
Ingeniería del consentimiento: cuando el sistema certifica la voluntad de desaparecer
En febrero de 2024, una joven española de 23 años obtuvo aprobación legal para someterse a eutanasia. No padecía ninguna enfermedad letal ni degenerativa. Su diagnóstico: trastornos de salud mental resistentes al tratamiento. El Estado español certificó su voluntad de extinción. Firmó los formularios. Validó su decisión. Mientras escribo estas palabras la joven española hace cumplir el Derecho a la muerte… “digna”.
La noticia provocó exactamente lo que cabía esperar: indignación moral, debates sobre límites éticos, acusaciones cruzadas entre progresistas y conservadores. Pero hay una pregunta que nadie parece formularse con la radicalidad necesaria: ¿Cómo fue producido su requerimiento/deseo a morir? Peor aún ¿Quién es el responsable?
No hablo de conspiración. Hablo de algo mucho más inquietante: de la posibilidad de que el consentimiento -incluso el consentimiento a desaparecer- sea el último producto que el sistema aprendió a manufacturar.
Las Antorchas de Libertad
Hace poco leí un texto sobre el renovado interés por promover el cigarrillo. Esto captó mi atención porque el cigarrillo, al igual que la bebida alcohólica, es uno de los grandes objetos contradictorios del capitalismo moderno: productos cuyo consumo mata lentamente a sus usuarios mientras genera billones en ganancias.
El cigarrillo industrial es, sin duda, producto de una gran maquinaria cultural. Esta afirmación no es ninguna novedad. Es parte de nuestra cultura aceptar al cigarrillo y sus contradicciones, algo ya explorado en el cine con Gracias por fumar o en series como Mad Men.
El típico mantra es: "Cada uno hace lo que quiere" o "Tu cuerpo, tu decisión". Curiosamente, estos mantras se juzgan de otra forma cuando abordamos temas como el suicidio, los trastornos alimentarios o cualquier comportamiento autodestructivo. Pero no aplican al cigarrillo. Ahí, misteriosamente, la autolesión sistemática se convierte en ejercicio de libertad.
En 1929 se orquestó una campaña publicitaria en la que mujeres fumaban en público como gesto de emancipación. Una estratégica maniobra que asociaba el consumo de cigarrillos con el feminismo de la época. Una construcción de significado simbólico en la que el cigarrillo se convertía en mecanismo de reproducción de identidad política.
"Antorchas de Libertad" fue el nombre que recibió. Maquiavélicamente maravilloso.
Detrás de esa operación estaba Edward Bernays, sobrino de Freud, lector atento del inconsciente y fundador de una disciplina que, con el tiempo, dejaría de llamarse propaganda para convertirse en atmósfera. Bernays no inventó la publicidad, pero sí descubrió algo fundamental: que el deseo no se satisface, se programa. Que bastaba con rediseñar el significado de los actos para que las decisiones parecieran propias.
Lo interesante no es que Bernays lograra vender cigarrillos a mujeres. Eso es anecdótico. Lo verdaderamente inquietante es otra cosa: demostró que el consentimiento podía ser producido sin coerción, que era posible intervenir en el terreno previo a la decisión, allí donde la razón todavía no había llegado.
Si el inconsciente existe, entonces es gobernable.
Si es gobernable, puede ser administrado.
Si puede ser administrado, puede ser explotado económicamente.
El consentimiento como producto, no como acto
El cigarrillo de nuestros tiempos es otro. Claro que sigue en debate, pero nos encontramos frente a nuevos desafíos: las drogas recreativas legalizadas, el porno algorítmico, las apuestas deportivas en aplicaciones diseñadas como videojuegos. El verdadero debate no está en los objetos en sí mismos sino en la ingeniería cognitiva capaz de administrar el consumo de masas sin coerción visible.
La idea de consentimiento "manufacturado" no es novedosa. Ha sido ampliamente trabajada por autores como Chomsky, Parenti y Herman. El problema de estas aproximaciones, tradicionalmente marxistas, es que ponen demasiado hincapié en el rol de los medios y el poder económico, ignorando el funcionamiento del sistema como totalidad. La ingeniería del consentimiento opera más allá de los medios de comunicación. Se encuentra en el núcleo filosófico de los límites de la libertad y sus contradicciones.
