Comunidad

Dios y Artes Marciales

Dios y Artes Marciales

"En las grandes crisis de renovación moral, cuando la apatía o la decadencia amenazan disolver un pueblo o una raza, la virtud excelente entre todas es la integridad del carácter, que permite vivir o morir por un ideal fecundo para el común engrandecimiento.” - José Ingenieros, El hombre mediocre

I.

El siglo XXI en Argentina no escapa a la constante del caos que ha dominado la historia del país. Variantes políticas de todos los colores: Néstor, Cristina, Macri, Alberto, Milei. Distintas formas de ser político, de pensar el país, y giros de 180°. Mi generación -tengo 33- vivió su adolescencia en la constante del desorden político y económico.

Dentro de este desorden, de a poco fue asomando la tecnología: los celulares, MSN, Fotolog, y el smartphone como herramienta para navegar y conectarse. Las redes sociales iniciaron un cambio en el formato de vinculación social. Mi generación había cursado el secundario con la concepción de que Internet era un lugar al que ibas;no un espacio donde se vive. Poco tiempo después aparecieron las historias y los videos cortos: un ataque a la cognición humana, sobre todo joven, que programa al cerebro para incorporar información de una manera que no le permite integrar y destruye su capacidad de atención.

Esta reducción de la atención le quita al individuo la posibilidad de aprender de la manera tradicional, a través del estudio detenido de las temáticas y la exploración de fuentes primarias. El encapsulamiento procesado de la información escupe una premisa superficial que se acepta como verdad absoluta. La imposibilidad -casi eléctrica- de mantener la concentración limita a la persona a un formato de acumulación de datos que funciona más como un prompt al CPU cognitivo que como el desarrollo de un entendimiento genuino y, como consecuencia, la posibilidad de ejercer un pensamiento crítico.

La frutilla del postre son las IAs, que avanzan cada vez más sobre las funciones ejecutivas del humano. Las burocracias corporativas son dead man walking que hoy tienen resguardo solo por el costo de la energía; los tokens necesarios para reemplazar a un trabajador todavía son más caros que un salario en muchos casos. Llegamos a un punto en que los humanos estamos siendo deshumanizados, y los efectos psicológicos son evidentes en la juventud. en la no tan juventud también.

Otra consecuencia de la digitalidad del espacio social y la reducción de la atención -o de la paciencia- es el sedentarismo. El falso concepto de e-sports le da carácter deportivo a una disciplina completamente estática, que debilita la estructura biológica del individuo y lo convierte en una entidad inofensiva en el plano material.

Pero el sedentarismo no es solo físico. Hay un sedentarismo del espíritu que es igualmente devastador. El cuerpo se aquieta frente a la pantalla, pero el alma también se aquieta y cuando ambos se detienen, lo que queda es un vacío que exige ser llenado.

II.

El capitalismo, al igual que el comunismo, son sistemas materialistas y ateos que conducen a estados de alienación espiritual. El ser humano, entendido como un software, está programado para vincularse con algo que trasciende su mortalidad. En The Denial of Death, Ernest Becker muestra que el ser humano necesita un proyecto que trascienda su mortalidad. En mi lectura, lo único que satisface genuinamente esa necesidad es Dios. Ante su ausencia, ese vacío exige ser llenado y se recurre a símbolos insuficientes (equipos de fútbol, partidos políticos, artistas). Pero si al vaso de la trascendencia le falta tan solo una gota, ese vacío es suficiente para generar una profunda angustia existencial.

Nos encontramos en una situación social donde los individuos están vencidos en espíritu, en su cuerpo y en su mente. Los liderazgos globales aparentan no tener interés en atacar los problemas de raíz. Las cuestiones geopolíticas se centran de manera casi exclusiva en lo económico; la rentabilidad y la sostenibilidad son los ejes que guían la toma de decisiones. En esos términos, el individuo es abstraído de su parte humana, como comentó el Papa Francisco en una entrevista, se puede ser esclavo aun siendo asalariado.

III.

Si quisiéramos entender por qué una nación funciona o no, habría que desarmar el problema hasta sus verdades más básicas. Así como para analizar una pasta estudiaríamos los compuestos orgánicos de la tierra donde se sembró el trigo, para analizar una Nación hay que ir al sedimento: sus individuos. Los individuos están compuestos por tres factores fundamentales: espíritu, cuerpo y mente. Nuestro sedimento es, entonces, el espíritu del individuo, luego su fisicalidad y su cognición.

