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Bajo el manto de María

Bajo el manto de María

En todo momento de la historia, la desobediencia militar ha sido un motivo de sanción a sus protagonistas. Sin embargo, en ocasiones, permitió el despliegue de las fuerzas vivas de una sociedad durante una encrucijada. La Batalla del Tucumán es uno de esos hechos producto de la desobediencia pero que, en su retroversión, fue partera de uno de los momentos de unidad total de una nación.

La imagen de María en su advocación de la Merced expresa una relación virtuosa: pueblo movilizado, participación y compromiso con la causa nacional. Por eso, y según Lorenzo Villafañe, sacristán y camarero de la Virgen de la Merced que se encuentra, desde 1912, alojada en la Parroquia La Victoria de Tucumán, no fue la única aparición que tuvo en la historia.

Los mercedarios ingresaron al territorio americano por la columna vertebral de los Andes. Después del gran levantamiento calchaquí y el traslado de la ciudad del Tucumán a su nuevo emplazamiento al oeste del Río Salí, la orden se instaló en la manzana céntrica en la que actualmente se encuentra su convento y la ex Legislatura. Desde 1685, su labor fue acercándose a los sucesivos gobernadores encargados y obtuvieron el reconocimiento de la sociedad local por haber sido una iniciática en la evangelización del pueblo. Asimismo, las actas capitulares del Tucumán indican que para 1687 se iniciaron las celebraciones en honor a la Virgen de la Merced. El texto original dice: apoyándose en la tradición recibida de que el mismo magistrado (el señor alcalde) de tiempo inmemorial votó y determinó la enunciada fiesta en ocasión de que esta ciudad se hallaba insultada con frecuentes temblores de tierra, y que habiéndose implorado las divinas misericordias por medio de la Virgen Nuestra Señora en su referido templo, cesaron inmediatamente.

El Fray José Brunet afirma que para el final del siglo XVIII, los mercedarios contaban con una parroquia, su casa conventual y proyectaban la construcción de su segunda iglesia, gracias a las donaciones de la feligresía. Fue aquella vieja iglesia donde Manuel Belgrano le orientó sus oraciones en las noches previas al enfrentamiento del 24 de septiembre. Los mercedarios asumieron una postura proclive a la causa patriótica y, como escribió acertadamente Juan Carlos Zuretti, esto trajo un período de enfriamiento de las relaciones con El Vaticano y su casa de origen en Cataluña. Al igual que otras figuras eclesiásticas como Ildefonso de las Muñecas o Pedro Miguel Aráoz, dieron sobradas muestras de solidaridad y adhesión al proceso independentista, entregando el dinero de los cautivos y cediendo sus claustros para el cobijo de las huestes militares argentinas, como ya lo habían hecho en la invocación a la Virgen para la defensa de Buenos Aires ante las invasiones inglesas. El Fray Eudoxio Palacio, comendador de la orden entre 1933 y 1936, decía que, al llegar la noticia del desembarco inglés en 1807, el pueblo de Tucumán se reunió en el convento para orar por el éxito de nuestras armas ante el invasor.

En 1812, y tan sólo un mes después de haber derrotado al Ejército realista, Manuel Belgrano dirigió una movilización hacia el lugar de batalla con el propósito de entregar la conducción del pueblo a la Virgen de la Merced. Su figura no sólo los había protegido contra el ejército más poderoso del orbe conocido, sino que con su acto Belgrano sellaba una unidad política. En una de las cartas dirigidas a un ligeramente escéptico Gral. San Martín, Belgrano le escribe: “No deje de implorar a Nuestra Señora de la Mercedes, nombrándola siempre nuestra generala y no olvide los escapularios a la tropa. Acaso se reirá alguno de este mi pensamiento, pero Ud. no debe dejarse llevar de opiniones exóticas no de hombres que no conocen el país que pisan”. El espíritu, el cuerpo y el territorio se ungían en un solo horizonte: el rechazo a cualquier tiranía y la realización de la Patria.