El (neo)liberalismo siempre habitó la contradicción de la libertad como la planteó Isaiah Berlin. La libertad en sentido negativo -la posibilidad de actuar sin que nadie interfiera en mis acciones- ha sido una de las grandes problemáticas del sistema moral, legal y político-económico de las sociedades occidentales. ¿Dónde se traza el límite?
Por ello, cuestiones como el aborto, la eutanasia o el suicidio asistido exponen tan crudamente los problemas lógico-conceptuales de nuestros sistemas institucionales. Son los casos límite donde la contradicción se vuelve insoportable.
Cuando el consentimiento deja de ser un problema moral o político para convertirse en un problema técnico, las barreras comienzan a cruzarse. La existencia de un individuo en un determinado sistema se constituye un problema de configuración.
Bernays no fue un villano ni un genio aislado. Fue algo más inquietante: una respuesta racional al problema de las sociedades de masas. Cuando la violencia directa se vuelve costosa y la persuasión racional resulta ineficiente, queda una tercera vía: intervenir en el terreno previo a la decisión. En el plano donde el yo consciente todavía no llegó.
La paradoja de la joven española: el sistema que certifica su propia negación
Toda esta abstracción filosófica se vuelve obscena cuando la enfrentamos a un nombre, una edad, una historia. Volvamos a la joven de 23 años: su nombre es Noelia. Su caso no es un accidente. Es el punto donde todas las contradicciones del liberalismo se concentran hasta volverse radiactivas.
La historia de Noelia retrata muy bien la historia de un sistema que fabrica una salida frente a su propia (in)acción.
La joven española tuvo una vida trágica. Desde pequeña tuvo que ir a vivirse con su padre -alcohólico y violento- producto de problemas económicos familiares. Le embargaron la casa a la madre. Desde los 13 años comenzó a desarrollar trastornos psicológicos.
A lo largo de su juventud su situación fue empeorando hasta que sufrió un abuso sexual de su pareja en 2022 e intentó suicidarse. Ella cuenta que tuvo otros episodios de abuso que nunca llegó a denunciar. Su intento de suicidio la dejó en un estado de dolor físico crónico.
Vale la pena preguntarse si el sistema no llevó a la joven desear el suicidio.
¿Qué tan representativa es Noelia de tantas otras mujeres?
Si la eutanasia es una opción institucional en un sistema que promueve muchos de los males que llevan al deseo de la muerte tenemos un problema institucional por diseño.
Vivimos en un sistema que manufactura la desesperación existencial. Lo vemos cotidianamente.
El ejemplo de Noelia no trata solamente de un caso particular, trata de un aparato institucional que obedece a una estructura aberrante para la psiquis humana.
Dirán: "Pero ella decidió. Firmó los formularios. Pasó por evaluaciones psiquiátricas. Cumplió con todos los protocolos legales."
Exactamente. El argumento típico que valida la penetración del sistema es: "Nadie obliga a nadie". Y es cierto. Sin embargo, esa afirmación oculta verdades incómodas sobre cómo el sistema construye caminos e incentivos al mismo tiempo que destruye alternativas. Sobre cómo opera para que los individuos se comporten de determinada forma mientras experimentan la ilusión de autonomía.
El consentimiento manufacturado no se impone. Crea la ilusión de libertad. Esa misma arquitectura tiene la capacidad de crear una narrativa sobre el valor de la vida. Sobre lo que constituye una vida "digna de ser vivida" o sobre cuándo es "racional" rendirse.
La ingeniería del consentimiento encuentra su límite (o su culminación)
El mismo sistema que criminaliza el suicidio, que invierte recursos en prevención, que considera la autolesión como síntoma de enfermedad mental... ahora puede certificar la voluntad de morir como válida si se siguen los protocolos correctos. Si se llena el formulario adecuado.
Kafka no podría haberlo imaginado mejor: la burocracia de la muerte propia.
El consentimiento deja de ser una decisión personal y pasa a ser una condición de permanencia. El universo de decisiones posibles se encuentra en un marco finito de posibilidades diseñadas por el sistema para hacer parecer que la libertad existe.
