Panorama

La guerra por la reputación Argentina

La guerra por la reputación Argentina

Fútbol, apuestas y poder

Los conflictos contemporáneos no siempre buscan ocupar un territorio físico. Muchas veces buscan ocupar el imaginario con el fin de concretar un objetivo deseado sin utilizar la violencia. Las formas más altas de poder son las que logran obediencia sin tener que doblegar la voluntad del otro. En un mundo hiperconectado, una campaña para deslegitimar un país puede poner en riesgo sus recursos vitales y estratégicos. 

En este sentido, y desde una aproximación geopolítica al ciberespacio, el control de narrativas puede llevar a generar efectos directos en la bolsa de comercio, en bonos, en el funcionamiento de instituciones o en reclamos geopolíticos.  

Esto no se trata de una gran conspiración sino de un reconocimiento de cómo opera el poder en las plataformas digitales y los algoritmos; entendiendo que no son tecnologías neutrales. 

Eso fue lo que ocurrió, a mi juicio, después del Mundial de Qatar.

En diciembre de 2022 el planeta entero celebró la consagración de Lionel Messi. Fue presentada como una de las historias deportivas más conmovedoras de la historia reciente. Sin embargo, apenas 4 años después, el mismo equipo comenzó a ser retratado como la encarnación del racismo, la arrogancia, la violencia y el juego antideportivo. Argentina pasó de ser el adalid del fútbol a la encarnación viva del anti-futbol. 

No se trató únicamente de críticas deportivas. Lo llamativo fue la velocidad con la que una discusión futbolística se convirtió en un juicio moral sobre un país entero. La selección dejó de representar a once jugadores para transformarse en evidencia del supuesto carácter nacional argentino. 

Cada gesto comenzó a ser leído como una prueba o una provocación. Cada exceso como una demostración de una supuesta identidad colectiva. 

La Catedral

Curtis Yarvin, más conocido por su seudónimo Mencius Moldbug, desarrolló hace años una idea provocadora: la existencia de una "Catedral" que controla a Estados Unidos. No se refiere a una organización secreta ni a un grupo que se reúne para diseñar conspiraciones. La Catedral es un ecosistema compuesto por universidades, medios de comunicación, organizaciones internacionales, industrias culturales, fundaciones, celebridades y élites profesionales que comparten una misma cosmovisión. 

La idea de Yarvin es que la Catedral opera en defensa del liberalismo progresista controlando el sistema político norteamericano. Este concepto originalmente utilizado como crítica a las dinámicas políticas internas de Estados Unidos, puede ser aplicada para pensar la estrategia geopolítica norteamericana de posguerra. Lo que ha sido identificado como en el pasado como el “complejo industrial cultural anglosajón” es de alguna manera la faceta externa o la proyección geopolítica de esta Catedral.  

Su fuerza reside en la capacidad de establecer qué opiniones son legítimas y cuáles quedan fuera de los límites de lo aceptable. Este constructo ha sido nutriente de las instituciones internacionales desde hace décadas, dando forma a lo que podría denominarse como Paradigma Neoliberal. 

En este sentido, es una herramienta útil para comprender un fenómeno evidente del presente: hoy las narrativas internacionales suelen surgir de una red de instituciones que comparten los mismos marcos morales, las mismas referencias culturales y, muchas veces, los mismos intereses estratégicos.

Argentina como objeto narrativo

Argentina posee una característica poco común: desde hace décadas funciona como un objeto privilegiado de construcción simbólica.

El país de la carne y los gauchos. El granero del mundo y la patagonia. El fútbol, Maradona y ahora Messi. El tango y la boca. Una casi civilización en los confines del área de influencia OTANista hacia el sur.  

Sin embargo, para los conspiranoicos extranjeros las tierras de la buena carne esconde un oscuro secreto, una que conforma un imaginario orientado a lo que he llamado anteriormente el “mito de la Argentina nazi"

Siendo epicentro de un extraño fenómeno político llamado peronismo y que durante los primeros años de posguerra se convirtió en un lugar excepcional de asilo de prominentes figuras nazis. Un país que es más “blanco” que lo que debería. 

