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HIBRIDACIÓN O MUERTE

HIBRIDACIÓN O MUERTE

Este artículo comenzó a escribirse hace varias semanas, pre-mundial, con una excusa bastante concreta: explicar un poco mejor qué era Aquilea, por qué se había decidido abrir un espacio físico y qué relación tenía eso con proyectos como CEIBO, Amorina, R180 entre otros.

La intención inicial era ordenar algunas intuiciones que nos venían acompañando desde hacía tiempo: la necesidad de construir terceros espacios, los límites de producir cultura únicamente dentro de plataformas digitales y el paso, para nosotros bastante natural, de tener revistas, canales, ciclos de cine a intentar sostener también un lugar donde las cosas pudieran ocurrir físicamente.

El texto retoma ahora aquella idea inicial, aunque con un recorrido más amplio. Hablamos de plataformas, algoritmos y operaciones culturales; de la crisis de autoridad y la falta de soberanía tecnológica; del regreso del “under”; y, sobre todo, de la responsabilidad de construir proyectos atravesados por la cultura y la tradición.

Retomando un poco lo dicho en nuestra nota anterior “Guerra, Algoritmos y poder”, la propuesta tampoco consiste en encerrarse, vivir una nostalgia de museo o sumarse a otro llamado neo-hippie a apagar el teléfono y retirarse del mundo. Tratamos de comprender la digitalidad, utilizarla y disputar sus posibilidades al mismo tiempo que dejamos de aceptar que sea el único ambiente donde nuestra vida cultural comienza y termina.

Aquilea será parte de esta nota, al igual que CEIBO y R180 porque es nuestra experiencia. Aparecerán como intentos todavía embrionarios e incompletos de responder a un problema que ahora se volvió imposible de ignorar, sin presentarlos como ejemplos virtuosos ni modelos que alguien deba copiar. 

Si hace algunos años intuimos que este escenario podía llegar, no sirve demasiado felicitarnos por haberlo visto. Al contrario, es tiempo de hacernos responsables.

La aguja y los anticuerpos

No parece haber pasado ni una década desde que escuchaba discusiones en la universidad sobre las viejas teorías de la comunicación. Recuerdo especialmente la famosa hipótesis de la aguja hipodérmica: esa imagen bastante brutal según la cual los medios podían inyectar ideas directamente sobre una masa pasiva, uniforme y disponible.

En ese momento la teoría ya nos era presentada como una antigüedad, una exageración nacida del miedo a la propaganda, al cine, a la radio y a las nuevas tecnologías de masas. Ver una película no convertía automáticamente a nadie en aquello que la película proponía, así como escuchar un discurso tampoco producía una conducta inmediata. Entre el mensaje y la acción todavía había una cantidad enorme de mediaciones.

En nuestro caso podemos decir que había familia, barrio, escuela, iglesia, sindicato, club, trabajo y comunidad. Existía un mundo que no estaba completamente mediatizado y que todavía podía recibir, discutir, metabolizar o directamente rechazar aquello que llegaba desde una pantalla o un parlante. La teoría subestimaba esa carne social capaz de resistir la inyección.

Hoy la discusión sobre los efectos de la digitalidad atraviesa buena parte del mundo. Como dijimos más arriba, este texto no pretende sumarse al coro global liberal-progresista que propone desconectarse, tirar el teléfono al río y recuperar una supuesta inocencia analógica. Internet dejó de ser una herramienta entre otras y se convirtió en un ambiente que atraviesa prácticamente todo.

También cambió el terreno sobre el que actúan los mensajes. Las instituciones que antes mediaban, discutían y metabolizaban aquello que llegaba desde los medios se encuentran debilitadas, fragmentadas o directamente ausentes. La familia mira pantallas distintas, el barrio en muchos casos perdió espacios comunes, la escuela perdió autoridad y la conversación pública ocurre cada vez más dentro de plataformas diseñadas en otros países. Si bien muchas instituciones resisten gracias al enorme valor de los grupos humanos que las componen, el desgaste se hace notar.

Preguntarnos únicamente si un contenido puede convencernos resulta entonces insuficiente. Hay que entender cómo una infraestructura completa organiza previamente nuestra atención, nuestros estados de ánimo, nuestras asociaciones y hasta las palabras con las que intentamos defendernos. Quizás la aguja no solo se haya vuelto mucho más poderosa, lo que se debilitó fue el sistema inmune del cuerpo social que podía recibirla sin quedar enteramente atravesado por ella.

