
Introducción
“Pax” significa “paz” en latín. Parece una obviedad pero, a pesar de que se da por muerto el latín como lengua, muchos autores (especialmente en el ámbito científico) lo siguen utilizando para denominar, entre otras cosas, animales, plantas y períodos históricos. Cuando hablamos de pax, nos referimos a períodos históricos de cierta estabilidad general (política, económica y social) en un período prolongado. Muchas veces estos “períodos” no dejan de ser una convención interpretativa, en donde sus comienzos y culminaciones son aproximados, arbitrarios y arduamente debatidos.
El ejemplo clásico es el de la Pax Romana (siglos I a.C.al II d.C.), un período de dos siglos que se suele establecer que se inicia con el fin de las guerras civiles y los conflictos internos de Roma, de la mano de una transformación política que consistió en el fin de la República y el nacimiento del Imperio (principado) de Augusto hasta la muerte de Marco Aurelio.
Como otros ejemplos tenemos el de la Pax Mongolica (siglos XIII y XIV d.C.) que se caracterizó por la seguridad de las rutas comerciales euroasiáticas bajo la hegemonía del Imperio terrestre continuo más grande de la historia humana que fue el mongol.
Tampoco podemos obviar, por más negación imperante, que efectivamente existió una Pax Hispanica, por lo menos desde fines del siglo XVI y mediados del siglo XVII, en donde se diseñó una arquitectura territorial, marítima y comercial que iba desde Europa, atravesaba todo el continente americano y llegaba hasta las Filipinas.
La pax más reciente es la Pax Americana. Algunos la inician tras el fin de la Segunda Guerra Mundial (1945), atravesando el equilibrio de un mundo bipolar durante la Guerra Fría (1945-1991), para luego culminar con la unipolaridad estadounidense tras la caída de la Unión Soviética. El consenso indiscutido es que este período ya no existe más, pero se debate el punto de inflexión. Algunos se lo atribuyen tempranamente al atentado de las Torres Gemelas del 11 de septiembre de 2001, otros a la crisis económica de 2008 o al ascenso de China a partir de 2010. Personalmente, yo considero que el verdadero punto de inflexión de no retorno fue la intervención de la OTAN en Libia del año 2011, pero no es motivo de estas líneas profundizar sobre ese hecho.
Como verán, dejé para el final a la Pax Britannica (siglo XIX) que coincidió con la existencia del Imperio más grande del mundo (sí, y mal que nos pese, el británico) caracterizado por un dominio de carácter naval. Muchos autores lo ubican entre el fin de las guerras napoleónicas y el Congreso de Viena (1815) y lo dan por finalizado con la irrupción y posterior saldo de la Primera Guerra Mundial (1914-1918). Personalmente, soy más partidario de iniciarlo luego de la Batalla de Trafalgar (1805), en cuyo triunfo, los británicos se convirtieron en los dueños indiscutidos de los mares. Tal es su importancia, que no casualmente, la plaza principal de Londres se llama Trafalgar Square. Pero esa hegemonía naval, que parecía imparable para 1805, tuvo paradójicamente un límite inesperado en el lugar más alejado posible de la mano del pueblo más impensado. Tras su triunfo, lo primero que se propusieron los británicos fue invadir el Virreinato del Río de la Plata, que como ya sabemos, fracasaron estrepitosamente entre 1806 y 1807. De esta forma entendemos por qué para los ingleses, la usurpación británica de las Islas Malvinas de 1833 fue para ellos un premio consuelo en comparación con las ambiciones territoriales originales de las invasiones anteriores.
Pero el rechazo de esas invasiones, no sólo supuso darle un “baño de humildad” a la Pax Britannica que se avecinaba, sino que dió por nacimiento a un pueblo que, a pesar de sus adversidades, estaría en condiciones de proponer una Pax Argentina en este convulsionado siglo XXI.