En 1853, los liberales tucumanos en alianza con Urquiza despojaron de su condición de gobernador al virtuoso federal Celedonio Gutiérrez. El juicio político en ausencia, una proscripción inmoral y la suma de las fuerzas militares en el Combate de los Laureles terminaron concediéndoles el control político, mas no la legitimidad pública, a un sector encabezado el cura José María del Campo. Para desarmar la liturgia federal construida por Gutiérrez y en estricta obediencia al nuevo orden, los liberales emprendieron un proceso constituyente que promulgó un texto en 1856. En este escenario, se produjo un retorno a cuentagotas de los mercedarios a Tucumán que, durante las décadas de conmoción política y guerra civil, habían permanecido cobijados en Santiago del Estero. La vieja Iglesia y los terrenos aledaños fueron adquiridos por el Estado provincial en 1869 y desde entonces, la autoridad diocesana se hizo cargo de la administración parroquiana. Tuvieron que esperar casi 90 años para volver a asentarse en la provincia y en una ciudad transformada radicalmente por la temprana industrialización agroindustrial. Mientras tanto, la Virgen de la Merced seguía siendo la Protectora de esta tierra y observando cada 24 de septiembre, un pueblo que la lleva en andas, rememorando la victoria de 1812.

Hacia mediados del siglo XX, el culto mariano comenzó a cambiar. El Concilio Vaticano II fue un acontecimiento de suma importancia para la reforma de la mariología. Puede considerarse que transitó de una devoción desarraigada de la cristología a una que, si bien no cambiaba la fórmula trinitaria (Padre, Hijo y Espíritu Santo), le concedía un papel central en la cristianización del mundo secular, como la Mater Ecclesiae. La constitución dogmática Lumen Gentium dice: “Entre tanto, la Madre de Jesús, de la misma manera que ya glorificada en los cielos en cuerpo y alma es la imagen y principio de la Iglesia que ha de ser consumada en el futuro siglo, así en esta tierra, hasta que llegue el día del Señor [y] antecede con su luz al Pueblo de Dios peregrinante como signo de esperanza y consuelo”.

El historiador Diego Mauro sostiene que a partir del Concilio Vaticano II se asomaron “los vientos de cambio de los modelos devocionales que potenciaron la participación de las mujeres desde abajo”, sin embargo, que en el curso de la segunda mitad del siglo XX convivieron con otras formas devocionales marianas, cercanas a la defensa de una mirada integrista o integralista de la nacionalidad.

Una de estas expresiones tuvo lugar en Tucumán el 2 de mayo de 1982, durante la Guerra de Malvinas y unas horas más tarde del anuncio oficial del hundimiento del ARA General Belgrano. Otra vez un gesto desobediente y otra vez, el pueblo movilizado por una causa nacional. La misa a cargo del párroco David Dip y la multitud mariana desplegada en las calles tucumanas, orando por los soldados que llevaban en su pecho el blanco rosario. Como escribió en 1814, el sacerdote José Agustín Molina: “Vos veis de nuestra causa la justicia. Sedme, oh Virgen, propicia; que el despotismo más no tiranice la región que habitamos, De vos su redención hoy esperamos”. Aún esperamos nuestra redención sobre Malvinas, pero no hay incertezas sobre su presencia. Alcanza con repasar las coberturas fotográficas para captar aquel mismo sentido belgraniano: bajo el manto de María la unidad del cuerpo, del espíritu y del territorio para la defensa de la Nación.

114 años después continuamos rememorando la gesta patriótica de la Batalla del Tucumán. La Virgen sigue recorriendo las calles de la ciudad, en un gesto de revalidar la guía pastoral que alguna vez le cedimos. Su figura nos ha protegido como un pueblo que defiende su integridad y que ha declarado, de una vez y para siempre, que esta tierra ha sido y será el sepulcro de la tiranía.

Posdata: La sentencia de Lorenzo Villafañe sobre las manifestaciones de María merodeó mis pensamientos durante un tiempo. Unos días más tarde, me encontré con un amigo, joven historiador y especializado en el movimiento tercermundista. Le conté de este texto, de la advocación mercedina y de Lorenzo Villafañe. Durante nuestra conversación, él encontró una medalla en el piso. Detrás de una lámina de suciedad, aparecía una diminuta Virgen de la Merced. Volvió a aparecer ante mí la charla que tuve con Lorenzo. Pensé en las manifestaciones marianas y sus iluminaciones para orientar nuestra perspectiva. Ahí apareció María. Y este escrito, por supuesto.

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