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En la misma semana del aniversario de los 50 años del Golpe de Estado, se develaron 12 identidades de personas que fueron asesinadas en el Centro Clandestino de La Plata. Al mismo tiempo, la fiscalía de Mendoza imputó a varios genocidas por crímenes contra infancias. En ambos casos, mi abuelo, Orlando Oscar Dopazo, tuvo participación.
Esperar en vilo si alguno de los restos descubiertos en Córdoba le trae alivio a personas que conozco, imaginar cómo vivirán sus recuerdos esas niñas y niños que en el 76 fueron víctimas del Tata, vuelve a abrir una herida que cada tanto cicatriza, a veces se difumina en la intensidad de la vida cotidiana y se vuelve más llevadera a medida que el proceso de desobediencia colectiva se consolida.
Sin embargo, las preguntas siguen ahí ¿Se habrá arrepentido de algo? ¿Habrá querido dejar su rol en algún momento? ¿Tuvo misericordia, al menos alguna vez, en una de esas largas jornadas del horror? Es el engaño en el que caigo cuando hago el ejercicio de imaginarme a la misma persona que conocí y quise mucho como la peor pesadilla de tantos otros.
No hay palabras ni lugar para la familia de los genocidas. No podemos pedir perdón en nombre de ellos. No podemos arrepentirnos ni reparar nada. Sólo nos toca poner el cuerpo, en la medida que se pueda, en nuestra intimidad como cuando surge, en el ámbito de lo público, para poder enunciar que no somos cómplices de lo siniestro. Heredamos un papel en la historia de testigos silenciosos del horror.
Por la memoria, verdad y justicia.
Por mirar el monstruo a los ojos y dejar de tenerle miedo.
Por elegir otro camino de vida posible.
Nunca Más.
El escrito que van a leer a continuación fue mi primer ejercicio público, una vez que pude reconstruir luego de años de investigar, quién había sido mi abuelo. Me animé a hablar, una vez que mi abuela perdió la conciencia y yo ya vivía en otro país. Muchas personas me ayudaron a llegar a ese lugar de confianza en mí misma para decir lo que sentía y que durante décadas me atormentó.
Si estás leyendo esto y algo de lo que cuento te resuena, contactate con nuestra agrupación, Asamblea Desobediente, no tenés que hacer este camino en soledad.
Me acuerdo estar en el patio del colegio. El día anterior mi abuelo había sido detenido. No se decía nada. No entendía. Quería decírselo a alguien pero sabía que nadie iba a entender qué estaba diciendo. En esa escuela en 2002 no nos daban historia argentina contemporánea. No habíamos hablado de los golpes de estado ni las dictaduras, no sabíamos nada. Yo no sabía quién era mi abuelo pero sabía que no podía decir que los fines de semana iba al Club Círculo Militar en Olivos, Provincia de Buenos Aires. Sabía que no podía decir eso en la escuela. Decía el club, decía que no me acordaba el nombre.
Me acuerdo. Tengo 7 años, por ahí menos, mi abuelo aparece en la cocina de su casa. Me dice, como siempre, que mire el bolsillo de su camisa. Me trajo figuritas. Siempre tiene figuritas. Si no me lleva hasta la librería y me deja que elija unos stickers o unos papeles de carta. Mi lugar favorito en el mundo son las librerías. Colecciono stickers como si valieran oro. Es mi tesoro más preciado. Mi abuelo siempre me hace regalitos.

Me acuerdo. Tengo 20 años, soy profesora suplente de Historia Latinoamericana Contemporánea en una escuela industrial privada. Estamos en el programa de verdad y memoria que lleva adelante el Estado Nacional. El primer día que tengo que hacer la suplencia me encuentro con una actividad programada. Aparecen varias personas, entre ellas El Mono. Vamos al Centro de Detenciones El Vesubio. Vamos debajo de la autopista. Otro día vamos a la ex- ESMA o Ex- Escuela de Mecánica de la Armada, el Centros Clandestinos de Tortura y Detención más emblemático del país, por donde pasaron unas 5.000 personas. El Mono se presenta, cuenta su historia, militaba en el Partido Revolucionario Argentino (PCR), a su mujer la asesinaron en los vuelos de la muerte, donde arrojaban para su desaparición a personas vivas en el Río de la Plata, estaba embarazada.
