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De Francisco a León : el aporte universal de la teología latinoamericana

De Francisco a León : el aporte universal de la teología latinoamericana

Discurso de recepción del doctorado honoris causa por la Universidad Católica de Córdoba
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Gracias es la primera palabra. Muchísimas gracias. Gracias a la Universidad Católica de Córdoba por este doctorado, que es para mí realmente algo muy importante. Un doctorado otorgado por una universidad católica, de la Compañía, que tanto me ha ayudado en teología, en filosofía. Pero sobre todo en los motivos para llevar adelante la doctrina social de la Iglesia del lado del pueblo, de los necesitados, y para abrir esos diálogos. Realmente me honra que hayan reconocido el trabajo al que me dedico desde mis 17 años.

Quiero que sepan que es un honor para mí la presencia del cardenal Ángel Rossi, un gran cardenal de la Argentina, nombrado por el papa Francisco.

También agradezco que estén presentes aquí José María y Daniel, dos teólogos conocidos, amigos. Especialmente José María, con quien hemos compartido esas jornadas teológicas y ámbitos académicos. Al rector, que ha tenido que poner la firma sobre este doctorado, a quien he conocido ahora y a quien estoy realmente muy agradecida. A la señora Amelia López, que si bien no es sacerdote ni jesuita, sé que ha tenido mucho que ver en todo esto. Me acompaña en este camino desde que asumí en la CAL, y desde antes, colaborando mucho con esta construcción de puentes, que no podemos hacer solos: "nadie se salva solo", decía Francisco.

Y es importante no olvidarse del arjé, ¿no? No olvidarse del arjé. Cuando algo sale mal, encontramos rápidamente la causa y el responsable, pero cuando las cosas salen bien, nos olvidamos de las causas. Y eso hace que no pueda dejar de pensar en mis padres, a quienes perdí hace muchos años, María Rosa y Antonio, que siempre están presentes. Permítanme nombrarlos en este momento. A mi marido, Patrick, que me está mirando a la distancia, y a mis dos hijos, William y Tomás, también muy lejos de mí en este momento, cumpliendo sus funciones.

Y desde el cielo, a dos amigos que sé que están presentes. Cachito, el padre Scannone. Todos los que estamos acá, cada uno de nosotros, estamos donde estamos porque alguien nos reconoció. Eso es el amor. El amor es un acto de reconocimiento. Y lo que cada uno tiene es porque alguien nos reconoció, alguien nos llamó por nuestro nombre y nos puso en valor.

Y Juan Carlos Scannone fue uno de esos. Un grande. Él y Enrique Dussel, los fundadores de la filosofía de la liberación. A él no le gustaba que lo llamaran teólogo; decía que era un filósofo. Y él me reconoció. Me reconoció porque me dio un lugar en la mesa al lado de él. Me escuchaba, me enseñó, viajábamos juntos, discutía conmigo. Ariel Fresia, acá presente, sabe de las discusiones que teníamos sobre conceptos teóricos. Pero también era un gran compañero de viaje. Viajamos mucho juntos a partir del momento en que Jorge Mario Bergoglio fue elegido papa. Cachito tenía una relación especial, muy afectuosa, con uno de mis hijos, con William, y tenía un humor enorme. Trabajábamos todo el día y a las 8 de la noche, cuando ya todos estábamos cansados, él venía, golpeaba la puerta del cuarto del hotel y decía: "¿A dónde vamos ahora?". Era incansable.

Hemos ido a China, hemos ido a muchos países. Fuimos a Alemania, donde nos invitaron para ver qué era eso del pueblo. Allí la palabra pueblo remitía al nazismo. Y después a Estados Unidos, donde teníamos que explicar que ese pueblo no era comunista. Hemos bailado bastante. En esa última reunión de Alemania nos despedimos. Yo lo acompañé hasta la puerta y alguien, no sé quién, sacó una foto de espaldas, de nosotros dos yéndonos. Y esa fue la última vez que estuve con él consciente. Cuando me enteré de su enfermedad yo estaba en Nueva York. Viajé y lo visité cada día mientras estuvo convaleciente. Me dolió mucho su partida, pero me acuerdo de él todos los días. Y en silencio a veces hasta discuto con él, ¿no?, para saber si lo que estoy pensando está bien, porque a veces no hay con quién testear eso.

Y otro que está desde el cielo es el papa Francisco. A él yo no lo conocía [personalmente]: era el canciller de la universidad y el arzobispo de Buenos Aires, pero yo no era una de las personas que trabajaban con él. Él me lleva a trabajar con él después del fallecimiento de Scannone. Mi primer contacto con él fue un llamado telefónico. Él sabía quién era yo, por supuesto; por eso me llevó a trabajar. Me acuerdo exactamente dónde estaba parada, en la esquina de Santa María en Trastevere, volviendo de mi oficina. Suena el teléfono y me dice: "Soy el papa Francisco". Y me dice: "¿Te estás divirtiendo? Porque te traje para que te diviertas".

