
Mauro Ordóñez tiene poco más de treinta años y su biografía es una historia de renacimiento. De trabajar como peón rural en una granja española, a ser director ejecutivo de J6. Agrupan a la juventud de las cámaras empresarias más importantes de la Argentina, el futuro del 85% del PBI. El entrevistado pasa de las artes marciales a la confesión religiosa, de la vocación política a la pasión por los libros. En una mañana fría y soleada de julio, el encuentro sucede en Café Clorindo, rincón muy tradicional de Recoleta. Vamos a hablar sobre las derivas de la elite argentina, pero también aparece Dios, la historia nacional y el trabajo como eje rector de la vida. Hacia el final, terminamos conversando sobre el ruido y el silencio.
¿Cómo se piensa la elite argentina de cara al país?
Cuando la Ley Sáenz Peña abarca a las grandes inmigraciones europeas dentro del mapa político, la democracia se transforma en un vehículo de ataque hacia el sistema previo, que era oligárquico. Como todo con sus pros y sus contras. Pero a partir de ahí, se nota una animosidad contra la élite económica, social y cultural argentina.
Es lo que decíamos en el off recién: “Alpargatas sí, libros no”. La frase se puede leer de los dos lados, pro y contra. Pero ahí hay un conflicto y una desvinculación de la elite. A mí me gusta más el concepto de élite, porque tiene una cuestión aspiracional y una responsabilidad. La aristocracia es la definición de un sistema político. En cambio, la élite es ese estrato socioeconómico y cultural que debería tener un vínculo más patriótico con la nación. Y digo “debería”, que no es lo mismo que “debe”.
La continuidad de esa irresolución entre élite y nación, es una historia en sí misma, una de las historias más características de la Argentina…
Entiendo que 1810 fue más un golpe de Estado oportunista que una revolución coordinada, con principios y con un proyecto de país. Fue una desvinculación de un orden previo ante la oportunidad geopolítica: “Che, ahora no reconocemos la Junta de Sevilla, hacemos la nuestra.” Si vas leyendo, nadie tenía un plan posterior. Se abre la discusión, pero no se establece un orden.
Estoy con un libro de Carlos Ibarguren, La historia que he vivido. Él describe el golpe del 30, el de Uriburu a Yrigoyen. Ahí sí había un plan, una propuesta concreta de acción posterior al golpe. Más allá de cómo se desenvuelve, tenían un marco de acción: derrocar al gobierno, instaurar una transición, fijar principios, dar un orden económico y después llamar a elecciones. No estoy ni a favor ni en contra; describo que eran personas con un plan. Eso no pasó en 1810. Hubo una ruptura, que se desenvuelve en una crisis interna que dura hasta el día de hoy.
Saavedra contra Moreno…
Yo divido el espectro social argentino en dos líneas: los americanistas (o criollistas) y los europeístas (o extranjeristas). Está el que piensa que la Argentina debería construirse desde sus cimientos americanos, con toda la historia del Virreinato, con el pueblo criollo, con la integración de los pueblos indígenas. Yo hace poco dije que Rosas fue el primer planero —me río, pero en términos reales fue el primero que empezó a integrar a los indios a través de servicios y de bienes—.
Y está la otra línea, cien por ciento extranjerista, que es la que termina logrando el desarrollo económico del país: la generación del 80, el positivismo, la Ilustración, el ateísmo, una línea mucho más cientificista. Esas dos líneas son las que hoy se ven representadas hasta en las altas esferas del gobierno y en la discusión pública.
Yo vengo de una familia de clase media alta, fui a colegios privados. Mi mamá me dice: “En Francia se come así”. Y estamos hablando de carne, de un bife de chorizo. “Mamá, ¿de qué estás hablando? Esto lo produce la Argentina”.
Todavía lo tenemos muy impregnado; incluso yo lo tengo adentro. Ahora, además, hay una crisis identitaria en Europa que nos la quieren bajar acá. Y yo creo que tenemos una ventaja, como venimos de una crisis identitaria de doscientos años, no estás rompiendo nada, estás sumando factores a la discusión.
Yo no creo que la argentinidad esté definida de manera clara y concisa. Comulgo más con la línea de Joaquín V. González, con la de Vicente Fidel López. La línea integradora de lo europeo, pero respetando el origen criollo, el origen americano. Para mí es la más concreta, porque hay que ver en la escala de grises dónde está cada cosa.
¿Pero la elite argentina puede ver en escala de grises?
