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Guerra, algoritmos y poder: La contraofensiva tecnocrática

Guerra, algoritmos y poder: La contraofensiva tecnocrática

La cirugía algorítmica

Es el glorioso 2026, abrís X y el timeline, casi siempre, parece saber lo que estabas pensando. No necesariamente porque te espíe en el sentido clásico, sino porque aprendió a leer los patrones de tu atención y a devolverte su versión amplificada. Eso, que puede leerse como una curiosidad técnica o de diseño, es en realidad la forma más precisa de describir lo que ocurre hoy a escala masiva con los vectores informativos en Occidente, ese concepto que se menciona hasta el cansancio y se entiende cada vez menos. Lo que ahí aparece es, en el fondo, una nueva forma de ejercer poder: no sobre poblaciones desde afuera, sino dentro de cada sujeto.

Desde la guerra entre Estados Unidos/Israel e Irán -que, post pandemia, viene funcionando como nuevo stress-test global de estas plataformas- esa capacidad se volvió imposible de ignorar. Cada usuario recibió su propia versión del conflicto, coherente, emocionalmente cargada, sellada contra cualquier versión alternativa. Algo distinto a la propaganda del Siglo XX está ocurriendo. Más granular, más íntimo.

Pese a que se puede discutir sobre la cantidad de información, todo indica que es la arquitectura de su entrega la que ha recibido un considerable upgrade. Antes, consumir medios distintos requería un acto activo de búsqueda. Ahora las plataformas digitales aprenden lo que te moviliza y te lo sirven sin pausa, sin fricción, sin ese pequeño espacio de demora donde solía vivir el juicio. El resultado excede la polarización política, y es más difícil de nombrar: una suerte de fatiga cognitiva estructural, donde la capacidad de sostener una idea sin contrastarla inmediatamente con su versión más agresiva queda erosionada. Se piensan menos cosas hasta el fondo porque siempre hay algo empujando hacia la siguiente reacción.

Para entender de dónde viene todo esto hay que mirar más arriba. Quién controla esa infraestructura, qué disputa hay entre los que la controlan, y cómo esa disputa se derrama hacia abajo en forma de conflictos que parecen espontáneos pero están profundamente mediados. Esto se puede pensar desde tres ejes: la mutación del poder y sus actores, los eventos globales que la aceleraron, y el ruido cotidiano que es su producto más visible. Siempre con la pregunta qué nos da vuelta: ¿y qué lugar ocupa Argentina en todo esto?

El poder que interviene en lugar de convencer

Lo que ocurre tiene una precisión que los marcos habituales no alcanzan a describir. Estamos viendo -o más bien sintiendo- una nueva forma de intervención sobre la subjetividad que ya no busca convencer a sujetos relativamente estables sino, justamente, intervenirlos.

Antes, el poder necesitaba instalar relatos generales, grandes marcos que ordenaran la percepción colectiva. Hoy opera con otra herramienta: la customización algorítmica de la subjetividad.

La pregunta ya no es qué contenido ves, sino desde qué dolor lo vas a interpretar. Cada individuo recibe su propia versión del mundo, pero también una versión multiplicada de sí mismo. El sistema detecta patrones de atención y estados afectivos -ansiedad, resentimiento, aspiración- y sobre esa base produce una intervención quirúrgica: ajusta el flujo de estímulos para consolidar una identidad funcional a ese circuito.

Ahora bien, sería ingenuo creer que todo esto aparece de la nada. Podrían decirnos que las redes sociales vienen operando sobre la atención hace más de una década, y el internet hace mucho más. La diferencia no está en la existencia del fenómeno, sino en su mutación. Antes había segmentación: grupos amplios, perfiles estadísticos, campañas orientadas. Los modelos actuales aprenden en tiempo real sobre micro-variaciones de comportamiento y ajustan la intervención en consecuencia. Antes el poder distribuía contenido optimizado, hoy modula estados. Ajusta ritmos, intensidades, repeticiones, contradicciones, en función de cómo cada sujeto responde segundo a segundo. Y, sobre todo, cierra ese circuito: cada reacción es insumo inmediato para la siguiente intervención. Ya no se trata de influir sobre una población, sino de operar dentro de un sistema adaptativo que reconfigura la percepción mientras ocurre. Ese es el punto de inflexión. Llamarlo propaganda ya no alcanza. Lo que ocurre es una cirugía algorítmica sobre las identidades.

Dos oligarquías, dos métodos

Para entender por qué esta lógica se acelera ahora, hay que subir un nivel: lo que está en disputa no es una política puntual ni un ciclo electoral, sino el método mismo del dominio en Occidente. Y ese método está fracturado entre dos formas de poder que ya no comparten el mismo lenguaje.

Una oligarquía financiera clásica -Wall Street, la banca internacional, los organismos multilaterales- construyó su hegemonía sobre la administración de instituciones. Necesitaba cierta estabilidad, consensos mínimos operativos, marcos legales predecibles. Su poder era mediado: requería Estados, tratados, burocracias, legitimidad formal. No porque fuera benevolente, sino porque su arquitectura de extracción dependía de que el mundo funcionara con suficiente regularidad.