Una nación requiere individuos espiritual y físicamente soberanos para desarrollar un sistema viril, capaz de enfrentar con tesón y claridad los conflictos que se presentan.

En primera instancia debemos atender al aspecto esencial por excelencia, la cuestión espiritual. Argentina es la hija rebelde del Imperio Español. El origen religioso de nuestra nación es el Catolicismo; todo el sustrato ético y moral es fruto de la Iglesia Católica.

El ejercicio de la moral católica ofrece un marco teórico para navegar la realidad que se ha sostenido a lo largo de dos milenios. La antifragilidad1 de esta forma de vivir es cada día más potente.

En este tiempo de vacío espiritual, vale recordar que Jesús, en su misericordia, recibe a todo aquel que escucha su palabra y cree en Él. Las enseñanzas de la Iglesia Católica ofrecen, en el caos del mundo, una brújula moral que delimita con claridad y ternura el bien y el mal.

IV.

Las artes marciales mantienen un código de conducta, de vestimenta, de jerarquía, que se integra al individuo de manera suave y natural. Esto es porque ingresan de forma lúdica. Si centramos el análisis en el aspecto reglamentario, las luchas son juegos donde el objetivo no es dañar, sino superar al compañero en puntos. Esta estrategia indirecta —el juego como pantalla para insertar cualidades beneficiosas— es milenaria.

Nuestra época ha estigmatizado la violencia, sobre todo la ha asociado de manera directa al hombre. Pero tanto hombres como mujeres tenemos la capacidad y el impulso hacia la violencia, y esa energía necesita ser expresada. La mejor manera de canalizar esta necesidad es educarla. Si uno reprime este instinto, tanto hombres como mujeres explotan por lados inoportunos y no deseados. Las artes marciales educan la violencia y dirigen ese fuego hacia el calor de un hogar y no hacia el incendio descontrolado de una sociedad.

Las artes marciales requieren de la práctica en grupo: abordan la necesidad social de los individuos y a su vez integran los conceptos de jerarquía, humildad y disciplina. La disciplina se construye en conjunto; uno no solo va por sí mismo, sino que el grupo lo alienta a no faltar. Los más experimentados son parte integral de la transferencia de conocimiento: teniendo la capacidad de vencer, eligen enseñar. Uno descubre que tiene más recursos, pero a la vez encarna un ejemplo de compañerismo, respeto y orden. La humildad se desarrolla a medida que uno avanza en la jerarquía. Cada suba de cinturón está precedida por la constante de haber perdido combates; cada nuevo cinturón es un premio a la tolerancia a la frustración.

Las artes marciales forjan, tanto en hombres como en mujeres, un carácter fuerte, amable y determinado. Tanto la práctica del catolicismo como las artes marciales alejan al individuo de la inmediatez, la ansiedad diseñada y el aislamiento social.

V.

El individuo quebrado en espíritu, en cuerpo y en mente no es solo una tragedia personal: es la materia prima de una nación frágil. Una sociedad construida sobre individuos vaciados es una sociedad que no resiste el primer estresor serio. Y los estresores vienen, siempre vienen. La pregunta no es si llegarán, sino quiénes estaremos cuando lleguen.

La fe católica y las artes marciales no son soluciones novedosas ni algoritmos optimizados para el siglo XXI. Son, precisamente por eso, las más poderosas. Dos milenios de práctica espiritual y milenios de combate codificado han demostrado su antifragilidad: se fortalecen con el tiempo, con la adversidad, con la imperfección humana. El tatami y la oración no prometen comodidad; prometen algo mucho más valioso: forma. Le dan forma al espíritu que busca algo que trascienda su mortalidad, forma al cuerpo que exige ser habitado con seriedad, forma a la mente que necesita jerarquía y propósito para no perderse en el ruido digital. El camino antifrágil no pasa por más tecnología, sino por menos tolerancia al vacío.

La reconstrucción del individuo es, entonces, la verdadera política. No la que se debate en el Congreso ni la que se viraliza en las redes, sino la que se practica en silencio, en comunidad, con disciplina y con fe. Agrupémonos en lo que nos hace humanos.