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Historia de la doctrina milenaria

Historia de la doctrina milenaria

Son las tres de la tarde de un miércoles lluvioso y yo tengo que entregar este texto en las próximas cuarenta y ocho horas. En el medio, tengo un turno médico, tres reuniones con potenciales clientes y diez contenidos de una campaña que no terminé de editar. Siguiendo el promedio argentino, dos trabajos ya no alcanzan y un tercero sólo cubre la dignidad humana si el costo que estamos dispuestos a pagar es no tener vida social y descuidar un poco la pareja -si es que se la tiene. Falta tiempo, falta plata, es difícil la vida, es fácil gastar plata, es fácil aumentar de peso, es difícil tener salud, es fácil no encontrarle el sentido. 

Aun así este texto es un texto colectivo. Yo ordeno las palabras, pero las voces que me dictan vienen de otros tiempos, otros recorridos y otras almas. Quizás todas ellas hicieron caminos diferentes para llegar hasta acá y es probable que mientras algunas expresan las marcas que deja la experiencia hostil, otras menos lastimadas y llenas de colágeno, hablan de lo mismo. 

A un año de la muerte del Papa argentino, esta recomposición teórica de sus principales enseñanzas no tiene el objetivo de cerrar el icono. Fallará insistentemente, pero este es un intento desesperado por sumar ojos para ver el mundo tal y como es. Francisco logró llevarse algo de cada uno de nosotros y dejarlo muy cerca de Dios, nos mostró sin eufemismos y sobre todo con gestos que hay algo que compartimos y es difícil de explicar con palabras. Para poder verlo hay que dar un salto de fe. La comunidad que somos está rota y apaleada, pero tiene las raíces necesarias para que cuidarla de sus nuevos frutos.

Sé como el grano de trigo que cae en tierra y desaparece, y aunque te duela la muerte de hoy, mira la espiga que crece.

I. Sobre lo justo

El mote de "peronista" que persiguió a Francisco durante doce años de pontificado dice más sobre Argentina que sobre él. Un país que no tiene otro vocabulario para nombrar la defensa de los pobres que no sea el de la política partidaria hace al peronismo más cristiano que cualquier otro movimiento. Cuando alguien pone a los descartados en el centro de su discurso, cuando algún muñeco con ganas de ser candidato dice que nadie es prescindible y que la dignidad no se negocia, nuestra primera reacción es preguntar de qué partido es. La asociación de la justicia social con la política justicialista puede haber sido resultado de un gran equipo de comunicación y campaña, pero lamentablemente para muchos la realidad es que si uno lee el Evangelio con honestidad intelectual, no necesita dudar mucho más. 

Pero Francisco no era peronista. Fue algo anterior y más radical: fue cristiano. Y ser cristiano, en su lectura, implicaba necesariamente una posición sobre los pobres que no era opcional ni matizable. "Para la Iglesia, la opción preferencial por los pobres es una categoría teológica antes que cultural, sociológica, política o filosófica", escribió en Evangelii Gaudium. Aunque a muchos les pese, no se trataba de una preferencia ideológica ni una lectura progresista del Evangelio. Es lo que el Evangelio dice, sin mediación posible. Dios otorga su primera misericordia a los que no tienen. Colocar a los pobres en el centro es una consecuencia doctrinal. 

La Doctrina Social de la Iglesia — matriz del pensamiento de Francisco y de los curas del tercer mundo— nació de la necesidad de responder teológicamente al descalabro que trajo la revolución industrial. León XIII, en 1891, con la encíclica Rerum Novarum, no estaba haciendo "política" en el sentido secular. La respuesta moral frente al mal es lo que la Iglesia Católica ofrece al mundo doctrinariamente. Y el mal de fin del siglo XIX era la esclavitud de nuevo tipo que el capitalismo industrial había producido: el obrero reducido a fuerza de trabajo, despojado de su dignidad, convertido en pieza de un engranaje que no lo reconocía como persona. La DSI nació como respuesta a esa indignidad. Al escaparle a todas las fantasías ateas, la Iglesia no estaba con el comunismo ni con ningún partido sino con el ejercicio de recordar que hay algo en el orden de lo humano que ningún sistema económico puede violar sin responder ante algo más alto. 