La verdadera ingeniería del consentimiento no elimina la capacidad de elegir. La encauza. Ofrece un menú de opciones preaprobadas y llama "libertad" a la capacidad de seleccionar entre ellas.
Alguna perspicacia tiene que haber en el hecho que una joven vulnerable, pobre, agraviada y ultrajada pida que la maten. Le pidió clemencia a un sistema monstruoso. ¿Qué menú de opciones REALMENTE tuvo?
El caso de la joven española no es una tragedia aislada sino un síntoma. Uno de los tantos síntomas que vemos cotidianamente en diversas estadísticas, informes y artículos.
De acuerdo con el informe de Global Burden of Disease publicado en The Lancet (2025) hace algunos meses, los índices de muerte por “desesperación” (si, así es el nombre del indicador) que incluye suicidios, sobredosis de droga y enfermedades hepáticas vinculadas al consumo de alcohol han aumentado notablemente y de forma sostenida desde 2020; especialmente en mujeres entre los 18 y los 23 años. Por ejemplo, en España los suicidios en mujeres se duplicaron en los últimos 5 años.
Vivimos un mundo fabricado por nosotros mismos que carcome nuestra propia psiquis y espíritu. Ya se ha hablado demasiado sobre el impacto negativo de ciertas dinámicas del ciberespacio en las personas, pero poco hacemos al respecto. Parecen no existir alternativas.
No quiero detenerme y ahogarme en el caso específico de Noelia porque allí también yace el enmarcado discursivo que pretendo superar. Quiero abrir todas las puertas y las ventanas de un debate trascendental sobre la vida en el mundo contemporáneo.
Las alternativas SI existen. No están en el menú porque nadie las puso ahí. Y nadie las puso ahí porque diseñar sistemas que no produzcan desesperación no es rentable para quienes diseñan los menús.
La salida no está en prohibir la eutanasia ni en defenderla ciegamente. Está en algo mucho más radical: desmantelar las fábricas de desesperación. Esto implica reconocer que el problema está antes: en las condiciones que hacen que vivir sea insoportable para una generación completa.
¿Qué significa esto concretamente?
Significa crear espacios de encuentro real, no mediados por algoritmos. Comunidades donde el valor de una persona no se mida en productividad, engagement o capacidad de consumo.
La vida no es un producto que dañado sea desechable.
Es necesario volver a pensar vidas dignas de vivir. Una ética en torno al uso de la tecnología digital. Reforzar organizaciones intermedias capaces de hacer frente a los tentáculos corporativos guiados exclusivamente por la avaricia sin consideración del daño que ocasionan en las vidas humanas validados por el mantra de “decisión individual”.
Significa que es necesario pensar la economía y el trabajo como fuentes de dignidad. Como opciones posibles para un mejor presente y futuro. El Estado es tan responsable como el sector privado de “privar” a las personas de posibilidades. Los modelos de economía política funcionan en una alianza pública-privada operada a través de legislación, instituciones y fiscalización.
Significa que la salud física y mental son también un problema colectivo. Es necesario (re)pensar política de salud como parte íntegra de la seguridad nacional y el desarrollo económico. Vivimos una época dónde el deterioro cognitivo se produce en todo momento de la vida cotidiana. Es necesario mayores regulaciones sobre los dispositivos de internet, especialmente los vinculados a las apuestas, a la pornografía y al gaming.
Significa pensar políticas más ambiciosas en torno al derecho de los niños. En un contexto de envejecimiento poblacional generalizado, los niños y los adolescentes son un grupo fundamental y vital de los países (y de la humanidad). Su protección, crecimiento y desarrollo deben ser prioridad absoluta en toda política pública.
Y significa, sobre todo, dejar de llamar "libertad" al menú limitado de opciones que el sistema nos ofrece. Significa nombrar la ingeniería del consentimiento por lo que es: una tecnología de dominación que opera en el terreno previo a la decisión consciente.
El único homenaje digno a Noelia es trabajar para que ninguna joven más tenga que elegir entre formularios de eutanasia y un mundo insoportable.











