
Recapitulando
En la entrega pasada presentamos un diseño de lo que creemos que podría ser un escenario posible a futuro de integración y estabilidad, tomando como eje central el modelo poliédrico propuesto por el Papa Francisco en su exhortación apostólica Evangelii gaudium comprendida en sus raíces en la filosofía argentina cuyos orígenes se podrían remontar incluso con anterioridad al rechazo de las invasiones inglesas de 1806 y 1807.
En esta segunda parte retomaremos lo dejado al final de la anterior, entendiendo que una Pax Argentina no es sólo la concreción del proyecto de una Nación Bicontinental sino la conjunción de la misma con la concreción de la disolución del Estado que nos ocupa el territorio al que llamaremos el Reino Desunido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte.
Hay que estudiar la Guerra de Malvinas pero también la caída de la Unión Soviética
Existen dos potencias que estudian la Guerra de Malvinas en sus academias militares: los Estados Unidos (primera potencia militar y económica mundial) y la República Popular de China (segunda economía mundial con aspiraciones a convertirse en la primera y tercera nivel militar).
Tras leer el párrafo anterior bien uno podría pensar que uno podría estar pecando de argentinocentrismo. Pero no es así y las razones están más que fundadas.
Estados Unidos está convencido que en el futuro “podría” haber un conflicto en la Antártida, que es una región también conocida como “la reserva de agua dulce más importante del mundo”. En esa convicción de pensar encuadrar al continente antártico dentro de una “hipótesis de conflicto” llevaron a los Estados Unidos, hace ya un tiempo, a estudiar la guerra más austral de la historia de la humanidad, que efectivamente, no es otra más que la Guerra de Malvinas. Y como todo estudio, se hace de manera integral: no sólo se analiza el despliegue naval británico y su exitoso desempeño logístico-militar, sino también, cómo Argentina aprovechó su posición geográfica privilegiada para enfrentar lo mejor posible al enemigo británico con los medios aéreos disponibles una vez replegada su flota de mar.
Suponiendo que una guerra en la Antártida se enmarca dentro de un escenario futuro y posible, Estados Unidos debería prepararse para construir un corredor logístico que le permita llegar a un hipotético teatro de operaciones a más de 13.500 kilómetros de distancia (como hicieron los británicos) y al mismo tiempo ir construyendo el escenario político en este siglo, para contar con el arma de la geografía argentina (Tierra del Fuego), para acortar así, significativamente las distancias en 13,5 veces (a solo 1000 kilómetros).
Por el otro lado, tenemos a China: una potencia con aspiraciones globales, pero que a diferencia de Estados Unidos y Rusia, sigue con pendientes territoriales al interior de sus fronteras sin resolver: la distribución de los espacios marítimos del Mar de China y la histórica disputa por la Isla de Formosa, más conocida como Taiwán.
La Guerra de Malvinas supuso ser la última (y por ende la más moderna) guerra aeronaval de la historia humana, en donde los bandos enfrentados se disputaron posiciones sobre territorios insulares, y con posterior y claras consecuencias sobre el control de los espacios marítimos circundantes.
La cuestión aeronaval no es menor y no hay que subestimarlo. Fue esa condición de insularidad lo que le puso un freno espacial a la revolución de Mao, quién vio en su Ejército Popular de Liberación, una absoluta incapacidad de atravesar los pocos 130 kilómetros de mar y acabar así con el último foco de resistencia de los contrarrevolucionarios liderados por Chiang Kai-shek.
Por supuesto que la China continental tiene una ventaja geográfica sobre Taiwán, relativo a la Argentina continental con Malvinas. Pero también es cierto que en estas largas décadas que han transcurrido, en donde China sigue avanzando en consagrar una Armada que no tuvo en 1949, la población de Taiwán en su conjunto se aferra cada vez más a esa Isla preparándose para lo peor. Lo interesante de Taiwán es que no sólo se prepararon militarmente, sino que se convirtieron en un engranaje fundamental del capitalismo mundial. Cualquier escenario que pudiera amenazar a Taiwán podría traducirse fácilmente en un apocalipsis económico global.