La oligarquía tecnocrática emergente opera sobre otra base. Controla plataformas, infraestructura digital, datos en tiempo real y modelos de inteligencia artificial. Su poder no depende de ordenar el conflicto sino de procesarlo. La estabilidad que la oligarquía financiera necesitaba para operar es, para la tecnocrática, un obstáculo: el caos es su materia prima. Donde la oligarquía financiera necesitaba un sujeto más o menos coherente para gobernar, la tecnocrática trabaja con subjetividades rotas, contradictorias, en un loop permanente. No bug, feature.

Desde ya que esto no significa que sean bloques monolíticos ni que estén en guerra abierta. La articulación entre ambas existe y es funcional en múltiples puntos. Pero la tensión es real: hay una disputa por quién administra la mediación simbólica, quién define las condiciones del juego, quién tiene la última palabra sobre lo que es percibido como real. En ese contexto, episodios como el caso Epstein -más allá de sus múltiples capas- funcionan también como eventos de reacomodamiento intra-élite. Ciertos “carpetazos” erosionan actores, reordenan jerarquías, abren espacio para otros. Lo importante no es la teoría cerrada sobre quién mueve qué pieza, sino la dinámica: hay una disputa real por quién administra esa mediación simbólica. Y esa disputa, que se procesa arriba, se traduce hacia abajo en la forma en que millones de personas perciben, interpretan, y entran en conflicto todos los días.

La infraestructura del desorden

Para que esto no quede en abstracción, conviene mirar la secuencia y la arquitectura técnica que la sostiene.

Desde 2020, una serie de eventos funcionaron como stress-tests sucesivos de estas plataformas sobre la percepción colectiva:

  • La pandemia (2020-2022) fue el primer laboratorio a escala global. Sistemas de salud, gobiernos, medios y plataformas operaron en simultáneo sobre poblaciones confinadas y emocionalmente vulnerables. Se testeó en tiempo real la capacidad de modular comportamiento masivo, instalar o erosionar consensos, y gestionar disidencia informativa.
  • El 7 de octubre de 2023 mostró algo distinto: la velocidad con que plataformas como X e Instagram podían producir versiones radicalmente incompatibles del mismo evento en tiempo real, sin necesidad de edición central. El conflicto no fue cubierto: fue generado como experiencia algorítmica diferenciada para cada segmento de audiencia.
  • Ucrania consolidó la bifurcación informativa entre Occidente y el resto. Pero más relevante que los contenidos fue el mecanismo: la decisión de qué voces amplificar, qué cuentas suspender, qué etiquetas aplicar, quedó en manos de plataformas privadas con más poder de agenda que la mayoría de los Estados.
  • La guerra EEUU-Irán (2025-2026) es el escenario actual. Lo que la hace cualitativamente distinta es que ya no hay siquiera la pretensión de una versión oficial unificada. Cada usuario recibe su conflicto. Como dijimos más arriba: la fragmentación no es falla del sistema: es su producto más acabado.

Detrás de esa capacidad hay una infraestructura compleja que rara vez se nombra con precisión. Palantir -fundada con capital de la CIA, hoy con contratos en más de 18 gobiernos- es el sistema nervioso del análisis predictivo de poblaciones: cruza datos de inteligencia, redes sociales, registros financieros y movimientos físicos para construir modelos de comportamiento individual y colectivo. Oracle provee la infraestructura de datos sobre la que operan buena parte de las agencias estadounidenses y corporaciones globales. La NSA, reformada después de Snowden pero obviamente no desmantelada, sigue siendo el nodo de intercepción masiva que alimenta esos sistemas. No son actores separados: son capas de una misma arquitectura donde los datos de plataformas comerciales, la inteligencia estatal y los modelos de IA privados convergen sin fricción ni supervisión democrática real.

¿Y qué tiene que ver esto con nosotros los Argentinos? Más de lo que suele reconocerse. Argentina no es un actor marginal en esta arquitectura: es un territorio de alta densidad simbólica, con una tradición política de autonomía relativa, recursos estratégicos disputados y una sociedad con historia de movilización y conflicto. Eso la hace, simultáneamente, un mercado de intervención y un problema a gestionar. La polarización local -que en superficie parece enteramente doméstica- tiene capas de amplificación externa que no son conspirativas ni mucho menos, sino estructurales: las mismas plataformas que procesan el conflicto en EEUU o Medio Oriente operan acá con la misma lógica, leen los mismos patrones afectivos, y entregan versiones locales del desorden administrado. El kirchnerismo y el mileísmo no son solo fenómenos argentinos: son también nodos dentro de una arquitectura global de fragmentación que sabe exactamente qué tensiones locales tiene disponibles para procesar. La escala cambia, la lógica no: el desorden administrado no tiene una sola geografía.