Y esto es más que una anécdota, porque es la alegría del Evangelio. Y para él no era solo un título: ponía alegría en todo. No había una persona que lo fuera a ver a quien no recibiera con humor. Siempre decía que le rezaba a santo Tomás Moro para no perder el humor. Así que, en esos momentos difíciles, discuto en silencio con Scannone, y cuando las cosas no salen bien, pienso que me tengo que divertir, en ese sentido: que eso es la alegría del Evangelio.

De esto nuestros pueblos saben mucho. Algunos se asombran: ¿cómo puede ser que con tanta pobreza nuestros pueblos sigan teniendo fiestas? En el caso de Argentina, lo único que quieren los pobres es tener plata para hacer un asado los domingos, para tener a la familia alrededor de la mesa. Es muy poquito. Y es lo que simboliza el asado: poder traer a los cuñados, a los sobrinos, a los suegros, aunque después discutan todos y después se arreglen. La pobreza no pierde el sentido del humor ni la alegría; si no, no se explica tanta fiesta en medio de tanta desigualdad.

El reconocimiento es un acto de amor y debe institucionalizarse. Esto es una universidad, y la universidad es una institución que otorga reconocimiento. Cada uno de los jóvenes que sale de una universidad sale con un título, y un título es más que la aprobación de muchos exámenes, de cursos. Un título es la puesta en valor de un ser humano. Hay una institución que le está diciendo a nuestros jóvenes: "Vos valés, hay un valor, está firmado, está certificado".

Esto es importante para sacar a nuestros jóvenes de la desesperanza, porque está creciendo exponencialmente el índice de suicidios. Y muchos de esos jóvenes son universitarios. Muchos en el mundo, en países como Japón, no tienen problemas económicos, están hipercalificados y no tienen nada para hacer. No tener nada para hacer es que nadie me esté esperando a las 9 de la mañana, aunque sea para decirme que llegué tarde. Nadie me está esperando en ningún lado. A nadie le importa mi opinión. Nadie necesita lo que yo estudié. Así están nuestros jóvenes.

Hay que volver a poner en valor el reconocimiento que significa que una universidad entregue un título. Hay que agarrarse de algo para sacar a los jóvenes de ese lugar. Y yo creo que las universidades, que son una estructura en red global, en pie, que es mucho más que enseñar en el claustro (es investigación, es pensamiento crítico, es organización social), hoy tienen el desafío de frenar ese drenaje de vida que está creciendo entre nuestros jóvenes bajo el título de salud mental. Tenemos que poner en valor lo que significa el reconocimiento de una universidad. Tenemos que convencerlos de que valen, de que hicieron las cosas bien. Tenemos que llamarlos para que vengan y opinen, para que sepan que en una hora alguien los está esperando, aunque no les podamos dar trabajo. Tienen un saber, aunque no podamos pagarles. Porque la alternativa es la muerte.

¿Y cómo entra esto en la doctrina social de la Iglesia? Bueno, Scannone me enseñó cuatro cosas. Primero, a preguntar. Lo decía todos los días: "¿Qué nos dice Dios hoy?". Siempre repetía esa frase. Lo primero que me enseñó es a preguntar. Cuando le decía "bueno, vamos a hacer un programa", antes de poner el título (uno enseguida dice "bueno, la pobreza"), él decía: "Antes de eso tenemos que escuchar qué nos dice Dios hoy". Eso lo tengo muy grabado.

Segundo, la sospecha. Me repetía siempre lo de los maestros de la sospecha; los que han trabajado con él lo habrán escuchado. Me enseñó a sospechar. La única forma de hacer teología seriamente es sospechar de la ideología. Sospechar de la ideología en un momento en que la ideología aparece enmascarada en la teología, en un momento en que la religión está ocupando el lugar de la política. Eso pasa en la historia siempre que aparecen momentos de caos institucional y de representatividad por saltos tecnológicos. Ahí rápidamente la religión aparece para ordenar el caos. Pero no siempre es teología. En la mayoría de los casos es ideología, y aparece una lucha entre los dioses mortales para ver quién ordena ese caos. Entonces él me hablaba de la sospecha. Hay que ser maestros de la sospecha permanentemente.