Volviendo a nuestro país, Argentina tiene el 25% de su territorio bicontinental usurpado por una potencia extranjera, extracontinental…y nuclear. Tomando en cuenta las características particulares de quién nos ocupa el territorio ¿Cómo hacemos para recuperar Malvinas?
La caída final de la Unión Soviética el 25 de diciembre de 1991, mal que les pese a algunos, fue la señal de esperanza para la Argentina que recién iniciaba su trágica posguerra, pero que lamentablemente, no supimos interpretarla a tiempo. Argentina debió haberse convertido a partir de 1992 en el país con la mayor cantidad de sovietólogos del mundo dedicados exclusivamente a estudiar el fenómeno, y muy especialmente, su caída y sus consecuencias políticas, económicas, sociales y territoriales.

La caída de la URSS nos demostró dos cosas: La primera fue confirmar la gran enseñanza de la Guerra de Vietnam que efectivamente una potencia nuclear puede ser derrotada. La segunda, y por lejos la más importante y novedosa, es que una potencia nuclear puede dejar de existir. A riesgo de sonar existencialista, quedó claro que la existencia misma de un país no puede recaer en si posee, o no, armas nucleares. Por lo tanto la cohesión de una Nación depende de otros factores, siendo quizás uno de los más importantes, que es la voluntad de ser y pertenecer.
Si la Unión Soviética dejó de existir, ¿Por qué habría de seguir existiendo el Reino Unido?
De la caída del muro soviético, a la caída del muro británico: Irlanda unificada
Un irlandés, llamado William Brown, arribó al Virreinato del Río de la Plata el 18 de abril de 1810. En aquél entonces, Irlanda era una dependencia recién “integrada” dentro del Imperio Británico. William había llegado a Buenos Aires en el buque mercante Jane, aprovechando esa ventana de autorización temporal de libre comercio que ordenó el virrey Cisneros en noviembre de 1809, ante el colapso innegable de la metrópoli peninsular, tras la prisión de los reyes de España a manos de Napoleón. Un poco más de un mes después William se convirtió en un testigo privilegiado de la revolución iniciada en Buenos Aires entre el 22 y el 25 de mayo de 1810. Amagó con volver a su país de origen, pero no pudo. Se incorporó a las fuerzas navales patriotas y lideró la flota que derrotó a la Armada Real en el Combate de Montevideo del 17 de mayo de 1814. Nacía así, de la mano de un irlandés, la Armada Argentina.

Tras tener una destacada actuación durante la Guerra con el Brasil (1825-1828), y a pesar de estar Brown cercano a los 70 años, se dispuso a enfrentar a la flota combinada británica y francesa, la por entonces más fuerte del mundo, que invadieron a la Argentina en 1845. Luego de ser liberado, tras estar un tiempo prisionero bajo custodia de los invasores, viajó fugazmente a Irlanda en 1847 en su peor momento de la hambruna irlandesa (1845-1852). Puso a su disposición su fortuna para socorrer a sus compatriotas, mientras era testigo de cómo los suyos morían de inanición, al mismo tiempo que de los puertos irlandeses, no paraban de salir exportaciones de alimentos hacia Inglaterra.
Pequeñas definiciones previas antes de seguir: una confederación es la unión de dos o más partes (Naciones) en donde prima la voluntad de las mismas, que así como se asocian, tienen la posibilidad de retirarse cuando lo deseen. Una Federación, en cambio, es aquella unión de dos o más partes (Estados o Provincias) que preservan para sí una cuota de autonomía de poder pero teniendo como límite la imposibilidad de retirarse de la misma. Esto que parece una nimiedad escolástica ha generado muchas confusiones en los que se toman todo de forma literal y han creído que la Confederación Argentina, por denominarse así, era literalmente, una confederación en donde las provincias sí hubieran querido se podrían haber retirado de la Argentina, cuando en realidad eso nunca fue una posibilidad dado que nuestro país era una federación.