El algoritmo te prepara

Continuando lo dicho en “Guerra, Algoritmos y poder”, la propaganda del siglo XX intentaba convencer, mientras que la arquitectura algorítmica actual comienza a trabajar mucho antes de que aparezca cualquier argumento. 

No necesita que adoptemos una doctrina completa. Le alcanza con modular nuestra disposición: irritarnos, cansarnos, excitarnos, generar una expectativa, ofrecernos un enemigo y preparar el estado de ánimo con el que recibiremos el próximo contenido.

La intervención comienza en la secuencia que nos llevó hasta una publicación. El contenido aterriza sobre una subjetividad previamente acondicionada, clasificada y estimulada. El algoritmo conoce qué imágenes nos retienen, qué palabras nos irritan, qué personas nos provocan rechazo y qué clase de conflicto logra mantenernos algunos minutos más dentro de la plataforma.

Tampoco necesita que terminemos creyendo una mentira completa. Puede conformarse con dejarnos un poco más confundidos, un poco más enfrentados o un poco menos dispuestos a escuchar. La propaganda tradicional requería la repetición de una tesis, la plataforma puede trabajar con fragmentos contradictorios, siempre que conduzcan a conductas similares: permanecer, reaccionar y volver. El hechizo se ha complejizado y customizado.

Antes, el contenido debía atravesar un mundo para producir un efecto. Ahora existe una infraestructura que trabaja todos los días sobre las condiciones en las que ese contenido será recibido. La idea importa, pero también importa el momento preciso en que nos encuentra, el cansancio acumulado, la irritación previa y la secuencia de estímulos que nos dejó con poca energía para pensarla.

Oportunidades desde el vacío 

La fragmentación tecnológica convive con una evidente crisis de autoridad política, cultural, religiosa e institucional. Las antiguas mediaciones perdieron legitimidad y las nuevas todavía no demostraron merecerla.

A eso se suma la inexistencia práctica de barreras frente a operaciones culturales, económicas y comunicacionales provenientes del exterior. Buena parte de nuestra conversación pública se organiza según agendas e intereses producidos lejos de la Argentina.

Lo ocurrido durante el Mundial lo volvió particularmente visible. Alcanzó con que determinados medios, cuentas y dirigentes extranjeros instalaran una caracterización para que buena parte del sistema local comenzara a discutir cómo responderla, como si la Argentina estuviera obligada a rendir examen frente a cualquier acusación formulada desde el exterior.

Detrás de esa fragilidad cultural aparece un problema todavía más grave: la dependencia tecnológica. La infraestructura sobre la que circulan nuestras conversaciones, nuestros datos, nuestros pagos, nuestras imágenes y buena parte de nuestra vida cotidiana no está bajo control argentino. El país carece de una política seria y sostenida de soberanía tecnológica, de una estrategia consistente de ciberdefensa y hasta de una conciencia pública elemental acerca de aquello que está en juego.

Todo esto debería resolverse con urgencia, aunque quizás nosotros no seamos quienes debamos explicarle a la política cuáles son sus prioridades. Es posible que determinar quién se queda con la caja de la provincia de Buenos Aires sea una tarea histórica más importante que proteger los datos, las comunicaciones y la infraestructura crítica de cincuenta millones de argentinos. Uno tampoco quisiera distraer al pensamiento nacional de sus grandes batallas.

Mientras esa dirigencia nacional, y por supuesto popular, dedica meses enteros a resolver su interna, las estructuras que administran materialmente la conversación nacional continúan en manos de empresas y potencias extranjeras. El vacío queda abierto y siempre aparece alguien dispuesto a ocuparlo.

La situación es preocupante, pero también genera un margen para quienes todavía quieran construir por fuera de las inercias existentes. En ausencia de autoridades reconocidas, el trabajo sostenido, la continuidad, la confianza y la capacidad de hacer pueden producir nuevas referencias. Esa autoridad carecerá de mando formal y quizás tampoco acumule millones de seguidores, pero puede nacer del reconocimiento que obtiene aquello que sirve, reúne y permanece.  