Más recientemente apareció otra narrativa dominante: Argentina como sinónimo de racismo. La foto de la selección argentina del mundial pasado traía consigo un interrogante malicioso. La pregunta retórica volvía todos los años en diferentes formatos. Acumulando en el internet la suficiente base de dudas en base a la repetición incesante sobre un “oscuro pasado argentino” inmiscuido en el imaginario de las montañas patagónicas y los nazis escondidos. Esta idea tiene un claro anclaje con el mito ya mencionado.

Cuando distintas narrativas negativas comienzan a reforzarse mutuamente, dejan de ser episodios aislados para convertirse en un marco interpretativo estable. Hay una claro discurso político que categoriza a la Argentina para dar lugar a una imaginario popular, no solamente de los países desarrollados sino de nuestros hermanos sudamericanos. 

A partir de allí cualquier hecho nuevo pasa a confirmar lo que ya se suponía. La evidencia es irrelevante. Es la etiqueta lo que termina por conformar la identidad. 

Fútbol, Política y Apuestas 

No hay que olvidarse que antes de que comenzara el mundial muchos argentinos ya estaban en disgusto con la figura de Messi y de la selección. A esto agregarle que el mundial tuvo sede principal en los Estados Unidos de Trump. 

En este sentido, lo que importa aquí es que el deporte pasó a ser un espejo de algo más allá de lo deportivo. Un medio para disputar narrativas. Messi ya no era solamente Messi, era su vínculo con Trump y Estados Unidos. Y transitivamente los indignados forjaron otras relaciones en su imaginario: Messi, Milei, Trump, Israel…. 

En ese contexto la bandera de las Malvinas -al final del partido contra Inglaterra- puso de manifiesto una realidad velada del espectáculo deportivo. El mundial de fútbol también era un dispositivo político-cultural, un campo de batalla psicosocial. 

Esta guerra cognitiva tenía diversas capas, lo deportivo, los discursos, las narrativas nacionales, y algo más: LAS APUESTAS.

En medio de esta trifulca la maquinaria más grande de apuestas conocida por el hombre se arraigó profundamente en el ethos del espectáculo deportivo. No tengo dudas, los grandes victoriosos del mundial de fútbol 2026 fueron las plataformas de apuestas.

El odio generado contra Argentina logró varias resultados visibles: 

  1. Todas estas narrativas contribuyen a movilizar pasionalmente a los espectadores que apostaban y miraban la contienda deportiva siendo su atención capturada por lo que durará cada partido dándole valor de mercado a las publicidades.
  2. El enemigo común también movilizó un aspecto importante del mercado de las apuestas. Betano fue la primera casa de apuestas en la historia en ser Patrocinador de un Mundial de la FIFA. Bet365 (una de las que más volumen de apuestas movió globalmente) es de origen británico. 
  3. El discurso de la Argentina racista, bruta y tramposa atenta contra sus reclamos por las Islas Malvinas. 
  4. El objetivo de deslegitimar al gobierno argentino a través de su selección es un daño que costará tiempo, dinero y esfuerzo en reparar.   
  5. Odiar a Argentina fue rentable económicamente y al mismo tiempo (geo)políticamente. 

Narrativas y Ciberdefensa

Quiero separarme de cualquier interpretación conspirativa. Sería un error interpretar todo esto como una simple campaña de hostilidad extranjera contra Argentina. En las plataformas digitales, la coordinación no siempre necesita un centro de mando. Alcanza con que distintos actores compartan instituciones, ideología e intereses para que sus intervenciones produzcan un mismo efecto. 

Las casas de apuestas necesitaban pasión, rivalidades y enemigos. Los medios demandaban conflictos capaces de prolongar el Mundial más allá de los noventa minutos. Los algoritmos requieren indignación. Las celebridades usufructúan de causas morales sobre las cuales pronunciarse. Y las potencias que disputan intereses concretos con Argentina se beneficiaban de una imagen internacional del país asociada con el racismo, la arrogancia y la trampa.

