
Conozco solamente a una persona que fue a la cancha a ver Argentina contra Argelia en Kansas City. Un amigo, de esos que tienen la “suerte” de vivir en Estados Unidos. El padre se tomó un vuelo hasta allá. Fueron juntos vestidos de albiceleste, la bandera de capa, cantaron con la multitud, gritaron los goles, pudieron experimentar en vivo y en directo la épica de Messi haciendo un hattrick al hijo de Zinedine Zidane.
En el prode de mi amigo, Argentina empataba 1 a 1.
Cuando me enteré no podía creerlo… ¡¿Vas a la cancha a ver a Argentina, tu equipo, tu país, con las expectativas de que iba a empatar contra Argelia?!
Pronosticar contra uno mismo
Como muchos sabrán el prode (Pronóstico Deportivo) ya forma parte del folklore mundialista argentino, ayuda a ver todos los partidos con atención y colabora activamente con mantener conversaciones activas dedicadas al mundial todo el día. La cultura mundialista le debe mucho a este artefacto lúdico.
Ahora bien, más allá de lo tragicómico del comportamiento de mi amigo, esta dinámica la vi reflejada en varios otros episodios. Contradicciones entre los resultados arrojados en los “prodes” y lo conveniente para el seleccionado argentino. Acertar en el prode es una caricia al ego, pero también es un problema cuando lleva a celebrar resultados de equipos contrincantes. El problema es bastante evidente pero más profundo de lo que parece. A todos los que estamos jugando al prode nos pasa. Tenemos expectativas de resultados que atentan contra nuestros propios intereses.
Por ejemplo, nadie esperaba el empate de Cabo Verde y España. Fue un hecho digno de sorpresa y deleite (excepto para los españoles claro). Especialmente porque la expectativa era la total destrucción de los caboverdianos. La mayoría erramos en el resultado de la predicción y al mismo tiempo festejamos el resultado.
Si pensamos más allá del prode y del mundial, estas incongruencias son algo que habita nuestra cotidianidad e incluso organizan nuestra vida política, económica, social o incluso sentimental. Esa tensión entre lo que queremos que pase y lo que calculamos que va a pasar pone de manifiesto uno de los grandes supuestos de la economía política clásica: la elección racional.
Lo más racional, aquello que incluso atenta contra nuestra propia identidad e interés, puede fallar. Muchas de esas fallas son exquisitas, importantes e incluso necesarias. Cuántas veces ir en contra de la racional nos bendice con experiencias hermosas de vida.
Este fenómeno pone de manifiesto claves para pensar La Política más allá de los simples libretos cotidianos de discursos vacíos en un mundo con inflación de palabras y verdades difusas. Es decir, el prode mundialista demuestra algo revelador en torno a la relación entre las expectativas, el deseo y (por qué no) la ideología.
¿Por qué alguien que quiere la victoria escribe derrota o empate? La respuesta inmediata sería decir que una cosa es el deseo y otra el análisis. Que el hincha quiere ganar, pero el observador calcula. Que el corazón empuja hacia un lado y la razón hacia otro. Una explicación evidente pero superficial.
El problema es suponer que dentro del sujeto hay una división tajante entre lo pasional y lo racional, como si el pronóstico fuera una instancia neutral donde finalmente habla uno o el otro. La cuestión es que el prode, justamente, muestra otra cosa: que las expectativas nunca dependen de cálculos complejos que involucran dimensiones diferentes a la estadística o la matemática. También son defensivas, afectivas y/o identitarias. No sólo anticipan el futuro; organizan nuestra relación emocional con él.
En teoría, el prode sería el sueño del actor racional. Cada uno mira antecedentes, lesiones, tabla, rendimiento, contexto, estado anímico, y escribe el resultado más probable. Pero cualquiera que haya jugado sabe que no funciona así. Uno no pronostica desde afuera. Pronostica siendo hincha, siendo amigo, siendo argentino, siendo pesimista, siendo supersticioso, cabulero, siendo alguien que no quiere comerse una cargada.
El sujeto no solo quiere resultados. Quiere escenas en las que pueda reconocerse. Quiere tener razón. Quiere pertenecer. Quiere creer. Quiere participar del ritual mundialista.
Por eso la escena tiene algo que trasciende la planilla de nuestras pantallas. Vivimos rodeados de expectativas: económicas, políticas, electorales, financieras, afectivas. Se nos dice que actuamos según intereses, que votamos según beneficios esperados, que consumimos según preferencias, que invertimos según información disponible. Pero una y otra vez aparece la misma anomalía: sujetos que actúan contra sus intereses, que desean el fracaso de aquello que dicen apoyar, que pronostican la caída de lo que necesitan que funcione, que prefieren la confirmación amarga de su pesimismo antes que la posibilidad vulnerable de la esperanza.
El placer de tener razón
Hay un goce particular en tener razón contra el mundo. No es felicidad. Es otra cosa. Es el placer defensivo de ver cumplida una sospecha. El que dice “este país no tiene arreglo” no solo describe una expectativa; también se ubica en una posición moral. Si todo sale mal, no fue engañado. Si nada cambia, su lucidez queda confirmada. El fracaso del mundo se convierte en la prueba de su inteligencia.