Llevo a distintos estudiantes de la escuela a la ex-ESMA. Es Octubre, hace calor, voy,. Nos toca ir al Casino de Oficiales. Se me cierra la garganta. Recuerdo la voz de mi abuela contándome sobre sus fiestas en el Casino de Oficiales de Córdoba o Mendoza, dónde habrá sido. No es este casino. Me acuerdo de las fotos que vi de ellos ahí. Me empiezo a dar cuenta que es el mismo tipo de lugar. En el Casino de Oficiales de la ex- ESMA funcionaba una parte del centro clandestino, nos muestran una sala de revelado de fotografía o una imprenta.

Estoy en el centro de detención clandestina de la calle Humberto Primo, vamos a otra visita con estudiantes, acá estuvo la periodista Miriam Lewis. Nos muestran la terraza. A ella la dejaban salir de vez en cuando. Vemos el toldo verde y blanco que permitió que ella reconociera el lugar. Vemos también todos los edificios que están allí, imaginando todos los ojos que podrían haber visto este lugar.
Me acuerdo, Es verano, vacaciones de la escuela. Después de almorzar tengo que dormir la siesta. Yo me acuesto en un catre al lado de la cama de mis abuelos. Bajan las persianas. Mi abuela me cuenta el cuento del gallito pelón o del yacaré. A veces cuando mi abuela trabaja, le toca a él. Siempre me habla del ternero Pombo y su mamá.
Mi abuelo fumaba. Murió de cáncer de colon. Un cáncer que nunca dijo que tenía. Mi abuelo fumó toda su vida, pero durante unos años había dejado, cuando era jóven. Me contó que después de ese impass volvió a ser adicto porque se le murió un soldado sobre una camilla después de un enfrentamiento armado.
Me acuerdo. Abro el placard de mi abuelo. Todas las tardes, antes de que mis papás pasen para volver a casa, me va a buscar a la escuela en un Ford Falcon color salmón, este es especial porque tiene caja de cambios de cinco velocidades que está adaptada. Así lo tuvo siempre, como nuevo. Abro el placard. Encuentro dos armas en el placard. No las toco. Armas viejas. Se lo cuento a mi mamá. Después supe que las vendieron. Mi abuela me dijo que Dios podía saber todo lo que yo hacía y pensaba. Y que después se lo contaba a ella.

Es año nuevo, debe ser 1996, mi hermana es una bebita, estamos en la quinta que nos presta un amigo de mis padres en La Reja, Moreno. Vamos a ver cómo mi papá prende unos fuegos artificiales. Estamos mi abuelo y yo sentados en unas silletas, alejados, mirando las estrellas, esperando que empiece el show casero. Creo que le pregunto de qué trabajaba antes, me dice: luchaba contra la subversión.
Me acuerdo. Tengo 12 años, como todas las tardes, o muchas, lo paso en lo de mi abuela. Se separaron, estuvieron viviendo en casas distintas hasta la detención de mi abuelo. Allí ella salió de garante y acepta que él viva con ella para que no vaya a la cárcel común. De esto me voy a enterar años después. Por un tiempo no nos vimos. Mi mamá no le quiere hablar pero con los años retomamos algún tipo de vínculo. Vivimos todos en el mismo edificio, ellos en el 1ero, nosotros en el 4to. Mi abuelo me pide que le transcriba un papel a mano y lo pase a la computadora. Él no la sabe usar. Me explica que es porque en el juicio que tiene lo acusan de algo que no hizo. Que nadie entiende nada, recuerdo que dice: no entienden el organigrama.