La doctrina del Poliedro
Apenas terminada la Pax Americana, y tras la dimisión inédita del Papa Benedicto XVI, el 13 de marzo de 2013 irrumpieron nuevamente los humos blancos de consenso en el Vaticano. Tras pronunciar el habemus papam, se corrió el velo de donde salió ungido el argentino Jorge Mario Bergoglio, que pasaría a convertirse para siempre, en el Papa Francisco. Su discurso inicial fue premonitorio: “Ustedes saben que el deber del cónclave era darle un obispo a Roma, siento que mis hermanos cardenales fueron a buscarlo al fin del mundo”.
Si bien el Papa es el jefe de la Iglesia Católica, con atribuciones no tan distintas a las de un monarca absoluto, a veces nos olvidamos, que también oficia de obispo de Roma. Lejos de ser un detalle menor, Francisco se refirió muchas veces a sí mismo con este título, no por una mera formalidad, sino con el objetivo principal de tender puentes con el cristianismo ortodoxo, en cuyo modelo organizacional descentralizado, prevalece una paridad entre los obispos al ser todos considerados descendientes de los apóstoles y por ende, no reconocen en el obispo de Roma, la jerarquía con atribuciones centralistas que si ejerce en el cristianismo católico.
Esta impronta de Francisco, de verse a sí mismo no como un monarca absoluto sino como un primus inter pares (primero entre pares), no sólo caracterizó su pontificado, sino que también reflejó en sus acciones la esencia argentina en el ejercicio del poder. El origen de esta esencia la podemos remontar hacia 1806, momento en que se crearon las milicias que rechazaron a las invasiones inglesas, y cuyos jefes militares, fueron votados por sus pares, algo muy poco común en la historia militar del mundo.
Este espíritu, propio de estas tierras, lo vemos reflejado en la declaración de Independencia de 1816 (Nación libre e independiente de Fernando VII, sus sucesores y metrópoli y de toda otra dominación extranjera), la Orden General de San Martín del 27 de julio de 1819 (Seamos libres, que lo demás no importa nada), la inscripción del facón del caudillo federal Chacho Peñaloza (Nadies más que nadies, y menos que naides) y muchísimos pasajes del poema nacional escrito por José Hernández el Martín Fierro.
En términos políticos, muchas veces se ha dicho que el Justicialismo, que tiene dentro de sus raíces la mismísima Doctrina Social de la Iglesia Católica, no fue el producto de una genialidad individual de Perón, sino que fue el resultado de la sistematización y puesta en palabras del espíritu del pueblo argentino.
Lo que me lleva al último caso, para entender, los antecedentes argentinos al pensamiento de Francisco. Muchas veces se ha caído en el error conceptual de creer que el federalismo del siglo XIX “carecía de doctrina” por no contar con obras escritas específicas para cumplir dicho propósito. Sin embargo, podemos encontrar una doctrina “dispersa” en distintos escritos, siendo quizás los más importantes, la primera propuesta federativa de la Junta de Paraguay del 12 de octubre de 1811, las instrucciones de Artigas a la Asamblea del año XIII del 13 de abril 1813 y la famosa Carta de Hacienda de Figueroa que le escribe Juan Manuel de Rosas a Facundo Quiroga del 20 de diciembre de 1834.

Tras el pase a la inmortalidad de Francisco, nos podemos dar el lujo de reafirmar públicamente, que esta última carta de Rosas a Quiroga en donde le explica el modelo de integración de las provincias en la Confederación Argentina, fue una de las principales inspiraciones de lo que terminó siendo su primera pieza doctrinaria, la exhortación apostólica Evangelii gaudium (“La alegría del evangelio”) publicada el 24 de noviembre de 2013.