Otra cosa que me enseñó es a dialogar. Él no tenía problemas en sentarse con la derecha, con la izquierda, con los empresarios, con los sindicalistas. Iba con su valijita. Después tenía un bolsito que se cruzaba acá y se lo colgaba, y yo quería llevarle el bolso y se enojaba. Me decía: "No, no, yo puedo cargarlo". Y lo cargó hasta el último momento. Pero iba a todos lados, escuchaba y estaba muy atento. Recuerdo una vez en que un grupo de filósofos había decidido tomar la Plaza de Mayo. Eran todos gente grande, no jóvenes: grandes grandes. Y él escuchó, escuchó, y al final levanta la mano y dice: "Pero ¿tienen un plan? ¿Tienen un plan?". Ese es el problema hoy: podemos prender fuego París, pero ¿tenemos un plan? Hay un plan. Bueno, el catolicismo tiene un plan.

Y esta es la conexión entre los dos pontificados. Entre Francisco y León XIV hay una continuidad, pero no porque fuesen amigos o porque pensaran lo mismo, sino porque eso es la Iglesia católica. La Iglesia católica siempre es continuidad y novedad. Por eso leemos el magisterio social de la Iglesia como un corpus, y así toda la tradición. Y cuando hay cambios, esos cambios no tienen que ver con que cambió el pontífice, como cuando cambia un presidente y entonces cortamos y damos de nuevo, como si fuese un mazo de cartas. Ese cambio tiene que ver con que el catolicismo es una religión histórica y tiene que dar razones de su fe en la coyuntura histórica. Entonces hay una continuidad. Pero si nos quedáramos fijos en el magisterio de los años 60, haríamos indietrismo (indietro, en italiano, significa ir para atrás). "No hacer indietrismo", decía Francisco.

Entonces, siempre hay una novedad. Pero a mí me parece que en los últimos dos pontífices, Francisco y ahora León, hay una continuidad que se ve claramente en el magisterio. Y creo que es una expresión latinoamericana de un método teológico que no es latinoamericano, pero que se aplica fuertemente en Latinoamérica: el de ver, juzgar y actuar.

Según mi modo de verlo, las últimas tres encíclicas sociales hacen exactamente eso. Laudato si' es el momento del ver. Ve la realidad apoyándose en un diálogo transdisciplinario y, por supuesto, en las Sagradas Escrituras y en la tradición. Pero al ver la realidad denuncia una crisis ecológica, social y ambiental agravada por darse en medio de un cambio de época, y ahí describe la gravedad de lo que está sucediendo.

Luego, en Fratelli Tutti, tenemos el momento del juzgar o del discernir. Fratelli Tutti nos dice qué hacer frente a esa realidad. Y ese qué hacer es el diálogo social como la mejor política. Un diálogo social que no es entre amigos. En Argentina la gente sabe lo que es un diálogo social, porque tenemos una institución fuerte como es el sindicalismo y sabe lo que es un convenio colectivo de trabajo. Es el dispositivo más importante al que llega Naciones Unidas con la Organización Internacional del Trabajo: que dos grupos con intereses y necesidades diferentes sean capaces, organizadamente y a través de delegados, de sentarse en una mesa de negociación hasta llegar a un acuerdo abierto. Eso se llama diálogo social. No son amigos, pero son capaces de sentarse a una mesa de diálogo.

Ahí sale Fratelli Tutti y habla de la amistad social y del diálogo social, de que el cambio viene de abajo y de que el político no se forma en una academia: no se puede enseñar el liderazgo. Y ahora me permito citar a Kant también, en la Crítica del juicio, cuando habla del genio. Genio se nace. Yo no puedo enseñarle a alguien a ser un genio; puedo darle elementos para que esa genialidad se pueda expresar, comprender. Y lo mismo ocurre con los líderes políticos: no puedo generar un líder en un posgrado. Hay una capacidad de liderazgo, y él dice que eso viene de abajo, que el cambio viene de abajo, del subsuelo del planeta.

Entonces nos dice: la política es la que organiza. Pero cuidado: hay muchos modos de política. Hay políticas totalitarias, hay políticas teocráticas. No está hablando de cualquier política. Está hablando de una política que tenga como dispositivo ordenador el diálogo social, ¿no? Ahí hay un discernimiento, y se apoya en la parábola del buen samaritano. Ahí hay un discernimiento.

Entonces, el momento del ver es Laudato si'. El momento de discernir cuál es la herramienta que tengo a mano es el diálogo social. Y el tercer momento es el momento del actuar. Según mi modo de verlo, eso es Magnifica humanitas. Porque Magnifica humanitas no está denunciando (ya sabemos lo que pasa) ni está discerniendo si la política es buena o es mala. Empieza de manera política. Para los que hayan estudiado acá teoría política o filosofía, es claro lo que estoy diciendo. El número uno dice: hay que hacer una elección decisiva. No dice "esto está bien, esto está mal, el mundo se está cayendo". Es el llamado a la acción. Hay que hacer una elección decisiva: o seguimos construyendo Babel o construimos Jerusalén.