Él no mató a nadie. Él no mató a nadie. Algo que se repite cada cierto tiempo. No es como el represor Paulino Furió, ese si que es jodido, ese tipo es un violento, le pegaba a sus hijos. Tu abuelo es una persona ejemplar. Mi papá, ex militante del Partido Comunista me dice: lo que pasa es que él se le puso de contra a [General Luciano] Menendez, tu abuelo no quiso meterse en unos chanchullos y por eso lo echan antes, en 1978 lo mandan a Buenos Aires. Años después, me va a confesar que él me decía esas cosas para que yo no me preocupara tanto.
Menendez fue a visitar a mi abuelo, Orlando Oscar Dopazo, al Hospital Militar de la Ciudad de Buenos Aires cuando está internado por un estudio, ya hace tiempo vive en arresto domiciliario esperando los juicios. Según me cuenta mi abuela, se acercó a la habitación y mi abuelo se hizo el dormido, no lo quiso ver.
Es la pandemia, por vez número mil, vuelvo a intentar reconstruir quién es Orlando Oscar Dopazo, la persona sobre la cual el periodista Horacio Verbitsky menciona en una contratapa de Página 12 en 2004. Parece que mi abuelo estuvo en una matanza en Córdoba. Intento ir a los buscadores de juicios de lesa humanidad, pongo su apellido, sé que él se murió antes de la sentencia de uno de los juicios. Cuántos casos son, 3, 4? Cuál es la diferencia entre las causas. Está en la mega causa de La Perla, el centro de detenciones clandestino cerca de Córdoba? Eso me lo dijo mi novio de aquella época cuando no quiso asistir a una cena familiar. Fue responsable del secuestro del periodista Paco Urondo? Cuál era su rango? Coronel? Teniente Coronel? Sé que estudió en la Escuela de Guerra. Que venía de una familia humilde de Entre Ríos, que quiso ir ahí desde chico. Que a la Escuela de Guerra no entran todos. Que él era muy inteligente. Según mi papá, era una persona con pocas luces. Abro el buscador y por primera vez encuentro un documento elaborado por la Secretaría de Derechos Humanos de La Nación Argentina que habla sobre los organigramas. Es un PDF. CNTRL+F. Dopazo. Aparece el término COT en 1976 en la División de Inteligencia G2.
Cuando mirás al monstruo a la cara no podés hacerte más la boluda. Eso me lo dice Lili Furió. Ella es una hija desobediente. Lesbiana, activista, tanguera, Lili siempre fue la mejor amiga de mi mamá junto con María Marta. Las tres hijas de represores. Las tres amigas desde la adolescencia. La única que decidió convertirse en militante por los derechos humanos es Lili. Es como una madrina para esos temas que no podés hablar con nadie más. Cuando esté lista me invita a las reuniones. No voy.
24 de Marzo de 2022, o tal vez no es esa fecha, pero estoy en la casa de mi amiga Lucía Vela. Su mamá fue secuestrada y torturada, picaneada cuando era una adolescente. Lloramos juntas, nos abrazamos, la escucho hablar sobre el guión que escribe, sobre el exilio de su mamá y su tía. Su tía decidió no volver. También la torturaron. Su mamá si volvió. Hace poco declaró en un juicio de la verdad.
Estoy en mi casa nueva, lejos de Buenos Aires, en Boston. Sueño con una mujer de pelo corto que corre, la persiguen. La encuentran, la torturan. Le hacen el submarino. Le sacan las uñas. Me despierto con la sangre helada. Sueño varias veces más. Sigo soñando con la mujer de pelo corto, corre, tiene miedo. Corre por una fábrica. Trato de buscar quiénes pueden ser las mujeres detenidas desaparecidas que mi abuelo mató o secuestró. No la veo. Me atormentan los sueños. Empiezo a tener miedo de dormir. Mi médica, Roxy, me dice que le escriba una carta a mi abuelo, una a mi mamá y una a la mujer de pelo corto. A mi abuelo le escribo que no lo perdono, que lo odio, que me lastimó y que ni me puedo imaginar a cuántas personas le cagó la vida. Las hizo mierda. Le digo que lo quise cuando era mi abuelo bueno pero eso ya no existe más. Le escribo a mi mamá, que no entiendo cómo me dejó al cuidado de semejante monstruo. A la mujer de pelo corto le pido perdón por lo que le hizo mi familia. Quemo las tres cartas. A los días vuelvo a soñar con ella, esta vez me dice bendiciones, me da un beso en la frente. No la vuelvo a ver más.
