Comunidad

León XIV un Reflector sobre nuestra inclusión

León XIV un Reflector sobre nuestra inclusión
«El objetivo está en que lleguemos a dejar de hablar de “ellos”
y lo hagamos sólo de “nosotros”»

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Papa Francisco
Mensaje para el día internacional de las personas con discapacidad
Roma, San Juan de Letrán, 3 de diciembre de 2020
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¿Qué significa que quien ocupa la sede de Pedro, heredero de una tradición de dos mil años y continuador de la misión que Cristo confió al apóstol junto “a las llaves del reino” (Mt 16, 19.), vaya a dejar la Ciudad Eterna para venir hasta Claypole?

El director del Pequeño Cottolengo Don Orione llamó al Papa León XIV, citando a Santa Catalina de Siena, “el dulce Cristo”. Y ese dulce Cristo llegará a un lugar que, en silencio y bajo el olvido de las grandes luces, recibe y acompaña cada día a más de quinientas personas con discapacidad en el sur del conurbano bonaerense.

No eligió solamente un lugar emblemático de la Iglesia argentina. Eligió un espacio donde viven y trabajan personas que muchas veces quedan fuera del centro de nuestra mirada social. Allí donde la vida cotidiana transcurre lejos del protagonismo, el Vicario de Cristo quiere encontrarse con los últimos, con los olvidados, con quienes tantas veces permanecen en los márgenes de una sociedad organizada alrededor de la productividad, la autonomía, la eficiencia y la utilidad. Allí donde las periferias existenciales llegan al límite.

El debate sobre la discapacidad atraviesa el día a día de nuestro país: pareciera que la variable de ajuste cruel de este gobierno son los más vulnerables. Esto queda manifiesto en las dificultades económicas de las familias, en las demoras y obstáculos administrativos, en los problemas del sistema de prestaciones, en las discusiones políticas alrededor de la emergencia en discapacidad y en las campañas de desprestigio que, en distintos momentos, instalaron casos particulares o denuncias como argumento para cuestionar al conjunto del sistema.

Estruja la panza recordar a Adorni mostrando la falsa radiografía de un perro o recientemente leer a el asesor Santiago Caputo mencionar que el 60% de las pensiones son falsas, sin pruebas, sin ningún fundamento más que atacar cruelmente a un segmento de la sociedad que no para de recibir maltratos de este gobierno.

Sin embargo, nos preguntamos si la discapacidad logró convertirse en una preocupación verdaderamente masiva de nuestra sociedad. Las convocatorias y movilizaciones de las agrupaciones o el foro de discapacidad no siempre fueron multitudinarias, y las imágenes de familias haciendo largas colas para renovar un Certificado Único de Discapacidad no produjeron una significativa indignación social.

¿Necesitamos acaso que una persona conocida, una institución importante o incluso el Papa venga a poner un reflector sobre una realidad que ya estaba delante de nuestros ojos?

Yo trabajo como licenciado en Musicoterapia en distintos espacios del campo de la discapacidad. Trabajo en un centro de día en Lanús, en consultorios interdisciplinarios en Lomas de Zamora y en talleres y módulos intensivos en Recoleta. A lo largo de mi recorrido profesional me encontré con una enorme diversidad de situaciones: autismo, síndrome de Down, trastornos de atención e hiperactividad, psicosis, dificultades conductuales, epilepsia refractaria, hemiplejias y otras condiciones neurológicas y de salud mental.

Trabajé en tratamientos individuales y grupales, en rehabilitación, en abordajes focales y extensivos, y compartí cotidianamente el trabajo con otros profesionales. Y detrás de todo eso existe también una realidad que a veces permanece invisible: el enorme esfuerzo afectivo, psicológico y humano que se requiere, no sólo en lo relativo al trabajo con esas condiciones, sino también en todo el entramado administrativo que sostiene las prestaciones.

Facturar a las obras sociales, atravesar portales, cumplir requisitos diferentes, esperar pagos, afrontar demoras y realizar innumerables gestiones para que pueda sostenerse un trabajo que, antes que nada, exige humanidad.

El arzobispo Jorge García Cuerva planteó una pregunta particularmente sensata: antes de preguntarnos qué les dice el Papa a los demás, al Gobierno, a la oposición o a cualquier otro, deberíamos preguntarnos qué nos dice a nosotros.

El mismo Papa León afirma que “la grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad”1.

El Papa Francisco hablaba de dejar la idea de “ellos” y decía:

“Que se trate de una condición que respecta a nosotros, no a ellos, se descubre cuando la discapacidad, de manera temporal o por el natural proceso de envejecimiento, nos afecta a nosotros mismos o a alguno de nuestros seres queridos.”2

El pueblo argentino es un pueblo peregrino. Un pueblo que camina, que ha sabido organizarse, construir y ser solidario. Buena parte de nuestros valores humanistas están profundamente atravesados por nuestra fe fundante, aquella que nos hizo entender que nadie puede quedar abandonado a su suerte.