De ella se emanan los famosos cuatro principios: El tiempo es superior al espacio, La unidad prevalece sobre el conflicto, La realidad es más importante que la idea y finalmente, El todo es superior a la parte. En este último principio, Francisco contrapone dos figuras geométricas cómo modelos de integración mundial:
Por un lado, la esfera, que representa el modelo antagónico al de los cuatro principios, dado que “cada punto es equidistante del centro, y no hay diferencias entre unos y otros”. La esfera así resulta ser una figura “lisa” y “homologante” y es la que mejor representa a la globalización de la Pax Americana, especialmente en su versión de hegemonía unipolar del fin de la Guerra Fría.
Del otro lado tenemos al poliedro, aquella figura geométrica de caras planas irregulares, pero que sin embargo, confluyen todas las parcialidades en una unidad, pero sin perder su originalidad. En términos de modelo de integración se la entiende como “la conjunción de los pueblos que, en el orden universal, conservan su propia peculiaridad”. Algunos han sintetizado esta propuesta de Francisco con la famosa consigna de “unidad en la diversidad”, sin embargo la raíz de los modelos en pugna no es más que una extrapolación a nivel global de lo que fue el debate entre unitarios y federales argentinos del siglo XIX, siendo la unitaria el equivalente a la propuesta esférica, homologante y totalizante propia de la Pax Americana la cual se contrapone a la federativa o federal, que es poliédrica y confluyente aún en sus imperfecciones, pero en cuya imagen nos aproximamos al modelo de la Pax Argentina.

La posguerra que pudo haber sido y no fue: la revancha de la Pax Britannica
Como referimos al comienzo, la Pax Britannica tuvo su fin con la Primera Guerra Mundial (1914-1918). Tras finalizar la contienda, en 1919 las potencias vencedoras se reunieron para delinear y firmar el famoso Tratado de Versalles, que tenía por objetivo imponer de forma unilateral las condiciones de la paz a las potencias derrotadas. Como si no fuera suficiente con la disolución formal de los imperios Alemán, Austro-húngaro y Otomano, y sus consecuentes pérdidas territoriales (incluidas las colonias en África), los vencidos, y especialmente Alemania, debían indemnizar a los vencedores, haciéndose cargo así de todas las reparaciones del conflicto.
El famoso economista inglés John Maynard Keynes, tenía 36 años cuando participó como miembro de la delegación británica en las negociaciones del fin de la guerra. Sus impresiones negativas de las reuniones, así como de sus críticas al documento final del Tratado de Versalles, fueron plasmadas en su famosa obra Las consecuencias económicas para la paz. En ella afirmó que las cláusulas, sobre todo de reparaciones de guerra, eran impracticables y que podrían arrastrar no sólo a Europa hacia un abismo económico, sino a un nuevo escenario de conflicto que convertiría en “insignificantes” los horrores de la última guerra vivida.

A pesar del triunfo militar inglés, la Pax Britannica comenzaría un largo y lento derrotero de decadencia. En este contexto, Estados Unidos bien podría haber inaugurado una hegemonía que promoviera un equilibrio global en reemplazo a los británicos, pero prefirió optar por su carácter clásico de tendencias aislacionistas.
Tal como predijo Keynes, a la paz le llegó la crisis económica de 1930, y tras ella, la Segunda Guerra Mundial, que no tardó en superar en horrores al conflicto anterior. Sin embargo, tras el final de esta en 1945, las conferencias del nuevo orden sobreviniente en Yalta y Potsdam, buscaron evitar los errores de Versalles y propusieron otro tipo de contención al bando derrotado, en donde no se llegaron a imponer condiciones económicas que la lleven a Alemania a la miseria y arrastren consigo al resto del continente europeo, sino que por el contrario, se ejecutó de forma inédita en la historia de las posguerras, un modelo en donde el bando vencedor se encargó de reconstruir (¿indemnizar?) al vencido. Mismo criterio de prudencia se diseñó para la rendición incondicional de Japón luego de las explosiones nucleares de Hiroshima y Nagasaki. Atrás quedaron los horrores de los genocidios y los crímenes de guerra, y finalmente, Japón y Alemania fueron renacidos económicamente en su totalidad.
