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Río Grande, donde la memoria se enciende en vigilia

Río Grande, donde la memoria se enciende en vigilia

En el sur del sur, donde el viento parece escribir sobre el paisaje y el mar, no solo es horizonte, es presencia constante. La memoria se ejerce y no se activa por calendario. En Río Grande, la causa Malvinas no es una evocación periódica, sino una práctica social que organiza la identidad, el territorio y el sentido.

Habitar Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur implica vivir en la provincia que proyecta a la Argentina como país bicontinental. Esa condición, que podría leerse en clave estrictamente geopolítica, adquiere por estos lados una dimensión cotidiana. Se vuelve cultura. Se vuelve pertenencia. Se vuelve responsabilidad histórica. En ese entramado, Malvinas deja de ser un tema y pasa a ser un eje.

Río Grande, la ciudad más próxima en kilómetros a las islas, construye esa cercanía más allá de la cartografía. La mide en vínculos, en relatos, en prácticas. La mide en la forma en que los veteranos caminan por sus calles y forman parte de la vida comunitaria. Acá no hay distancia entre historia y presente, conviven. Pero esta forma de habitar la memoria no fue siempre evidente, hubo un tiempo en que recordar era también resistir.

Durante la década del 90´, en plena postguerra, la Argentina atravesó un proceso de desmalvinización que desplazó la causa del centro del debate público y dejó a muchos veteranos en una situación de desamparo. El silencio, en ese contexto, fue una forma de olvido. 

Frente a eso, en Río Grande ocurrió algo distinto. En 1995, un grupo de Veteranos de guerra decidió reunirse frente al mar, nuestro mar, a orillas del Atlántico Sur. No hubo convocatoria, ni escenario, ni estructura. Hubo, en todo caso, una intuición compartida donde la memoria no podía esperar mejores condiciones y había que sostenerla, incluso (o sobre todo) en un tiempo adverso. Ese año fue particularmente duro. El frío se instaló como una presencia persistente y meses más tarde, la provincia viviría una de las nevadas más intensas de su historia. Pero antes de ese invierno extremo, ya había algo que anticipaba su clima, una intemperie que no era solo meteorológica y la piel invocaba un encuentro. En ese contexto nacieron las vigilias, tal vez como un gesto.

Yo estuve ahí. Tenía siete años. Y lo que recuerdo no es una secuencia ordenada. Tengo una serie de imágenes que se vuelven como ráfagas. Recuerdo los tachos con leña encendidos formando un círculo precario, siento el crepitar del fuego mezclado con el viento, y veo los rostros iluminados de manera intermitente con las miradas perdidas en algún punto entre el mar y la memoria.

Estaba con mi viejo, Pilo Armas. Llevábamos los instrumentos. Yo, más que tocar, jugaba. Me movía entre los adultos sin terminar de comprender, pero sintiendo que algo importante estaba ocurriendo y el corazón me latía fuerte. Las canciones aparecían de manera espontánea, como sucede en los fogones. Cantar para pasar la noche, para abrigarse, para decir lo que a veces no podía decirse de otro modo.

Había historias y había silencios. Silencios densos, que no incomodaban, sino que contenían. Los veteranos compartían lo vivido como podían, con palabras entrecortadas, con pausas largas, con la mirada fija en el fuego. Y en ese intercambio (hecho de fragmentos, de emociones, de presencias) se iba tejiendo algo más grande que la suma de esas partes. Una memoria en construcción.

Con el paso del tiempo, también entendimos otra dimensión de aquella escena. Muchos de esos hombres que estaban esa noche, alrededor del fuego, hoy ya no están. Algunos no pudieron sostener el peso de lo vivido en soledad. Otros fueron quedando en el camino por las marcas que la guerra dejó en el cuerpo y en el alma.

Tal vez por dolor, por desidia o por olvido. Pero ellos siguen marcando nuestra historia. Están presentes en los nombres de nuestras calles, como homenaje y como memoria viva. Y esa ausencia también forma parte de la vigilia. Está en los nombres que se recuerdan. En los silencios que persisten y en el fuego que sigue encendido por ellos. Con el tiempo, pude poner en palabras aquello que en ese momento solo percibía. Y lo hice, también, desde la música. En una de mis canciones escribí: “y en noches de vigilia, tacho ardiendo, flamean las banderas resistiendo”. No es una metáfora. Es, literalmente, la escena. 

El fuego como centro. Las banderas desafiando el viento y un grupo de hombres que, en medio del frío más crudo, decidió que la Patria se construye con memoria viva.

Aquella noche no tenía nada de extraordinario en términos formales. No había multitudes, ni cámaras, ni discursos preparados. Pero había algo más profundo, una voluntad colectiva de resistir al olvido. Ahí empezó todo. Y tal vez por eso, incluso hoy, cuando la vigilia convoca a miles, su núcleo sigue siendo el mismo. Ese círculo inicial. Ese fuego. Esa decisión.

Con los años, la vigilia creció. Se fue ampliando el círculo. A los veteranos se sumaron familias, vecinos, instituciones. La escuela tuvo un rol decisivo, no como transmisora de un contenido, sino como espacio donde la experiencia de Malvinas se volvía relato compartido. Para muchos de nosotros, la comprensión de esa historia llegó primero por la voz de quienes la vivieron.

La vigilia empezó a sentirse antes de la noche en las aulas, en las conversaciones, en la espera. Y luego estaba ese momento en que la ciudad se reunía. Donde el frío dejaba de ser obstáculo y pasaba a ser parte de la experiencia. Donde la memoria se volvía colectiva.