Esa misma fe ahora nos hace preguntarnos:

¿Qué nos dice que León XIV haya elegido ir al Cottolengo?

¿Qué grado de inclusión existe realmente en nuestra vida cotidiana?

¿Qué hacemos nosotros, en nuestro pequeño metro cuadrado, frente a la discapacidad?

Don Orione y su oración por la Argentina

Cuando Don Orione llegó a este bendito país, a raíz del Congreso Eucarístico Internacional que se desarrolló en Buenos Aires, definió aquella manifestación popular de la fe como “un milagro” y profundizó: “¡Hemos entrevisto y gustado por anticipado del Paraíso!”3.

Don Orione, quien invitaba a rezar por la Argentina, afirma con su famosa frase: “Solo la caridad salvará al mundo”4.

Esa caridad no fue para él una idea abstracta. Fue amor puesto en acción. Fue construir hogares, comunidades y espacios de acogida. Fue venir a la Argentina y comenzar aquí una obra que continuaría creciendo mucho después de su muerte. Un italiano que pasó unos pocos años por nuestro país dejó, sin embargo, una presencia que todavía hoy puede encontrarse en tantos rostros y tantas historias.

Basta con entrar al Pequeño Cottolengo de Don Orione, que de pequeño sólo tiene el nombre, ya que ocupa alrededor de cincuenta hectáreas: una obra gigantesca de misericordia.

Allí podemos descubrir, en términos agustinianos, la Ciudad de Dios: una comunidad del amor, a diferencia de aquello que tantas veces queda marcado de manera estigmatizante en el imaginario social.

“Es un cottolengo”, dice el lunfardo argentino para hablar de algo “enquilombao”. Y, sin embargo, en esta comunidad, la caridad, la fraternidad, el amor, el servicio y la misericordia están presentes en el acontecer cotidiano.

Quizás por eso un Cottolengo pueda parecer, desde afuera, una institución marcada por aquello que nuestra sociedad suele llamar “lo diferente”.

Una comunidad donde una religiosa no vidente puede entregar su vida al servicio de otro; donde las personas poseen una risa sencilla y una manera diferente de relacionarse; donde todos pueden ser recibidos no como un problema que resolver, sino como una persona que amar.

Allí se vuelve profundamente cristiana aquella afirmación evangélica frente al hombre ciego:

“Para que se manifiesten en él las obras de Dios” (Jn 9, 3.).

La persona con discapacidad es también el lugar en que Dios obra sus maravillas y en el cual la persona revela la riqueza de su humanidad, como señala el documento sobre el Jubileo de las personas con discapacidad5.

La discapacidad no es un castigo. Es una condición de vida en la que Dios manifiesta su amor. La Kavod, la gloria de Dios, puede manifestarse precisamente allí donde el mundo de la utilidad encuentra un límite. Allí donde nuestra lógica de eficiencia no sabe qué hacer. Allí donde la razón instrumental no encuentra rendimiento.

El cristianismo afirma algo radicalmente contracultural: el valor de una persona no depende de aquello que puede producir.

Somos hechos a imagen y semejanza de Dios. Poseemos una Imago Dei que nos brinda una dignidad infinita.

Y quizá por eso la visita del Papa sea mucho más que una visita. Es un reflector.

Un reflector sobre Claypole, sí.

Pero también sobre la Argentina.

Y quizás incluso para el mundo.

Porque la inclusión también comienza con la mirada.

Tal vez León XIV vaya a el cottolengo para encontrarlos, pero también para dejarnos una pregunta que no puede responderse desde el Congreso, desde una oficina, desde una parroquia ni desde una red social.

Una pregunta que cada uno tiene que responder:

‍¿Qué lugar ocupa el otro en mi vida?

Sólo la caridad salvará al mundo.

Y la caridad cristiana no consiste solamente en sentir compasión. Es reconocer al otro, recibirlo, acompañarlo, hacerle lugar. Es poner el amor en acción.

Quizás ese sea, finalmente, el sentido de que el dulce Cristo vaya hasta Claypole: que, por un instante, los reflectores del mundo iluminen un lugar que siempre estuvo allí, pero que tantas veces permaneció fuera de nuestra mirada.

Como aquella oración de Eliseo: «Señor, ábrele los ojos para que vea» (2 Re 6,17).

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  1. LEON XIV discurso en una sesión conjunta ante el Congreso de los Diputados de España, Madrid, 8 de junio de 2026.
  2. FRANCISCO mensaje para el día internacional de las personas con discapacidad.Roma, San Juan de Letrán, 3 de diciembre de 2022.
  3. DON ORIONE, escritos y testimonios sobre el 32º Congreso Eucarístico Internacional, celebrado en Buenos Aires en octubre de 1934.
  4. DON ORIONE, citado en “Nuestra identidad”, Don Orione Argentina.
  5. Comité para el Jubileo de la comunidad con personas con discapacidad, Roma, 2 de marzo de 2000.
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