Estados Unidos, esta vez, decidió no replegarse en sus fronteras, para efectivamente ponerse al frente y convertirse en un actor rector y hegemónico en el hemisferio occidental, pero con miras de tener alcances universales, ocupando la “vacancia” que había dejado anteriormente Gran Bretaña. Nacía así, finalmente, la Pax Americana, que complementada con la Pax Soviética, se llegó al equilibrio global de un mundo bipolar durante décadas en el transcurso de la Guerra Fría.
Pero algo inesperado sucedió: el 2 de abril de 1982 Argentina, y a pesar de estar al igual que el resto del continente bajo una dictadura tutelada por la Pax Americana, recuperó mediante un desembarco incruento, las Islas Malvinas. Por un instante, la Argentina se vió totalmente reintegrada territorialmente sobre sus espacios insulares que habían caído bajo la ocupación británica desde 1833. Ante este escenario, y habiendo ya ensayado con otros conflictos distintos tipos de “salidas honorables” o diplomáticas, bien podría haber reaccionado de forma amigable el Reino Unido, negociando un acuerdo posterior de transición definitiva de soberanía que conformara (y contuviera el honor) de las partes en disputa. Sin embargo, Gran Bretaña se dispuso a reconquistar y recolonizar las Islas del Atlántico Sur, mediante un despliegue naval inmenso, sólo superado por el realizado anteriormente en la Segunda Guerra Mundial.
El mundo bipolar, que parecía cómodamente equilibrado entre las contraposiciones de Izquierda vs Derecha, Comunismo vs. Capitalismo y Occidente vs. Oriente, se empezó a resquebrajar de forma inesperada en un eje Norte - Sur. A lo largo del mes de mayo y comienzos de junio, las Fuerzas Reales Británicas fueron sorteando los focos de resistencia argentinos en las Islas y en el mar.
Y así vamos llegando al 14 de junio de 1982: momento en que las trincheras y posiciones de los montes terminaron cediendo y, finalmente, las tropas británicas irrumpieron en las calles de la ciudad principal malvinense de Puerto Argentino. A partir de ese momento, comenzaron a parlamentar los comandantes de ambos bandos en pugna en el medio de un armisticio que iba a finalizar a las 21 hs.
Nuevamente, bien podría haber propuesto el Reino Unido un acuerdo honorable para las partes. Bien podría el vencedor haber tendido una mano al vencido, a pesar de los heridos y muertos que yacían en la turba malvinera o descansaban en el Mar Argentino, siguiendo el curso de las mesas de negociaciones de años previos auspiciadas por las Naciones Unidas, para finalmente, firmar un acuerdo en que los británicos devolvieran las Islas en un plazo considerable, pero usufructuando un porcentaje no menor de los recursos naturales (pesca y petróleo) como “compensador” del conflicto.
Pero para Londres, la Guerra de Malvinas era una oportunidad para vengar a la Pax Britannica frente a los ojos del mundo y cuyos principales destinatarios fueron sus rivales soviéticos, sus pares europeos, sus aliados norteamericanos y sus insolentes ex colonias de África y Asia. De esta forma se ordenó a más de 12 mil kilómetros de distancia, que Argentina se debía rendir de forma “incondicional”. La llegada de la directiva a Puerto Argentino, tensó fuertemente el parlamento y las consecuentes negociaciones entre los comandantes. En ningún momento previo se habló como una opción posible la “rendición incondicional”, y para 1982, eso implicaba retroceder a la era pre-1945. Los minutos y las horas transcurrían; y la intransigencia también, porque para Londres, Argentina era un país del fin del mundo, y como tal, había que disciplinarlo y humillarlo a la vista de los demás. Pero Argentina insistía en su negativa a firmar. Se acercaba el fin del armisticio y la consigna era clara, si no se borraba la palabra “incondicional” se iba a reanudar el fuego, aunque implicara que el teatro de operaciones se convirtiera en un dantesco combate urbano en Puerto Argentino. El comandante británico, en un acto de lucidez, decidió cortar el teléfono para dejar de escuchar las voces diabólicas y lejanas de los despachos Londres, tachó del acta la palabra “incondicional”, y a las 20:59 se acordó el retiro de tropas argentinas de las Islas.