En esa desvinculación política se rompe el concepto de lo aspiracional. Hoy no hay figuras aspiracionales en el término integral de la palabra. Mi viejo tiene 86 años, nació en 1939, vivió el final de la Belle Époque argentina. Me muestra fotos y dice “La embajada de Brasil era una casa; yo fui a una presentación en sociedad ahí.” ¿Quién puede vivir hoy en un lugar así? Y fue hace ochenta años. No hace tanto. En esa época había figuras, mi viejo me cuenta de Charlie Menditéguy: piloto de Fórmula 1, handicap 10 de polo, scratch en golf, millonario, un galán…
Un dandy el hombre…
¡Un dandy total! Vos decías: “Quiero ser Charlie Menditeguy” O el propio Ibarguren, que nace en 1860: un salteño ilustrado, ministro del Interior, que trabajó en el Ministerio de Agricultura. Tipos polifacéticos.
Hoy lo aspiracional es el dinero: qué tenés, no quién sos. Los aspiracionales de hoy son figuras del sector privado que desarrollaron empresas con un alto respeto de gran parte de la sociedad por sus logros. Pero después flaquean en el resto…
…figuras que no viven en su país, critican y hablan mal de su propia cultura. Si los hombres más ricos con incidencia y proyección internacional, detestan a su patria, por más talentosos que sean estamos en un problema. Coincido en que “elite” es mejor concepto que “oligarquía” o “aristocracia”. Incluso en los años 30 —la mal llamada “década infame”— las transformaciones que hacen los conservadores en el Estado son las que permiten el desarrollo de la industria argentina. A fines de los años 10, Alejandro Bunge advertía que el modelo de inserción internacional agraria iba al fracaso y que había que reconvertirse productivamente. Y lo lleva adelante gran parte de esa élite.
¡Claro! Hay un libro de José Ingenieros muy lindo, Las Fuerzas Morales, que habla del concepto de la aspiración como algo positivo, y de la responsabilidad de la juventud de tomar una posición reformista —ya no revolucionaria, porque eso no funciona—. Aspirar a tener figuras aspiracionales es positivo. Y hoy la aspiración va cien por ciento por lo económico, lo cual se desvincula del factor humano.
¿De qué forma te relacionás con el “factor humano”?
Yo creo que el fondo estructural de la cuestión, lo que mejor explica el mundo de hoy es la ausencia de Dios en todos los aspectos de la vida social. Esa ausencia genera un vacío existencial que se busca llenar con símbolos insuficientes para esa trascendencia: partidos políticos, equipos de fútbol, la propia empresa. Son materialidades finitas y fugaces, como la vida misma.
Yo lo grafico así: vos estás cayendo, y hay algo cayéndose un poquito más arriba, y te querés agarrar, pero los dos están cayendo, no hay una red abajo. El fundamento que sí te da Dios te dice: “Yo estoy parado acá.” Y ves cómo el símbolo dinero del que te querías agarrar viene cayendo y se va. “¿Qué tengo acá abajo? Ah, está Dios.”
Te iba a preguntar cómo te llevás con el dinero, pero mejor: ¿cómo te llevás con Dios?
Me llevo bien. Lo veo operar en la vida. Peco de falta de fe: es el pecado que más confieso. La falta de fe se manifiesta en ansiedades, en dudas, en miedo. La Biblia dice trescientas y pico de veces “no temáis”. Es natural tener miedo, pero en las decisiones de dirección, si algo te asusta, muchas veces es una señal: andá para ahí. El miedo es la herramienta que tiene el enemigo para mantenerte en la quietud, y la quietud es muerte. No se trata de no sentirlo, sino de atravesarlo.
Eso lo comprendí físicamente compitiendo en Jiu-Jitsu. Cuando entreno no tengo miedo. Pero me toca competir y tengo una adrenalina tremenda. Una vez, en un torneo que gané tenía que pelear en tres luchas. Gano la primera, salgo y pienso “¿Por qué estoy acá? No quiero entrar más”, y había ganado hacía cinco segundos. Y tenés que ir igual. El cuerpo incorpora la información de que esa emoción no es un factor limitante ni inmovilizante. Reconocés el miedo y decís: “Esto ya lo sentí, e hice igual, y lo atravesé”. Del otro lado del miedo está el jardín, está la luz.
Yo le digo a la gente que no necesito que vayan a misa. Pero no hay nada más lindo que entrar a una iglesia en soledad, en un momento random del día. Cada vez que paso por una iglesia entro dos minutos, saludo y me voy, y salís con una palmadita, con un pequeño abrazo.
Estar en paz con vos mismo, la única paz que existe.
