardenales en León XIV para elegirlo como su sucesor?

Francisco conocía a Prevost, lo conocía desde hace muchos años, lo había conocido en Argentina, pero también todos sus años en Chiclayo. Cuando él lo nombra Prefecto del Dicasterio de Obispos, nombra un obispo de una pequeñísima ciudad y lo pone en uno de los puestos, sino el más importante, de la curia romana, el gobierno de la iglesia. Eso indica que confiaba mucho en Robert Prevost.

¿Cómo lo preparó? Bueno, el Prefecto de obispos es quien se reúne todos los sábados con el Papa, que se conversa la nómina de obispos y otros temas. Así que Prevost no solo ha tenido contacto con el Papa antes de llegar a la curia, sino que en la curia es el prefecto que tiene un contacto cotidiano, semanal, con el Papa. 

El Papa lo quería mucho, el Papa lo valoraba mucho, el Papa sabía de su calidad para ser un cardenal, de su calidad para estar al frente de ese dicasterio, pero también sabía de su calidad de pertenecer a dos mundos. 

Me decía: "Es como vos, pero al revés. Él nació en Estados Unidos y optó por Latinoamérica. Vos naciste en Latinoamérica y vivís en Estados Unidos por tu familia, por tu trabajo. Ustedes se van a llevar bien", me decía. 

Y él sabía que Prevost tenía la capacidad de construir puentes. Él me había confiado la tarea de construir puentes para unir las Américas, porque consideraba que los problemas eran comunes y las soluciones también debían serlo, al menos en el plano de la iglesia. Y él confiaba que Prevost era la persona para unir, al menos en lo que hacíamos juntos, estas dos Américas.

Tenían un diálogo cercano, tenían un diálogo de amigos. Él me decía: "Te vas a llevar muy bien con él, vas a ver, te va a encantar", me dijo. Prevost es una persona reservada, pero ya a los pocos meses me di cuenta de que era una persona maravillosa, un ser humano cálido, una persona firme, de decisión valiente, una persona que toma decisiones y las sostiene, que me ha tratado realmente muy bien siempre, como una compañera de trabajo, que ha apoyado mis proyectos, los proyectos que en realidad habían comenzado con Francisco pero que él también asumió. 

Y creo que no es que eligió un sucesor, pero sí que indicó que era una persona especial. Francisco lo nombra cardenal, y luego, antes de entrar al hospital donde él ya sabía que su salida podía ser quizás la última, él lo nombra Cardenal Obispo, que es una de las posiciones más altas dentro de los cardenales curiales. Eso fue un gran signo de que él confiaba en Prevost.

El Colegio de Cardenales lo conformó de manera surtida. Algunos en la línea del Papa, otros no tanto; pero todos católicos, comprometidos con la Iglesia. Y finalmente, en esa distinción, en esa diversidad que cada uno de ellos representa, se da la unidad de la Iglesia, que finalmente es el lema del nuevo Papa León XIV: "En él todos somos uno".

¿Qué palabra podés darnos a los argentinos?

Por último, agregaría que los argentinos tenemos que estar orgullosos de que uno de los nuestros haya sido el sucesor de Pedro. Eso es un orgullo. Pero tampoco es lo mismo que ganar un mundial. Eso no nos hace campeones

Eso nos hace en todo caso solidarios de que nuestra Iglesia se haya compartido mediante Francisco con todos los pueblos del mundo. Pero Francisco es el Papa de todos, no es el Papa argentino. Y para hacer honor a su memoria debemos apoyar al Papa León, en quien él confió.

Y tenemos que ver que ahí está el futuro de la Iglesia, y todo lo que recordemos de Francisco, no solo las anécdotas que cada uno tengamos, sino su pontificado, el gran cambio que intentó en la Iglesia toda, la puesta en marcha de una sinodalidad cuando todo el mundo estaba perdiendo la práctica del diálogo social y de la democracia. 

Como argentina ahora, y no como Secretaria de la Curia, creo que es válido, necesario, pertinente hacer el homenaje al Papa Francisco, pero sin terminar ahí la historia. El mejor homenaje que le podemos hacer a Francisco es dar todo nuestro apoyo al Papa León XIV. 

León ha dado muchas señales de que él avanza en ese esquema de iglesia, pero al mismo tiempo, tenemos que permitirle los cambios, porque esos cambios son necesarios, porque los tiempos son otros. 

Cuando hablamos de la iglesia, hablamos de una continuidad en la diferencia. 

Todo siempre continúa.