Francisco fue el heredero directo de esa tradición. La actualizó, la agudizó, la encarnó con una contundencia que sus predecesores no siempre tuvieron. Cuando hablaba del "descarte" nombraba la lógica profunda del capitalismo contemporáneo, que no solo explota sino que directamente elimina a los que no rinden. El descartado no es el explotado del siglo XIX — al que al menos se necesitaba para producir. El descartado del siglo XXI es el que el sistema ni siquiera necesita explotar. El que sobra. El que puede ser ignorado sin consecuencias para la acumulación. 

Esa es la primera lección. La justicia no es una posición política. Es una respuesta moral frente al mal, y el mal tiene siempre la misma forma: la indignidad del hombre, la esclavitud bajo cualquiera de sus nombres. Francisco lo sostuvo con la autoridad de dos mil años de doctrina y con la convicción de quien sabe que eso no cambia según quién gobierne. Lo que cambió, lo que siempre cambia, es la forma que toma el mal en cada época. La tarea de la Iglesia es reconocerlo y nombrarlo. Sin especulación.

II. Sobre la guerra

En agosto de 2014, un año después de su elección, Francisco celebró misa en Redipuglia, frente al cementerio donde descansan los soldados de la Primera Guerra Mundial. En la homilía dijo algo que entonces pareció una imagen poética y que doce años después resultó ser un diagnóstico demasiado exacto: el mundo estaba viviendo una "tercera guerra mundial en cuotas". Una dispersión de guerras simultáneas — Siria, Irak, Ucrania, Gaza, el Sahel, el Congo — que eran fragmentos de un mismo fenómeno de descomposición global. La frase fue citada textualmente por León XIV en su primer discurso público, semanas después de la muerte de Francisco. La profecía se había cumplido. El heredero la reconocía.

Pero la posición de Francisco sobre la guerra fue siempre más compleja que un llamado a la paz. Y esa complejidad es la segunda lección que nos dejó y la que más incomodó a todos los bandos.

La Iglesia Católica tiene una doctrina sobre la guerra que viene de San Agustín y fue sistematizada por Santo Tomás: la "guerra justa". No es una bendición de la violencia sino un intento de limitarla moralmente: para que una guerra sea lícita debe tener causa justa, intención recta, debe ser el último recurso después de agotadas todas las vías pacíficas, debe ser proporcional y debe tener posibilidad real de éxito. Francisco hizo de esa doctrina algo casi inaplicable en el mundo contemporáneo, y lo hizo con una lógica que sus críticos nunca pudieron refutar: ¿cómo se verifica la proporcionalidad cuando la industria armamentística tiene intereses propios en la prolongación de los conflictos? ¿Cómo se certifica que se agotaron las vías pacíficas cuando las potencias que deberían mediar son las mismas que venden armas a ambos lados? ¿Cómo se habla de última ratio cuando hay arsenales nucleares capaces de destruir varias veces a toda la humanidad y nadie los está desmantelando?

Su llamado a la "bandera blanca" en Ucrania — que escandalizó a Kiev y a buena parte de Occidente — no fue una ingenuidad ni una insensibilidad ante el sufrimiento ucraniano. Si la guerra justa es casi imposible en las condiciones actuales, entonces la negociación no es una rendición sino el único camino lícito. "Negociar nunca es rendirse", dijo. Cuando Ucrania respondió que nadie negoció con Hitler, Francisco no se retractó, su argumento no era estratégico sino moral: hay algo que ninguna causa, por justa que sea, puede justificar. Y ese algo es exactamente la "espantosa cosecha de civiles inocentes" que él veía en Gaza, en Ucrania y en todos los frentes de esa guerra.