Se inició así, para la historia argentina, la dura posguerra de Malvinas. En un juego de suma-cero, supuso el relanzamiento en espejo del Reino Unido como un actor relevante a escala global, gracias a la usurpación ilegal y a través de la fuerza, de más de un tercio del territorio argentino-sudamericano (insular y marítimo) y junto a ello, la permanencia británica en la Antártida y el 100% del usufructo de los recursos naturales codiciados: la pesca y el petróleo. Argentina se convirtió así en una advertencia para el resto de las Naciones del mundo que osaran rebelarse fuera de los cánones y los ejes de la Guerra Fría.
Argentina recuperó la democracia en 1983, y en un acto de inocencia, creyó que saliendo de la dictadura y de la imagen de la guerra, abrazando los valores occidentales “de República y de división de poderes” podría ablandar y hacer entrar a razón a los países del Atlántico Norte que fueron los creadores de dichos “valores”. Sin embargo, ante la intransigencia británica de seguir ocupando nuestro territorio, Argentina no tuvo más remedio que sostener, aún en democracia, la ruptura de relaciones diplomáticas. ¿La insistencia argentina por Malvinas en política internacional habrá influido, aunque sea un poco, en la falta de apoyo de los organismos internacionales de crédito que derivaron en la crisis económica traumática hiperinflacionaria que se inició a fines de los ochenta?
Lo que sí sabemos, es que el año 1989 se produjo una alternancia de gobierno en la Argentina con expectativas renovadas, que coincidió con el tramo final de la Guerra Fría. Las primeras medidas del por entonces canciller, Domingo Felipe Cavallo, y aún gobernando Thatcher en el Reino Unido, fue justamente reanudar las relaciones diplomáticas con Londres en octubre de ese mismo año. Finalmente, tras dos años al mando del Ministerio de Relaciones Exteriores, Cavallo asumió como ministro de economía en 1991, para ejecutar personalmente el plan económico de posguerra. A la “inocencia” de los ochenta, si somos benevolentes, le siguió la “ingenuidad” de los noventa: la teoría decía que si Argentina se deshacía de su industria y sus FFAA y se alineaba acríticamente en términos internacionales con el Reino Unido, se “podría abrir” una ventana para retomar las negociaciones por Malvinas, dejando atrás la “impronta bélica” o la “imagen de país agresor” de 1982.
Sin embargo, tras 12 años de intentos, quedó claro que en ningún momento al Reino Unido le preocupó si Argentina podía ser un país “confiable o no”, o si abrazaba idealisticamente y al pie de la letra los valores correctos “paz, democracia y república”. Y así como al mismo tiempo Gran Bretaña avanzaba unilateralmente sobre los mares y recursos naturales argentinos en el Atlántico Sur, la Argentina se hundía en la crisis económica del 2001 y en una espiral de caos político y social. El escenario de aquél fatídico verano, que terminó con muertos en las calles de Buenos Aires, era como si el teatro de operaciones de aquella aparente lejana guerra de 1982, se hubiera trasladado hacia la Argentina del continente y en cuotas, no sin, alguna que otra propuesta de “balcanización”.
