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Sor Ludovica: Lo científico y lo sagrado: para los niños lo mejor.

Sor Ludovica:  Lo científico y lo sagrado: para los niños lo mejor.

Antonina de Angelis nació un 24 de Octubre. En un nuevo aniversario de su nacimiento, nos proponemos un breve repaso del legado y actualidad de la obra de una incansable luchadora por el bien de los niños y niñas más necesitados y constructora fundamental del Hospital de Niños de La Plata, uno de los más grandes y prestigiosos del país.

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LEGADO MATERIAL: UNA OBRA DE PIE

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La congregación a la que pertenecía Antonina llegó en 1875 a la Argentina en el mismo barco que los primeros salesianos de la obra de Don Bosco. Ambas congregaciones fueron muy importantes en su tarea pastoral en la  de fines del siglo XIX y principios del XX. El Estado todavía no se hacía cargo de los hospitales y los cuidados de la salud de los trabajadores. Para quienes podían pagar, existían los primeros y rudimentarios avances de la biomedicina. Para pobres, enfermos y moribundos, era la Iglesia y las sociedades de caridad las que traían algo de alivio y acompañamiento.

La obra de Antonina se centró en los niños. Primero comenzó como lavandera y cocinera del hospital. Luego fue enfermera y después, desde su rol de administradora y de superiora, fue la arquitecta espiritual y práctica de un centro de referencia infantil que alojaba niños expósitos, curaba enfermedades orgánicas e infecciosas y comenzaba a constituirse en una referencia académica y profesional de la ciudad, la provincia y el país.

Gracias al empuje de Ludovica el humilde hospital levantó el pabellón de cirugía recurriendo a donaciones, rifas y aportes de pacientes. Así crecieron el pabellón de lactantes, las primeras salas de internación, el servicio de rayos X, de odontología, la farmacia y los consultorios externos. También el predio en Mar del Plata dependiente del Hospital para construir un solario, muy común en esa época para tratar problemas respiratorios y otros. El desarrollo hospitalario fue integral, acorde a los avances científicos de la época y de forma previa a la irrupción de la política sanitaria del Dr. Ramón Carrillo. Además de atención médica, el hospital brindaba cobijo a aquellos niños que sus padres abandonaron o no podían cuidar, a quienes Ludovica daba educación y cuidado.  

El sistema de salud argentino está plagado de ejemplos de este tipo. Es muy importante el aporte histórico de religiosos y religiosas en la construcción material y espiritual de nuestro sistema de salud. En la época colonial, el sacerdote Saturnino Segurola fue el primer impulsor de la vacuna antivariólica en nuestro territorio. Luego Fray Luis Beltrán y los vacunadores del ejército sanmartiniano de los andes. Artémides Zatti y la edificación sanitaria de la patagonia, puerta a puerta en su bicicleta inaugurando la tradición de nuestra salud comunitaria. Sor Ludovica y el mencionado avance pediátrico, ejemplo de técnicas biomédicas de avanzada y al servicio del conjunto.

La excepcionalidad sanitaria, dada por su concepción universalista e inaugurada por el Dr. Ramón Carrillo en el primer peronismo, está dada por su excelencia académica (tres de los cinco premios nobel nacionales son de salud); la lucha sindical, la participación de los trabajadores y el mutualismo argentino; y tercero y a lo que intentamos referirnos en esta oportunidad: el humanismo cristiano de esa obra fundante de nuestro sistema sanitario argentino.

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LEGADO Y MISIÓN: PARA LOS NIÑOS LO MEJOR

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Puede sentirse en las biografías y relatos de quiénes conocieron a Ludovica su pasión por la asistencia de niños y niñas y por darles lo mejor que esté a su alcance. La obra de Ludovica nos habla mucho del presente.

En nuestro país más de la mitad de los nenes no comen bien todos los días. Casi la mitad no entiende lo que lee, aún estando en tercer o cuarto grado. Niños y niñas están expuestos de forma muy temprana a las pantallas y redes sociales, con un daño neurológico y relacional que todavía no podemos medir ni interpretar en su justa medida. Cada vez es más frecuente ver bebés en salas de neonatología que nacen con abstinencia a las drogas que consumen sus madres y padres en el transcurso del embarazo. Hay un abandono objetivo de la política y del mundo adulto en general de la situación de los niños y niñas de nuestro país. Para los niños ¿lo mejor?

¿Quiénes sostienen lo que queda? Los testigos del dolor, esas personas que en hospitales, centros de salud, comedores barriales, clubes de barrio y voluntariados solidarios cuidan a otras personas de forma abnegada en estos momentos de crisis. Son quienes sostienen en voz baja y fuera de los flashes a una sociedad rota. El último dique de contención frente al descarte, que nos recuerda dónde habita lo humano.  

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LEGADO ESPIRITUAL: CUIDADOS O BARBARIE

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La posmodernidad pretende anestesiar el síntoma. Primero se construye una idea de felicidad inviable, individual, vacía. Todo compromiso, toda relación de responsabilidad, todo acto por un otro es un costo a evitar en la carrera individual. Todo es relativo. Si ese éxito no llega (nunca llega), aparece el padecimiento. Y ahí están los antidepresivos, los ansiolíticos, los consumos de todo tipo para eliminar el síntoma.  

Otra mirada más sana es que al síntoma hay que laburarlo. Un dolor puede ser una oportunidad. En el sufrimiento también está el límite, lo que nos hace humanos. La superación del dolor (espiritual, orgánico, mental, de una enfermedad propia o de un pariente, etc.) son parte del camino de superación. Para lograrlo hacen falta testigos: personas que te ayuden. Ludovica nos recuerda eso: el verdadero propósito del llamado de todo aquel que quiera trabajar en salud (de todo aquel que quiera tener amigos, una familia, ser parte de algo que lo trasciende). La enorme satisfacción de ayudar a otros, la felicidad de sentir esa unidad entre personas que ayudan y son ayudadas.

Ludovica llegó a Argentina en el auge del positivismo. El avance (fascinante, sin dudas) biomédico nos presentó a la ciencia, la técnica y la razón como lo civilizatorio. El progreso necesitó eliminar todo acto de superstición, interpretación simbólica o abordaje mítico para triunfar. Y así, se llevó puesto a la religión como vehículo de lo sagrado. Todo saber que no surja del método científico es presentado y aprendido en facultades y posgrados como señal de atraso.

El siglo XIX fue el éxito de la modernidad y el siglo XX la evidencia de su crisis civilizatoria. Avances científicos extraordinarios y guerras mundiales. Antibióticos y bombas nucleares. El siglo XXI aceleró a toda velocidad. Redes sociales, Inteligencia Artificial y pantallas. Robots, automatización del trabajo e informalidad. Exclusión, exclusión y más exclusión.

El desarrollo desenfrenado de la tecnociencia es LA barbarie. La batalla civilizatoria que León nos presenta en “magnifica Humanitas” como continuidad del pensamiento de Francisco alerta sobre este punto. Ludovica es lo sagrado y lo científico de la mano. El equilibrio entre la potencia humana de conocer y transformar, con la potencia de cuidar y trascender. El mejor tratamiento, y el más humano de los tratos. El “para los niños lo mejor” es un grito y una súplica entre tanto ruido y desorden.      

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