El Reino Unido, por el contrario, tiene la particularidad de ser un Estado unitario pero de ejecución descentralizada. A priori, el poder reside únicamente en el Parlamento que se ubica en Westminster, en Londres. Por lo tanto, para hablar del Reino Desunido como proyecto existencial, con sus respectivas independencias, tenemos que saber que va a depender en gran parte de una generosidad inglesa para que eso se pueda concretar. Nada tan distinto a lo que fue el referéndum de 1992 para finalizar con el apartheid en Sudáfrica: tras años de ser sostenido artificialmente gracias al apoyo de Margaret Thatcher al régimen, y ante el avance de sanciones y presiones internacionales tras dimitir en 1990, finalmente la “misericordiosa” población blanca, de la cual gran parte era de origen británico, votó para terminar con el sistema segregacionista que castigaba a la población africana.
Para que pudiera existir una Pax Britannica de alcances globales, Inglaterra primero tuvo que unificar a la fuerza, en un proyecto que le llevó siglos y con muchas idas y vueltas, la totalidad de lo que geográficamente conocemos como la Isla de Gran Bretaña y la Isla de Irlanda.
Una vez obtenido su cometido, el hegemón británico que todos conocemos no fue más que una mayoría inglesa gobernando “en nombre y en representación” de Escocia, Gales e Irlanda. Los factores que sirvieron de resortes en esta unidad político-territorial, que luego se expandieron y llegaron a comienzos del siglo XX hasta los últimos confines del mundo, fueron el idioma inglés, la proclamación de un sistema político de una monarquía atemperada que pudiera contener, sin romper, las internas pero con una sola figura (rey) que representara a todos juntos y por último (y más resistido) la propagación de una religión cuyo jefe de la Iglesia sea el mismísimo rey inglés (anglicanismo).
Si bien Inglaterra impuso la unión a la fuerza, el resultado jurídico-institucional fue el de proclamarlo como una asociación voluntaria, siendo el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda la conjunción “deseada” de cuatro naciones. Pero todos sabemos que la coerción es exactamente lo opuesto a la voluntad, y cuando Irlanda buscó un camino propio proclamándose como República en 1919, los ingleses mostraron su verdadera cara y los irlandeses tuvieron que ofrendar su sangre para que se les reconozca finalmente su independencia en 1922. Y así como anteriormente los ingleses ocuparon Malvinas en 1833 como venganza al rechazo argentino de las invasiones inglesas de 1806 y 1807, desde Londres ensayaron una idéntica represalia territorial contra Irlanda quedándose para sí con 6 condados a los que bautizaron “Irlanda del Norte” bajo la excusa de proteger a sus súbditos “leales” (gran parte anglicanos) y su derecho a “permanecer unidos” al rey inglés.
Los católicos que allí vivían, y que promovían terminar con el colonialismo inglés y reintegrarse al resto de Irlanda, vivieron un calvario durante décadas, especialmente en las décadas del 70-80 del siglo XX, con persecuciones de todo tipo y la instalación de un sistema segregacionista, en donde el solo hecho de ser católico podría poner en riesgo la vida de uno, tal como ocurría con los cristianos en el Imperio Romano, antes de del emperador Constantino I (s. IV d.C).

El resultado de la Guerra de Malvinas de 1982, le permitió por un lado a Thatcher oxigenar la represión y dominación británica sobre los intentos católicos de reunificación. Por el otro, el fin de la Guerra Fría supuso también en muchos países el fin de la “lucha armada” como metodología política. Pero si los católicos deponían sus armas, ¿qué tan sostenible era el sistema thatcheriano en el tiempo? Y ahí es donde entra un actor que logró apaciguar las contradicciones entre católicos y anglicanos y que fue fundamental en la firma y posterior ejecución de la “paz del Viernes Santo” de 1998: la Unión Europea.
Es así como gracias al dinero y las inversiones de capital, se contuvo con bienestar económico lo que no terminaban de saldar las armas. Se removieron las fronteras terrestres duras entre ambas irlandas, y al interior del “norte”, los católicos de a poco fueron recuperando derechos tales como poder hablar en gaélico públicamente en radios o incluso poder tener una participación como miembros en paridad con los anglicanos en las fuerzas policiales y de seguridad. Sin embargo, quedaron inmutables, incluso al día de hoy, los famosos “muros de la Paz” que básicamente dividen a la ciudad de Belfast entre católicos y anglicanos, con un particular horario de apertura y libre tránsito entre las 7 y las 20hs. El ejido urbano dividido en muros, cual cicatrices urbanas, sirven de ejemplo para que no nos olvidemos nunca del siglo XX.

