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Que la sombra ilumine

Que la sombra ilumine

La violencia es una de las fuerzas inherentes a la condición humana. Ha sido motor de imperios y civilizaciones, sostén de defensas heroicas y herramienta de supervivencia de la especie.

La palabra violencia proviene del latín violentia, que deriva de vis (fuerza, vigor). Ese origen ofrece una perspectiva neutral, más cercana al despliegue de fuerza que al daño o al crimen. Según la Real Academia Española, la violencia es la cualidad de lo violento, y violento es aquello que obra con ímpetu y fuerza. La neutralidad del término nos permite desvincularnos de la carga emocional y de la idea de la violencia como crimen o como daño injustificado.

Casi nadie estaría en contra de utilizar la violencia para defender a sus hijos, a su familia o incluso a la Nación de una amenaza. Por ende, la caracterización positiva o negativa de esta fuerza depende de manera exclusiva del contexto en que se aplique. El problema de nuestra época no es la violencia, sino negarla, y a través de la escuela se la puede volver a encausar.

La supervivencia de nuestra especie dependió de esta fuerza. Por fuera de las discusiones modernas sobre la alimentación, la evolución humana giró alrededor de la caza y recolección. Cazar es un acto violento: sin importar qué especie caza a cuál, concluye con la muerte de la presa. Sin violencia, no habríamos subsistido

La violencia tiene también un componente social. La forma de organización elemental de la especie humana ha sido la tribu: un conjunto de familias (del orden de las 150 a 200 personas) unidas por jerarquías, vínculos maritales, económicos y compromisos de defender a quienes la componían, las mujeres, niños y ancianos. Distintas tribus tuvieron relaciones variadas con la violencia y el territorio: algunas tenían un espíritu expansivo y otras eran más bien pacíficas y de no intromisión. En nuestra propia historia, los mapuches tuvieron un espíritu combativo y expansivo y por otra parte los tehuelches eran predominantemente nómada y no tenían ansias de conquista, pero de todas maneras si contaban con una organización guerrera para repeler ataques y robos. Como podemos ver, mantener la paz exige un vínculo directo y frontal con el uso de la violencia.

El país que tanto amamos, la República Argentina, nació y se estableció como consecuencia directa de la revolución armada. En 1810, una vez instalada la Primera Junta, las tropas revolucionarias partieron en expediciones al Alto Perú, al Paraguay y a la Banda Oriental para imponer su autoridad sobre las regiones que no la reconocían. San Martín, en su épica libertadora, contó con un ejército de unos cinco mil soldados y, a través del uso de la fuerza, liberó Chile y buena parte del Perú. Otra expresión de este espíritu fue Martín Miguel de Güemes, que en el frente norte resistió los constantes avances realistas hasta 1821, cuando murió dejando a sus Infernales la orden de continuar la resistencia, que se sostuvo hasta 1822.

La modernidad nos alejó de la violencia cotidiana: ya no cazamos para comer ni defendemos con nuestras manos a la tribu. Se desarrollaron sistemas políticos que asumen el monopolio legítimo de la fuerza, y sistemas judiciales y penitenciarios que, con errores como cualquier sistema, ofrecen niveles de seguridad que nos permiten vivir con un alto grado de tranquilidad, desvinculándonos de la responsabilidad de defender a nuestra tribu, nuestra propiedad e incluso nuestra integridad física. Por supuesto, esto es una generalidad y podemos encontrar múltiples casos de violencia en la sociedad moderna. Pero la tendencia histórica es clara, la violencia interpersonal disminuyó de forma sostenida.

Uno de los postulados centrales del psicólogo Carl Jung es el de la individuación, el proceso por el cual una persona se completa. Uno de sus pasos centrales es la integración de la sombra. La sombra es aquella parte de nuestro carácter más íntimo que, como consecuencia de la educación y la socialización, hemos tenido que esconder o dejar de lado. Ese aspecto de la personalidad no desaparece; por el contrario, gana predominancia de manera indirecta e influye de manera negativa en el comportamiento. Cuanto más se niega la sombra, más potente se vuelve y mayor control obtiene sobre el individuo. Integrarla consiste en confrontar de manera directa: darse vuelta y reconocer que aquello que está escondido también es parte de uno, y que reconocerlo, de manera voluntaria, le quita poder sobre nosotros, y convierte esa fuerza en luz.

Propongo que, dado que el contexto histórico nos ha desvinculado de los espacios naturales de expresión de esta fuerza, hoy la violencia habita en la sombra del individuo y la sociedad. Lo que durante toda nuestra evolución fue una fuerza presente observable y dirigida, hoy se encuentra negada y demonizada. Esto produce un efecto contrario al deseado, que es la paz, sino que subyuga a los individuos y a la sociedad a ser influidos de manera negativa por esta sombra.

Las primeras manifestaciones de la violencia no expresada suelen ser autodestructivas. Propongo leer los vicios, tanto de consumo como de carácter, como expresiones de la violencia ejercida contra uno mismo: las drogas, la pornografía, la glotonería, el tabaquismo, el sedentarismo. Esto tiene un impacto negativo no solo en el individuo, sino también en la gente que lo rodea.

La sombra también puede tomar una forma expansiva y expresarse en ataques de violencia física incontrolada, en situaciones familiares, de pareja o incluso en la vía pública. No intento con esto justificar ni descriminalizar este tipo de acciones. Lo que propongo es que, sobre todo, los hombres, precisan de un espacio donde educar esta fuerza y aprender a lidiar con ella. En términos junguianos, se trata de avanzar en la integración de la sombra.

Las artes marciales, los deportes de combate, el servicio militar, son espacios controlados donde las personas tienen la posibilidad de enfrentarse y conocer su propio instinto violento. A través del orden, la jerarquía y la disciplina que ofrecen, generan un espacio de exposición a este fuego de manera controlada y dirigida, que enseña la capacidad de daño que se puede ejercer, el peligro que conlleva confrontarse físicamente y, también, la belleza de la paz. Uno toma conciencia de que el Mal existe y de que, sin importar cuán pacíficos seamos, hay personas que van a buscar dañar. La mejor estrategia es estar entrenado en el uso de la fuerza para poder defenderse a uno mismo, a su familia o a su Nación.

Después de tres años y medio de practicar Jiu Jitsu, recorriendo el país y entrenando también en Europa, comprobé que las personas más peligrosas, en términos de conocimiento empírico de cómo ejercer daño y dolor, son las que más promueven alejarse de los conflictos y las que mayor temple tienen para mantenerse calmas en momentos de tensión. En mi caso particular, Jiu Jitsu, es la mejor decisión que tomé en mi vida, he logrado a través de la confrontación con la frustración, la presión física y el juego, purgar mis impurezas y pulir mis virtudes.

Por eso propongo que las artes marciales y en particular Jiu Jitsu se incorporen a todos los secundarios públicos.

Quien aprende a pelear en un espacio con reglas, maestros y respeto por el compañero aprende también cuándo no hacerlo. Así, como sociedad, podremos integrar esa sombra que, cuando se confronta de manera voluntaria, ilumina.

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