Pero la dimensión más profunda de su posición sobre la guerra era teológica. Para Francisco, la guerra no es un accidente de la historia. Es el síntoma más extremo de la misma lógica que produce el descarte y la pobreza. El otro no sólo es económicamente prescindible sino literalmente eliminable. En ese sentido, Francisco no separaba su condena de la guerra de su defensa de los pobres. Eran el mismo argumento. Y había algo más en ese diagnóstico. La tercera guerra mundial en cuotas no era solo los conflictos armados. Era también — y Francisco lo insinuó con más claridad en sus últimos años — la guerra económica contra los pueblos, la guerra cultural contra la dignidad, la guerra tecnológica contra la soberanía del hombre. El frente militar era el más visible pero no el único. Estamos en guerra en múltiples dimensiones simultáneas, y la respuesta moral no puede limitarse a pedir alto el fuego en los frentes donde se disparan balas. Tiene que nombrar todos los frentes donde se viola la dignidad humana. Esa era la audacia de Francisco. El papa argentino veía la guerra como categoría total. Y desde esa visión, su posición no era la del pacifista ingenuo que no entiende la geopolítica. Era la del hombre que la entiende perfectamente y elige, de todas formas, no ser el capellán de ningún bando.

III. Sobre la teología de la justicia

En el corazón de la Fratelli Tutti, su primera encíclica, Francisco hace poesía cuando escribe: "solo falta el deseo puro y gratuito de ser pueblo". Logró también describir la condición del pueblo. Una disposición previa a cualquier estrategia, a cualquier programa, a cualquier coalición electoral. Estaba diciendo que antes de la táctica y el slogan político viene algo más fundamental: el querer. El deseo de que las cosas sean de otra manera. 

La teología de la justicia que Francisco practicó durante doce años no es un sistema. No es un programa que se pueda implementar ni una doctrina que se pueda citar para legitimarse. Es una metodología, un modo de caminar. Empieza por la pregunta sobre uno mismo antes de la pregunta sobre el sistema. Por el gesto concreto antes que por la estrategia. Por lo más cercano — el marginado que está al lado del camino, no el pobre abstracto de las estadísticas — y desde ahí va hacia afuera, hacia lo más amplio, hacia el pueblo como horizonte.

No hay más grandes relatos disponibles. Las teorías del cambio social del siglo XX mostraron su agotamiento. Los partidos que prometían transformación histórica produjeron, en el mejor de los casos, administraciones razonables y, en el peor, nuevas formas de descarte con otro vocabulario. "No le pidan a la dirigencia lo que deben hacer ustedes mismos". Un llamado a asumir la responsabilidad que le corresponde a cada uno en lugar de delegarla permanentemente en estructuras que nunca van a hacer lo que nosotros mismos no estamos dispuestos a hacer.

¿Quién asume esa teología ahora que Francisco no está? 

Somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón.

Hacer el bien hoy, no mañana, ni cuando estén dadas las condiciones, ni cuando la correlación de fuerzas sea favorable. Bajar la cabeza, pasar del análisis a la acción. Es reencontrarse con uno mismo y con el otro en el único tiempo que existe, que es este. Entender que somos los que somos, que estamos los que estamos, y que eso no es una limitación sino el único punto de partida real. La espera de condiciones ideales es otra forma de la especulación que Francisco condenaba. El habriaqueísmo que paraliza, la estrategia que nunca se convierte en gesto porque siempre le falta algo para ser perfecta. 

Una red de amigos. Ser los que se eligen mutuamente, que deciden que lo que los mueve es querer ver bien a los suyos para poder estar bien todos. Esa es la escala en la que la teología de la justicia se vuelve practicable, en la decisión de ampliar esa red. De que los que están adentro lleguen bien y de que cada vez haya más gente adentro. 

Los procesos que transforman no se miden en ciclos electorales sino en generaciones. Sabemos que la tarea de ampliarla es posible porque ya está pasando. Sabemos que es lenta porque todo proceso real lo es. 

La teología de la justicia que Francisco nos dejó no tiene otro punto de partida que el gesto que siempre es posible. El que nadie puede impedirte porque depende solo de vos. El que no requiere mayorías ni recursos ni correlaciones de fuerzas favorables. Requiere solamente el deseo. El deseo puro y gratuito de que las cosas sean de otra manera, traducido en una decisión concreta, en un movimiento hacia el otro, en la construcción paciente de algo que valga la pena heredar.

Francisco murió el 21 de abril. Nos dejó las puertas abiertas. La pregunta no es si vamos a cruzarlas sino con cuánta paciencia y con cuánta gente.

Dios no se cansa de esperar.