La salida del Reino Unido de la Unión Europea (más conocido como brexit) en 2016, aprobado principalmente gracias a votos de ingleses, supuso una traición a esa “paz económica” que hacía posible una convivencia al interior del norte de Irlanda. Lo primero que se anunció fue que bajo ningún punto de vista se iba a volver a atrás con una “frontera dura” entre ambas Irlandas o con los derechos adquiridos por los católicos que vivían en el norte. Si bien se firmó un acuerdo de libre comercio entre el Reino Unido y la Unión Europea, para no alterar el statu quo económico y apaciguar así el impacto del brexit, el daño ya estaba hecho...
La venganza de William Wallace
Alexander Watson Hutton nació el 10 de junio de 1853 en la ciudad de Glasgow - Escocia, a exactos 24 años después de la creación de la Comandancia Político y Militar de Malvinas de Luis Vernet en 1829. Luego de estudiar y graduarse en Edimburgo, emigró a la Argentina en 1882 buscando incorporarse como docente en el colegio escocés San Andrés. Pero lejos de pensarse a sí mismo como mero docente de escuela, portaba una obsesión deportiva: el fútbol. Intentó organizar a sus estudiantes para que pudieran jugar a la pelota, pero las autoridades del colegio no lo comprendieron y al poco tiempo rechazaron sus propuestas. Pero su obstinación por el deporte como herramienta educativa fundamental, y su pasión especial por el fútbol, lo llevaron a fundar su propia escuela en 1884: la Buenos Aires English High School.
Estando a la cabeza de un establecimiento educativo, Hutton no sólo pudo formar un equipo con sus estudiantes, sino que desde ahí, buscó impulsar el fútbol como deporte en la Argentina. Fue tal la rápida aceptación del deporte en los jóvenes de aquella época, que el crecimiento del fútbol obligó a fundar una asociación que coordinara a los equipos y organizara lo que hoy conocemos como el torneo de Primera División. De esta necesidad, nació la Asociación Argentina de Fútbol en 1893, y se nombró al escocés Hutton como su primer presidente. Nacía así la federación que agrupa a todos los clubes de nuestro país, que posteriormente se denominó la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) tal como la conocemos hoy, y junto a ella y de la mano de un escocés, la Selección Nacional que hoy forma parte de uno de los eslabones fundamentales de la política exterior argentina.

Acercándonos de a poco al presente, no está de más aclarar que Thatcher gobernó el “Reino Unido” desde 1979 hasta 1990, y sin embargo, nunca ganó las elecciones en Escocia. No las ganó en 1979 cuando comenzó su mandato, y le fue cada vez peor en las elecciones sucesivas, aún en la de 1983 ni bien terminó la Guerra de Malvinas y la de 1987, que contó con su peor resultado. Tomando en cuenta esta información, quedan en evidencia las falencias del sistema “democrático” del “Reino Unido”, al punto tal, que podríamos afirmar, sin avergonzarnos, que el gobierno de Thatcher fue para Escocia, una dictadura impuesta desde Inglaterra.
El triunfo inglés en la Guerra de Malvinas, le permitió a Thatcher aplicar sus medidas económicas neoliberales, que se ensañaron muy particularmente con Escocia. Primero doblegó la histórica huelga impulsada por el sindicato de trabajadores mineros entre 1984 y 1985. Una vez neutralizada la resistencia sindical y junto a ella la producción nacional de carbón, Thatcher se encargó posteriormente de destruir la industria siderúrgica, los talleres ferroviarios y los astilleros escoceses.
Volvemos a lo que afirmamos en líneas anteriores: fue en este contexto muy particular y de extrema impopularidad que se grabaron para siempre en la memoria del pueblo escocés los goles de Maradona a Inglaterra en 1986.
Para comprender lo que vino después, nos valdremos de dos películas que reflejaron el devenir y el sentir de Escocia en los años inmediatamente posteriores a la dimisión de Thatcher en 1990, pero todavía bajo la tutela de la coalición conservadora inglesa que gobernó hasta 1997: Braveheart (1995) y Trainspotting (1996).