La recomposición británica
En términos políticos, Gran Bretaña fue un actor y testigo privilegiado de lo que fue el colapso traumático del Imperio español a comienzos del siglo XIX. Con esto en mente, y para evitar que una intransigencia imperial termine generando un efecto implosivo, se creó la Mancomunidad de Naciones Británicas. De esta forma se buscó aplicar en el nuevo reordenamiento británico del siglo XX, las propuestas que se barajaron entre 1810 y 1814 entre América y España, pero que el rey Fernando VII rechazó rotundamente. El modelo consistía en un reordenamiento político que atenuara de forma progresiva y secuencial las relaciones jerárquicas entre la Metrópoli y sus colonias, lo mínimo indispensable como para oxigenar internamente el Imperio, pero sin que se pierdan las verdaderas relaciones de poder. Pero lo que funcionó muy bien para los intereses británicos en el proceso de conversión hacia la Mancomunidad de Naciones, especialmente en los casos de Canadá, Australia y Nueva Zelanda que preservaron a la figura del monarca como Jefe de Estado; no necesariamente pudo ser aplicable en otros lados, ya que desde Londres no se pudo evitar la fuerte ola de descolonización, principalmente en África, Oriente Medio y Asia.
Tal como se desprende de estas líneas, el siglo XX marcó el auge y el declive relativo (siempre relativo) de la Pax Britannica. Por eso, si miramos el mapa mundial, de lo que alguna vez fue el imperio más grande de la historia humana, hoy lo que queda es sólo un grupo territorios pequeños que dependen directamente de la Metrópoli y que no son más que un conjunto de puntos dispersos en los océanos como si fueran estrellas aisladas.

Esta arquitectura nos sirve para comprender cómo, tras el inicio de la prolija y lenta descomposición imperial de mediados del siglo XX (especialmente en África y Asia) que Gran Bretaña buscó aferrarse de forma obsesiva a estos grupúsculos de tierras emergidas, que comúnmente los llamamos islas o archipiélagos. A los propósitos funcionales, operan como un seguro de desimperio o pensión por invalidez imperial, como compensación de lo que alguna vez fue.
Mientras que Gran Bretaña, ni bien terminada la Guerra de Malvinas, avanzaba sobre los espacios marítimos argentinos en el Atlántico Sur, sucedió algo anómalo e inesperado. Por ese entonces, el Mundial de Fútbol organizado por la FIFA ya estaba consagrado como uno de los eventos deportivos más importantes del mundo. El destino quiso que Argentina e Inglaterra (no existe el equipo del Reino Unido) se cruzaran en cuartos de final. El destino también quiso que exista un tal Diego Armando Maradona, que con su magia y destreza única, metiera dos goles que quedaron grabados en la memoria de todos: el Gol del Siglo y el de la mano de Dios.
Esa imagen, de un aparente inocente partido de fútbol, recorrió el planeta. Los pueblos del mundo, a pesar de los intentos fallidos británicos, todavía tienen frescas las marcas del colonialismo. No sólo esas imágenes de justicia generaron un amor irreversible hacia la Argentina en Pakistán, la India y Bangladesh, sino que transmitió el sueño, que sigue inspirando al día de hoy tanto a escoceses como irlandeses, que efectivamente se podía ganar.

Las últimas agonías de una posguerra injusta
Los primeros 20 años de la posguerra, en lo que a Malvinas respecta, fueron muy duros. Pero la estrategia de acercamiento con el Reino Unido no había dado resultados positivos y la Pax americana comenzaba a perder su encanto tras las invasiones a Afganistán e Iraq, mientras que el continente sudamericano buscaba la revancha de la década de los noventa; e incluso soñar, si la tan ansiada unión regional podría dejar de ser una quimera y esbozar algunos indicios de realidad.
Es en este contexto en que el Estado Nacional argentino comienza un proceso de malvinización, desde el orden de la estatalidad, en una dirección que va de arriba hacia abajo. Nuevos apoyos diplomáticos de parte de países que se alejaban de la neutralidad, de la mano de instrumentos educativos, culturales y científicos que reincorporaban a Malvinas dentro de la agenda nacional, acompañados de la aprobación de leyes fundamentales que sancionaban a la economía colonial británica en nuestras Islas, siendo de las más conocidas, aquellas que penalizaban la explotación de hidrocarburos.