Volvamos al principio: en un momento la Argentina tuvo una élite dirigencial amplia. Las Fuerzas Armadas, la Iglesia, los partidos políticos, los sindicatos, las organizaciones empresariales, las universidades. Vos venís de organizar un gran evento aniversario de J6, me gustaría que expliques qué es y cómo está pensando hoy la juventud empresaria argentina.
J6 es un espacio que ya tiene diez años. Lo conozco desde sus orígenes. Cuando nace, a fines de 2015 y se concreta en 2016, yo estaba trabajando en Casa Rosada, en la administración de Macri. Era muy pibe, tenía 23, 24 años. Ahí los empiezo a vincular con el sector público. Que exista ya es una declaración: es una demostración de interés por el espacio privado en el ámbito nacional.
Tienen un sistema muy interesante, acordado por estatuto, de rotación de jerarquías: cada cámara ocupa la presidencia, y hay todo un ciclo simétrico en el que van cambiando la presidencia, las vicepresidencias, la secretaría, la tesorería, como un círculo.
Y hoy veo gente buena, gente que labura mucho, que podría estar disfrutando del espacio socioeconómico que le tocó sin dedicarle tiempo, plata y cabeza a construir un espacio representativo. J6 es una espacio multisectorial; para que se entienda, salvando las distancias, vendría a ser como una CGE, una central de empresarios, en paralelo a lo que es la CGT. Reúne a la juventud de la Unión Industrial Argentina, de la Asociación de Bancos Argentinos, de la Cámara de Comercio y Servicios, de la Cámara de la Construcción, de la Bolsa de Comercio y de la Sociedad Rural.
Y son institucionalistas, algo muy positivo en una época en la que la institución se defenestra. Creen en la institución, la sostienen, son conscientes de que representan años, a veces siglos, de una línea. Velan por intereses sectoriales, pero esos intereses también son del pueblo argentino.
Venimos de años de una relación conflictiva entre lo público y lo privado, entre la política y la producción. ¿Cómo piensan el rol del empresario de cara a la sociedad en la actualidad?
Hay una desvinculación conceptual en la Argentina con la palabra “empresario”. En el inconsciente colectivo, el empresario es el dueño de una multinacional, el que viaja en avión privado, al que no ves por la calle, el que le saca las cosas a los trabajadores, el enemigo. Y no es así. El empresario es el que tiene dos kioscos. Es el que era mecánico, juntó unos mangos y abrió su propio taller. La Pyme es el empresario; eso está muy representado en la CAC, en la parte comercial de compraventa.
Tampoco es fácil nacer en una familia con una empresa grande: hay que gestionarla, hay que laburar, no sos tan libre. Si nacés en un conglomerado de empresas, dedicarte a la música va a tener un costo muy alto; probablemente no puedas. Son pibes jóvenes, la mayoría sub-30, que le dedican la vida a la estructura empresaria y se involucran desde el lugar que tienen.
Conocí a un tipo con una marca de ropa, con locales por todo el país. Tenía unos 400 empleados, eran tres pibes de Villa Luro que se la hicieron entre ellos. Y me dice, casi en lágrimas: “Ahora solo tengo 190. Los tuve que despedir porque no me daban los números”. Me lo dijo triste y hasta con vergüenza. Debe tener 37 años.
Ahí hay una responsabilidad fuerte, y hay un vínculo humano: son tipos que dan trabajo y lo viven con dolor. Eso es conciencia social, y está en todas las cámaras: gente que, si tiene que vender su empresa, prefiere morirse antes que bajar la persiana del proyecto al que dedicó su vida, o la de sus antepasados.
Viajé mucho por las provincias y la percepción del rol del sector empresario es más clara fuera de Buenos Aires. Siento que en el AMBA y en las grandes ciudades hay una distorsión respecto de algo que en otros sitios está más integrado.
El problema es la separación social. Están separados socialmente: no van al mismo bar, no van al mismo club. Yo viví dos años y medio en un pueblo de España, de 30 mil habitantes. Era el único argentino. Trabajé un año como peón ganadero en una granja de cerdos, que es una fábrica. Y en el bar del pueblo me juntaba con el dueño de la empresa y con el mecánico de otro taller. Acá hay separación social, y esa separación construye prejuicios.
Por eso me parece bien el camino de empezar a comunicar lo que hace J6, mostrar quiénes son, de dónde vienen, qué hacen. Hoy J6 no se conoce, es muy de nicho. El primer paso es ese, y a partir de ahí, trabajar. Mostrar a las personas.