Trainspotting buscó reflejar a la juventud escocesa de fines de los 80’ que prácticamente se quedó sin futuro, sumida en la marginalidad absoluta, llenando el vacío existencial mediante el consumo de drogas duras y errando por las ruinas industriales del país que alguna vez fue. Si se me permite la licencia, el paralelismo audiovisual argentino que considero que más se le parece es la serie Okupas del año 2000.
Del diagnóstico de la Escocia postindustrial que bien refleja la película, nos quedamos con dos hechos curiosos de la película. El primero, es que contrario a lo que uno podría intuir, Margaret Thatcher jamás es mencionada en toda la película. De la mano de esto, viene lo segundo, que es una famosa escena en la que el protagonista, encarnado por el actor famoso escocés Ewan McGregor, quién afirma que “ser escocés es lo peor que hay…sí…los ingleses son unos pelotudos, pero nosotros por el otro lado somos colonizados por unos pelotudos. Ni siquiera pudimos encontrar una cultura decente por la cual ser colonizados”. Quedaba claro que los problemas que padecía Escocia no podían ser adjudicados a un sólo individuo, ni siquiera a la mismísima Margaret Thatcher, porque en definitiva el problema era estructural y sistémico.


Trainspotting y Braveheart fueron estrenadas con muy poco tiempo de diferencia entre sí y ambas mostraban las dos caras de una misma moneda: el saldo de miseria post-Thatcher y el orgullo latente del pueblo escocés
Si bien Braveheart, más conocida en América Latina como “Corazón Valiente”, se estrenó un año antes, de alguna manera buscó dar una respuesta de índole histórica a los interrogantes planteados por la juventud escocesa reflejada en Trainspotting. La película fue producida, dirigida y protagonizada por el actor australiano-católico Mel Gibson, quién buscó retratar la vida del guerrero y patriota William Wallace y su lucha en el marco de las Guerras de Independencia de Escocia entre fines del siglo XIII y comienzos del XIV.
En ella se ve a un Wallace obsesionado por una sola cosa: la libertad de Escocia. Pero sus convicciones, fuertemente apoyadas por el pueblo, fueron víctimas de las especulaciones, ambivalencias y mezquindades de la nobleza. Wallace no fue capturado por los ingleses como consecuencia de una derrota militar, sino en un arresto sorpresa tras la delación de un noble escocés. Fue ahorcado, decapitado y luego desmembrado. Lo que quedó de él fue repartido en puntos estratégicos: su cabeza quedó en el puente de Londres, y sus extremidades en espacios simbólicos donde dejó su marca en la pelea por la libertad de su patria.
Más allá de los debates sobre su rigurosidad historiográfica, no hay dudas de que Braveheart revitalizó el debate sobre el rol de Escocia dentro del Reino Unido, hecho que fue aprovechado por el Scottish National Party (SNP - Partido Nacional Escocés) para retomar la agenda nacional con miras a una independencia futura.
El fin del conservadurismo y el retorno del laborismo al poder en 1997, llevaron al parlamento británico a tener un gesto con Escocia tras el resurgimiento de su sentimiento nacional. Es así como se celebró el referéndum de 1997 en el cual Escocia recuperó su parlamento propio, situado nuevamente en la capital Edimburgo, después de 290 años. Su frase de inauguración fue “El parlamento escocés, disuelto en marzo de 1707, queda reconvocado”.
De esta forma, y ya con parlamento propio, el proyecto político independentista del SNP fue creciendo significativamente. El punto de inflexión fue el triunfo electoral de 2011, lo que obligó a la coalición conservadora liderada por David Cameron a conceder la oportunidad de que Escocia tenga un referéndum de independencia. El mismo se celebró el 18 de septiembre de 2014 y triunfó la opción por permanecer en el Reino Unido por el 55% de los votos frente al 44% de independizarse. Ya sé… usted, lector, estará pensando si los escoceses pelearon durante siglos por recuperar su independencia, ¿por qué votaron en contra de ella?