Pero para desgracia nuestra, esto no se pudo continuar como política de Estado. Si bien para 2015 el mundo ya no era de la unipolaridad incuestionable y se asomaban indicios del nacimiento de una hipotética multipolaridad, lamentablemente se dieron giros de 180 grados sobre elementos constitutivos de la Nación, como lo es la política exterior, la educación y la ciencia. Durante este período, y siendo la Argentina un país con uno de los litorales marítimos más grandes del mundo, se quedó sin submarinos luego de la tragedia del ARA San Juan. Gran Bretaña no solo observó de forma satisfactoria que tenía una alta capacidad de penetración en los espacios de toma de decisiones políticas de la Argentina, sino que encima quedó casi dueña de los mares en el Atlántico Sur ante una Armada Argentina que perdía capacidades y se contraía cada vez más en dirección al continente.
En el año 2019 se celebraron elecciones en donde se nombró por primera vez a la Causa Malvinas en la campaña. El triunfo opositor de aquél año había generado una efímera, pero no por eso menos intensa, expectativa de futuro, que se vió interrumpida rápidamente por la irrupción de la pandemia de COVID-19. Pero más allá del intento, más nominal que real, de recuperar la capacidad estatal del período anterior, lo inédito es que comenzó a producirse un cambio inesperado en el inconsciente de la tierra, desde abajo hacia arriba.
El 25 de noviembre de 2020 trascendió Diego Armando Maradona. El mundo, memorioso de las luchas contra las injusticias, se enlutó en su imagen. Pero su espíritu comenzó a desplegarse a altísimas velocidades y el 10 de julio de 2021, la Selección Nacional de Fútbol se consagró campeona de América tras casi tres décadas de frustraciones. Las lágrimas de desahogo y triunfo de Messi se mezclaron con las de luto por la partida de Maradona.
Recordemos que, como consecuencia de la pandemia, la mayoría de los partidos se hicieron sin presencia de público. Por esa misma razón, en el primer partido de la Selección campeona de América en territorio nacional, se invitó al pueblo argentino a ser testigos de la nueva era que comenzaba. Pero a pesar de que Messi metió 3 goles esa noche, lo más interesante pasó afuera del estadio. Un joven profesor de teología (sí, de teología) se arrimó a las inmediaciones bajo la ilusión de poder ingresar a ver el partido. Recapitulemos por un segundo la escena: un partido, restricciones de circulación, barbijos, aforo limitado y entradas con certificación digital. Y sin embargo, el profesor se acercó igual, a ver si pasaba el milagro. Pero quizás el error fue pensar que Dios le iba abrir las puertas del estadio para ser testigo, cuando en realidad, su destino era ser protagonista. Y empezó a cantar aún sabiendo que no iba a poder entrar, cuando una cámara de televisión lo capturó y transmitió en vivo:
En Argentina nací, tierra de Diego y Lionel,
de los pibes de Malvinas que jamás olvidaré…
El año 2022 se cumplieron 40 años de la Guerra de Malvinas. Desde el Estado se lanzó la consigna Malvinas nos une, y entonando las estrofas de la canción de “Muchachos”, Argentina se coronó campeona del mundo, sembrando con una consigna de Memoria, la promesa de no olvidar nunca a nuestros héroes que pelearon en defensa de la Patria, contra el enemigo británico, durante la guerra y la cruenta posguerra.

La hoja de ruta del siglo XXI
Como muchos ya sabemos, en el año 2023 fue electo como presidente en la Argentina el candidato que había dicho públicamente en campaña que admiraba a Margaret Thatcher. Quizás los británicos se confiaron que con este resultado atípico, y más aún con las medidas diplomáticas que adoptó la Cancillería argentina entre 2024 y 2025, se abría una ventana de oportunidad para sepultar definitivamente la Causa Malvinas. Pero el error fue creer que, en un mundo parcelado en Naciones, la estatalidad es lo único central y relevante e ignorar la fuerza y el espíritu de los pueblos.