No todos estos actores tuvieron que ponerse de acuerdo. La arquitectura del sistema hizo converger sus intereses.

En eso reside la verdadera eficacia de la Catedral. La capacidad de construir el campo dentro del cual determinadas narrativas se vuelven posibles, rentables y legítimas. Una vez que Argentina fue colocada en el lugar del villano, cada partido ofrecía una nueva oportunidad para confirmar la acusación. Cada gesto podía transformarse en evidencia. Cada error arbitral, festejo o canción podía ser aislado, amplificado y presentado como una revelación sobre el carácter profundo de una nación.

El deporte funcionó así como un laboratorio de experimentación política. Millones de espectadores fueron movilizados emocionalmente alrededor de identidades nacionales simplificadas y antagonismos fáciles de monetizar. La frontera entre hincha, consumidor, apostador y militante digital se volvió cada vez más difícil de identificar. El mismo individuo que miraba un partido, apostaba por un resultado, compartía un video indignado y reproducía una acusación geopolíticamente funcional. 

El gran producto del Mundial no fue solamente el fútbol. Fue la conducta de sus espectadores. Las percepciones moldeaban las expectativas y las expectativas los valores de las apuestas, los tickets y las publicidades.

Las plataformas de apuestas extrajeron valor económico de la incertidumbre. Las redes sociales hicieron ebullir la confrontación capturando más datos y atención. Los actores políticos explotaron el valor simbólico de la degradación del adversario. El odio contra Argentina fue rentable porque consiguió transformar una identidad nacional en una mercancía emocional.

Dentro de esta lógica se observaron dos operaciones simultáneas. Por un lado, críticas allí donde todo país tiene miserias, prejuicios y contradicciones que deben discutirse. Por otro lado, la producción sistemática de un estereotipo.

La segunda operación no busca comprender un país. Busca fijarlo dentro de una categoría o etiqueta.

Y las categorías en este mundo tienen consecuencias materiales. No solamente los algoritmos funcionan con etiquetas, también lo hacen los bancos, las calificadoras, las instituciones públicas internacionales y los países. 

Un país con su legitimidad mancillada encuentra mayores dificultades para defender sus posiciones, conseguir aliados o incluso inversiones. La reputación argentina no es, por lo tanto, una cuestión decorativa. Afecta su inserción económica, su influencia cultural y la fuerza de sus demandas soberanas. También afecta la forma en que los propios argentinos se observan a sí mismos, porque el éxito de una operación narrativa comienza cuando el acusado adopta como propia la mirada de quien lo acusa.

La respuesta no puede reducirse a la indignación, al nacionalismo defensivo ni a la denuncia permanente de conspiraciones. Argentina necesita comprender la comunicación internacional como una dimensión de la Estrategia Nacional. Necesita instituciones capaces de detectar operaciones narrativas, estudiar su circulación, responder con evidencia y producir imágenes propias del país. Necesita una política cultural y diplomática que no aparezca únicamente cuando el daño ya está hecho.

No alcanza con tener razón. Hay que construir las condiciones para que esa razón pueda ser escuchada.

La disputa por Malvinas no se desarrolla solamente en organismos diplomáticos, documentos jurídicos o mapas militares. También ocurre en series de televisión, documentales, universidades, redes sociales, estadios y transmisiones deportivas. 

Argentina ganó en Qatar una Copa del Mundo. Pero también conquistó algo más difícil de medir: atención, prestigio, identificación y afecto global. Ese capital simbólico no era irrelevante. Y precisamente porque tenía valor, comenzó inmediatamente la batalla por administrarlo, apropiarlo o destruirlo. 

Las formas más sofisticadas de dominación no comienzan ocupando el suelo. Las guerras se disputan principalmente por los corazones y las mentes. Comienzan controlando imaginarios. 

Esta es la guerra que tenemos por delante.