Y acá es donde viene nuevamente el actor que mencionamos anteriormente: la Unión Europea. La realidad es que la independencia de Escocia no garantizaba automáticamente su incorporación a la Unión Europea, más aún si su caso podría generar un efecto dominó en países como España cuya integración siempre se vio amenazada por Cataluña y el País Vasco. Sin embargo, la economía escocesa de 2014 ya no era la miserable de fines de los ochenta que quedó inmortalizada en la película Trainspotting. De hecho, su secuela Trainspotting 2 (filmada en 2016), muestra a la nueva Escocia renacida y reorientada hacia una economía de servicios bajo los auspicios de la Unión Europea. Y así como el dinero europeo apaciguó las guerras en el norte de Irlanda, también lo hizo con el fervor independentista escocés que vió en el referéndum de 2014 un escenario vertiginoso e impredecible.
Pero luego vino, como no podía faltar, la traición inglesa. En 2016 se celebró el referéndum de salida del Reino Unido de la Unión Europea. Escocia, coherentemente con el referéndum de 2014, votó por permanecer en la Unión con una aprobación del 62%. Pero los votos ingleses pudieron más y al igual que los gobiernos de Thatcher, Escocia quedó presa de una decisión que le era totalmente ajena. Ante la frustración, y la sensación de estafa, a Escocia no le quedó otro camino que volver a pelear por su independencia y en 2022 quisieron desde su parlamento reimpulsar un nuevo referéndum que redimiera el resultado del de 2014. Pero recordemos que el Reino Unido es un país unitario, y al no tener la aprobación del Parlamento de Londres, el Tribunal Supremo Británico le negó dicha posibilidad. Y así fue como nuevamente Escocia quedó a merced de la dictadura y la voluntad de Inglaterra…
El despertar de Owain Glyndwr
Durante el siglo XIX, mientras Reino Unido se expandía por el mundo y comenzaba a sincerarse como Imperio Británico, en su interior se buscó homogeneizar a Gran Bretaña a imagen y semejanza de Londres. En Gales se impuso el idioma inglés y se prohibió el idioma local con la imposición de castigos físicos en todo el sistema educativo. No conformes con ello, se intentó aplicar impuestos a las instituciones religiosas que no eran la oficial (anglicana). Ante la ola de persecuciones, un grupo de galeses se propusieron escapar de la situación y fundar una Nueva Gales lo más lejos de Inglaterra posible.
Es así como en 1863, durante la presidencia de Bartolomé Mitre, el ministro del interior Guillermo Rawson propuso la creación de un asentamiento galés en el valle del río Chubut. Sin embargo, cuando se presentó el proyecto en el Congreso de la Nación, chocó de lleno con el senador católico-unitario Félix Frías (Nota del autor: sí, Félix Frías fue una rara avis que dió origen después al nacionalismo católico argentino del siglo XX).
El senador observó lo siguiente: el Reino Unido no reconoce la soberanía argentina de la Patagonia, la niega en su cartografía oficial y desde la usurpación de Malvinas está intentando ocupar otros territorios nacionales. Dentro de esa lógica: ¿cómo se supone que vamos a aceptar un asentamiento galés en la Patagonia cuando literalmente “está flotando hace muchos años la bandera británica en territorio argentino (Malvinas)”? y siguió: “Lo que no admiro de Inglaterra y Estados Unidos, es su política exterior. La política de la Gran Bretaña, es una política de agresión y violencia respecto de los débiles”. Los argumentos eran tan irrebatibles que el Senado rechazó la propuesta en 21 votos contra 5.

No obstante, el proyecto continuó de hecho bajo los auspicios de Rawson. Finalmente, los galeses se instalaron en el valle del río Chubut 1865 e impulsaron que la capital de la provincia adoptara el nombre del ministro que promovió su asentamiento a modo de agradecimiento. Si bien no faltó algún trasnochado aislado que especuló seriamente con crear una Nueva Gales en la Patagonia, las comunidades que se asentaron en Rawson (1865), Gaiman (1874) y Trevelin (1890) se incorporaron rápidamente a la Argentina donde pudieron hablar libremente en su idioma, preservar su cultura y profesar su religión.