No da argumentos, como ningún credo los da. Creo porque sí. Cuando uno reza el credo, cuando lo profesa, no pregunta, como escribe en un libro Vattimo: "Bueno, pero explíqueme primero a qué altura del Padre se sentó el Hijo, o a la derecha mirándolo de qué lado". No, no hay razones. Creo porque sí, como me enamoro porque sí. Yo no pido un currículum para casarme con alguien. Deberíamos hacerlo, pero no lo hacemos. Entonces, eso es un credo. Eso es tomar una posición, y después la defiendo. Si soy de River voy a defender a River, aunque pierda; si soy de Boca, a Boca. Es importante entender que en la vida no siempre pedimos explicaciones. No vivimos racionalizando todo o pidiendo explicaciones.

Ante la amenaza de muerte, o nos unimos o nos hundimos, decía Francisco de otra manera. Así empieza León. No dice por qué. Dice: hay que hacer una elección decisiva, porque nos va la vida. O Babel o Jerusalén. Si usted decide reconstruir los muros de Jerusalén, lo que hay que hacer es esto. Primero, organizar el trabajo. No está hablando del trabajo como empleo ni del trabajo productivo. Está hablando del trabajo de la reconstrucción. Tenemos que organizar el trabajo, y eso nos compete a todos. Por eso dice: cada uno pone su ladrillo. Está diciendo: tome una elección decisiva y, si eligió esto, lo primero que hay que hacer es organizar el trabajo. Y fíjense que a quien cita es al profeta Nehemías, en cómo organiza el trabajo de la reconstrucción. Dice: no es fácil; ojo, los van a criticar, van a tener oposición y probablemente el martirio. Pero si me preguntan qué hay que hacer, hay que hacer esto ya.

¿Y cómo lo hacemos? Dice: hay que aplicar la lógica de la subsidiariedad. ¿Qué es la lógica de la subsidiariedad? La organización comunitaria, la organización en redes, el diálogo social. Es sentarme a la mesa con quien piensa distinto, con quien tiene otros intereses, y tener la capacidad de sentarme y no levantarme aunque no me guste lo que escucho. Es lo que dijo León el 12 de septiembre en el mensaje a todos los sindicatos, cámaras de empresarios, bancos regionales y organismos internacionales. Hay que hacerlo. Si usted tomó la decisión, lo primero que tiene que hacer es sentarse a la mesa organizadamente. Si no, tenemos otro 68 francés como el que estamos viendo, con una diferencia: el primero estaba organizado. Ahora, no.

Y después no va a hablar de la cultura del encuentro: habla de la cultura de la negociación. Hay gente a la que le cuesta decir esto: "Yo no puedo decir eso, porque negociación es algo malo". Bueno, lo dijo. Ese es el plan. Ahí hay un plan, ahí hay un programa. La cultura de la negociación habla del realismo político. No dice "esa palabra no se puede nombrar": es realismo político, sano realismo político, diálogo multilateral.

Fíjense: es la denuncia en Laudato si', el discernimiento en Fratelli tutti y el qué hacer en Magnifica humanitas. De eso habla el último documento. Ahí veo yo la continuidad, no solo de Francisco a León: es la continuidad del cristianismo católico. Porque si hay algo que distingue al catolicismo de otros cristianismos es que tiene una doctrina, tiene un corpus. Un corpus que se construye en el discernimiento. No es algo adicional al catolicismo. La doctrina social de la Iglesia es constitutiva. Es constitutiva de una práctica.

Esa continuidad, entonces, no es solo entre Francisco y León. Eso es la Iglesia católica. Y cuidado, como dijo hace pocos días el papa León: cuidado con querer vender otra cosa como catolicismo. Usted puede pensar lo que quiera, pero eso no es catolicismo, dijo el papa.

Entonces, si somos católicos, hay que entender que el mensaje de la Iglesia no es un plan económico ni un plan político. En este caso me están dando un doctorado honoris causa en teología, hablo desde ese lugar y ante el público de una universidad católica. Planes económicos y políticos hay muchos, y buenos, a derecha e izquierda; el de la Iglesia es otro plan. Es un plan cultural. Es un plan cultural. Hay un plan, y no hay muchos en este momento. No hay propuestas.

Pensemos en los últimos 15 años: todas las campañas electorales se han olvidado de hablar de derechos civiles y sociales. No se habla de eso. Se habla de temas de bioética, aborto, eutanasia, migración, identidades. El concepto de los derechos, de lo político, salió del lenguaje. ¿Y quién lo pone sobre la mesa? La Iglesia católica. Pero cuidado con los falsos profetas que digan "eso no es catolicismo", porque eso sí es catolicismo. Y por eso Robert Prevost elige como nombre León XIV. Además de ser norteamericano, es también latinoamericano. Y era un gran amigo de Francisco.

Muchísimas gracias.

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