Hace aproximadamente cuatro años comenzamos a trabajar sobre una intuición parecida. Ya resultaba visible que el proceso de fragmentación iba a dejar personas, discursos y deseos sin lugares donde encontrarse. En su momento, recuerdo que a ese proceso de “extender la mano” hacia aquellos en condición de náufragos lo llamábamos “pasar la ambulancia”.
De esa intuición surgieron pequeñas empresas, proyectos, medios, fiestas, amistades y espacios. 

Este es el momento de asociarse y construir proyectos atravesados por nuestra cultura argentina, evitando reducirla a una identidad de marca o al cosplay malvinero. La responsabilidad que pide la época se juega en acciones bastante concretas: discutir, producir, asociarse, reír, volver a discutir y, finalmente hacer. La acefalía exige que alguien se haga cargo antes de que su administración quede completamente en manos ajenas.

Under revival

Pocos conceptos detesto más que “el under”, aunque es cierto que vuelve a circular como la descripción de un horizonte deseable. Su regreso coincide con una crisis económica que excede ampliamente a la Argentina.

Las industrias culturales occidentales atraviesan problemas de financiamiento, concentración, repetición estética y pérdida de autoridad. El mainstream cuenta con menos dinero, pero también con menos ideas, y responde produciendo continuaciones, remakes, franquicias y variaciones infinitas de aquello que alguna vez funcionó.

Durante mucho tiempo se instaló la idea de que toda producción cultural debía aspirar rápidamente a convertirse en industria, profesionalizarse, conseguir financiamiento, escalar y encontrar un modelo de negocios. La mayoría de las veces todo eso resulta necesario. La distorsión aparece cuando el procedimiento empieza a existir antes que la obra y la planilla de sustentabilidad llega antes que la pregunta por aquello que realmente vale la pena hacer.

Ahora que el dinero empieza a faltar, algunas de esas máscaras se caen. En los márgenes vuelve a producirse porque hay algo que necesita ser hecho, incluso cuando nadie garantiza de antemano su rentabilidad, su alcance o su inserción dentro de una industria. Esa circunstancia puede ser extraordinariamente fértil para la cultura.

Vale la pena destacar que reducir el under a paredes descascaradas, tipografías feas y fotografías con flash sería convertirlo rápidamente en otro estilo disponible para vender. La falta de presupuesto tampoco vuelve virtuoso cualquier proyecto. Su potencia aparece cuando las instituciones centrales dejan de garantizar recursos y sentido, y esa ausencia obliga a mezclar oficios, compartir herramientas, inventar espacios, reducir intermediarios y producir con otros.

Para que eso ocurra también hay que abandonar cierta parte del yoísmo de esta época de las redes. La lógica influencer contaminó incluso a los proyectos que supuestamente la combaten. Todos quieren ser fundadores, conductores, autores, directores, protagonistas o caras visibles, mientras disminuye la cantidad de personas dispuestas a integrarse en una construcción donde su aporte resulte indispensable sin ocupar necesariamente el centro.

Nos educaron para imaginar que cualquier participación que no concluya en reconocimiento personal constituye una forma de fracaso, como si trabajar para que algo mayor exista valiera menos que firmar individualmente una obra menor. La época necesita menos estrellas y mejores elencos, capaces de aceptar que algunas obras solo pueden existir cuando nadie pretende apropiarse completamente de ellas.  

De la batalla por la atención a la construcción de situaciones

Durante años, los proyectos culturales entendimos que nuestra tarea principal era capturar atención. Conseguir una reproducción, un click, un seguidor, una suscripción o un comentario. Aprendimos a diseñar títulos, miniaturas, clip, ganchos y formatos capaces de sobrevivir algunos segundos dentro del feed.

Era lógico. Las plataformas abrían posibilidades de circulación que antes estaban reservadas a estructuras con mucho más dinero, contactos o infraestructura. Una revista podía encontrar lectores sin depender de un grupo editorial, un canal podía transmitir sin tener una licencia televisiva y cualquier persona podía descubrir una escena cultural que estaba ocurriendo a miles de kilómetros. Nada de eso debería despreciarse.

La dificultad comienza cuando la circulación ocupa el lugar de la construcción. Capturar atención dentro de un ecosistema diseñado por otros implica jugar siempre de visitante: podemos aprender sus códigos, aprovecharlos y hasta obtener algunos triunfos, pero las tribunas, el árbitro y la recaudación siguen perteneciendo a otro.