Pero esto no termina acá. En 1871 se abrió un punto de quiebre. La comunidad galesa en Chubut comenzó a producir trigo para el mercado interno. Argentina, que por ese entonces era un importador neto de harina de trigo, vio en el trigo patagónico un primer escenario de sustitución de importaciones. Ahora bien, el hecho de que la Patagonia pudiera producir trigo de calidad generó un shock muy importante en Buenos Aires. Moría así el mito de que la Pampa Húmeda era no solo apta para la ganadería (bovina y ovina), sino también un suelo ideal para la agricultura. Años después, en 1878 se produjo la primera exportación de trigo desde Rosario, y de esta forma, se inició el Modelo Agroexportador en nuestro país y Argentina se incorporó a la “división internacional del trabajo”.
Cuando la Guerra de Malvinas estalló en 1982, los descendientes de galeses también participaron como soldados conscriptos argentinos. Tras el fin del conflicto, la provincia de Chubut, y junto a ella la comunidad galesa, protagonizaron uno de los momentos más memorables que quedó inmortalizado como el “Día que Puerto Madryn se quedó sin pan”, cuando los ciudadanos vaciaron las panaderías para ofrecerles pan a los soldados que recién regresaban de las Islas el 19 de junio de 1982.

Volviendo al Reino Unido, Gales fue el primer experimento de colonización inglesa en territorio británico desde fines del siglo XIII. Como consecuencia de esto, se institucionalizó a partir de ese entonces, la costumbre de que el título de Príncipe de Gales lo lleve siempre el futuro heredero al trono de la corona inglesa. La rebelión más famosa fue la liderada por Owain Glyndwr, un noble educado en Inglaterra quién en 1400 restauró el parlamento galés. Sin embargo, la revuelta fue disuelta al poco tiempo. Finalmente, Inglaterra absorbió formalmente a Gales de la mano de Enrique VIII a mediados del siglo XVI a través de un Acta de Unión por el cuál el país iba a estar proporcionalmente representado en el Parlamento de Londres.
A pesar de su derrota, con claros paralelismos con William Wallace, e incluso con Tupac Amaru II, el desenlace de Owain fue muy distinto. El líder independentista no fue capturado en batalla ni entregado por ningún traidor. Se escondió en las montañas y jamás cayó bajo manos inglesas a pesar de las altas recompensas. Producto de este repliegue se creó la leyenda que Owain sigue vivo al día de hoy, esperando despertar y reaparecer cuando Gales lo necesite.
Y es así como llegamos a nuestros días: en 1997 tras el fin de la era conservadora, Gales, al igual que Escocia, recuperó su Parlamento después de 600 años. Cuando llegó el momento del Brexit, Gales votó a favor de la salida de la Unión Europea por un escaso margen del 52,5%, a pesar de que los sectores nacionalistas instaron al electorado a permanecer en la unión. Algunos justificaron el voto galés como un voto castigo hacia Londres y Bruselas. Pero como si de un plan maquiavélico se tratara, con el Brexit Gales pavimentó su camino hacia la independencia del Reino Unido, y una vez que se consuma el hecho, buscaría reincorporarse a la Unión Europea pero sin la tutela de Londres.
El Reino Desunido
Y así llegamos nuevamente al 15 de julio, nuestros jugadores y la bandera de Malvinas desplegada a los ojos del mundo. El Estado británico se preocupó en serio y tomó dos medidas: la primera fue exigirle a la FIFA, a través de una carta enviada por el Parlamento, una sanción disciplinaria a la Selección Nacional por haber desplegado la bandera al finalizar el partido. La segunda fue impulsar una fuerte campaña en redes sociales y grandes medios de comunicación con la consigna de que Londres va a defender a ultranza “la autodeterminación de los isleños en Malvinas”.
Como dijimos en otras oportunidades, la bandera de Malvinas puso luz en el mundo, dejando ver todo con más claridad. La saturante campaña colonialista en nombre de la “defensa de la autodeterminación” de parte de miembros del Parlamento británico, sin distinción alguna entre conservadores y laboristas, provocó un ruido ensordecedor en la artificialidad de lo que hoy seguimos llamando “Reino Unido”. Es así como los representantes de Gales, Escocia y el norte de Irlanda presentaron un comunicado conjunto para iniciar de forma contundente una transición de independencia definitiva respecto del Reino Unido, de la mano de una posterior reincorporación a la Unión Europea. El comunicado fue demoledor: “Nuestras naciones tienen derecho a la autodeterminación. Ningún gobierno de Westminster [Parlamento de Londres] tiene derecho a bloquear nuestras democracias o socavar el principio de nuestros pueblos elegir su futuro”.