En ese proceso se fue consolidando una forma particular de identidad  “la fueguinidad”. Una construcción social atravesada por el territorio, por las condiciones de vida, por la historia compartida. Una identidad que se ejerce. Y donde Malvinas ocupa un lugar central.

El año 2004 marcó un punto de inflexión. Más de 40 mil personas participaron de la vigilia. Y por primera vez, un presidente argentino estuvo presente. Néstor Kirchner llegó a Río Grande y se sumó a esa noche que ya era, en sí misma, profundamente significativa. Pero lo que quedó de aquel momento no fue una escena de disputa política. Fue otra cosa.

Para quienes estábamos ahí (yo tenía 16 años) no hubo apropiación ni gesto forzado. Hubo, en cambio, una sensación difícil de traducir. La de ver a un presidente patagónico comprender, desde adentro, lo que esa causa significa. Sin necesidad de sobreactuarla. Generó admiración.

Porque por primera vez, desde ese lugar, alguien parecía sentir Malvinas como la sentimos quienes hacemos Patria todos los días en el  sur. Ese reconocimiento no clausuró nada. Amplificó. Pero lo esencial no cambió.

Y en ese proceso hubo un actor central, la escuela. Porque la causa se sostiene en la transmisión. Hoy mi hijo Iñaki visita la Carpa de la Dignidad y se emociona escuchando la historia de un veterano. Y en esa escena, simple, directa, está la clave, la discusión tiene que seguir en las aulas. Ahí es donde se siembra soberanía, como conciencia.

En esta provincia, la soberanía también se construyó con decisiones concretas. La Ley 19.640, como régimen de promoción económica e industrial, fue una herramienta para poblar, desarrollar y arraigar. Para ejercer soberanía desde el territorio. Río Grande, como el polo industrial más austral del planeta, es parte de esa construcción. Un faro en el sur. Y es desde acá que también malvinizamos.

A pesar de los intentos de vaciamiento. A pesar de las tensiones sobre nuestro territorio. A pesar de las decisiones que muchas veces se toman lejos de esta realidad.

Somos los fueguinos quienes sostenemos esta causa todos los días.

Quienes levantamos la voz. Quienes defendemos lo construido. Quienes entendemos que la soberanía es una práctica cotidiana.

La vigilia siguió creciendo hasta convertirse en una de las manifestaciones más convocantes del país, y Río Grande fue reconocida como la Capital Nacional de la Vigilia por Malvinas. Pero su potencia sigue estando en otro lado, en la continuidad, en la autenticidad, en la capacidad de sostener sentido.

Ahora bien, reducir Malvinas a la memoria sería, hoy, un error. La causa es presente y es futuro y también es geopolítica.

En los años 80, esta ciudad vivió la guerra de un modo directo. Hubo apagones, ventanas cubiertas ante la posibilidad de ataques, una comunidad atravesada por la incertidumbre. El conflicto fue una experiencia concreta. Y el BIM 5, con asiento en Río Grande, fue un actor fundamental, inscribiendo aún más profundamente la guerra en el territorio.

Esa memoria se transformó y hoy convive con una realidad internacional cada vez más compleja. El Atlántico Sur, la proyección hacia la Antártida, los pasos bioceánicos, los recursos naturales estratégicos. Todo configura un escenario donde las disputas globales se intensifican.

Un tablero. Y en ese tablero, Río Grande es un jugador central, muchas veces, incluso, sin plena conciencia de ello. Ahí aparece uno de los desafíos más profundos de nuestro tiempo. Que la fueguinidad, tan arraigada en lo emocional y en la memoria, logre también incorporar una lectura estratégica de lo que está en juego. Que la cercanía simbólica con Malvinas se traduzca en comprensión política, económica y geopolítica.

Malvinizar, en ese sentido, no es solo recordar. Es comprender, es transmitir, es proyectar.

Implica asumir que la soberanía se construye en múltiples dimensiones: cultural, educativa, productiva, geopolítica y, al mismo tiempo, implica reconocer que esta causa no se detuvo. Sigue creciendo.

Hoy, en Río Grande, esa construcción suma un nuevo capítulo. En el Monumento a los Caídos se está levantando una estructura permanente, “la Carpa de la Dignidad”. Un espacio pensado para que los veteranos puedan ser visitados durante todo el año, para que el encuentro no quede restringido a una fecha, para que la memoria tenga un lugar físico estable en la vida de la ciudad.

Hasta ahora, esa carpa se armaba cada año, días antes del 2 de abril. Y en esa semana, miles de familias, estudiantes y vecinos la recorrían, escuchaban, preguntaban, se emocionaban. Era, y sigue siendo, un espacio de transmisión directa, sin mediaciones.

Que hoy se vuelva permanente no es un dato menor, es una decisión política y comunitaria, es consolidar una práctica y es institucionalizar sin quitarle alma. Porque si algo caracteriza a Río Grande es que Malvinas dejó de ser sólo recuerdo para convertirse en causa popular.

Se expresa en la vigilia, pero también en el desfile del 2 de abril, en el almuerzo compartido, en los encuentros, en los símbolos. En ese orgullo que crece y que, llegado este tiempo del año, se llena de mística y de historias.

¡Un orgullo que nos explota en el pecho! Y que nos recuerda, cada vez, que esta no es una causa del pasado. Es una causa latinoamericana, es una causa del presente y es, sobre todo, una causa de futuro.

En este sur donde el viento no olvida, la memoria no descansa. Arde.

Y en cada vigilia, vuelve a encenderse.