Un día mi abuela me regala todos los platos con insignias militares que tiene guardados. Elegite los que te gusten me dice. Antes los tenía colgados en la pared. No sé qué hacer. No sé qué decirle. Agarro algunos, a la salida los tiro a la basura. Después de la muerte de mi abuelo también me regala todos sus trajes de regalía. No tengo idea dónde están. Tampoco quiero saberlo.
Estoy después de una de las clases de historia, esta vez volvió “El Mono”. Yo tengo un nudo en la garganta. No sé qué hacer, sólo quiero llorar. Es la primera vez en mi vida me veo a una persona con cuerpo y voz que estuvo detenida y fue víctima directa del Terrorismo de Estado. Me pregunto cuántos como él hay. Le digo que necesito contarle algo y le explico que mi abuelo fue represor. Con mucha vergüenza, lágrimas en los ojos, no puedo ni explicar quién fue porque no lo sé. Cada vez que quiero aprenderlo me lo olvido. Es como si mi mente quisiera que no recuerde ese horror. Me dice que no pasa nada, me da un abrazo, nos tomamos un café en la panadería a una cuadra de la escuela. La próxima vez que me ve me da un libro sobre la historia del partido. Ese año, unos meses antes, había muerto Orlando Oscar Dopazo en el Hospital Militar. Tuvo un paro cardíaco en el momento en que me vio. Me agarró la mano y se descompuso.

Me acuerdo. Tengo 19 o 21 años, perdí la billetera. Me llama un chico, la encontró. Estoy estudiando Antropología. Me cuenta que está todo, pero entre mis documentos hay un carnet del Círculo Militar. Se me hiela la sangre. Soy socia vitalicia por ser la nieta de mi abuelo. Nunca lo había pensado antes, hace mucho que no voy. No me gusta ir, nunca me gustó. Mi familia si va, mi viejo ex militante del PC y mi mamá usan la pileta, organizan asados. Yo hace tiempo que dejé de ir. Me doy cuenta que el peor de mis miedos se hace realidad, alguien sabe mi secreto. Al día siguiente llamo al círculo, me desasocio a los días, sólo tengo que ir en persona a la sede San Martín y decir que no quiero ser más socia. Lo hago. Sigo siendo la única persona de mi familia que hizo eso.
Cena familiar con mis abuelos. Se acuerdan de un cabo que a veces fue a buscar a mi mamá a la escuela porque había un enfrentamiento armado. Escuché muchas veces en la mesa familiar el término enfrentamiento armado. A mis casi 34 años entendí que estaban hablando de terrorismo de estado. Me pregunto cuánto sabe mi mamá. Un día le pregunto, hace poco, qué sabía ella. Llora. Me dice: vos no te tenés que hacer cargo de las monstruosidades de tu abuelo. Habla poco. Hay dolores que no tienen palabras.
Me acuerdo. Tengo ocho años. Mi abuelo va a un acto escolar porque mis padres no pueden ir. Me dice algo como, vos sos la última Dopazo. Ya no van a quedar más porque si tenés hijos no les vas a pasar ese apellido. Le pregunto a mi papá después y me explica que por eso tengo los dos apellidos, García Dopazo. Porque para él era importante. Ahora me doy cuenta que tengo la posibilidad de cortar el linaje Dopazo. Me viene una certeza y sé que no voy a tener hijos. Que esta sangre se termina acá.