El 21 de abril de 2025 trascendió el Papa Francisco. Su sucesor fue Robert Francis Prevost, un sacerdote jurídicamente estadounidense, pero espiritualmente peruano, quién adoptó el título de León XIV, para dejar bien en claro que era continuador del lejano León XIII, quién dió a inicio a la Doctrina Social de la Iglesia con la encíclica Rerum Novarum de 1891. Coincidencia, o no, Prevost fue nombrado por Francisco en 2014 para ocupar el rol de obispo en la diócesis peruana de Chiclayo, la ciudad de donde salieron los aviones Mirage que le dio la Fuerza Aérea Peruana a la Argentina durante la guerra de 1982.
En la convergencia de destinos, que parecen indetenibles, Argentina se volvió a cruzar contra Inglaterra a casi 40 años del Mundial de México, en coordenadas levemente más al norte. La FIFA había solicitado expresamente que no se llevaran banderas alusivas a Malvinas como parte del protocolo de seguridad. El Estado argentino se hizo eco de este pedido, en un acto de complacencia con el Estado británico. Pero el Estado es una herramienta y un medio, ya que los verdaderos sujetos y destinatarios son los pueblos. Y la historia se volvió a repetir y Argentina le ganó 2 a 1 a Inglaterra como en 1986. Esta vez, el 10 no convirtió los dos goles, sino que fue quién se encargó de dar las asistencias, en un acto de distribución de lo heroico, y cuando se creyó que la misión ya estaba cumplida y no quedaba más nada por hacer, pasó el milagro: unos pibes provenientes de uno de los barrios más humildes de la Provincia de Buenos Aires anudaron un trapo a una botella y la lanzaron al campo de juego. Los jugadores desplegaron el manto como si se tratara de la apertura de una caja de Pandora. La humanidad en ese instante supo de la existencia de dos islas, que se llaman Malvinas, que son argentinas y que están ocupadas por el Reino Unido. De la siembra de la memoria de aquél mundial de 2022 se cosechó con fuerza de soberanía en 2026, y junto a Argentina, festejaron los pueblos del mundo, incluso en Irlanda, Gales y Escocia.

Los británicos quedaron enmudecidos y buscaron a toda costa, desde la estatalidad, apaciguar y disciplinar a aquellos jugadores insubordinados. El mundial de Estados Unidos terminó con una imagen que buscaba apaciguar el daño hecho al Norte global en un intento fallido de consagrar al statu quo, mostrando como al verdadero ganador de la copa del mundo al mismísimo rey de España, descendiente y sucesor directo de quién nos habíamos independizado en 1816.
El 15 de julio cambió definitivamente la historia argentina y mundial. Estamos atravesando en este momento un punto de inflexión en donde el devenir de los acontecimientos va a desembocar en dos imágenes, que juntas, trazan la hoja de ruta del siglo XXI: por un lado, la voluntad del pueblo llevará a materializar el mapa que refleja a la Argentina Bicontinental. Por el otro, la intransigencia británica y su negación a asumir la realidad, desembocarán en la fragmentación y posterior concreción del Reino Desunido, que consiste en la dispersión territorial británica, plasmada en las independencias de Gales y Escocia, seguido de la natural reintegración y reunificación de Irlanda. En un juego de suma cero, para que la Argentina pueda ser, el Reino Unido tendrá que dejar de ser. Pero sería ingenuo creer que su inevitable disolución sólo tenga un impacto restringido, sino que sus alcances serán globales. Por eso, no sólo nuestro país tiene que estar preparado, sino el mundo entero, que será testigo de una nueva era de orden y estabilidad, a la que no podremos llamarla de otra manera, más que Pax Argentina.