Esto permite entender por qué el deseo puede oponerse al interés. El interés busca un resultado favorable. El deseo navega en la complejidad del individuo. A veces, el sujeto prefiere perder con razón antes que ganar ingenuamente. Prefiere que se confirme su diagnóstico antes que exponerse al ridículo de haber esperado algo mejor. La derrota, en ese caso, no es simplemente una pérdida: es también una confirmación narcisista. Algo que pudimos ver en Flor Vigna, la dos veces campeona de Bailando por un Sueño, diciendo “Me animé” al abrir su cuenta de Onlyfans.
Žižek suele insistir en que la ideología no funciona solo como un conjunto de ideas falsas que ocultan nuestros verdaderos intereses. Funciona también como una organización del deseo y del goce. Ajustamos nuestras ideas de las cosas acorde a nuestras propias posibilidades racionalizando nuestra circunstancias. La ideología no es solamente un conjunto de ideas libres, es un instrumento de ordenamiento.
El prode condensa esa estructura en un gesto mínimo. La expectativa, entonces, no es simplemente una ventana al futuro. Es una coartada del presente. No esperamos solo lo que creemos que va a pasar; esperamos desde el lugar en el que queremos quedar parados cuando pase. Este no revela únicamente quién sabe más de fútbol. Revela algo más incómodo: qué relación tenemos con aquello que deseamos.
La coartada del pesimismo
Quizás por eso pronosticar en la política y en la economía es siempre una pequeña traición. No necesariamente una traición a la razón ni a la verdad. Una traición más íntima: la del sujeto que descubre que no quiere solamente que las cosas salgan bien. También quiere, incluso si salen mal, poder seguir creyendo que él estuvo a salvo. El “sálvense quien pueda”.
Esta dinámica no se detiene allí, se vuelve norma. Se vuelve sentido común. Esto es lo que Mark Fisher llama realismo capitalista: la condición en la que no solo aceptamos el mundo tal como es, sino que internalizamos esa aceptación como inteligencia. Ser realista pasa a significar no esperar demasiado. Ajustar las expectativas. Pronosticar con cautela. El que sueña no es valiente: es ingenuo. El que espera no es esperanzado: es un idiota. No por nada el gran referente del realismo en filosofía y política es Maquiavelo.
Lo más perturbador de esa operación es que no necesita censura ni represión. No hace falta prohibir el deseo de un mundo mejor. Basta con hacerlo sentir imposible. Basta con que la sola enunciación de una alternativa real provoque vergüenza. Fisher observó que es más fácil imaginar el fin del mundo que imaginar el fin del orden actual. Y esa dificultad imaginativa no es una debilidad personal: es el síntoma colectivo de una época que aprendió a llamar lucidez a su propia resignación.
El prode es el formato doméstico minúsculo y desapercibido de ese síntoma. Que hoy se lleva al extremo en el continuo y accesible formato de apuestas hasta por los escenarios más ridículos.
La esperanza como riesgo
En este mundo, la esperanza se vuelve sospechosa. La esperanza, en este clima de rendimiento y exposición permanente, se vuelve casi obscena, quien espera se expone; quien no espera nada se protege. Así es como el que no espera nada nunca es sorprendido ni ridiculizado. El que ya sabía que todo iba a salir mal no pierde nada cuando sale mal.
Esta estructura tiene consecuencias políticas devastadoras. Una sociedad que ha aprendido a gozar de su propio pesimismo no puede construir nada colectivo. No porque le falten ideas o recursos, sino porque cualquier proyecto común requiere lo que el prode penaliza, exponerse genuinamente a la posibilidad de perder.
La esperanza -no el optimismo, que es una expectativa estadística, sino la esperanza como apuesta ética- implica aceptar que uno puede ser engañado, que puede equivocarse, que puede quedar del lado equivocado de la historia. Eso duele. Y en un mundo diseñado para minimizar toda experiencia de dolor e incertidumbre, esa disposición se vuelve cada vez más rara.
No hay una salida fácil. Pero quizás el primer movimiento sea nombrar lo que el prode expone: hay expectativas que valen la pena poner en tela de juicio por un futuro mejor. Muchos coincidirán conmigo, cuando juega Argentina no me interesan los pronósticos, ni las probabilidades ni las estadísticas.
Ni aun vencido
Hay una inversión posible de esa lógica, y vale la pena nombrarla. Lo que el CCRU -el colectivo de teoría experimental del que Fisher formó parte en los años noventa- desarrolló llamó hiperstición: una ficción que se vuelve real en la medida en que es creída y actuada. Es la idea de que ciertas narrativas no describen el futuro sino que lo producen. Que el mundo no es simplemente lo que hay, sino también lo que se imagina con suficiente convicción colectiva.
Si el orden dominante se sostiene como hiperstición -como ficción que se auto-confirma porque todos actúan como si fuera verdad- entonces la resignación también lo es. La hiperstición del pesimismo produce el pesimismo que predice. El pronóstico no solo anticipa el futuro: participa en fabricarlo.
Por eso importa lo que escribimos cuando nadie nos mira. Por eso importa entender que el pronóstico no es solamente un cálculo. Es también una declaración. Una apuesta. Un pequeño acto de fe.
Cada predicción es un hilo que contribuye al tejido del tiempo. Cuando pronosticamos, hablamos del mundo y, al mismo tiempo, de nosotros mismos.
La idea es que el futuro se puede escribir aunque las estadísticas y las probabilidades digan lo contrario. El prode no es un juego inocente. Es el mapa íntimo de nuestra relación con lo posible. A veces, el gesto más político no es acertar.
Es negarse a escribir la derrota.