Pero si el tiempo de Londres (Westminster), en palabras de Gales, Escocia e Irlanda finalmente se terminó ¿qué impacto y efectos puede tener en el futuro?
Volvemos al paralelismo con la Unión Soviética: un coloso nuclear, económico, financiero, comercial y militar en las vísperas de un colapso interno. Es así como nuevamente nos adentramos en un escenario de sucesión de estados, en donde claramente Inglaterra en soledad, heredará los derechos y obligaciones de lo que alguna vez fue el Reino Unido tal como lo hizo la Federación de Rusia en 1991 en relación a la Unión Soviética.
Naturalmente esto llevará a una larga transición. Por empezar, Inglaterra permanecerá como miembro permanente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas (con poder de veto). En este mismo sentido existe una alta probabilidad de que se quede con todas las embajadas y representaciones en el exterior, o en su defecto, que haya una división proporcional en algunos casos. Muchos escoceses forman parte del cuerpo diplomático británico, algunos bien podrían optar por obtener la nacionalidad inglesa y continuar en funciones.
Al igual que Rusia en su momento, Inglaterra será quién custodiará y se hará responsable del arsenal nuclear del Reino Unido. Sobre este tema corre una gran desventaja respecto de lo que fue el repliegue de arsenal soviético en Ucrania en la década de 1990, y es que el 100% del arsenal nuclear británico/inglés se encuentra en Escocia. Preparar las obras de infraestructura para relocalizar el arsenal en suelo inglés sería costosísimo.
Escocia, Gales e Irlanda (reunificada) formarán parte de la Unión Europea. El euro se convertirá en la moneda por excelencia, dejando atrás las libras. Finalmente Irlanda podrá pertenecer al espacio Schengen que consiste en que los países europeos no tengan fronteras entre sí, pero que a cambio, se estandaricen las fronteras externas con los demás. La República de Irlanda tuvo que evitar incorporarse porque eso la hubiera obligado a tener una frontera rígida con el norte de su país bajo ocupación británica. El Reino Desunido, en este sentido, podría convertirse además de una acción de justicia histórica y territorial, de la mano de la reunificación irlandesa, en una oportunidad de fortalecimiento económico. En este escenario, lo más natural sería poder derribar de una buena vez por todas los muros que dividen a los cristianos (católicos de no-católicos) en Belfast y en otras ciudades, como un gesto del final de la segregación en Irlanda.
Otro punto es qué pasaría con la monarquía, que en un escenario así pasaría de “corona británica” a una mera corona inglesa. Como ya vimos, el título de Príncipe de Gales, que cumple el rol de heredero al trono, quedaría abolido. La corona inglesa, no obstante, podría mantener sus propiedades privadas en Escocia, Irlanda y Gales pero dejaría de cumplir el rol de soberano y de Jefe de Estado. La crisis política, podría incluso impactar al interior de Inglaterra: Si la corona es un factor de unión británico, ¿qué sentido tendría seguir sosteniendo a la monarquía como sistema político? la consumación del Reino Desunido podría derivar en brotes republicanos en Inglaterra para escalar en un escenario directamente de Reino Abolido.
Pero sería ingenuo creer que el único saldo del fin de la Guerra Fría fue la conversión de la Unión Soviética en 15 países independientes. El fin de la misma, por empezar, dió pie a la balcanización de Yugoslavia en 5 países así como la división de Checoslovaquia en dos. Pero no sólo se modificó la cartografía de Europa y Asia, sino que alcanzó otros planos como el económico, el social y hasta el cultural con alcances globales que supusieron, en su momento, al nacimiento de la unipolaridad en el marco de la Pax Americana. Sería ingenuo creer, que el escenario del Reino Desunido sólo tendría un impacto interno, cuando en realidad tendría un impacto en todas las Naciones del mundo, y por ende en el orden global. Pero sobre ese tema, lo abordaremos en la siguiente y última parte.