Un vivo, una revista, una nota o un reel adquieren mayor sentido cuando remiten a algo más denso y abren la puerta a una conversación, una lectura, una reunión, una obra o una experiencia que no queda agotada dentro del contenido.

La pregunta de esta etapa debería incluir, además del alcance, nuestra capacidad para producir situaciones. Importa saber cuántas personas vieron algo, pero también qué conversaciones o alianzas pudieron empezar a partir de ahí y continuar cuando la publicación dejó de circular.

Hibridación o muerte

Abandonar internet y romantizar una vida analógica que tampoco existió como hoy la imaginamos ofrece una salida demasiado cómoda. Cada tanto aparece una nueva prédica sobre la necesidad de desconectarnos, recuperar la conversación, leer libros impresos, volver al campo o mirarse a los ojos. Muchas de esas recomendaciones son razonables, aunque suelen presentar la digitalidad como una presencia exterior que podríamos eliminar mediante una decisión individual.

Las plataformas ya atraviesan el trabajo, la economía, la comunicación, el entretenimiento, la política y las relaciones personales. Apagar el teléfono durante un fin de semana puede dar un descanso, pero difícilmente alcance para salir de una estructura de esa magnitud. Mucho menos sirve condenar moralmente a quienes carecen de la posibilidad material de retirarse de ella.

Abrir un bar, organizar una fecha o colocar algunas sillas frente a un escenario tampoco garantiza demasiado. Un espacio físico puede ser vacío, repetitivo, expulsivo o quedar completamente capturado por la necesidad de producir imágenes para las redes.

La respuesta que podemos ensayar tendrá que ser híbrida: producir, circular y archivar digitalmente, aprovechando las posibilidades extraordinarias de encuentro que ofrecen las redes, mientras invertimos la jerarquía actual. La pantalla debería amplificar aquello que ocurre en un territorio, evitando que el territorio termine convertido en una escenografía construida únicamente para generar contenido.

Cada dimensión puede cumplir una función distinta dentro de una misma construcción. La digitalidad sirve como vidriera, la experiencia física permite generar vínculos, confianza y memoria que no dependen enteramente de una plataforma. La vida cultural necesita volver a ocurrir en algún lugar antes de convertirse en contenido.

Aquilea: darle un suelo a la pantalla

Aquilea aparece como una consecuencia concreta de este diagnóstico. Es un local, un cinebar y una locación para transmitir programas, pero intenta ser también un tercer espacio: un lugar situado entre la casa, el trabajo y el feed, donde lectores, espectadores, invitados, artistas, amigos y desconocidos puedan cruzarse sin que un algoritmo haya decidido previamente que debían hacerlo.

Para proyectos como CEIBO o R180 implica pasar de emitir ideas a producir una escena donde esas ideas puedan transformarse en experiencia. CEIBO comenzó en 2023 a partir de una necesidad bastante sencilla: había discusiones culturales y políticas que no encontraban tiempo, lenguaje ni espacio para desarrollarse. También había personas que, aun viniendo de lugares diferentes, compartían cierta incomodidad frente a los términos empobrecidos de la conversación pública.

Desde entonces el proyecto creció de manera autogestiva, aunque su desarrollo más importante probablemente haya ocurrido fuera de cámara. Detrás de cada transmisión aparecieron amistades, amores, trabajos, colaboradores, oficios, discusiones, conversaciones, proyectos y puentes que no estaban del todo previstos cuando todo empezó.

Una persona llegó como invitada y después terminó colaborando. Otra vino a ver un programa y meses más tarde propuso una actividad. Alguien prestó una cámara, otro operó el canal, otro diseñó una pieza y alguien puso el cuerpo en una tarea que no llevaba firma. Esa trama es mucho más difícil de mostrar que una estadística de visualizaciones, pero probablemente sea lo más importante que construyó el proyecto.

Desde afuera, muchas veces se imagina que cualquier proyecto que logra cierta continuidad debe tener financiamiento secreto, padrinos, una estructura oculta o algún dueño que todavía no fue descubierto. En un país donde todo parece necesitar un propietario misterioso, a veces lo más difícil de explicar es que algo exista porque un grupo decidió sostenerlo.

Detrás hay trabajo acumulado, recursos insuficientes, precariedad organizada, conocimientos mezclados, terquedad y mucho amor. Tampoco hace falta construir una épica berreta del sacrificio: el alquiler se paga, los equipos cuestan, las personas necesitan vivir y ninguna cantidad de mística reemplaza indefinidamente los recursos. Aun así, lo bello y lo virtuoso encuentran lugar cuando existen personas dispuestas a vincular capacidades que, por separado, parecían insuficientes.