El conflicto como condición de funcionamiento

El efecto de esa disputa entre élites -financiera y tecnocrática- no se procesa solo arriba. Se traduce en una multiplicación de guerras civiles de baja intensidad en el plano cultural. Batallas simbólicas permanentes -identitarias, morales, sexuales, religiosas- que nunca terminan de resolverse. Sin cierre, sin síntesis, todo el tiempo en loop. Pero eso no puede ser diagnosticado como un error del sistema, es una condición absolutamente funcional, porque en un entorno así la atención se mantiene capturada, las identidades se rigidizan, los sujetos se vuelven predecibles en su comportamiento, y las plataformas -propiedad de esa oligarquía tecnocrática- se convierten en el único terreno donde todo ocurre. El territorio disputado es la arquitectura de la percepción. ¿Soberanía Cognitiva? No me jodas.

La separación administrada

Una vez que el sistema puede modelar la subjetividad, descubre que el conflicto no es un problema sino un recurso. Y entre todos los conflictos posibles, hay uno especialmente fértil que ejemplifica bien todo esto: la relación entre el hombre y la mujer.

El algoritmo no inventa la crisis, pero la segmenta, la amplifica y la estabiliza. A cada "lado" se le entrega una narrativa coherente, emocionalmente eficaz y socialmente compartible. Cada sujeto termina interpretándose a sí mismo, y al otro, dentro de ese marco. Ya no existe el encuentro sin mediación previa, hay narrativa guionada. El varón interpreta, la mujer anticipa. O viceversa. Siempre ambos sospechan antes de experimentar. Esa sospecha fue inducida, repetida, validada. Y por supuesto, recompensada.

El resultado con este ejemplo puntual o tantos otros, es una batalla de baja intensidad que no tiene frente claro ni posibilidad de armisticio. Solamente se configura con la fuerza de lo libidinal. Cada individuo circula con una identidad previamente cargada -construida en capas de contenido, comunidades y conflictos algorítmicos- y desde ahí interpreta cualquier fricción como confirmación de la amenaza. No hablamos de una paranoia clínica, desde ya, pero sí de una disposición inducida, sostenida por un ecosistema que recompensa la sospecha y penaliza la ambigüedad. El otro no es una persona a descubrir sino una categoría a gestionar, cuando no directamente a neutralizar.

En ese punto, la diferencia sexual deja de ser un drama humano abierto y pasa a ser infraestructura del sistema. Una sociedad de individuos desvinculados, recelosos y permanentemente interpretándose a través de marcos prefabricados es más gobernable desde plataformas que una sociedad con vínculos densos, fricciones, incomodidades o experiencias "opacas". La tensión entre sexos es un buen caso para entender la tecnología de atomización. Probablemente nadie la diseñó en un escritorio, pero sí fue optimizada por un ecosistema que aprende rápidamente qué formas de conflicto generan más captura, más previsibilidad y más permanencia dentro del sistema.

La religión como bandera, no como tradición

A esto se le suma otra capa sobre la que hemos trabajado bastante desde este espacio: el retorno de lo religioso en clave fragmentada y reactiva. Catolicismo, evangelismo, espiritualidades varias, formas secularizadas de moralidad, reaparecen como lenguajes para ordenar el caos. Pero ojo, también son absorbidos por la lógica de la plataforma. Funcionan más como identidades que como tradiciones vividas. Se integran a la guerra cultural como banderas. Y el sistema no necesita suprimirlos. Le alcanza con integrarlos como otro eje de conflicto administrable.

El desorden como producto

La contraofensiva tecnocrática no impone un orden único, más bien produce un desorden administrado. En ese desorden, la disputa entre élites redefine las condiciones del juego, y la vida cotidiana de millones queda atrapada en circuitos de conflicto que parecen espontáneos pero están profundamente mediados. La relación entre hombre y mujer es uno de los escenarios privilegiados de esa operación, no porque alguien haya decidido destruirla, sino porque es lógicamente un lenguaje rentable para organizar la fragmentación.

Por el momento no vemos que el algoritmo reconcilie, esclarezca ni ordene, solo administra. Y en esa administración, lo que se pierde no es la armonía -que nunca, por suerte, fue total- sino la posibilidad de una experiencia que no esté previamente narrada.

Ahí, justamente ahí, está la única salida que no es nostálgica ni ingenua: nombrar el mecanismo. No hace falta desconectarse, dejar de de scrollear ni retirarse a la montaña o a un margen ascético. Hace falta, antes que nada, ver y reconocer que el entorno está diseñado, que la intervención es sistemática y que diagnosticarla no es un privilegio intelectual o de clase, sino el primer acto de cualquier cosa que merezca llamarse pensamiento propio.

Para la Argentina ese acto tiene una dimensión estratégica: somos un territorio con muchos recursos en disputa y una sociedad que sabe movilizarse. Eso nos hace un mercado de intervención. También, si podemos sostener la lucidez, un lugar desde donde jugar con nuestras propias cartas.