Marcaste 2015 como nacimiento de J6, que coincide con un momento político y económico bisagra de la argentina. Luego de esta década de estancamiento y volatilidad, ¿ves una oportunidad para que la juventud del sector privado tome mayor protagonismo?
Para mí representan una oportunidad en el sentido aspiracional positivo, y de compromiso con el país. Uno de los presidentes de una de las cámaras dice: “El campo no me lo puedo llevar, tengo que trabajar acá”. Con la industria pasa lo mismo. Todas las cámaras promueven el desarrollo argentino: cada uno trabaja para su bienestar, pero en ese camino ofrece un montón de oportunidades. Yo invito a pensar que el kiosquero es un empresario. El famoso “El Jevy” es un empresario: da laburo, paga aportes, paga impuestos. El concepto erróneo es que solo trabaja el empleado, el trabajo es mucho más que eso. Además, muchos de ellos también son empleados, a escala gerencial o en otro espacio.
Un presidente argentino dijo “hay una sola clase de hombres, los que trabajan”...
Las cámaras han visto pasar toda la historia argentina. Cada gobierno tiene una impronta que tiende más hacia un lado o hacia el otro, y ellos son conscientes de que la colaboración con el sector público es fundamental, defendiendo los intereses de su espacio, así como el sindicalismo defiende los suyos. Siempre hay una búsqueda colaborativa, sin importar el color ni la bandera del gobierno, para construir en pos de la Argentina.
¿Cuáles son los tres valores que resumen J6?
El diálogo como eje total y absoluto, la búsqueda de consensos y la cultura del trabajo. Son tipos que laburan de ocho a ocho y encima se hacen el tiempo de juntarse. Diálogo, búsqueda de consensos y cultura del trabajo. Los tres ejes fundamentales.
¿Quién es Mauro Ordóñez?
¡Buena pregunta! Es compleja, porque estamos acostumbrados a responder por la profesión: “¿Quién sos?”. Soy abogado”. Aprendí de Daniel Santoro que la palabra persona, en italiano, remite al personaje, al que uno representa. En italiano no se dice “soy abogado”, se dice “hago de abogado”. El yo y la profesión están separados por un verbo.
Ante todo, soy optimista y alegre, con todo lo que cuesta existir. Creo profundamente en la cultura y en el espíritu argentino. Y siento que nuestra generación tiene la responsabilidad de pasar la posta, de ser relevistas. En una carrera de postas hay cuatro corredores, y los dos momentos de mayor atracción son el inicio y el final; todos buscamos que la épica sea nuestra. Pero hay épica también en pasar la posta: los dos del medio tienen que recibir bien, correr lo mejor posible y entregar bien para que el equipo gane.
Diría eso: soy optimista, alegre y profundamente argentino.
¿Encontraste en la historia y la literatura una manera de sostener esa continuidad?
Encontré perspectiva. El origen de ideas que hoy vemos en el presente y, por sobre todo, una fuente de criterio propio. Estudiando historia argentina te das cuenta de que están todos buscando la épica, y creo que hay que bajarse del tren de la épica y ser más humildes: reconocer que quizás somos el segundo de la carrera de postas. Somos igual de importantes. Lo importante es recibir bien la posta, correr lo mejor posible y pasarla bien. Yo planteo que el individuo es cuerpo, mente y alma, y esa trinidad está rota, desvinculada entre sí y dañada por distintos factores. Las artes marciales me reconstruyeron de manera íntima. Jiu-jitsu y Dios, como escribí en Rumbo 180º.
Hoy vivimos en la épica del reel. Conversaciones de reels que le hablan a otros reels. Un ocultamiento de lo real de la persona. ¿Cómo convivís con eso?
Yo saqué un video con tres reglas de caballero y tiene 2 M de vistas. ¿Y cuál es mi verdadero impacto, si después llego a casa y no saludo al portero, o no le ofrezco un vaso de agua al tipo que me vino a arreglar el lavarropas, o pido un café y no miro a los ojos a la persona? Hace falta una reconstrucción del individuo y una reconstrucción moral profunda. Es muy fácil ser un tipazo un minuto, ponerse una camarita y listo. El desafío más grande del ser humano es que haya coherencia entre su pensamiento y su accionar.
Diógenes, el cínico, vivía como un perro; pasa Alejandro Magno y le pregunta qué puede ofrecerle, y Diógenes le contesta que se corra, que le está tapando el sol. Respect. No pienso nada como él, pero está viviendo su pensamiento.
Nadie es inmune a los ciclos dopamínicos, por eso hace falta silencio.
Hace falta silencio…