Aquilea intenta condensar esa experiencia en un lugar donde la revista deje de ser solamente una página, el canal exceda la transmisión y una comunidad dispersa pueda reconocerse como algo más que el chat de un foro. Su función es darle un suelo a todo aquello que hasta ahora ocurría principalmente en las pantallas.

La independencia como capacidad de movimiento

La autogestión pierde sentido cuando se convierte en una religión de la pobreza o en una excusa para el aislamiento. También puede volverse estéril cuando cualquier contacto con actores con recursos se interpreta automáticamente como una contaminación.

A veces lo independiente se presenta como una pureza que debe preservarse evitando toda relación con estructuras mayores. El resultado suele combinar precariedad permanente, impotencia orgullosa y pequeños tribunales morales donde todos se vigilan entre sí.

La autonomía se juega en la posibilidad de evitar que una única dependencia administre por completo el rumbo de un proyecto. Eso permite mezclar lenguajes, equivocarse, generar alianzas, rechazar condiciones, abrir puertas y modificar decisiones sin pedir autorización siempre al mismo centro. La hibridación, en ese sentido, también debe ser económica, política, estética y organizativa.

Un proyecto independiente necesita superar la posición defensiva y producir forma, deseo, programa, conversación y belleza. Para hacerlo requiere relaciones, porque quien permanezca aislado en una época de fragmentación enfrentará individualmente poderes que actúan de manera coordinada, transnacional y asimétrica.

La balcanización que se produce desde arriba solo puede enfrentarse mediante asociaciones construidas desde abajo, sin convertirlas en unidades obligatorias, silenciamientos de diferencias o nuevas burocracias que reproduzcan aquello que pretenden combatir. Se trata de aprender a cooperar alrededor de bienes concretos y de sostener vínculos que permitan hacerlos existir.

Que las cosas sucedan

Las condiciones materiales de cada persona son distintas. Hay proyectos que necesitan dinero, equipos y estructuras que la voluntad jamás podrá reemplazar, pero también hay muchas cosas que nunca empiezan porque esperan un financiamiento, una institución o una autorización que probablemente no lleguen.

En una época de escasez, el mejor incentivo disponible puede ser hacer algo que valga la pena. Para eso hay que reconocer lo que cada uno sabe hacer y vincularlo con las capacidades de otros. Formar parte de una construcción con otras personas tampoco garantiza que uno vaya a conducirla, firmarla o convertirse en su cara visible. La cultura de la selfie nos acostumbró a interpretar cualquier esfuerzo que no termine en protagonismo personal como una pérdida, aunque las obras importantes suelen necesitar personas dispuestas a ocupar lugares distintos dentro de un mismo proyecto.

La Argentina tiene una larga tradición de construir con recursos escasos. Clubes, bibliotecas, parroquias, teatros, cooperadoras, sociedades de fomento y centros culturales aparecieron muchas veces porque un grupo decidió organizarse alrededor de una necesidad concreta. Varias de esas instituciones se burocratizaron, fueron capturadas o desaparecieron, pero la capacidad que las produjo sigue viva.

Algún sabio maestro-amigo, no sin algo de razón, podría sugerirnos que quizás las instituciones son las que continúan vivas y lo que ha muerto es la tradición que alguna vez les dió sentido. Sin embargo, estos pensamientos volcados aquí parten de la confianza en que esa tradición no ha desaparecido por completo. Permanece dispersa, debilitada, pero todavía está ahí. Tal vez no haya que inventarla nuevamente, sino encontrar las formas capaces de recordarla y ponerla otra vez en movimiento.

Todavía somos capaces de convertir una dificultad compartida en una obra, un espacio o una comunidad. Quizás la salida empiece cuando dejemos de esperar las condiciones perfectas, reconozcamos lo que ya existe alrededor nuestro y nos animemos a ponerlo en movimiento. La Argentina conserva aún una enorme capacidad para mezclar personas, improvisar instituciones, hacer belleza con poco y transformar los problemas en formas de encuentro. Mientras esa capacidad permanezca viva, todavía habrá razones para confiar en lo que podamos construir desde nuestra tierra.